jueves, 8 de septiembre de 2016

NUEVA NOVELA

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NUEVA NOVELA PASENSE ;)

miércoles, 7 de septiembre de 2016

CONTINUACION DE LA PUBLICACION ANTERIOR

Continuacion ...

pensando qué  podría  hacer a partir  de entonces. Había empezado  a llover con furia, como  si  el  tiempo quisiera  acompañar  el  torbellino de sus  pensamientos. Se acordó,  sin embargó,  de  los  pobres vaqueros  que,  a pesar  del frío  y del agua,  debían  continuar  trabajando  a  la  intemperie. Después pensó en  Tom y sintió frío en  el  alma. Una cosa era  segura;  tenía  que  irse  de  Warlace  cuanto  antes,  porque  no podía  soportar  la  idea de seguir viendo  a Tom y  saber  que ya  no  tenía secretos  para él. Toda su  amabilidad,  sus caricias, su deseo...  todo había sido una mentira,  fruto  de  su  compasión.  No,  no  podía  soportarlo. Las  lágrimas rodaron  por sus mejillas... Tenía que volver  a  Chicago,  y después,  ¿qué le esperaba  allí?  Tendría  que  esperar  una semana más  sin trabajar,  pero  incluso  entonces,  cuando  se  hubiera  cumplido, no  se  sentía  con ánimos para volver a la sección de sucesos.  Y por otro  lado,  tampoco  quería convertirse en una  carga  para Georg,  por  muy deseoso  que  estuviera él  de ayudarla. Así estaba  de pensativa, cuando  de pronto  entró  Hank en  la  sala, visiblemente agitado. —Perdona  que  te  moleste,  Kate,  pero  es  que  estoy muy preocupado. Mi hijo salió  sin un  impermeable ni  nada,  y  está  empapándose,  con  el  frío  que  hace. Cuando  le  dije  que  se  pusiera  algo  encima  me  contestó  no  sé  qué  incoherencias de que  a  ver si  se  moría  de una vez,  y no  me ha  querido  escuchar. ¿Qué  ha pasado? ¿Es que han  discutido o  algo,  Kate?   Kate  se  removió  inquieta  en  su  asiento.   —Sí...  más  o menos.   —¿Más o menos?   Kate decidió contarle  lo  ocurrido. —Tom  me  pidió  que  me  case  con  él  y  yo  le  he  dicho  que  no.  Pero  es  que él  no  me  ama  —señaló  rápidamente  al  ver  la  cara  de  desconcierto  de  Hank—,  y sin amor,  no saldría  bien.  Hank  soltó un  silbido. —¡Válgame Dios! Ya  estaba convencido  de  que no  viviría  para  ver  el  día en que por fin mi  hijo  se decidiera a proponerle  matrimonio a  alguien.  Y  ahora  que se produce el milagro,  tú le dices  que  no  tranquilamente. ¿Es que te  has  vuelto loca?  Mira  mujer,  yo  casi  tengo  sesenta  años.  Si  mi  hijo  no  se  decide  pronto, me quedaré sin nietos. Y tú  eres una  chica estupenda.  Te  conocemos, nos gustas...  no  podría  haber hecho una elección mejor. Tienes  que  pensarlo  bien antes  de  dar  una  negativa,  Kate. —Pero si  ya lo  he  pensado  —respondió  Kate  bajando los ojos—.  Yo  lo amo, y  él  lo  ha sabido todo este tiempo,  porque mi hermano Georg cometió  la tontería de  decírselo.  ¡Tom  me  lo  soltó esta  mañana, después  de que yo me negara  a casarme con él, y estoy  tan enfadada  que no creo  que  pueda volver a mirarlo  a la  cara! Kate  se  echó a  llorar, y  el  anciano se esforzó  por tranquilizarla  dándole palmaditas  en la  mano. —Me  quiero  ir  de aquí  —gimió  Kate—, pero no tengo adonde ir. —Tom salió fuera en  cuanto  vio que no  había  forma  de sacarte de  tu cuarto, y  es  capaz  de  quedarse ahí  todo  el  día.  Ya  sabes  que  cuando  se le  mete algo  en  la  cabeza...  Va  a "pescar"  una  pulmonía. Por supuesto, ella  no  quería  que se  enfermara, pero en aquel momento tampoco se  encontraba  con ánimos  para  salir a  convencerlo.
A pesar  de  todos  los  esfuerzos  de  Hank,  llegó  la  noche,  y  Tom seguía fuera.  Cuando  Kate  se  dispuso  a  meterse  en  la  cama,  todavía  no  había aparecido. A la  mañana  siguiente,  lo encontró sentado  en  el  comedor cuando  fue  a desayunar. El  corazón le  dio un  vuelco, porque no esperaba  volver  a verlo  a solas. De  cualquier  modo, era demasiado tarde  para  salir corriendo,  así  que sacó una  silla y  se  sentó  frente a  él.  Tom estaba muy  pálido,  y cuando  se dirigió  a ella para pedirle  que le pasara el tocino,  su voz  sonó  terriblemente ronca. —Con toda  esa  lluvia —murmuró  Kate—. Te  has  resfriado.  —Con un poco  de suerte  me  moriré  —replicó  él—,  y así  lo  llevarás  el resto  de  tu  vida en la
conciencia. Kate  intentó  no  mirarlo  mientras  se  servía  el café.   —Yo  no  te  obligué  a  que salieras  y te  quedaras  bajo de la  lluvia  como un loco. —Pero  no  accedes a casarte  conmigo.  —Sabes  muy  bien por qué. —Ojalá  pudiera comprender  por  qué  las  mujeres  tienen  tantos  secretos con  sus sentimientos. A  ver,  dime, ¿y qué  más  da  si  yo  sé  que  tú  me  quieres? ¡No  se  va  a hundir el  mundo por  eso! —¡Me da vergüenza! —¿Por qué? Kate  lo  miró  con los ojos  centelleantes. —Porque eso me coloca  en una  posición  de desventaja con  respecto a  ti. Me  siento  vulnerable. —A  lo  mejor  yo  también  me  siento  así,  Kate,  ¿no  se  te  había  ocurrido pensarlo? Ella  rió  con amargura. —Eso es imposible, Tom,  porque  tú  no  me  amas. Hubo  un  largo  silencio.  Kate  se  sentía  incómoda,  porque  Tom  la  estaba mirando  de una manera  muy extraña. —En cuestión de  amor  todavía tengo que  aprender  —dijo Tom,  después de  sufrir un  acceso de tos—. ¡Maldita  lluvia! ¡No me encuentro  nada bien! —Deberías volver  a  la  cama —se atrevió  a  sugerirle  Kate. —¡De eso  nada! Tampoco estoy  tan  mal  —dicho  aquello,  se  bebió el  café, miró con  una mueca los  huevos  y  el  tocino  y  se puso de pie—. Me voy a trabajar. No tengo ganas de  comer.
Pero cuando echó  a  andar,  se  tambaleó.  Kate,  sin  pensarlo,  se levantó corriendo de  la  mesa  y se  colocó junto a él,  sujetándolo.  Sintió  su  cuerpo  con más calor del  normal. Entonces  le tocó  la  frente  y  comprobó  que  estaba ardiendo. —Tom,  tienes  fiebre, y,  además, muy alta. —La  verdad  es  que  me  encuentro  un  poco  mareado.  Vamos,  Kate,  no  me sujetes,  que te puedes  hacer  daño  en  la  costilla. Me  apoyaré en  la  pared. —No, no,  apóyate en  mí. Te llevaré  a  la  cama. —Pero  es  que  ahora  no  tengo  tiempo  para  ponerme  enfermo... —Eso deberías haberlo  pensado ayer. Al  cabo  de una  hora, llegó  el  médico,  y después de  examinarlo diagnosticó  un caso  bastante  fuerte  de  bronquitis,  agravada por una  infección viral. Le  puso una  inyección y  le  recetó  unos  antibióticos  y un  jarabe  para  la tos.  Janet  le  preparó  caldo y Kate  se  quedó  sentada  al  lado de su  cama mientras Hank  se iba  a trabajar. Tom pasó  la  mayor  parte  del día  en  una  especie  de  sopor,  siempre vigilado  por  la  mirada  atenta  de  Kate.  Sólo  lo  dejó  un  momento  por  la  tarde para  cenar  rápidamente,  y  enseguida  volvió a su  cabecera.  Por  la  noche,  el enfermo  comenzó a  agitarse, —Me siento  peor ahora que esta  mañana  cuando  me  levanté. —No te  preocupes  —le dijo Kate con una sonrisa—. Será  culpa de la fiebre, que  suele  subir  por la  noche.  Verás cómo  mañana  te  encuentras  mejor. Él le devolvió  la  sonrisa. —Deberías irte  a la cama  tú  también. —Me  iré dentro de  un  rato. — Bueno,  si  vas  a  quedarte,  podrías leerme  algo. —Muy  bien,  ¿qué  es lo que te  gustaría? ¿Una  de  tus novelas  policíacas? —No.  Prefiero  que  me  leas  la  revista  de  la  asociación  de  ganaderos  que tengo  en la  mesilla. Kate la tomó  y le leyó  un  artículo  sobre los  nuevos  métodos  de  mercado y un informe sobre las nuevas  técnicas  de  cultivo  de forrajes. Cuando hubo terminado, Tom dijo: —Eso me  recuerda que  los muchachos  te  están  construyendo  un invernadero.  Si  todo  marcha  bien,  lo  tendrán  terminado  dentro  de  un  día  o  dos. Después,  podemos  ir  al vivero de Pierre  a comprar algunas  plantas. Kate,  que  ya  había  olvidado  su  promesa,  se  alegró  de  aquel detalle,  pero no pudo  evitar  una punzada  de  tristeza  al  pensar que  nunca  llegaría  a  disfrutar de ese  invernadero.
—Ya  no  tienes  por  qué preocuparte  de eso, porque  yo podré  viajar  ya la semana que  viene. Tom abrió  los  ojos de  par  en  par  y la miró  fijamente. —No  quiero  que te  vayas.  Quiero  que  te  quedes aquí,  conmigo. Kate  se ruborizó, —Te  olvidas de  que  tengo  un  trabajo... —Pues déjalo. —Tom, yo... —Yo  puedo  mantenerte.  Hasta  que  llegue  el  momento  de pagar  los impuestos,  yo  tengo  aquí  un  verdadero  imperio.  Podemos  seguir  viviendo  del ganado,  aunque se  vaya acabando el  dinero.  Mientras,  tú puedes  cultivar  plantas en el  invernadero, lo  que  quieras, y tendremos verduras  todo el año. Parecía  que  hablaba  en serio, pero Kate no tenía  más  remedio que contradecirle. —Tú  no quieres casarte,  Tom.  Siempre lo has dicho. —Yo he  dicho muchas  estupideces en mi  vida,  Kate, ¿o  es que  todavía no te has dado cuenta?  —dijo  él volviéndose  de lado para  verla mejor—.  ¿Tú  nunca has pensado en  tener  hijos? —Sí,  alguna  vez. —¿Y  en  tener  hijos míos? Kate  rehuyó  su  mirada. —Cuando  vea a  mi  hermano... —No tendrás ocasión, porque  Nueva  York  está  muy  lejos, y yo  me encargaré  de que no  tomes  represalias.  Una  vez  te dije que me  gusta sentirme amado. Nadie me  ha querido nunca,  excepto  mi  familia. Kate  recordó de  pronto  aquello  mismo,  dicho por  una voz  susurrante, que le llegaba  de  muy  lejos.  Se estremeció. —Es  verdad...  me  lo  dijiste  cuando  estaba  en  la  UVI.  Me  dijiste  que  no querías  que me muriera... Tom dejó de sonreír. —También te dije  aquel  día  que si  tú  morías,  yo  no  querría  seguir viviendo.  ¿Quieres que  te  lo  repita  ahora? —Aquel día  las emociones  te  hacían hablar  demasiado. —Las  emociones  siguen  siendo  las  mismas,  Kate.  Yo  te  deseo.  No  me rehuyas  así,  por favor. El  deseo no es  ningún pecado  imperdonable.  Tú  también sientes  lo  mismo,  aunque te  empeñes en  no  reconocerlo. Kate —
agregó  con una sonrisa—,  a  ti  te gusta plantar  cosas y  ver cómo  crecen.  A Dios también  debe gustarle  eso.  El  arregló  las  cosas  para  que  un  hombre  y  una  mujer  plantaran  la semilla; y un hijo  es  la  pequeña semilla  que  crece. La vida es  un  milagro,  Kate. Kate  lo  miró  con los ojos  cargados  de  viejas  angustias.  —Mi  padre  me castigaba  cada  vez  que se  me  ocurría  sonreír a algún chico.  Georg  y yo nos  pasamos la infancia  oyendo que  el sexo  es  el  mayor de los pecados. —Pero  nena, tu  padre estaba  loco.  Con  su  enfermedad, no  estaba capacitado para hacerse cargo de  ustedes.   —Si  mi  madre  no  nos  hubiera  abandonado...   Tom se llevó  su mano  a  los labios. —Tienes  que  pensar  que  ella  tendría sus razones para marcharse.  Tú entonces  eras  muy pequeña  y  no  te  dabas cuenta;  un  niño  no  puede  entender  los razonamientos de  los  mayores. —Cuando  se  fue, me pasaba las  noches  llorando.  No  sabes  cuánto la echaba de  menos. —Quizá  ella  también  los ha  echado  de menos  a  Georg  y a ti durante  todos estos  años. Tom acababa de tener una  idea, pero, por supuesto, no pensaba confiársela  a  ella,  por lo menos  hasta que  no la hubiera  puesto  en práctica. —Ojalá me  encontrara  mejor —murmuró  Tom—. No  sabes cuánto  deseo hacerte  el amor. ¡Oh, Kate! Cásate  conmigo.  Tendremos un montón  de  hijos  que alegrarán esta  casa. Yo  estaría  dispuesto a aprender  a cambiar pañales  y dar biberones...  sería  maravilloso. Kate  se  puso  a  temblar de pies  a cabeza.  Lo  amaba  con  desesperación;  y él quería tener  hijos.  Seguramente los  hijos contribuirían  a  unirlos. Pero aunque  ella  lo  deseara  también,  sabía  de  sobra  que  un  matrimonio  así,  sin  amor por  parte  de él,  estaba destinado  al  fracaso.  No,  no  podía  prestarse  a  un  juego tan cruel. —No —contestó  sin mirarlo a  los  ojos—.  Lo siento,  pero no  puedo. Y  diciendo  aquello,  se  levantó  y  se  dirigió  hacia  la  puerta. —¡Pero si  tú  me  amas, maldita sea! —gritó  él  exasperado. —Un  amor  no compartido no es suficiente. Quizá a  ti  te bastaría, al principio,  pero no  tardarías en darte cuenta de que  no  podrías seguir  viviendo conmigo  si  lo  único  que  sientes  es  deseo  mezclado  con  culpabilidad.  Buenas noches.

DIEZ- FINAL
A  partir  de  entonces, Kate  se  pasó  la  mayor  parte  de  su  tiempo  libre trabajando  en el invernadero,  que tal y  como  le prometieron,  estuvo  listo enseguida, mientras Tom, ya restablecido, se concentró  como un  poseso en su trabajo. La paz duró  tres  días,  pero  después en  la  mañana  del  cuarto, cuando bajó  a  desayunar,  Kate  se
encontró  a  Tom  con  una expresión tan  sombría que daba miedo  mirarlo. Al  verla  aparecer, levantó los  ojos  del  plato  y le  dijo  fríamente:   —No  me  importa nada que  te  niegues a  casarte conmigo. Por mí puedes largarte hoy  mismo a Chicago,  a ver si  te dan  otro tiro.   —Muchas  gracias,  así  lo  haré  —replicó  Kate  muy  digna,  sentándose  en  la silla  que Hank  le  ofrecía—.  Me alegro  de  que  hayas recuperado tu humor habitual. —En toda  mi  vida  no he  visto  un  hombre  con  tan mal genio  —dijo Janet—. Kate,  no  sabes las ganas que tengo  de  que accedas  a casarte  con  él  de una  vez, a ver si  le  mejoras  el carácter.   —Yo  también  lo estoy deseando  —intervino  Hank  con  un  suspiro—.  Si quisieras  hacer el  sacrificio,  Janet y  yo  nunca lo  olvidaríamos. —Ya no quiero casarme  —rugió  Tom,  debatiéndose  con el  cuchillo  y el tenedor—.  ¡Este tocino está durísimo! —Entonces, ¿por qué  no  sales y  le cortas  un  trozo  de  carne a una de  tus vacas,  a  ver  si  te  sabe  mejor?  —replicó  Janet. —Y  los  huevos  están como  una  piedra. —Y  me  imagino  que el café  estará  aguado y las galletas blandas, ¿verdad? —continuó Janet  con furia. —¡Pues  has acertado! —Entonces puedes  irte a Blairsville  a desayunar,  si  quieres, porque yo no pienso  volver a  prepararte el desayuno. —¡Te  despediré! —rugió Tom. —Muy  bien. ¡Ni  en  el  infierno  encontraría un jefe peor que  tú! Tom dejó el  tenedor en  el  plato, lanzó  una  mirada general  de  furia,  y  se fue dando  un  portazo. —¡Gracias  a  Dios!  Ahora podremos terminar  de  desayunar  en paz —dijo Hank, y después,  dirigiéndose a Kate  con  una sonrisa,  añadió—:  Todavía  sigues resistiéndote, ¿eh?
—Tom  no  me  ama  —respondió  ella acaloradamente—, y yo no  quiero atarlo. Él  cree que eso  es lo  que quiere,  pero  algún día puede  enamorarse de verdad, y entonces  se arrepentirá  de estar  conmigo. Hank  no  dijo  nada.  Se  limitó  a sonreír. Aquel  era  el  día en que Kate debía  volver  al hospital  para hacerse  otra revisión. Ella esperaba que  fuera Hank  quien  la  llevara,  o  en  todo  caso  alguno  de sus hombres,  y  por eso se llevó una gran  sorpresa cuando encontró  a  Tom esperándola  en  el  coche.  Aunque  seguía echando  rayos y centellas por  los  ojos, le abrió la  puerta  con  rígida  amabilidad. —Me  imagino que  cuando  el  médico  te  vea  te  dirá  que  ya  puedes  volver  a Chicago  cuando  quieras. —Supongo  que  sí  —asintió  Kate  sin demasiado entusiasmo. —No  esperes que  te  vuelva  a proponer  matrimonio,  porque  no  pienso volver  a  hacerlo  —dijo  entonces él  sin mirarla. —No esperaba tal  cosa. En efecto  una  vez en  el hospital, el médico la  examinó meticulosamente, le dijo que  podía volver  al  trabajo  cuando quisiera y se despidió de ella  con una sonrisa.  Tom pagó  la  cuenta sin  hacer caso  de las  protestas de  Kate, y después  se pusieron  en  camino. —Ya  estoy  bien  —comentó  Kate—. Oficialmente,  puedo volver  a  trabajar. —Me alegro mucho. —Ahora  ya  puedes dejar de sentirte  culpable  —murmuró Kate—.  Quiero que quede  claro que  no  te culpo  de  nada de  lo  sucedido.       Pero  Tom no la  escuchaba. Acababa de  tomar un  camino  de  tierra que se adentraba  en el  bosque.  Cuando llegaron  a  un  pequeño  claro, cerca  de un tupido  bosquecillo,  paró  el  motor. —¿Por  qué  has  parado aquí?  —preguntó Kate   un  poco  violenta. Tom se  volvió,  mirándola  con  ojos  brillantes.  —Porque estoy  harto de  que  intentes  a  toda  costa protegerme de mí mismo. ¿Por qué diablos estás  tan  convencida  de que me  quiero casar contigo para  aliviar mi  sentimiento  de  culpabilidad porque  te  tengo lástima? ¡Yo no soy tan estúpido  como  para  tratar de cimentar  una relación  estable en  semejantes fundamentos!  —Entonces, ¿por qué  lo  haces? —Pues porque  me gusta  estar  contigo.  No  sé  por  qué,  pero me  vuelves loco cada vez que  te tengo cerca.  Me gusta hacer cosas contigo, e incluso  estar solo  contigo.  Y también me  gustaría  tener  hijos  contigo.  A pesar  del  mal comienzo que  hemos tenido,  nos hemos  hecho  muy amigos desde que estás en Warlace, Kate. Lo  suficiente  como  para  pensar en  matrimonio, creo yo. Kate  estaba  tan  cansada  de hablar  siempre del  mismo  tema, que ya  no sabía  qué objeciones  poner. —Yo  quiero casarme contigo —susurró  emocionada—,  es lo que  más deseo en la  vida,  pero tienes que  darte  cuenta  de que  significaría  correr  un  riesgo demasiado grande. —Yo lo  único  que  sé  es  que  te  deseo  a  todas  horas,  que  me  llevo perfectamente  contigo  y que  estaría dispuesto  a  matar por  ti, si  fuera necesario. Sin  dejar  de  mirarla a  los  ojos, Tom se  desabrochó  el  cinturón  de seguridad,  e hizo  lo mismo  con el  de ella. Se  acercó  sin  decir una palabra, pero con  aquella mirada fija en  sus  labios,  Kate  no necesitaba saber nada más. Aquel fue el beso  más  lento y más  dulce que  nunca habían compartido. Sintió que sus  brazos se iban  apoderando  de  ella, se  enroscaban  a su alrededor, y después  sintió la  caricia  de  sus  manos  en  el  pelo. Kate  no  se  resistió, y tampoco  contestó; en  lugar  de  ello,  suspiró  y dejó escapar un  gemido de  placer,  a  medida  que  el  beso  se  intensificaba.  Tom echó el  asiento hacia atrás  y la  tumbó.  Quiso  decir  algo,  pero él  sonrió  negando con la cabeza.  Después se  inclinó  sobre ella  y  cubrió  su rostro de besos. Primero  le  quitó  la  blusa,  y  el  sostén  no  tardó  mucho  en  seguir  su  camino. Después  recorrió sus  pechos  con  la  boca,  suavemente,  saboreando su  suavidad. Kate  no  sintió  cómo  terminaba  de  desnudarla,  porque  los  labios  de Tom actuaban en  su  cuerpo  como  un  excitante,  despertando todos sus  instintos dormidos. Pronto  la  ansiedad  hizo  presa  de ella; no  tenía bastante,  necesitaba más y  más. Después  él  se  quitó la camisa,  y Kate  empezó  a  acariciarlo como  siempre había soñado. Él  llevó las manos  a lo largo de  sus  costados, y en  algún momento, en medio del creciente torbellino de su  pasión, Kate descubrió que  también estaba desnudo. —Kate  —susurró  Tom  de  pronto,  contemplándola  con los  ojos brillantes—.  Quiero  que seas  mi mujer, la  madre de  mis hijos.  No quiero que te entregues  a mí  por segunda  vez sin comprometerte  antes.  Te quiero para toda la vida.  Voy a demostrarte la  belleza que  puede  haber  en  el placer  cuando éste es compartido  sin egoísmos. Ella  lo  miró  a  los  ojos,  buscando  una respuesta  a sus  interrogantes. —¿No  será sólo  deseo, Tom? —Si  solamente fuera deseo,  cualquier mujer  me  serviría.
—¿Y estás  seguro  de  que  no  te  serviría otra mujer? —Kate, yo  sólo  te deseo  a ti. Nunca,  nunca más,  habrá otra mujer en mi vida. —Pero  puedes  enamorarte... —Sí,  es  posible. Quédate quieta, pequeña,  y  déjame  amarte.  Deja  que te enseñe  cómo  debería  haber  sido  la  primera  vez. Tom se  movió suavemente entre  sus piernas, y entonces Kate  lo sintió tal  y como  lo había  sentido  aquella noche  ya  lejana, pero sin  ningún dolor.  Tom se movió en  su interior  suavemente, adaptándose a  las  demandas  secretas  de su  cuerpo  de  mujer.  La  besaba  y  le  susurraba cosas  irrepetibles al  oído, mientras que con  sus  manos iba  guiándola hasta conseguir hacerla  enloquecer de pasión. Kate  lanzó un  gemido  ahogado  y Tom sonrió,  sabiendo  lo  que  sentía exactamente. Entonces la poseyó  más  profundamente,  con fiereza. Su  pecho rozaba  los senos erizados  de  Kate  en  los movimientos  ascendentes y descendentes, y  el  ritmo  crecía  en  intensidad  por  momentos. Ahora  era  ella quien  le  susurraba  locuras  al  oído, y él  reía  y le  mordía el  hombro, la  boca, la garganta,  y  la  tensión  se  convertía  en  una  espiral sin principio  ni  fin,  una  espiral de placer  cálido.  Tom sudaba, y comenzaba a ponerse  tenso  sobre  ella. Kate igualó  sus  movimientos, levantó las  manos,  le  acarició  el  rostro,  y entonces  todo explotó  dentro  de ella  y  a  su alrededor. Aquello era una locura mágica.  Por primera vez  en  su  vida  sintió el colmo del  placer;  por primera  vez en  su  vida  perdió el sentido de  la  realidad  y su garganta  se  abrió en  un  grito de  felicidad. Kate  volvió  a  la realidad  lentamente, y  lo primero  que  oyó fue  el  rumor del  viento  entre los  árboles y  el  canto  de  los  pájaros.  Ambos  temblaban.  Era maravilloso  sentir  los latidos del  corazón  de  Tom  contra  sus  pechos.  Comenzó a  besarlo por  todas partes.   —Kate —susurró  él, enfebrecido—.  Casi  no podía  soportar el  placer. Creía  que  iba  a morir  intentando  abrazarte  con más  fuerza. Kate  suspiró  dulcemente. —Tom,  no  hemos  tenido cuidado...  no  has...  Puedo quedarme embarazada  después de esto.  Él sonrió.  —Sí,  es  verdad.  —Pero,  ¿qué  vamos  a hacer ahora?
—Casarnos,  por supuesto  —murmuró  Tom—.  Y  esta  vez  no te  lo  estoy preguntando,  lo  afirmo.  No  voy  a  darte la  oportunidad de rechazarme  una vez más. —Pero  Tom  —protestó Kate angustiada—.  Puede  ser  que  algún  día  te enamores  de alguien. —Pero Kate,  ¿no es  amor  esto  que hemos  compartido? Ella  se  quedó  mirándolo  con los ojos muy  abiertos. Tom no  había tenido  intención de  decir aquello;  simplemente  lo  había dicho  sin  pensar.  Pero  ahora que ya  estaba  expresado y  la  veía,  tan  hermosa, debajo  de  él, se  daba  cuenta de  que aquello  era  lo  que sentía en  realidad.  Era  la primera vez que el  sexo le despertaba  tantas  emociones. —Ahora no pienses  en  nada, Kate,  y  bésame. Así  lo  hizo  ella. Y  después  se  vistieron mutuamente,  sin  dejar de acariciarse.  Cuando volvían  al  rancho, Tom le dijo: —La  semana  que  viene  nos  casaremos.  Ya  tengo  el  regalo  de  boda  para  ti. —¿Qué  es? —preguntó ella, curiosa. —Espera  y  verás. Es una sorpresa.  Y  ahora no quiero  que  pienses en  nada. Me caso  porque  yo  quiero, nadie me  obliga. ¿De  acuerdo? Kate  lo amaba  demasiado  como  para  negarse  una vez  más. Ahora  ya  sabía con  seguridad  que nunca  iba  a  poder  renunciar él. —De acuerdo, Tlm —susurró.
 La  ceremonia  de  la  boda  tuvo  lugar  en  Warlace,  con  la  asistencia  de Margo  y  David,  que  fueron  gratamente  sorprendidos  con  la  noticia  de  que aquellos  enemigos  de siempre  por  fin se  casaban. Tom se  maravilló  de  su  belleza  al  verla  entrar  envuelta  en  tules,  y encajes.  Entre las  flores del altar  intercambiaron sus  promesas, delante de Hank,  Janet,  Georg,  Margo,  David  y  un  montón  de  vecinos  y  conocidos,  entre  los que se  contaba una  mujer  vestida con un  traje  oscuro  que se pasó  la  ceremonia sola, sin hablar  con  nadie. Al  final,  cuando  hubieron  intercambiado  los  anillos,  Tom  le  levantó  el velo  y  la  besó.  La  ceremonia había sido  tan  hermosa,  que  Kate  no  pudo contener las lágrimas.  Lo  único  que empañaba  su  felicidad  era  saber  que  él  no  la  amaba; no  como  ella  quería. Cuando se  estaba  cambiando de ropa  en  la habitación,  ayudada  por Margo,  apareció  la  mujer  desconocida,  retorciendo  un  pañuelo  entre  las  manos. Parecía muy  nerviosa. —¿Kathryn?
Kate  la  miró  sorprendida.  ¿Entonces  ella  la  conocía? Margo se  disculpó y salió  de la  habitación rápidamente. La  mujer entonces  la  miró con  unos  ojos  verdes muy parecidos  a  los suyos. —No  sabes quién soy, ¿verdad?  Al  fin y al  cabo  es  natural teniendo  en cuenta que  él me separó de  ti  cuando no eras  más que  un  bebé. Kate la miró  atónita.  Todos  los años  de  odio, amargura y  angustia volvieron de  golpe a  su memoria. —Tú  nos  abandonaste  —susurró—.  Nos  dejaste  solos  a  Georg y  a  mí,  y  él nos  pegaba. La  mujer tenía  los  ojos  cuajados  de  lágrimas. —Tu padre  te  secuestró,  Kathryn.  Te  llevó a  un  lugar  secreto, escondida, y yo me  quedé  sin  nada.  Sin ustedes,  sin dinero, sin  un  sitio  para  vivir...  Antes de eso, yo  había buscado un  abogado para  divorciarme de  tu padre,  con la esperanza  de que me  concedieran la  custodia  de  ustedes.  Había  un hombre en mi vida, un hombre  bueno que los quería  también a  ustedes.  Pero tu  padre se enteró  antes que  yo  pudiera hacer  nada,  y  un  día,  cuando volvía  a  la  granja, me encontré con  que  no  había nadie. Se  había marchado llevándoselos  con  él. Yo entonces  no  tenía siquiera el dinero del pasaje  del  autobús para  salir  a buscarlos. Kate  la  contemplaba  cada  vez  más  sorprendida.  Aquello  no tenía  nada  que ver  con  la  versión de su  padre. —¿Nos secuestró? —Sí,  cariño.  Yo me  puse a  trabajar  de camarera  en  un bar.  Estuve  así dos  años,  hasta que  conseguí  el dinero suficiente  para  buscarlos,  pero  entonces ya era  demasiado  tarde. —¿Y  el  otro  hombre,  con  el que  te ibas a casar? —Lo dejé.  Estaba obsesionada  con lo  que habría sido  de ustedes  mis hijos.  ¿Cómo iba  a  construir mi  felicidad  sabiendo que  ustedes  podían estar sufriendo? Kate  estaba  tan  emocionada  que ni  siquiera  se dio  cuenta  de que Tom la estaba mirando desde la otra  habitación. —¿Y  has  estado  sola  todo  este  tiempo? —Sí,  todo este  tiempo. Ya  me  había cansado de preguntar en todos los orfanatos,  y  ni  siquiera  sabía  la  existencia  de  su  abuela  en  Dakota  del  Sur, porque su padre  no me  lo  había  dicho  nunca. Entonces, un  buen día,  tu  marido entró  en el  restaurante donde  trabajo y me dijo que Georg y tú estaban  vivos y que  me  traería para  verlos. —¡Oh, mamá,  no!...
Kate  se  echó  en  los  brazos  de  la  mujer,  y  de  pronto  fue  como  si  el tiempo  no hubiera  transcurrido desde la  infancia.  Aquel era  el  refugio protector de  su madre.  Tantos  años  habían transcurrido y todavía  lo recordaba... Se  volvió  entonces y vio  que  Georg estaba al  lado  de  Tom,  sonriente,  y entonces  se dio cuenta de que  aquello  debían  haberlo tramado los  dos  juntos. Cuando él  se  acercó,  su  madre  también lo  estrechó contra  sí. —Mi hijo  —sollozó—. Mi  pequeño.  Cuando te  vi  no  podía creer  que hubiera pasado tanto tiempo.  Y  ahora  te he encontrado  a ti, y a  Kate.  Todo esto me  parece  un  sueño... tengo miedo de  despertarme,  como  siempre,  y encontrar  que  ya  no  están a  mi  lado. —No  te dejaremos, mamá —dijo  Georg riendo—. Pasarás un buen período de  tiempo  viajando  entre  Nueva  York  y  Dakota  del Sur  para  estar  con  nosotros antes que  te dejemos volver a  casa. —Claro que sí  —dijo  Kate, tomando el pañuelo de  su  madre  para  secarse ella  también  los  ojos. —Será  estupendo, hijos.  Y  después,  por  fin podré  dar  el  sí  al  hombre  que me ha estado  pidiendo  que me case  con  él  durante  veintidós años. Kate  lanzó  una exclamación de sorpresa. —¿Todavía  sigue esperándote,  después de  tantos años?          —El amor  verdadero  nunca se extingue, hija  mía. Él sigue  esperando, como  yo  he  esperado para  volver  a ver  a  mis  hijos. Cuando  por  fin  se  quedaron  solos,  Kate  estaba tan  emocionada con Tom que  no  sabía cómo decírselo. —Oh,  Tom —suspiró—. ¿Desde  cuándo estabas  planeando esto? —Desde  hace  dos  semanas,  con  la  ayuda  de Georg.  Pensamos  que  te gustaría  saber lo que  es tener  una  madre.  Dime,  ¿te sientes feliz? —No  sabes cuánto, Tom.  Figúrate,  después de  todos  estos  años  de echarle  la  culpa a  ella. ¿Cómo he  podido  estar  tan  ciega? —Yo también he estado  ciego  contigo durante  mucho tiempo, Kate.  No tenía ni  idea  de lo  mucho que  me querías  hasta  aquel  día en  que descubrí que tenías  la  casa  llena de  fotos mías.  Dios mío —agregó  apretándola  contra sí—,  no puedes  ni  imaginarte  lo  que  pasé  desde que  supe que  te  habían herido.  Fue como  si  el  mundo  cayera  de pronto,  hecho pedazos.  Si tú hubieras  muerto,  yo no  podría haber seguido  viviendo. —Te sentías  responsable sin ningún  motivo, porque no fue  culpa tuya. —Yo... te  amaba —confesó  de  pronto  Tom sin mirarla a  los ojos—. Te he amado durante  muchísimo tiempo,  pero  tenía miedo porque  había  visto lo  que el amor puede  hacer de un hombre  cuando una mujer lo  traiciona. Como no quería  que eso  me  ocurriera  a  mí, me  convencí  de que lo único que sentía  por ti era  deseo,  y que aquel  otro sentimiento se  esfumaría  en cuanto te hubiera hecho mía. Pero aquella primera  vez no  me  ayudó  en  absoluto,  Kate.  Volví a mi casa,  me  emborraché y así  estuve  varios días. Pero aun borracho,  seguía oyéndote llorar. Después,  Georg  me lo  contó  todo, te hirieron, y  me hundí  por completo. Ya  lo  sabes,  Kate. Te  amo;  te  he amado siempre.  Así  que  ya  puedes estar  tranquila,  porque no  existe  la posibilidad  de  que me  enamore  de  otra mujer. Kate no  intentó  contestar. Se limitó  a abrazarlo  con todas sus  fuerzas, buscando  sus  labios.  Aquello era un sueño,  un sueño maravilloso que iba  a durar toda  la  vida.
FIN


HOLA .. BUENO AQI ESTA EL FINAL DE LA NOVELA. MUCHAS GRACIAS POR ESTAR COMENTANDO Y LEYENDO .. A CONTINUACION LA SIGUIENTE NOVELA SE LLAMA "UN JEFE IRRESISTIBLE ' ES LA 16. HASTA LA SIGUIENTE.

AUTORA:DIANA PALMER
TOM KAULITZ: JACOB CADE
GEORG LISTING: TOM WALKER
KATE LISTING: KATE WALKER

😊
SIETE
 Tom quiso  alquilar  un avión privado  para  volver  con Kate  a  Dakota  del Sur,  con  la  intención  de  aligerar  en  la  mayor medida posible  las incomodidades propias  de  un  viaje.  Sin  embargo,  se  vio  obligado  a  desistir  de  la  idea  porque  el médico le dijo que  debido a  su lesión pulmonar,  Kate no podría volar hasta  dos meses más  tarde, por lo  menos. —Pero  si  tú no  puedes  ni  ver  los  aviones —exclamó Kate  cuando fue al hospital para contárselo. Tom se  encogió de hombros. —Por mí  no  importaba, me  hubiera aguantado,  pero  el  médico  me dijo que tú todavía  no  puedes viajar  en avión.  —Pero  si  solamente tengo una  costilla...   —Y también parte del pulmón  —la  interrumpió Tom—. Al  final  he optado por alquilar un  autobús; uno grande,  para  que  vayas  cómoda. Papá  irá a recogernos  a Pierre  con  el Lincoln, y yo  enviaré  a  alguien a  Chicago para  que se lleve  mi  Mercedes  de vuelta. —Te estás molestando demasiado. —No  te vendrá mal  un  poco  de  mimo. —Tiene  ironía que seas  tú precisamente  el que  se dedique a mimarme ahora. —Sí,  somos  viejos enemigos, Kate.  Pero  tampoco olvides que  hubo  una época  en la que éramos  amigos.   Kate  recordó  con  una sonrisa. —Entonces tú  eras muy  amable  conmigo. —Tú eras  la única  amiga  de Margo,  debes darte cuenta que  eso complicaba bastante  las cosas,  quizá  más  de  lo  que  puedes  imaginarte. —Sí.  Tú  no  te  sentías  con  libertad  para seducirme mientras  Margo estuviera  por allí. Tenías  que dar  buen ejemplo  a tu sobrina,  ¿verdad? En  cuanto  lo  soltó,  Kate  se  arrepintió  de  haberlo  dicho.  Pero  Tom  no perdió la paciencia; todo  lo contrario, la  miró  con gesto  indulgente. —Lo  dices  como  si yo  fuera un  ser  frío  y calculador,  sin  sentimientos. Kate, yo te deseaba mucho,  es  verdad, pero incluso entonces, si  tú  me  hubieras rechazado,  yo  no  habría  insistido más.  De  todas  formas,  no  me  imaginaba  que cuando  llegara  la  ocasión  tan  esperada  yo  iba  a perder  el  control.  Luego  perdí la cabeza  en  cuanto te  besé  por  primera vez en  el coche. —Me imagino  que  eso  le pasará  a todo  el mundo de  vez en  cuando. —A mí  no, Kate. Era la  primera  vez  que me veía así.
—Ah. Tom la  miró  con  el  ceño  fruncido. —¿No te  ha  contado  nadie que  un  hombre  puede  perder  la  cabeza cuando la mujer que está  con él responde  sin  contenerse? —A mí  nadie  me  ha  hablado  de  esas  cosas. Pero he leído muchos libros... —Me parece  que  tú  y  yo  vamos  a  tener  una  larga  conversación  un  día  de estos,  Kate.  Tienes  que  enterarte  de  una  vez de  que las  mujeres tienen  la capacidad  para  disfrutar del  sexo  tanto  como los hombres. —¡Eso  no  es  verdad!  —exclamó  Kate,  recordando  la  frustración  y  los deseos  insatisfechos de  su  única noche. —La  primera  vez,  no  desde  luego.  Ni  tampoco  cuando  el  hombre  sólo piensa  en  su  propio  placer  y  no  da  nada  a  cambio.  Para  tu  información,  te  diré que  yo no soy  un  hombre egoísta. Viendo  que  la  conversación  se  salía  de  los  límites  de  lo  conveniente,  Kate decidió cambiar  de  tema,  y lo  hizo  sin ninguna  transición  . —Oye,  Tom,  ¿cuándo van a permitirme  salir  de  aquí? ¿Lo sabe  Georg? —No quieres  seguir hablando  del  tema,  por  lo  que veo  —murmuró Tom—.  Está  bien, por  esta vez te saldrás con la  tuya.  Tu  médico  dijo  que podrás salir el  próximo  viernes por la  mañana,  si sigues  evolucionando  como hasta  ahora.  Ese día se cumplen  diez desde que te  ingresaron, lo  que  según el doctor es un  récord  de  permanencia  corta tratándose de  una  herida de bala. —Estoy harta  de pasarme  el  día en  la cama —se quejó Kate  con  un suspiro. —Pues  no  pienses  que  vas  a poder  subirte a los  árboles  en  cuanto  salgas del  hospital.  No  podrás  hacer ejercicios  violentos  hasta  que  tengas  la  costilla curada, y eso tardará cinco semanas más por lo menos.
 Georg los  acompañó al  rancho  solamente para  asegurarse que  su  hermana se  quedaba bien. Sin  embargo,  Kate  intuía  que Tom  en  el fondo se  alegraba de llevar  aquella compañía. Cuando llegaron  al  fin  a Pierre,  después  de un  día de viaje  con  pocas paradas para comer y  descansar,  Hank  Kaulitz  ya  los  estaba esperando,  y Tom la sacó  del autobús y  la  llevó  hasta  el  coche  en  brazos. —Había olvidado lo  grande que es  Warlace —comentó Georg  cuando  se adentraron en  el camino  de  tierra  que  conducía  a la  casa.   Por  el  campo se  veía  pastar  al  ganado, repartido  en  la  inmensa  llanura. —Pues  a  mí se  me hace  mucho más  grande  todavía cuando  no está Tom —dijo Hank,  que  conducía  el  Lincoln—.  Siempre hay  algún  problema que resolver. Por  cierto,  hijo, todavía no  te he  dicho lo peor. Chuck  Gray se marchó ayer. Tom le  dirigió  una mirada furibunda  a su  padre. —¿Qué?  ¿Por  qué? —Me dijo  que  te  dijera  que  ya  estaba  harto  de  acorralar  nuestros malditos  toros.  No  sé  si  se  acuerdan que  todos los  años  acorralamos  el  ganado —dijo  dirigiéndose a Georg  y Kate,  que  lo  escuchaban  desde el asiento  de  atrás— . Siempre  que lo hacemos  alguien resulta pisoteado o  coceado, y  esta  vez le tocó  a  Chuck.  Se  ha  ido a trabajar  a  un  rancho de Montana. En aquel  momento detuvo  el  coche,  porque  había llegado,  y  Tom no  pudo disimular su enfado. —¡Maldita sea! Era el  mejor  capataz  que  he tenido nunca.   —Pues  en  ese  caso  deberías  haberlo dejado trabajar  con  los caballos  en vez  de obligarlo a dedicarse  a  los toros,  como yo  te  dije.  Si  me  hubieras  hecho caso... —Claro que te  hice  caso, maldita sea,  y por eso ocurrió  este  desastre. ¡Tú fuiste  quien  me aconsejó  que pusiera a  Chuck a  trabajar  con los  toros! Hank se encogió de  hombros.  —Bueno,  ¿y  entonces  por  qué me  hiciste  caso?  —¿Por  qué diablos no tomas  un  barco  y te marchas  a Tahití, como siempre  estás diciendo que  vas  hacer? —Pero  hijo, si  me  fuera,  ¿quién  iba  a  cuidar  de ti?  Kate  ya  no  pudo  más  y  se  echó  a  reír,  pero  cuando  Tom  le  dirigió  una mirada centelleante,  no tuvo  más remedio que contenerse. —Lo  siento...  es  que  estaba  pensando  en  cosas mías.   —Sí,  seguro.   Entonces  Tom bajó  del coche,  la hizo  salir  a ella  y  la  levantó  en brazos, á pesar  de sus protestas,  mientras Hank  y Georg recogían  el  equipaje  del maletero. —¡Janet!  ¡Abre la puerta! —gritó  a pleno  pulmón,  atrayendo la mirada de dos vaqueros  que  trabajaban  en  el  corral. —¡No  grites  tanto,  que  con  esa voz tuya, vas a romper  los cristales!  — gruñó la  vieja  señora apareciendo  por la  puerta principal—.  Buenas  tardes, Kate, me  alegro  de  verte.  En cuanto  a  él no  quiero  hacer  ningún  comentario. Ahora  que  ya  me había acostumbrado a  la paz  y la tranquilidad  del rancho, vuelve otra vez.  Apuesto lo que sea a que  ya  se  ha  peleado  varias  veces  con su padre y que viene dispuesto  a amargarnos  la  cena...
con el asado  tan bueno que he  preparado.
—¡Estás  despedida! —rugió  Tom  entre dientes.  —Puedes  decir  lo  que  quieras, porque  no  me  pienso marchar. ¡Cierra  la boca  y  deja  de  darme  órdenes,  jovencito!  ¡Para  que  te  enteres,  yo  te  ponía  los pañales cuando  eras un renacuajo! —¡Por  el  amor de  Dios, Janet,  deja  de  recordármelo! —replicó  Tom, entrando  con  Kate  en  el  vestíbulo—.  Pero,  ¿qué  demonios  pasa?  ¿Es  que  no  hay una luz en  el  vestíbulo? —¡No  me  gusta despilfarrar!  ¡Y  ten  cuidado, no  tropieces y  se vaya  a caer la señorita Kate! Tom murmuró  algo  entre dientes que  Janet no  alcanzó  a  oír, pero que hizo  que  Kate  se  sonrojara.  Después  la  condujo  por un pasillo del  piso  bajo  a una de las habitaciones de invitados,  dos puertas más  allá de  su  propia habitación,  o  por  lo  menos la  que Kate  imaginaba  que  seguiría  siendo  su habitación. —Ahora apenas  utilizamos  el  segundo  piso  —le  dijo Tom dejándola sobre  la  cama—.  En  invierno  hace  un frío  de  muerte,  y,  además,  Janet  ya  no está  para  andar subiendo  y  bajando  escaleras  cuando  tiene  que  limpiar. Siempre procuramos lo  mejor  para ella, porque  tiene  las piernas  muy delicadas, aunque a  veces se merecería  que  la  fusiláramos. —Si  hicieras  eso  seguro  que  la  echarías de  menos —observó  Kate. Tom se  acercó  y le  tomó  la  cabeza  entre  las  manos.  —¿Qué  tal va  esa  costilla? —Me  duele  un poco  —respondió Kate,  ensimismada en la  contemplación de su rostro. Sin darse cuenta, al  sentirse  observado, Tom  esbozó una  suave  sonrisa. Todavía no  había comprobado bien  lo  excitante que podía  llegar a ser el hecho de  que  Kate lo  amara.  Se  acercó  mas;  Por  un momento  sus  alientos se entremezclaron. Kate entreabrió los labios,  y Tom se  dio cuenta de  que estaba  loco  por  besarla;  resultaba  emocionante sentir  la respuesta  inmediata de  ella. Pero no la besó, porque  no  era para  eso para  lo  que  ella  estaba allí. Bruscamente se  apartó,  frunciendo  el  ceño. —Descansa  un poco antes de  la  cena.  Yo  tengo que ir  con mi  padre para que  me  cuente  lo  que  ha  pasado  en mi  ausencia.  Mientras  tanto, Georg  puede hacerte  compañía. —Sí.  Aunque  tampoco hay ninguna  necesidad  de  que  alguien  esté divirtiéndome —contestó  Kate con  una sonrisa—. Pero  dime,  ¿siguen gustándote las  novelas de misterio?  —Sí.
—A mí  también me  gustan.  ¿Podrías  prestarme  algunas para  leerlas mientras estoy  aquí? —Sí,  claro. Además, compré  muchas  nuevas  desde  la última  vez que estuviste  aquí.  Puedes  tomar las que quieras. —Janet dice que  uno de  tus  hombres quiere  verte —anunció  Georg, entrando  en  aquel  momento  con  la  maleta  de  Kate—.  Es  para  algo  de  un  cable que  no  han recibido. —Estupendo —murmuró Tom  para  sí—,  falto  unos  cuantos días en  el rancho y  cuando vuelvo me lo  encuentro  todo  patas  arriba... Cuando  estuvieron  solos,  Georg miró  a  su  hermana  con una  sonrisa,  y dijo: —Cómo  en  los viejos  tiempos,  ¿verdad?  Parece que desde que  Margo  se casó,  Tom  ha  recuperado  su  antiguo temperamento. Kate no comentó nada a  eso,  y  en  cambio  le hizo una  seña para  que  se sentara  a su lado. —Quédate  un  rato  conmigo,  anda,  Geo,  y  cuéntame  alguna  anécdota nueva  de  tu trabajo. Georg empezó a hablar  con  la  elocuencia  que  lo  caracterizaba, y cuando quiso  darse cuenta de  que  su hermana no  contestaba  a nada de  lo que  decía, pudo  observar  que  se había  quedado dormida recostada en los almohadones  de la cama.  Georg la  miró un momento,  preocupado. Últimamente su  hermana  la había pasado  muy mal,  y a él no le  parecía acertado  que  hubiera  aceptado la invitación  de  Tom  para  ir  al  rancho.  Pero  al  fin  y  al  cabo,  él  nada  podía  decir, porque nada  sabía, y  las  relaciones  de Kate  con Tom  seguían  siendo  un misterio.

OCHO
Georg se  quedó  solamente  un  par  de  días  y  después  tuvo  que  volver  a Nueva York  a  trabajar,  Al  principio,  Kate se  sentía  un  poco  sola,  pero  enseguida Janet  sacó  tiempo  de  sus  tareas  para  charlar  con  ella  de  vez  en  cuando.  Tom se  las arreglaba siempre  para llegar  o demasiado  pronto  o demasiado  tarde  a las comidas, y generalmente  ella  comía  con Hank  y  Janet. No sabía si  aquel peculiar  horario  de Tom sería  fruto  de  la casualidad  o de  alguna estratagema suya,  pero  el  caso  era  que  se  había  estado  comportando  de  una  manera  un  poco rara  desde  su  llegada  al  rancho,  como  si  en  el  fondo  se  arrepintiera  de  haberla invitado.  Kate,  al haber advertido una cierta  tensión, procuraba a su  vez no cruzarse  demasiado en su  camino.  De  todas formas, sabía  que Tom no  podía disponer  de  demasiado tiempo libre en  el otoño. Sus  hombres y él se pasaban todo  el  día  ocupados  trasladando el  ganado a los pastos de  invierno,  vendiendo becerros,  cambiando vaquillas,  arreglando las cercas... en una palabra, solucionando los  múltiples problemas que  planteaba la cría de  ganado con el paso  de una  estación  a otra. El  médico  de  Chicago  de Kate  les había recomendado que la  visitara el médico  de  Tom cuarenta y ocho  horas  después  de  su  llegada a Dakota  del Sur para  asegurarse  de que el viaje  no había  repercutido negativamente. Así  que el doctor  Wright  examinó  a  Kate  y  le  dijo  que  su  costilla  se  estaba  curando perfectamente.  Todavía tenía  algunos  dolores,  pero mucho  menos fuertes  de los que la  habían  atormentado durante  los primeros días. Antes  de  abandonar  el hospital le  quitaron los  puntos,  y afortunadamente,  el cinturón  especial  que le pusieron  en  las  costillas  no  le  causó  molestias  ni  en  la  herida  ni  en  la  zona  donde había llevado  el  drenaje.  Le  dijeron  que tenía  que  volver a  hacerse unas radiografías cuando  se  cumplieran  cuatro semanas  desde la  intervención  y que podía  prescindir  del  cinturón para las  costillas  en  cuanto  notara  mejoría. Cuando ya  llevaba una  semana  en  el rancho, un buen día, Tom  se presentó  de  improviso  en  la  habitación  de Kate, cuando  ella  estaba  viendo  la televisión  cómodamente  instalada en  una butaca. Venía  de trabajar,  vestido con unos  pantalones vaqueros  viejos, una camisa  gruesa de  cuadros y las botas todavía  polvorientas del camino. Él sonrió  al verla con el  camisón  rosa  y  con los pies descalzos. —¿Viendo la  televisión? —preguntó.
—Sí  —contestó ella  con  una  sonrisa—. Me  encuentro muy  bien, y  no  me aburro nada, así que no  tienes  que  perder  el  tiempo entreteniéndome. No quiero  que te  preocupes. Tom  se  quedó  maravillado de  que, una  vez más,  Kate  antepusiera su comodidad a la de  ella. En aquellos  días  no le había  importunado  para nada; de hecho  ni  siquiera  le  había  vuelto  a  recordar  lo  de  aquellos  libros  que  le  pidió  el primer  día.  Y  no  era  sólo  con  él,  sino  con  todo  el  mundo; casi  se  podía  decir que no  se  notaba que ella estuviera  en el  rancho. De  pronto, sin saber por  qué,  se sintió  impaciente  e  irritado  ante aquella falta de  espíritu.   —¿Es que  no te cansas  nunca  de  ser  una santa? ¡Dios mío! ¡Sólo te falta la aureola! Kate  se quedó  sorprendida,  pues no  esperaba  aquel  ataque, por  lo  menos no  tan pronto. Pensaba que  hasta que  no  estuviera restablecida  del todo  no empezaría de  nuevo con  sus  groserías  de  siempre, pero debía ser  que su presencia  en  la casa  le  molestaba,  porque  reavivaba  su  sentimiento  de  culpa. —No debería  haber  venido  —le dijo  tranquilamente—. No  has cambiado en absoluto,  Tom;  reconoce  que no  te  gusta  nada  la  idea de tenerme  en  tu casa —poniéndose  de  pie con  cierto  esfuerzo, agregó—:  Siento mucho tener que pedirte  esto,  pero, ¿te importaría  conseguirme un boleto para  el  primer autobús que salga  para  Chicago?  Si  no  puedes, llamaré  a Georg. Tom vio con  alarma  que  la situación se  le  había escapado de  las  manos, y se  dio cuenta  de que  antes  de  hacer aquel desagradable comentario,  debería haber  recordado el  afán  de  Kate  por  no  molestar. —Verás,  Kate,  estoy muy cansado,  y cuando  estoy  cansado  pierdo  los estribos y tengo ganas de comerme a la gente. Y tú  eres  la  primera  víctima que he  encontrado  a  mano.  Cuando  quiera  que  te  vayas,  te  lo  diré. La miró un poco  intranquilo, dándose  cuenta  que debajo  del camisón  no llevaba nada, y  eso  le  puso  todavía más  nervioso. —Perdona, pero  es  que  yo había  entendido  que querías que  me  fuera. Tom  exhaló  un  suspiró.  Se  acercó  a ella y  tomándola  de  los brazos, la hizo  sentarse otra vez. Después  se  arrodilló  delante de su  silla y la miró  a  los ojos. —No  sé  si es  que lo has  olvidado,  o  que  no  lo  sabes,  pero  yo  soy  un hombre  muy  difícil  de  tratar.  Tengo un  genio  endemoniado, y  no me  ando  con miramientos  a  la  hora  de  sacarlo  fuera.  Si  no  aprendes  a  torearme  un  poco,  la vas  a  pasar bastante mal  mientras estés  aquí.
—Tom, no  quiero discutir. Me  encuentro demasiado débil,  echo  de menos mi  trabajo, y a  mi hermano,  y  de pronto dispongo  de mucho  tiempo para pensar. —Desde que  Georg se  fue  te  has encerrado  en  ti misma,  y yo  no  sabía  si era  porque te encontrabas  sola o  porque  no  tenías  ganas de hablar con  nadie. Mira, Kate,  a mí me gusta  estar  solo,  y  esa  es  una costumbre difícil de cambiar. Si  tienes  necesidad  de  hablar,  yo  te  escucharé,  y  si quieres  estar  conmigo,  sólo tendrás que decírmelo. Kate  se sonrojó de  vergüenza. —No necesito la  compañía  de  nadie,  muchas  gracias  —repuso en  un arranque  de orgullo—.  Lo único  que necesito  es  alguien que me lleve  al  médico el viernes próximo  para  hacerme  las radiografías. —Y  yo que  creía  que  era  el  único  orgulloso  —murmuró  Tom—. Seguro que prefieres quedarte  ahí sentada  toda  la  vida antes  que  pedirme a  mí  que  te lleve,  ¿verdad?   —Pues,  sí, en  efecto. Ya  lo sabes.   Hubo  un silencio  gélido,  al  cabo  del cual, Tom dijo:   —Bueno,  ¿te importaría hacerme compañía un  rato  mientras  reviso  los libros de  cuentas? Kate  mantuvo  la  mirada  fija  en  la  pantalla  del televisor.  —Prefiero quedarme viendo  esto,  pero gracias de  todas  formas. Tom fue  directamente  al  aparato y  sin mediar  palabra,  lo  desconectó. — ¡Tom! Actuando  como  si  no  la  oyera,  Tom la  levantó con mucho cuidado en brazos, la  sacó  de  la  habitación  y la llevó  hasta su despacho. —Acabo de  descubrir  que tienes un  carácter  tan insoportable  como  el mío,  y un  orgullo que  tampoco  se  queda  atrás. Tú  no  estarás  dispuesta a ceder ni  un  palmo, pero yo  tampoco.  Y no  estoy  dispuesto  a que  te  encierres  en esa habitación  sin dejarme  entrar. No te  he  traído  aquí  para  ver  cómo  vegetas, ¿sabes? Diciendo  aquello,  la  depositó en el  sofá  del  despacho.  Kate, que  no  tenía otro remedio,  lo  dejó  hacer, aunque no  podía  disimular  su  sorpresa. —Yo  creía  que te  gustaba estar  solo. —Y  yo también —contestó  Tom,  descubriendo al  mirarla  que le  había crecido  el  pelo, y  que  lo  tenía  suave y  brillante como  siempre. —Pero necesito una bata...
—¿Para qué? Hank  está  en  una partida de póquer  con sus  amigotes y Janet  ya  se  ha  ido  a  su  casa  a  pasar  la  noche,  así  que  estamos  completamente solos. No  te puede  ver  nadie;  solamente yo. Kate  se sonrojó vivamente. —¿No  irá  a entrarte  la  timidez  ahora?  Recuerda que no  hay  nada  de  ti que  yo no haya  visto.  Ella  se  sonrojó aún  más. —Perdóname,  Kate.  No  sé  cómo  se  me  ocurrió  decirte eso.   Kate  se  sintió  un  poco  mejor  con  la  disculpa, sin embargo,  seguía  sin atreverse a  levantar  la  vista. Aquel torpe  comentario acababa de suscitar  una avalancha de  recuerdos penosos.  Tom  se sentó en el sofá,  a su lado, con expresión contrita.  —Creo que nunca  he cometido una  equivocación  tan grave con una persona como  la  que  cometí  contigo. Ojalá  me  hubieras contado antes lo  que  te pasaba. Kate cruzó  los brazos sobre  el  pecho.  De  pronto  sentía  frío.  —Para  mí resultaba muy  doloroso  hablar  de ello.  Mi  padre  era  un desequilibrado. Nosotros  lo  sabíamos,  pero  éramos tan  pequeños, Tom...  No podíamos  hacer  nada, ni  recurrir  a nadie.  Cuando murió,  ya no había remedio, nos había dejado  marcados  psicológicamente. —¿Sólo  psicológicamente? —inquirió Tom,  recordando el  relato  de Georg acerca  de  las circunstancias de  su  muerte. —También físicamente. ¿No  viste mis cicatrices aquel  día en  la  caseta de baño? —¡La verdad  es que aquel día  la  furia  no  me  dejaba ver nada!  Habría matado  a  ese mocoso. Kate  le miró.  No  podía  evitar  el  sentirse  halagada  por  su  indignación. —Pobrecillo. Sólo  intentaba  tranquilizarme.  Ya  sabes  el  miedo que  me dan las  serpientes.  Tú  te  cegaste  porque  yo  ya  te  había  dado  lugar  a sospechas cuando  estuve  besándome con  él  en  la  piscina,  mientras  tú  jugabas  al ratón y al gato  con  la  Dugan... Entonces  Kate  había tenido  celos  de  Barbara.  Con  el  corazón  palpitante, Tom  comprendió que  aquello  explicaba muchas  cosas. —Di mejor que ella estaba  jugando  al  gato  y  al  ratón conmigo.  A mí  me gusta Barbara.  Siempre me  ha gustado —agregó  apartándole un mechón de  pelo de la  cara—. No sé  si  te he comentado que  ésta  prometida con Hardy. —¿De verdad? Tom miró  divertido el rubor  de sus mejillas.
-Efectivamente. Así  que  si habías  pensado  que  iba  a casarme con ella, puedes irte desengañando. Supongo  que me quedaré  soltero. —Y  en  ese  caso, ¿quién  heredará  Warlace?   —Buena  pregunta.  Hasta  hace  unos  pocos  años  no  me  he  preocupado  por tener hijos. Creo  que al final  no  me  quedará otro remedio que casarme,  si quiero un  heredero. —No creo  que tengas  problemas para  encontrar una  candidata  —declaró Kate, rehuyendo  su  mirada. —¿Tú crees que  no? —preguntó Tom pasándole un brazo por la espalda—. Soy rico,  Kate. —¿Y qué  quieres  decirme con  eso? —Lo que quiero decir  es que no  sé cómo  voy a estar seguro  de  que no  se casan conmigo  por mi  dinero.  —En  ese caso,  deshazte  del  dinero. Regálalo. Tom sonrió. —No  estoy  tan  desesperado  como para llegar a  esos extremos. —Entonces nunca podrás  estar  seguro. Kate lo  miró  largamente, pero  pudo  apartar los ojos de él  antes que la traicionaran.  Lo  que no  sabía era que Tom se había  dado cuenta  desde hacía bastante  rato  de  que  la  estaba  deseando. —¿Cuándo  supiste que  no estabas embarazada?  —le preguntó repentinamente. —Una  semana  después  —respondió  ella  sonrojándose.  —Yo  también  me  quedé  preocupado. Y  lo  peor  era  que sabía que no  ibas  a querer hablar  conmigo ni  verme,  así que  tuve que  inventarme  una estratagema: llamé a  tu  hermano Georg  y le conté  una historia  de  que tenía  que  hablar  con ustedes  dos pero  juntos, y asi  lo  hice ir  a  Chicago.  De alguna  manera tenía que enterarme  de si  estabas embarazada  o  no. —Pues  ya ves,  te  preocupaste  en  vano  —respondió Kate.   —Tampoco  es  que  estuviera  preocupado. Sólo  quería  saberlo,  nada  más. —Pues  yo no te  lo  habría  dicho. —Pero  yo  me  habría  enterado  más  tarde o  más  temprano  —respondió  él mirándola a los ojos—. No  me  hubiera  dado  por  vencido  hasta  saberlo.   —¿Y  si?... —¿Si  hubieras estado embarazada?  Yo  creo que me conoces lo suficiente como  para no  tener que  hacerme esa pregunta.   —Te habrías casado  conmigo —murmuró Kate.
—Un hombre  con sentido del honor  debe  comportarse a la  altura  de  las circunstancias  cuando  hay un  niño  de por  medio. —Pues menos mal  que  no pasó  nada  —dijo Kate,  que había cerrado  los ojos  y  tenía  la  cabeza apoyada  en  el  respaldo del sofá—. Detesto  las  bodas precipitadas, y,  además, no  estoy segura  de  querer tener un  hijo.   —¿Por qué? —Pues  porque  por  su  culpa  los  padres  terminan  por  hacer  locuras. —Tú  no  puedes  juzgar a  todos los  padres del mundo por el  tuyo. —¿Por  qué  no?  Precisamente  tú  juzgas  a  todas las  mujeres por lo  que  fue tu madre. Tom  empezó  a  decir  algo, probablemente  para  negar, pero  al  final  se quedó  callado. Hubo un  silencio.  —La verdad  es  que tienes  razón.   —Debes haber  sufrido  mucho.  —¿Tú te acuerdas de tu  madre?   Kate  negó  con  la  cabeza,  y  su  mirada  se  hizo  repentinamente  dura. —Sólo  algunos detalles;  la mayoría de  lo  que  mi padre  decía sobre ella. Era una  fulana. Se fugó con otro hombre  y nos  abandonó  a mi  hermano y a mí. ¡Y mi  padre me pegaba! Tom  se  estremeció  al  verla  llorar.  Con  toda  la  suavidad  del  mundo,  la hizo sentar sobre sus rodillas  y  la  apretó  contra  su  pecho. —Vamos, cariño. Kate  lo  abrazó  con  el único  brazo  que  no  le  dolía  y  se  refugió,  llorando, contra su pecho  cálido  y palpitante. —Yo odiaba  a mi  madre,  y  todavía la  sigo  odiando.  ¿Cómo  pudo  marcharse dejándonos? ¿Cómo  fue capaz de abandonar  a  sus  hijos? Tom le  acarició  el pelo  muy  despacio. —Yo  tampoco entiendo  a los padres, Kate.  Mi  madre  se  fue  de casa  un buen día, sin ninguna  explicación, y  Hank nunca  intentó  ir detrás de ella, o buscarla. Una vez le pregunté  el  porqué,  y él  me contestó que uno  no  puede obligar  a  una  persona a quedarse, si ella  ya no quiere estar con él.  Al  principio me resultaba  imposible  comprenderlo,  pero con los  años aprendí que  tenía razón.  En cierto  modo, con su  actitud,  mi  padre  nos evitó  mayores sufrimientos. —Nunca llegaste a  perdonarla, ¿verdad?  La mano con  que la  acariciaba  se detuvo sobre  su  pelo.
—Cuando  la  vi  en  la  cama,  a  punto  de  morir,  a  pesar  de  todo  el  dolor, sentí  que  seguía  siendo  mi  madre.  Sí,  Kate,  la  perdoné.  Esto  no  se  lo  he  dicho  ni siquiera  a  Hank. Kate  escondió  la  cara contra  su  cuello,  feliz  de  que  se  sintiera  impulsado a  contarle  algo tan íntimo. —No  creo  que  yo  hubiera  podido  ser  tan generosa  —susurró—.  Yo  a  mi madre  no la  perdonaré nunca. —¿Sabes dónde está? —preguntó  Tom. —Nunca he tenido dinero  suficiente como para  iniciar su búsqueda. Pero aunque  dispusiera de  los medios, creo  que no la  buscaría.  Geo  y  yo sufrimos terriblemente por su  culpa. En  tu caso, por lo  menos  Hank  ha  sido muy  bueno contigo. —Eso es  verdad. Aunque  discutimos  mucho,  yo  adoro  a mi  padre. —Lo  sé  —señaló  Kate  con una sonrisa. Era agradable  abrazarla en  el  silencio  de la  casa,  cuándo  afuera, el viento  de  la  noche comenzaba a  enfriar la  atmósfera.  Teniéndola así,  tan cerca, no  podía  dejar de pensar  en el  día  en  que la había  tenido  entre sus  brazos completamente desnuda. Sus  senos se  oprimían  contra  su  pecho,  y  debajo  de  la ligera  tela del camisón  notaba  que  sus pezones se volvían rígidos.  Estaba excitada, tanto como  él. La  mano  se  le  crispó  entre  sus cabellos  sin querer. —¿Qué  te  pasa?  —susurró  ella. —Nada, Kate.  Tengo que  volver con mis  libros.  ¿Quieres  leer  un  rato mientras tanto? —Sí,  déjame una de  tus  novelas  de  misterio.   Tom  se  levantó  a  tomar un  libro de  la  estantería  y se lo dio.  —¿Quieres  que te  diga  quién es el  asesino?   —Como  te  atrevas,  te  tiro  el  libro  a  la  cabeza.   —No  creo que  puedas  con ese brazo  que no  puedes mover.  Dime, Kate, ¿llevas  puesto  el  cinturón  para  las costillas?  —No, el médico  me dijo que por la  noche  no  hacía  falta. —¿Te he  hecho  daño  al  traerte aquí? —No, no  —respondió ella con una  sonrisa,  contenta  de  que  se  preocupara. Tom  asintió  y se  sentó  a  la  mesa  con un lápiz  y un cuaderno  de  notas delante. Kate permaneció  un  rato intentando  leer, pero  le resultaba imposible concentrarse teniendo  a  Tom  delante  con completa  libertad para mirarlo a  su gusto. Así que  se quedó contemplándolo  un  buen rato, mientras  hacía  cuentas. De pronto  se  sonrojó  vivamente,  dándose cuenta  que él  la  estaba  mirando también  con una expresión  guasona.
¿Te diviertes,  Kate? No  tardó  en  arrepentirse de su comentario  socarrón  al  ver lo ruborizada que se  ponía. —Perdona,  es que  estaba  distraída  —dijo ella  hundiendo  la  nariz  en el libro. Tom  quiso  decir  algo,  pero  la  vio  tan  enfrascada  en la  lectura,  que  optó por  callarse. Aquel  camisón era  la  prenda  más  seductora que  le  había  visto, con aquella  tela  tan  fina,  que insinuaba  más que enseñaba.  Solamente  desnuda habría podido  excitarlo tanto  su  vista. Kate  encontró  gran  dificultad  en  concentrarse  después  de  que  Tom  le dijera  aquello.  Estaba  tan cohibida,  que ahora no  se  atrevía  a  mirarlo  ni siquiera fugazmente.  En  condiciones normales no  se  habría  dejado  vencer  por la  timidez con  tanta  facilidad,  pero  se  encontraba  débil,  cansada,  y atormentada  por recuerdos involuntarios  que  se empeñaban  en  perseguirla. Cada vez que  cerraba los  ojos  volvía a  oír  el  silbido  de  las  balas, y  le parecía  sentir  el  frío  impacto  del metal en  su  cuerpo, con  aquel dolor  insoportable. Se  estremeció. Antes  de aquel  desgraciado incidente el  trabajo  de reportera  le  parecía apasionante,  su sueño dorado  hecho  realidad. Pero  ahora tenía miedo, miedo  a lo  que debería hacer  a  partir  de  entonces.  Ella  se  daba  cuenta  de  que  lo  ocurrido  era  un accidente  que no  sucedía más  que  una  vez  entre  mil,  y no  obstante  a eso sus nervios  la  traicionaban,  como  si estuvieran  apunto  de saltar  en el momento  más inesperado.  Empezaba  a  ser  consciente  de  que  no  era capaz  de  volver  a  la sección de  sucesos, y  eso  significaba  que  si  no  quedaba  ningún  puesto  libre  en el periódico iba  a  quedarse  sin  trabajo.  ¿Y  qué  iba a hacer ella  sin  trabajo? —¿Qué te  ocurre? —le preguntó  de pronto  Tom. Kate  no  se  había dado  cuenta  de que  la  estaba mirando, y  se  sobresaltó. —Nada.  Estaba pensando en  quién podía  ser el asesino.   —Sí,  claro,  con el libro al  revés. Tom  dejó el  lápiz  en la  mesa  con  un  suspiro y  se  acercó  a  ella. —Kate,  no  puedes  pasarte la  vida mirando  hacia  atrás.   Ella  rehuyó  su  mirada.   —Sí,  me doy  cuenta. —Ya  verás  cómo  cuando  pase  un  poco  el  tiempo,  todo  te  parecerá  un  mal sueño, y  nada más. Kate  dejó  el  libro  y se  levantó  lentamente. —Creo que  voy  a mi cuarto. Estoy cansada,  a ver si  consigo dormirme. Tom  la detuvo antes  que  hubiera dado dos  pasos,  asiéndola  por  los brazos.  Kate  sintió su  cálido  aliento en  la  frente.
—Cuéntame qué  te  pasa. Kate  se  puso  rígida. —Estoy  bien. No  necesito  confesar  nada,  gracias. —Yo también  estoy  acostumbrado  a guardar  mis problemas  para  mí  y no contárselos  a  nadie. Las cosas  que  me  preocupan  nunca  se las  digo  a nadie, y menos a Hank.  Para mí  es  tan difícil  como  para  ti, Kate,  pero si  te  empeñas  en rechazarme, nunca  conseguiremos comunicarnos. —Te tengo  miedo —dijo ella en voz  baja. —Me doy  cuenta; no  estoy ciego. Y  después  de  lo  ocurrido  tienes motivos de  sobra  para  sentirte así.  Tú bajaste la  guardia conmigo,  y yo  te  traicioné. Sé que te  costará mucho olvidarlo  —añadió  estrechándola  contra  su pecho—.  Ya  te dije  en  el  hospital  que  nunca  he  sabido  ser  tierno.  Y  es  la  verdad.  Incluso  me pasa  con  las mujeres,  en la intimidad... No  puedo  dormir por las  noches pensando  en  el  daño  que  te  hice.  Desde  que  llegamos  te  he  evitado,  porque  no quería acordarme... —Pero Tom,  no  fuiste tú  quién  disparó. —Sí,  pero  yo te coloqué  frente  a la  ametralladora.  Tú sólo  querías huir. —En  una  ciudad  como  Chicago  ser  reportero  de  sucesos  puede ser peligroso.  Yo pensé  que dedicándome  a  ello podría  dejar de  pensar  en  lo que pasó...  Tampoco  estaba  cometiendo  un  suicidio  consciente. —No puedes imaginarte lo  culpable  que  me siento. —Tú  no lo  sabías —murmuró Kate  mirándolo con los  ojos  húmedos—.  Y yo te deseaba. —Yo también  te  deseaba  —Tom se  quedó mirándola fijamente y comenzó a  acariciarle  el  pelo—.  Dios me  ayude,  Kate, todavía  te  deseo. Kate  sintió  que su  corazón  empezaba  a latir  desesperadamente. Lo  vio acercarse,  con la  mirada  fija  en  sus  labios, y  se quedó  sin  aliento. —Kate. Ella  se dejó  besar,  dejándose arrastrar  por  el exquisito  placer  de tenerlo  cerca. Sentía  su lengua  dentro,  y sus manos, que  le  acariciaban las axilas, deslizándose lentamente  hacia  sus  senos. —Contigo es  tan  dulce...  —murmuró  Tom  contra  sus  labios. Con  sus  dedos  iba trazando  el  contorno  de  su  pecho, infinitamente suaves, y sentía  algo  desconocido,  nuevo para  él. Era  como una  vibración que lo conducía lejos de  la realidad. La excitación  no  le  permitía  a Kate  articular  palabra.  Sus  caricias encendían su  pasión,  y sólo  podía desear  que  la  siguiera  tocando.  Tom, conociendo su  ansiedad,  sonrió con ternura.  Le sorprendía que  Kate pudiera aceptarlo todavía  después  de  lo  ocurrido.  El  amor, pensaba,  debe  ser una fuerza  muy  poderosa, para  impulsar  a perdonar  tanto. En  aquel  momento  su único deseo  era  darle placer  a  ella,  sin  acordarse  de  él mismo. Kate  intentó abrazarlo, pero  al  hacerlo, sintió una punzada  de  dolor  en  el brazo izquierdo  que le  impidió  levantarlo. —No hagas eso  —susurró  Tom—.  Todavía no  estás en condiciones  de mover  ese brazo.   —Tom...  El la besó en los párpados. —Te  abrazaré, pero no  demasiado  fuerte. No quiero  hacerte  daño  en la costilla. Tom la  rodeó  con  un  brazo por  la  espalda,  sujetándola, y después, mirándola  intensamente,  pasó  la  mano  por  encima  de  sus  senos,  cuyos  pezones se hicieron  inmediatamente  visibles  bajo  la ligera  tela. Kate  apenas podía  respirar  por  culpa de  la  excitación que  le  provocaba aquel  roce  insinuado.  Apoyó la  cabeza  en  su  hombro,  contemplando su  expresión mientras seguía  tocándola. —Yo nunca me  había  dedicado  a  estos  juegos  amorosos,  pero  ahora descubro que resultan excitantes. —Sí —contestó Kate  tocándole ligeramente la  mano  con la  que la  estaba acariciando. —¿Sigues  teniendo  miedo de mí? —preguntó Tom  mirándola a los  ojos. —No,  así no  tengo miedo. Tom  pasó  repetidamente  los  dedos  sobre sus  pezones.  —¿Te gusta? Kate  temblaba.   —Sí. —A  mí  también  me gusta.  ¿Sabes, Kate? Desde la  noche que  estuve contigo  no  he  vuelto  a  tocar  a  una  mujer. —¿De verdad?  —preguntó ella,  sintiéndose un  poco  avergonzada. —Me  he  pasado  todas las  noches  sólo  en  mi  cama,  soñando contigo,  con  lo que me  diste... Sus  palabras se  disolvieron en  un  gemido,  y  después  en un  beso, que aunque  rebosaba  de  deseo,  no  podía  ser más tierno.  Al mismo  tiempo  que  la besaba,  con toda  delicadeza, Tom  fue posando la mano  entera sobre  su  seno. Ella  gimió;  aquella  era  la  pequeña  consumación  de  lo  anterior.  Ella  colocó  la mano  sobre la de  él, sujetándola ahí. —Tom—gimió.
Él  debió interpretar mal,  porque  dejó  de  tocarla  inmediatamente. —Está  bien,  lo  dejaré. —No, por  favor. Y,  venciendo  la  timidez, Tom volvió  a  colocar  la  mano  donde  la  tenía. Pero  se puso tenso,  de pronto  tenía la  necesidad de  protegerla. Kate rehuyó  su  mirada,  sonrojándose.  Entonces, volvía a rechazarla,  tal  y como había hecho  la  otra vez. Pero Tom  la  obligó  a  mirarlo asiéndola  por la  barbilla y le  dijo: —Kate,  yo  te deseo.  En este  momento, lo  único que quiero  es  acostarte en ese sofá,  desnudarte y  poseerte  con  toda  la pasión que me  está  quemando por  dentro  —las imágenes  que  aquellas  palabras  evocaban  lo  hicieron estremecerse—. Pero  no  hay que  olvidar  que  todavía  tienes una  costilla  rota, pequeña  Kate,  y  aunque  hasta  ahora  he  sido  tierno  y  suave,  no  sé  si  podré seguir siéndolo, porque  te deseo demasiado. Kate  lo  miró  sin  aliento,  inundada  también  por  el  deseo.   —¿Tú  también estás deseando  que  te posea,  verdad? A pesar  de lo de la última  vez... —Aquella  vez  estuve  a  punto de  llegar, tan  cerca, que  casi  podía tocar  la culminación, pero de  pronto  todo  terminó y yo  ya  no  sentía  nada. Tom  la  miró  con  incredulidad  y tomó  su  cara  entre las  manos. —Dímelo otra  vez.  Repítemelo,  Kate, por favor. —Pero  si  ya  me  has  oído  —contestó Kate,  avergonzada. —Entonces,  ¿no fue horrible?  ¿Tú  sabes lo  que significó  para  mi  orgullo que  me dijeras  que  fue horrible? —No,  Tom... yo  no  me refería...  Lo que pasaba  era  que me  sentía  vacía. Fue una  sensación  como cuando estás  a punto  de  alcanzar algo  y  de pronto  te vuelve  la espalda. Yo  hubiera querido  explicártelo, pero me  parecía  imposible. La  verdad es que  tampoco terminaba  de  comprender  lo  que me  estaba ocurriendo. Permanecieron  un momento en  silencio,  abrazados,  ella  disfrutando  del momento  sin  querer pensar en nada  más,  y  él maravillándose  de  la  cantidad  de sentimientos  desconocidos  que  de pronto  se  agolpaban en  su  pecho:  ternura, deseo, afán protector...  y todo  por una  chiquilla  como  ella. —Estoy  cansado,  Kate.  Y  tú,  aunque  no  lo  estés,  deberías  estarlo.  Voy  a llevarte  en  brazos a la cama,  y  después yo también  me acostaré. Los libros  de cuentas  pueden  esperar  hasta  mañana,  porque  hoy ha  sido  un  día  largo,  muy largo...
Kate se  sintió   vagamente  decepcionada.   Estaba  tan bien  acurrucada entre sus  brazos... —Yo puedo ir  sola  —protestó—.  No  hace  falta  que me  lleves.  Haciendo  caso  omiso,  Tom la  levantó  del  suelo suavemente  y la  miró  con una sonrisa. —Te voy a llevar en brazos porque quiero y porque me gusta...
NUEVE
Kate  se  durmió  pronto, sin ningún  problema, pero  a mitad  de  la  noche  la despertaron brutalmente los  silbidos de  las  balas  a  su  alrededor,  el  estruendo de  la  ametralladora.  Se  incorporó  de  un  salto  en  la  cama,  empapada  en  sudor. Debía haber  gritado. No  había  pasado  ni  un  minuto,  cuando  la  puerta  del  dormitorio  se  abrió de  golpe  y Tom apareció  en  el  umbral, con  una expresión de  alarma  dibujada en  el rostro.  —¿Qué te  pasa? ¿Ha  sido una  pesadilla?  —Sí, la  ametralladora —contestó ella  ocultando la  cara  entre  las manos— .  ¡Oh, Tom!  ¿Cuándo  va  a terminar esto? —Espero  que algún día ni  te acuerdes siquiera, Kate.  Y  ahora tranquilízate,  vamos. Tom  apartó las  sábanas  y se metió  con  ella  en la  cama.  Fue un gesto natural,  tenía que calmarla  y no  podía dejarla sola. Kate  se  acurrucó contra  su pecho desnudo,  pues  Tom no  llevaba  más que  los pantalones del pijama.  Era delicioso  sentir  el  contacto  de  su  vello  en  la mejilla,  y  acariciarlo. —Por favor, Kate, no  me  toques así  —mientras le decía  aquello,  la  sacó  de la cama;  apagó la luz, cerró  la  puerta  y  la  llevó  a  su  habitación. —Hmmm... —preguntó  Kate  con voz soñolienta, sin darse cuenta  de nada. —Que  no  me acaricies, por favor.  Me  estoy excitando.   Kate  soltó  una  carcajada,  y dejó la mano  quieta.   —Ah, perdona. Kate suspiró  complacida  cuando Tom la  depositó sobre  su  cama.  Un momento  después él también se  deslizaba  entre  las  sábanas a  su  lado. —Ven  aquí  —le dijo haciéndole  apoyar  la  cabeza  en su hombro—.  Estate quietecita y deja de jugar  con el vello  de  mi  pecho y ya  verás cómo  te  duermes enseguida.  —Tom, yo  nunca  he dormido  con nadie.   —Eso  no  es verdad; has  dormido  conmigo.  —Pero nosotros  no  dormimos.   Tom lanzó  un  hondo  suspiro. —Tienes razón, no  dormimos.  ¿Has  conseguido  asimilar  ya  ese  punto negro de  tu conciencia?  —Un  poco. Hubo  un momento  de  silencio.
—¿Y  no  crees  que  te  sería  más  fácil —agregó  Tom  muy  despacio—,  si nos casáramos? Hubo  otro  silencio.  Kate  se  puso  rígida.   —Piénsalo,  Kate. Así  te acostumbrarás  a la  idea.   —No  quiero  que  te  cases  conmigo  sólo  porque  te  sientes  culpable,  Tom. El  matrimonio  ya  es  bastante  complicado  incluso  cuando  la  gente  se  ama; figúrate  cómo sería  en nuestro caso,  si entre  nosotros  no  hay amor. —imagínate que te  digo que estoy enamorado de  ti  —dijo  Tom  sacando a  relucir  casi  inconscientemente  su  cinismo. —Imagínate  que te  digo  que Warlace  está  en el  Tibet —respondió Kate, cerrando los  ojos  y  pensando  lo  maravilloso  que  sería  oírlo decir eso sinceramente. —¿No  estás  cansada  de  vivir sola? —preguntó  él,  cambiando  de  táctica—. Podríamos  vivir juntos, como  amigos, sí  es eso lo que  quieres. —No, Tom,  gracias  por  proponerlo,  pero no  creo  que  funcionaría. Tom  no  se  esperaba una negativa  tan rotunda.  Estaba intentando  por una vez hacer  las cosas  bien,  ayudarla a superar  aquel mal  trago, cuidarla y compensarla  por  el  daño  que le había  hecho. —Escucha, Kate; no  sabes  cuántas  mujeres darían su  brazo derecho por casarse conmigo,  aunque  sólo fuera buscando  mi  dinero. —Pues  cásate con una  de  ellas. —La  mayoría de  ellas  se  negarían  a  prestarse  a  un  matrimonio  platónico. —Ya  encontrarías alguna, entre  tantas que  se  interesan por ti. —Yo no  quiero  otra  mujer —respondió  Tom,  sorprendido  por  su  propia sinceridad—.  Si  no  puedo tenerte a ti,  no  tendré  a  ninguna. —No te  comprendo. —La  verdad es que yo  tampoco me  comprendo.  Quizá  es  que  me  siento culpable...  no  sé. La  verdad  es  que yo  no  voy por ahí  seduciendo  a mujeres vírgenes. Sé que  te  hice  daño,  y me duele recordarlo. Quizá estoy  un  poco obsesionado. —Ya  lo  superarás. —¿Y  tú? ¿Lo  superarás  tú,  Kate? ¿Podrás olvidar  esa  noche alguna  vez en tu  vida?  —preguntó  volviéndose  hacia  ella  y  tratando  de  distinguir  su  rostro  en la oscuridad. —No, pero... —¿Desearás  alguna  vez que  te  haga  el  amor algún hombre  que no  sea yo? Kate  contestó  sin  pensar, tajantemente. —No.  No  podría  permitir  que ningún  otro  hombre  me tocara. Sólo  tú.
Tom  se  sintió  arder  en  la  oscuridad.  Aquello  significaba  que  a  pesar  de todo,  Kate continuaba  deseándolo. —Sólo yo —murmuró besándole la  frente  y deslizando la  mano  por debajo  de  su  camisón,  hasta  encontrar  sus  pechos,  que  ya  estaban erizados  de deseo—.  Alguna vez  conocerás conmigo  lo  que  es  la  culminación  del  placer, aquello  que  estuviste  tan cerca de alcanzar  aquel día... —¡Tom! —Dios mío,  Kate, qué  suave  eres. Me  encanta  tocarte,  tu piel  parece  de seda  —murmuró  sin  dejar de  acariciarle los  senos. Ella  gimió,  y con el  brazo  derecho  se desabrochó  los  botones que quedaban cerrados. —Quiero  verte,  Kate.  Quiero emborracharme de ti. Kate  se  puso  a  temblar  al  sentir su  mirada ansiosa  y  sus manos. —Quédate  quieta —susurró  él inclinándose  a  tocar sus pezones—. No, no arquees  el  cuerpo  hacia  mi  boca.  Yo  te  daré todo  lo que  quieras sin que  tengas que pedírmelo. Tom  le  pasó  un  brazo  por  la  espalda  e  incorporándola  con  mucho cuidado,  recorrió sus  pechos con los labios. Al oír sus gemidos placenteros tuvo que  contenerse para no  llegar  más  allá.  Todavía no  podía poseerla;  ella estaba demasiado  delicada.  Pero lo  que sí  podía  era hacerle el  amor  así, con caricias suaves.  Ella  se  estremecería  de  placer  como  nunca había  hecho,  y  él  sería  el primer  hombre  en tocarla de  aquella manera. Pero  no había  contado con que  Kate  lo  acariciaría  a  su vez. Al  sentir  sus manos  pequeñas  y provocadoras,  se dio cuenta  que no tenía más  remedio que detenerla antes  que  las cosas  llegaran demasiado  lejos. —Kate...  creo  que  va  a ser  mejor  que lo  dejemos ahora.   Ella  se detuvo de  inmediato, con  un  suspiro. —¡Qué  pena!  Ahora  que  empezaba  sentirme  tan a  gusto  contigo,  Tom. —Yo  me siento igual  que tú,  nena,  pero  tienes que  comprender que  no podemos  hacer el amor  hasta  que tú  estés  curada. —No,  claro,  me  imagino que  no  —contestó  Kate  sonrojándose. —Yo no  podría  contener  mi  pasión, Kate  —reconoció  Tom mientras  le abrochaba  los botones del  camisón—.  Ahora  mismo  estoy temblando  como un chico de  catorce años. —Entonces  —susurró  Kate, asombrada de su propia osadia.- ¿volveremos a hacer el amor?
—Sí,  pero sólo  si te casas  conmigo —respondió Tom  después  de  unos segundos  de  vacilación—.Si  no,  ni  tú  ni  yo  nos  sentiríamos  tranquilos  con nuestra conciencia. Kate  contuvo  a  duras penas  las  lágrimas. —Un  matrimonio así no  funcionaría,  y  tú  lo  sabes. —No lo  pienses ahora,  Kate. Dejemos que pase  el  tiempo, y  él  dirá. Ahora tranquilízate  e  intenta  dormir.  Yo  me  quedo  aquí  contigo. Kate se hizo un ovillo junto a él y se dejó llevar por el sueño. Durmió  profundamente,  y  a la mañana  siguiente despertó  en  su cama. Abrió los  ojos  poco  a poco,  atraída por un  olor  agradable.  A  su  lado,  sobre  la almohada,  Tom  debía haberle dejado una hermosa  rosa  blanca. Aquella era la prueba  de  que  la  noche  anterior  pasada  en  brazos  de  Tom  no  había  sido  un sueño. Kate  se  levantó con una  agradable sensación  de bienestar;  por  primera vez, desde hacía semanas, se sentía  fuerte de nuevo, con  ánimos  para  afrontar lo que le  deparara  el día.  El  motivo  de  su  alegría era  que  Tom le hubiera pedido que se  casara con  él,  y  aunque  no  fuera  una  declaración de  amor precisamente, representaba  el  comienzo  de  algo. Cuando  llegó al  comedor,  Hank  ya  se  había marchado, pero allí estaba Tom, dando  vueltas  al desayuno frío en  el plato. —Por  fin  apareces  —dijo  al  verla—. Ya  no  sabía  qué hacer con mi desayuno  para  seguir  esperándote sin que Janet  sospechara. Se miraron sonrientes. —¿Me  estabas  esperando? —¿A ti  qué te  parece? Tom  se  levantó,  alargó  la  mano,  y  antes que Kate pudiera  darse cuenta de lo  que  ocurría,  la  había  tomado  entre  sus brazos  y estaba  besándola apasionadamente. —Buenos  días  —susurró  Kate  rozando  sus  labios. —Buenos días. ¿Has  encontrado la  rosa? —Sí,  gracias. ¿Dormiste bien? —Al  final sí.  Primero estuve  un buen  rato en  vela,  mirándote.  Espero  que tu  costilla  se  cure  pronto,  Kate,  porque te  deseo  más  que  ayer.  No vamos a tener más remedio  que casarnos.  Kate  sintió  una  opresión  de  tristeza en  el  pecho. —Yo no  puedo  casarme contigo,  Tom,  ya  te lo he  dicho.  —¿Por qué?
Se miraron a los ojos, y Kate  dijo:  —Tom,  el deseo no  es  suficiente. Hace  falta amor...  —Pero  tú  me  amas,  Kate  —dijo  él  tranquilamente—.  Siempre me  has amado. Kate  contuvo el aliento y  lo  miró atónita. Pero,  ¿qué se  había creído? —Georg  me  lo  contó  todo  justo  antes que  te llevaran al  hospital. Incluso he  visto las  fotos que  tienes  de mí  por  todas partes.  La reacción  de  Kate fue  inesperada  y espontánea. Completamente furiosa,  se  libró  de  sus  brazos,  sin  pensar  en  lo  que  le  dolía  el  costado  ni  en  la expresión consternada de  Tom. —Pero,  ¿qué  te  pasa,  Kate?  No  tienes por  qué  sentirte  avergonzada. ¿Que no?  Kate  se  sintió  morir  por  dentro.  Tenía  la  sensación  de  que  sus pensamientos  más íntimos habían  sido  vendidos, exhibidos  en público,  era  como verse desnuda delante de  una asamblea  de desconocidos. Primero se sonrojó vivamente;  después palideció,  y  por  fin  rompió  a  llorar. Tom intentó acercarse,  pero Kate  lo  rechazó  con una brusca  sacudida. —¡No  quiero  que  vuelvas  a  tocarme!  ¡No  necesito  tu  compasión,  Tom! Dicho aquello, dio media vuelta  y echó  a  correr  como una loca  por  el pasillo. Llegó  a  su  habitación y se  encerró allí  a llorar, tirada de bruces  sobre  la cama.  Oyó  confusamente que  Tom llamaba a  su puerta, gritando  su nombre,  y que  se  paseaba  de  un  lado  a  otro  del  pasillo, pero  no  quiso abrirle.  Lloró  y  lloró durante horas su amor no correspondido. Así pasó  toda  la  mañana. Al  cabo  del tiempo, cuando se  aseguró que Tom ya  no andaba por allí,  Kate se decidió  a  salir.  Se sentó  en  el  cuarto  de estar, junto  al  ventanal,
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