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NUEVA NOVELA PASENSE ;)
jueves, 8 de septiembre de 2016
miércoles, 7 de septiembre de 2016
CONTINUACION DE LA PUBLICACION ANTERIOR
Continuacion ...
pensando qué podría hacer a partir de entonces. Había empezado a llover con furia, como si el tiempo quisiera acompañar el torbellino de sus pensamientos. Se acordó, sin embargó, de los pobres vaqueros que, a pesar del frío y del agua, debían continuar trabajando a la intemperie. Después pensó en Tom y sintió frío en el alma. Una cosa era segura; tenía que irse de Warlace cuanto antes, porque no podía soportar la idea de seguir viendo a Tom y saber que ya no tenía secretos para él. Toda su amabilidad, sus caricias, su deseo... todo había sido una mentira, fruto de su compasión. No, no podía soportarlo. Las lágrimas rodaron por sus mejillas... Tenía que volver a Chicago, y después, ¿qué le esperaba allí? Tendría que esperar una semana más sin trabajar, pero incluso entonces, cuando se hubiera cumplido, no se sentía con ánimos para volver a la sección de sucesos. Y por otro lado, tampoco quería convertirse en una carga para Georg, por muy deseoso que estuviera él de ayudarla. Así estaba de pensativa, cuando de pronto entró Hank en la sala, visiblemente agitado. —Perdona que te moleste, Kate, pero es que estoy muy preocupado. Mi hijo salió sin un impermeable ni nada, y está empapándose, con el frío que hace. Cuando le dije que se pusiera algo encima me contestó no sé qué incoherencias de que a ver si se moría de una vez, y no me ha querido escuchar. ¿Qué ha pasado? ¿Es que han discutido o algo, Kate? Kate se removió inquieta en su asiento. —Sí... más o menos. —¿Más o menos? Kate decidió contarle lo ocurrido. —Tom me pidió que me case con él y yo le he dicho que no. Pero es que él no me ama —señaló rápidamente al ver la cara de desconcierto de Hank—, y sin amor, no saldría bien. Hank soltó un silbido. —¡Válgame Dios! Ya estaba convencido de que no viviría para ver el día en que por fin mi hijo se decidiera a proponerle matrimonio a alguien. Y ahora que se produce el milagro, tú le dices que no tranquilamente. ¿Es que te has vuelto loca? Mira mujer, yo casi tengo sesenta años. Si mi hijo no se decide pronto, me quedaré sin nietos. Y tú eres una chica estupenda. Te conocemos, nos gustas... no podría haber hecho una elección mejor. Tienes que pensarlo bien antes de dar una negativa, Kate. —Pero si ya lo he pensado —respondió Kate bajando los ojos—. Yo lo amo, y él lo ha sabido todo este tiempo, porque mi hermano Georg cometió la tontería de decírselo. ¡Tom me lo soltó esta mañana, después de que yo me negara a casarme con él, y estoy tan enfadada que no creo que pueda volver a mirarlo a la cara! Kate se echó a llorar, y el anciano se esforzó por tranquilizarla dándole palmaditas en la mano. —Me quiero ir de aquí —gimió Kate—, pero no tengo adonde ir. —Tom salió fuera en cuanto vio que no había forma de sacarte de tu cuarto, y es capaz de quedarse ahí todo el día. Ya sabes que cuando se le mete algo en la cabeza... Va a "pescar" una pulmonía. Por supuesto, ella no quería que se enfermara, pero en aquel momento tampoco se encontraba con ánimos para salir a convencerlo.
A pesar de todos los esfuerzos de Hank, llegó la noche, y Tom seguía fuera. Cuando Kate se dispuso a meterse en la cama, todavía no había aparecido. A la mañana siguiente, lo encontró sentado en el comedor cuando fue a desayunar. El corazón le dio un vuelco, porque no esperaba volver a verlo a solas. De cualquier modo, era demasiado tarde para salir corriendo, así que sacó una silla y se sentó frente a él. Tom estaba muy pálido, y cuando se dirigió a ella para pedirle que le pasara el tocino, su voz sonó terriblemente ronca. —Con toda esa lluvia —murmuró Kate—. Te has resfriado. —Con un poco de suerte me moriré —replicó él—, y así lo llevarás el resto de tu vida en la
conciencia. Kate intentó no mirarlo mientras se servía el café. —Yo no te obligué a que salieras y te quedaras bajo de la lluvia como un loco. —Pero no accedes a casarte conmigo. —Sabes muy bien por qué. —Ojalá pudiera comprender por qué las mujeres tienen tantos secretos con sus sentimientos. A ver, dime, ¿y qué más da si yo sé que tú me quieres? ¡No se va a hundir el mundo por eso! —¡Me da vergüenza! —¿Por qué? Kate lo miró con los ojos centelleantes. —Porque eso me coloca en una posición de desventaja con respecto a ti. Me siento vulnerable. —A lo mejor yo también me siento así, Kate, ¿no se te había ocurrido pensarlo? Ella rió con amargura. —Eso es imposible, Tom, porque tú no me amas. Hubo un largo silencio. Kate se sentía incómoda, porque Tom la estaba mirando de una manera muy extraña. —En cuestión de amor todavía tengo que aprender —dijo Tom, después de sufrir un acceso de tos—. ¡Maldita lluvia! ¡No me encuentro nada bien! —Deberías volver a la cama —se atrevió a sugerirle Kate. —¡De eso nada! Tampoco estoy tan mal —dicho aquello, se bebió el café, miró con una mueca los huevos y el tocino y se puso de pie—. Me voy a trabajar. No tengo ganas de comer.
Pero cuando echó a andar, se tambaleó. Kate, sin pensarlo, se levantó corriendo de la mesa y se colocó junto a él, sujetándolo. Sintió su cuerpo con más calor del normal. Entonces le tocó la frente y comprobó que estaba ardiendo. —Tom, tienes fiebre, y, además, muy alta. —La verdad es que me encuentro un poco mareado. Vamos, Kate, no me sujetes, que te puedes hacer daño en la costilla. Me apoyaré en la pared. —No, no, apóyate en mí. Te llevaré a la cama. —Pero es que ahora no tengo tiempo para ponerme enfermo... —Eso deberías haberlo pensado ayer. Al cabo de una hora, llegó el médico, y después de examinarlo diagnosticó un caso bastante fuerte de bronquitis, agravada por una infección viral. Le puso una inyección y le recetó unos antibióticos y un jarabe para la tos. Janet le preparó caldo y Kate se quedó sentada al lado de su cama mientras Hank se iba a trabajar. Tom pasó la mayor parte del día en una especie de sopor, siempre vigilado por la mirada atenta de Kate. Sólo lo dejó un momento por la tarde para cenar rápidamente, y enseguida volvió a su cabecera. Por la noche, el enfermo comenzó a agitarse, —Me siento peor ahora que esta mañana cuando me levanté. —No te preocupes —le dijo Kate con una sonrisa—. Será culpa de la fiebre, que suele subir por la noche. Verás cómo mañana te encuentras mejor. Él le devolvió la sonrisa. —Deberías irte a la cama tú también. —Me iré dentro de un rato. — Bueno, si vas a quedarte, podrías leerme algo. —Muy bien, ¿qué es lo que te gustaría? ¿Una de tus novelas policíacas? —No. Prefiero que me leas la revista de la asociación de ganaderos que tengo en la mesilla. Kate la tomó y le leyó un artículo sobre los nuevos métodos de mercado y un informe sobre las nuevas técnicas de cultivo de forrajes. Cuando hubo terminado, Tom dijo: —Eso me recuerda que los muchachos te están construyendo un invernadero. Si todo marcha bien, lo tendrán terminado dentro de un día o dos. Después, podemos ir al vivero de Pierre a comprar algunas plantas. Kate, que ya había olvidado su promesa, se alegró de aquel detalle, pero no pudo evitar una punzada de tristeza al pensar que nunca llegaría a disfrutar de ese invernadero.
—Ya no tienes por qué preocuparte de eso, porque yo podré viajar ya la semana que viene. Tom abrió los ojos de par en par y la miró fijamente. —No quiero que te vayas. Quiero que te quedes aquí, conmigo. Kate se ruborizó, —Te olvidas de que tengo un trabajo... —Pues déjalo. —Tom, yo... —Yo puedo mantenerte. Hasta que llegue el momento de pagar los impuestos, yo tengo aquí un verdadero imperio. Podemos seguir viviendo del ganado, aunque se vaya acabando el dinero. Mientras, tú puedes cultivar plantas en el invernadero, lo que quieras, y tendremos verduras todo el año. Parecía que hablaba en serio, pero Kate no tenía más remedio que contradecirle. —Tú no quieres casarte, Tom. Siempre lo has dicho. —Yo he dicho muchas estupideces en mi vida, Kate, ¿o es que todavía no te has dado cuenta? —dijo él volviéndose de lado para verla mejor—. ¿Tú nunca has pensado en tener hijos? —Sí, alguna vez. —¿Y en tener hijos míos? Kate rehuyó su mirada. —Cuando vea a mi hermano... —No tendrás ocasión, porque Nueva York está muy lejos, y yo me encargaré de que no tomes represalias. Una vez te dije que me gusta sentirme amado. Nadie me ha querido nunca, excepto mi familia. Kate recordó de pronto aquello mismo, dicho por una voz susurrante, que le llegaba de muy lejos. Se estremeció. —Es verdad... me lo dijiste cuando estaba en la UVI. Me dijiste que no querías que me muriera... Tom dejó de sonreír. —También te dije aquel día que si tú morías, yo no querría seguir viviendo. ¿Quieres que te lo repita ahora? —Aquel día las emociones te hacían hablar demasiado. —Las emociones siguen siendo las mismas, Kate. Yo te deseo. No me rehuyas así, por favor. El deseo no es ningún pecado imperdonable. Tú también sientes lo mismo, aunque te empeñes en no reconocerlo. Kate —
agregó con una sonrisa—, a ti te gusta plantar cosas y ver cómo crecen. A Dios también debe gustarle eso. El arregló las cosas para que un hombre y una mujer plantaran la semilla; y un hijo es la pequeña semilla que crece. La vida es un milagro, Kate. Kate lo miró con los ojos cargados de viejas angustias. —Mi padre me castigaba cada vez que se me ocurría sonreír a algún chico. Georg y yo nos pasamos la infancia oyendo que el sexo es el mayor de los pecados. —Pero nena, tu padre estaba loco. Con su enfermedad, no estaba capacitado para hacerse cargo de ustedes. —Si mi madre no nos hubiera abandonado... Tom se llevó su mano a los labios. —Tienes que pensar que ella tendría sus razones para marcharse. Tú entonces eras muy pequeña y no te dabas cuenta; un niño no puede entender los razonamientos de los mayores. —Cuando se fue, me pasaba las noches llorando. No sabes cuánto la echaba de menos. —Quizá ella también los ha echado de menos a Georg y a ti durante todos estos años. Tom acababa de tener una idea, pero, por supuesto, no pensaba confiársela a ella, por lo menos hasta que no la hubiera puesto en práctica. —Ojalá me encontrara mejor —murmuró Tom—. No sabes cuánto deseo hacerte el amor. ¡Oh, Kate! Cásate conmigo. Tendremos un montón de hijos que alegrarán esta casa. Yo estaría dispuesto a aprender a cambiar pañales y dar biberones... sería maravilloso. Kate se puso a temblar de pies a cabeza. Lo amaba con desesperación; y él quería tener hijos. Seguramente los hijos contribuirían a unirlos. Pero aunque ella lo deseara también, sabía de sobra que un matrimonio así, sin amor por parte de él, estaba destinado al fracaso. No, no podía prestarse a un juego tan cruel. —No —contestó sin mirarlo a los ojos—. Lo siento, pero no puedo. Y diciendo aquello, se levantó y se dirigió hacia la puerta. —¡Pero si tú me amas, maldita sea! —gritó él exasperado. —Un amor no compartido no es suficiente. Quizá a ti te bastaría, al principio, pero no tardarías en darte cuenta de que no podrías seguir viviendo conmigo si lo único que sientes es deseo mezclado con culpabilidad. Buenas noches.
DIEZ- FINAL
A partir de entonces, Kate se pasó la mayor parte de su tiempo libre trabajando en el invernadero, que tal y como le prometieron, estuvo listo enseguida, mientras Tom, ya restablecido, se concentró como un poseso en su trabajo. La paz duró tres días, pero después en la mañana del cuarto, cuando bajó a desayunar, Kate se
encontró a Tom con una expresión tan sombría que daba miedo mirarlo. Al verla aparecer, levantó los ojos del plato y le dijo fríamente: —No me importa nada que te niegues a casarte conmigo. Por mí puedes largarte hoy mismo a Chicago, a ver si te dan otro tiro. —Muchas gracias, así lo haré —replicó Kate muy digna, sentándose en la silla que Hank le ofrecía—. Me alegro de que hayas recuperado tu humor habitual. —En toda mi vida no he visto un hombre con tan mal genio —dijo Janet—. Kate, no sabes las ganas que tengo de que accedas a casarte con él de una vez, a ver si le mejoras el carácter. —Yo también lo estoy deseando —intervino Hank con un suspiro—. Si quisieras hacer el sacrificio, Janet y yo nunca lo olvidaríamos. —Ya no quiero casarme —rugió Tom, debatiéndose con el cuchillo y el tenedor—. ¡Este tocino está durísimo! —Entonces, ¿por qué no sales y le cortas un trozo de carne a una de tus vacas, a ver si te sabe mejor? —replicó Janet. —Y los huevos están como una piedra. —Y me imagino que el café estará aguado y las galletas blandas, ¿verdad? —continuó Janet con furia. —¡Pues has acertado! —Entonces puedes irte a Blairsville a desayunar, si quieres, porque yo no pienso volver a prepararte el desayuno. —¡Te despediré! —rugió Tom. —Muy bien. ¡Ni en el infierno encontraría un jefe peor que tú! Tom dejó el tenedor en el plato, lanzó una mirada general de furia, y se fue dando un portazo. —¡Gracias a Dios! Ahora podremos terminar de desayunar en paz —dijo Hank, y después, dirigiéndose a Kate con una sonrisa, añadió—: Todavía sigues resistiéndote, ¿eh?
—Tom no me ama —respondió ella acaloradamente—, y yo no quiero atarlo. Él cree que eso es lo que quiere, pero algún día puede enamorarse de verdad, y entonces se arrepentirá de estar conmigo. Hank no dijo nada. Se limitó a sonreír. Aquel era el día en que Kate debía volver al hospital para hacerse otra revisión. Ella esperaba que fuera Hank quien la llevara, o en todo caso alguno de sus hombres, y por eso se llevó una gran sorpresa cuando encontró a Tom esperándola en el coche. Aunque seguía echando rayos y centellas por los ojos, le abrió la puerta con rígida amabilidad. —Me imagino que cuando el médico te vea te dirá que ya puedes volver a Chicago cuando quieras. —Supongo que sí —asintió Kate sin demasiado entusiasmo. —No esperes que te vuelva a proponer matrimonio, porque no pienso volver a hacerlo —dijo entonces él sin mirarla. —No esperaba tal cosa. En efecto una vez en el hospital, el médico la examinó meticulosamente, le dijo que podía volver al trabajo cuando quisiera y se despidió de ella con una sonrisa. Tom pagó la cuenta sin hacer caso de las protestas de Kate, y después se pusieron en camino. —Ya estoy bien —comentó Kate—. Oficialmente, puedo volver a trabajar. —Me alegro mucho. —Ahora ya puedes dejar de sentirte culpable —murmuró Kate—. Quiero que quede claro que no te culpo de nada de lo sucedido. Pero Tom no la escuchaba. Acababa de tomar un camino de tierra que se adentraba en el bosque. Cuando llegaron a un pequeño claro, cerca de un tupido bosquecillo, paró el motor. —¿Por qué has parado aquí? —preguntó Kate un poco violenta. Tom se volvió, mirándola con ojos brillantes. —Porque estoy harto de que intentes a toda costa protegerme de mí mismo. ¿Por qué diablos estás tan convencida de que me quiero casar contigo para aliviar mi sentimiento de culpabilidad porque te tengo lástima? ¡Yo no soy tan estúpido como para tratar de cimentar una relación estable en semejantes fundamentos! —Entonces, ¿por qué lo haces? —Pues porque me gusta estar contigo. No sé por qué, pero me vuelves loco cada vez que te tengo cerca. Me gusta hacer cosas contigo, e incluso estar solo contigo. Y también me gustaría tener hijos contigo. A pesar del mal comienzo que hemos tenido, nos hemos hecho muy amigos desde que estás en Warlace, Kate. Lo suficiente como para pensar en matrimonio, creo yo. Kate estaba tan cansada de hablar siempre del mismo tema, que ya no sabía qué objeciones poner. —Yo quiero casarme contigo —susurró emocionada—, es lo que más deseo en la vida, pero tienes que darte cuenta de que significaría correr un riesgo demasiado grande. —Yo lo único que sé es que te deseo a todas horas, que me llevo perfectamente contigo y que estaría dispuesto a matar por ti, si fuera necesario. Sin dejar de mirarla a los ojos, Tom se desabrochó el cinturón de seguridad, e hizo lo mismo con el de ella. Se acercó sin decir una palabra, pero con aquella mirada fija en sus labios, Kate no necesitaba saber nada más. Aquel fue el beso más lento y más dulce que nunca habían compartido. Sintió que sus brazos se iban apoderando de ella, se enroscaban a su alrededor, y después sintió la caricia de sus manos en el pelo. Kate no se resistió, y tampoco contestó; en lugar de ello, suspiró y dejó escapar un gemido de placer, a medida que el beso se intensificaba. Tom echó el asiento hacia atrás y la tumbó. Quiso decir algo, pero él sonrió negando con la cabeza. Después se inclinó sobre ella y cubrió su rostro de besos. Primero le quitó la blusa, y el sostén no tardó mucho en seguir su camino. Después recorrió sus pechos con la boca, suavemente, saboreando su suavidad. Kate no sintió cómo terminaba de desnudarla, porque los labios de Tom actuaban en su cuerpo como un excitante, despertando todos sus instintos dormidos. Pronto la ansiedad hizo presa de ella; no tenía bastante, necesitaba más y más. Después él se quitó la camisa, y Kate empezó a acariciarlo como siempre había soñado. Él llevó las manos a lo largo de sus costados, y en algún momento, en medio del creciente torbellino de su pasión, Kate descubrió que también estaba desnudo. —Kate —susurró Tom de pronto, contemplándola con los ojos brillantes—. Quiero que seas mi mujer, la madre de mis hijos. No quiero que te entregues a mí por segunda vez sin comprometerte antes. Te quiero para toda la vida. Voy a demostrarte la belleza que puede haber en el placer cuando éste es compartido sin egoísmos. Ella lo miró a los ojos, buscando una respuesta a sus interrogantes. —¿No será sólo deseo, Tom? —Si solamente fuera deseo, cualquier mujer me serviría.
—¿Y estás seguro de que no te serviría otra mujer? —Kate, yo sólo te deseo a ti. Nunca, nunca más, habrá otra mujer en mi vida. —Pero puedes enamorarte... —Sí, es posible. Quédate quieta, pequeña, y déjame amarte. Deja que te enseñe cómo debería haber sido la primera vez. Tom se movió suavemente entre sus piernas, y entonces Kate lo sintió tal y como lo había sentido aquella noche ya lejana, pero sin ningún dolor. Tom se movió en su interior suavemente, adaptándose a las demandas secretas de su cuerpo de mujer. La besaba y le susurraba cosas irrepetibles al oído, mientras que con sus manos iba guiándola hasta conseguir hacerla enloquecer de pasión. Kate lanzó un gemido ahogado y Tom sonrió, sabiendo lo que sentía exactamente. Entonces la poseyó más profundamente, con fiereza. Su pecho rozaba los senos erizados de Kate en los movimientos ascendentes y descendentes, y el ritmo crecía en intensidad por momentos. Ahora era ella quien le susurraba locuras al oído, y él reía y le mordía el hombro, la boca, la garganta, y la tensión se convertía en una espiral sin principio ni fin, una espiral de placer cálido. Tom sudaba, y comenzaba a ponerse tenso sobre ella. Kate igualó sus movimientos, levantó las manos, le acarició el rostro, y entonces todo explotó dentro de ella y a su alrededor. Aquello era una locura mágica. Por primera vez en su vida sintió el colmo del placer; por primera vez en su vida perdió el sentido de la realidad y su garganta se abrió en un grito de felicidad. Kate volvió a la realidad lentamente, y lo primero que oyó fue el rumor del viento entre los árboles y el canto de los pájaros. Ambos temblaban. Era maravilloso sentir los latidos del corazón de Tom contra sus pechos. Comenzó a besarlo por todas partes. —Kate —susurró él, enfebrecido—. Casi no podía soportar el placer. Creía que iba a morir intentando abrazarte con más fuerza. Kate suspiró dulcemente. —Tom, no hemos tenido cuidado... no has... Puedo quedarme embarazada después de esto. Él sonrió. —Sí, es verdad. —Pero, ¿qué vamos a hacer ahora?
—Casarnos, por supuesto —murmuró Tom—. Y esta vez no te lo estoy preguntando, lo afirmo. No voy a darte la oportunidad de rechazarme una vez más. —Pero Tom —protestó Kate angustiada—. Puede ser que algún día te enamores de alguien. —Pero Kate, ¿no es amor esto que hemos compartido? Ella se quedó mirándolo con los ojos muy abiertos. Tom no había tenido intención de decir aquello; simplemente lo había dicho sin pensar. Pero ahora que ya estaba expresado y la veía, tan hermosa, debajo de él, se daba cuenta de que aquello era lo que sentía en realidad. Era la primera vez que el sexo le despertaba tantas emociones. —Ahora no pienses en nada, Kate, y bésame. Así lo hizo ella. Y después se vistieron mutuamente, sin dejar de acariciarse. Cuando volvían al rancho, Tom le dijo: —La semana que viene nos casaremos. Ya tengo el regalo de boda para ti. —¿Qué es? —preguntó ella, curiosa. —Espera y verás. Es una sorpresa. Y ahora no quiero que pienses en nada. Me caso porque yo quiero, nadie me obliga. ¿De acuerdo? Kate lo amaba demasiado como para negarse una vez más. Ahora ya sabía con seguridad que nunca iba a poder renunciar él. —De acuerdo, Tlm —susurró.
La ceremonia de la boda tuvo lugar en Warlace, con la asistencia de Margo y David, que fueron gratamente sorprendidos con la noticia de que aquellos enemigos de siempre por fin se casaban. Tom se maravilló de su belleza al verla entrar envuelta en tules, y encajes. Entre las flores del altar intercambiaron sus promesas, delante de Hank, Janet, Georg, Margo, David y un montón de vecinos y conocidos, entre los que se contaba una mujer vestida con un traje oscuro que se pasó la ceremonia sola, sin hablar con nadie. Al final, cuando hubieron intercambiado los anillos, Tom le levantó el velo y la besó. La ceremonia había sido tan hermosa, que Kate no pudo contener las lágrimas. Lo único que empañaba su felicidad era saber que él no la amaba; no como ella quería. Cuando se estaba cambiando de ropa en la habitación, ayudada por Margo, apareció la mujer desconocida, retorciendo un pañuelo entre las manos. Parecía muy nerviosa. —¿Kathryn?
Kate la miró sorprendida. ¿Entonces ella la conocía? Margo se disculpó y salió de la habitación rápidamente. La mujer entonces la miró con unos ojos verdes muy parecidos a los suyos. —No sabes quién soy, ¿verdad? Al fin y al cabo es natural teniendo en cuenta que él me separó de ti cuando no eras más que un bebé. Kate la miró atónita. Todos los años de odio, amargura y angustia volvieron de golpe a su memoria. —Tú nos abandonaste —susurró—. Nos dejaste solos a Georg y a mí, y él nos pegaba. La mujer tenía los ojos cuajados de lágrimas. —Tu padre te secuestró, Kathryn. Te llevó a un lugar secreto, escondida, y yo me quedé sin nada. Sin ustedes, sin dinero, sin un sitio para vivir... Antes de eso, yo había buscado un abogado para divorciarme de tu padre, con la esperanza de que me concedieran la custodia de ustedes. Había un hombre en mi vida, un hombre bueno que los quería también a ustedes. Pero tu padre se enteró antes que yo pudiera hacer nada, y un día, cuando volvía a la granja, me encontré con que no había nadie. Se había marchado llevándoselos con él. Yo entonces no tenía siquiera el dinero del pasaje del autobús para salir a buscarlos. Kate la contemplaba cada vez más sorprendida. Aquello no tenía nada que ver con la versión de su padre. —¿Nos secuestró? —Sí, cariño. Yo me puse a trabajar de camarera en un bar. Estuve así dos años, hasta que conseguí el dinero suficiente para buscarlos, pero entonces ya era demasiado tarde. —¿Y el otro hombre, con el que te ibas a casar? —Lo dejé. Estaba obsesionada con lo que habría sido de ustedes mis hijos. ¿Cómo iba a construir mi felicidad sabiendo que ustedes podían estar sufriendo? Kate estaba tan emocionada que ni siquiera se dio cuenta de que Tom la estaba mirando desde la otra habitación. —¿Y has estado sola todo este tiempo? —Sí, todo este tiempo. Ya me había cansado de preguntar en todos los orfanatos, y ni siquiera sabía la existencia de su abuela en Dakota del Sur, porque su padre no me lo había dicho nunca. Entonces, un buen día, tu marido entró en el restaurante donde trabajo y me dijo que Georg y tú estaban vivos y que me traería para verlos. —¡Oh, mamá, no!...
Kate se echó en los brazos de la mujer, y de pronto fue como si el tiempo no hubiera transcurrido desde la infancia. Aquel era el refugio protector de su madre. Tantos años habían transcurrido y todavía lo recordaba... Se volvió entonces y vio que Georg estaba al lado de Tom, sonriente, y entonces se dio cuenta de que aquello debían haberlo tramado los dos juntos. Cuando él se acercó, su madre también lo estrechó contra sí. —Mi hijo —sollozó—. Mi pequeño. Cuando te vi no podía creer que hubiera pasado tanto tiempo. Y ahora te he encontrado a ti, y a Kate. Todo esto me parece un sueño... tengo miedo de despertarme, como siempre, y encontrar que ya no están a mi lado. —No te dejaremos, mamá —dijo Georg riendo—. Pasarás un buen período de tiempo viajando entre Nueva York y Dakota del Sur para estar con nosotros antes que te dejemos volver a casa. —Claro que sí —dijo Kate, tomando el pañuelo de su madre para secarse ella también los ojos. —Será estupendo, hijos. Y después, por fin podré dar el sí al hombre que me ha estado pidiendo que me case con él durante veintidós años. Kate lanzó una exclamación de sorpresa. —¿Todavía sigue esperándote, después de tantos años? —El amor verdadero nunca se extingue, hija mía. Él sigue esperando, como yo he esperado para volver a ver a mis hijos. Cuando por fin se quedaron solos, Kate estaba tan emocionada con Tom que no sabía cómo decírselo. —Oh, Tom —suspiró—. ¿Desde cuándo estabas planeando esto? —Desde hace dos semanas, con la ayuda de Georg. Pensamos que te gustaría saber lo que es tener una madre. Dime, ¿te sientes feliz? —No sabes cuánto, Tom. Figúrate, después de todos estos años de echarle la culpa a ella. ¿Cómo he podido estar tan ciega? —Yo también he estado ciego contigo durante mucho tiempo, Kate. No tenía ni idea de lo mucho que me querías hasta aquel día en que descubrí que tenías la casa llena de fotos mías. Dios mío —agregó apretándola contra sí—, no puedes ni imaginarte lo que pasé desde que supe que te habían herido. Fue como si el mundo cayera de pronto, hecho pedazos. Si tú hubieras muerto, yo no podría haber seguido viviendo. —Te sentías responsable sin ningún motivo, porque no fue culpa tuya. —Yo... te amaba —confesó de pronto Tom sin mirarla a los ojos—. Te he amado durante muchísimo tiempo, pero tenía miedo porque había visto lo que el amor puede hacer de un hombre cuando una mujer lo traiciona. Como no quería que eso me ocurriera a mí, me convencí de que lo único que sentía por ti era deseo, y que aquel otro sentimiento se esfumaría en cuanto te hubiera hecho mía. Pero aquella primera vez no me ayudó en absoluto, Kate. Volví a mi casa, me emborraché y así estuve varios días. Pero aun borracho, seguía oyéndote llorar. Después, Georg me lo contó todo, te hirieron, y me hundí por completo. Ya lo sabes, Kate. Te amo; te he amado siempre. Así que ya puedes estar tranquila, porque no existe la posibilidad de que me enamore de otra mujer. Kate no intentó contestar. Se limitó a abrazarlo con todas sus fuerzas, buscando sus labios. Aquello era un sueño, un sueño maravilloso que iba a durar toda la vida.
FIN
HOLA .. BUENO AQI ESTA EL FINAL DE LA NOVELA. MUCHAS GRACIAS POR ESTAR COMENTANDO Y LEYENDO .. A CONTINUACION LA SIGUIENTE NOVELA SE LLAMA "UN JEFE IRRESISTIBLE ' ES LA 16. HASTA LA SIGUIENTE.
AUTORA:DIANA PALMER
TOM KAULITZ: JACOB CADE
GEORG LISTING: TOM WALKER
KATE LISTING: KATE WALKER
😊
pensando qué podría hacer a partir de entonces. Había empezado a llover con furia, como si el tiempo quisiera acompañar el torbellino de sus pensamientos. Se acordó, sin embargó, de los pobres vaqueros que, a pesar del frío y del agua, debían continuar trabajando a la intemperie. Después pensó en Tom y sintió frío en el alma. Una cosa era segura; tenía que irse de Warlace cuanto antes, porque no podía soportar la idea de seguir viendo a Tom y saber que ya no tenía secretos para él. Toda su amabilidad, sus caricias, su deseo... todo había sido una mentira, fruto de su compasión. No, no podía soportarlo. Las lágrimas rodaron por sus mejillas... Tenía que volver a Chicago, y después, ¿qué le esperaba allí? Tendría que esperar una semana más sin trabajar, pero incluso entonces, cuando se hubiera cumplido, no se sentía con ánimos para volver a la sección de sucesos. Y por otro lado, tampoco quería convertirse en una carga para Georg, por muy deseoso que estuviera él de ayudarla. Así estaba de pensativa, cuando de pronto entró Hank en la sala, visiblemente agitado. —Perdona que te moleste, Kate, pero es que estoy muy preocupado. Mi hijo salió sin un impermeable ni nada, y está empapándose, con el frío que hace. Cuando le dije que se pusiera algo encima me contestó no sé qué incoherencias de que a ver si se moría de una vez, y no me ha querido escuchar. ¿Qué ha pasado? ¿Es que han discutido o algo, Kate? Kate se removió inquieta en su asiento. —Sí... más o menos. —¿Más o menos? Kate decidió contarle lo ocurrido. —Tom me pidió que me case con él y yo le he dicho que no. Pero es que él no me ama —señaló rápidamente al ver la cara de desconcierto de Hank—, y sin amor, no saldría bien. Hank soltó un silbido. —¡Válgame Dios! Ya estaba convencido de que no viviría para ver el día en que por fin mi hijo se decidiera a proponerle matrimonio a alguien. Y ahora que se produce el milagro, tú le dices que no tranquilamente. ¿Es que te has vuelto loca? Mira mujer, yo casi tengo sesenta años. Si mi hijo no se decide pronto, me quedaré sin nietos. Y tú eres una chica estupenda. Te conocemos, nos gustas... no podría haber hecho una elección mejor. Tienes que pensarlo bien antes de dar una negativa, Kate. —Pero si ya lo he pensado —respondió Kate bajando los ojos—. Yo lo amo, y él lo ha sabido todo este tiempo, porque mi hermano Georg cometió la tontería de decírselo. ¡Tom me lo soltó esta mañana, después de que yo me negara a casarme con él, y estoy tan enfadada que no creo que pueda volver a mirarlo a la cara! Kate se echó a llorar, y el anciano se esforzó por tranquilizarla dándole palmaditas en la mano. —Me quiero ir de aquí —gimió Kate—, pero no tengo adonde ir. —Tom salió fuera en cuanto vio que no había forma de sacarte de tu cuarto, y es capaz de quedarse ahí todo el día. Ya sabes que cuando se le mete algo en la cabeza... Va a "pescar" una pulmonía. Por supuesto, ella no quería que se enfermara, pero en aquel momento tampoco se encontraba con ánimos para salir a convencerlo.
A pesar de todos los esfuerzos de Hank, llegó la noche, y Tom seguía fuera. Cuando Kate se dispuso a meterse en la cama, todavía no había aparecido. A la mañana siguiente, lo encontró sentado en el comedor cuando fue a desayunar. El corazón le dio un vuelco, porque no esperaba volver a verlo a solas. De cualquier modo, era demasiado tarde para salir corriendo, así que sacó una silla y se sentó frente a él. Tom estaba muy pálido, y cuando se dirigió a ella para pedirle que le pasara el tocino, su voz sonó terriblemente ronca. —Con toda esa lluvia —murmuró Kate—. Te has resfriado. —Con un poco de suerte me moriré —replicó él—, y así lo llevarás el resto de tu vida en la
conciencia. Kate intentó no mirarlo mientras se servía el café. —Yo no te obligué a que salieras y te quedaras bajo de la lluvia como un loco. —Pero no accedes a casarte conmigo. —Sabes muy bien por qué. —Ojalá pudiera comprender por qué las mujeres tienen tantos secretos con sus sentimientos. A ver, dime, ¿y qué más da si yo sé que tú me quieres? ¡No se va a hundir el mundo por eso! —¡Me da vergüenza! —¿Por qué? Kate lo miró con los ojos centelleantes. —Porque eso me coloca en una posición de desventaja con respecto a ti. Me siento vulnerable. —A lo mejor yo también me siento así, Kate, ¿no se te había ocurrido pensarlo? Ella rió con amargura. —Eso es imposible, Tom, porque tú no me amas. Hubo un largo silencio. Kate se sentía incómoda, porque Tom la estaba mirando de una manera muy extraña. —En cuestión de amor todavía tengo que aprender —dijo Tom, después de sufrir un acceso de tos—. ¡Maldita lluvia! ¡No me encuentro nada bien! —Deberías volver a la cama —se atrevió a sugerirle Kate. —¡De eso nada! Tampoco estoy tan mal —dicho aquello, se bebió el café, miró con una mueca los huevos y el tocino y se puso de pie—. Me voy a trabajar. No tengo ganas de comer.
Pero cuando echó a andar, se tambaleó. Kate, sin pensarlo, se levantó corriendo de la mesa y se colocó junto a él, sujetándolo. Sintió su cuerpo con más calor del normal. Entonces le tocó la frente y comprobó que estaba ardiendo. —Tom, tienes fiebre, y, además, muy alta. —La verdad es que me encuentro un poco mareado. Vamos, Kate, no me sujetes, que te puedes hacer daño en la costilla. Me apoyaré en la pared. —No, no, apóyate en mí. Te llevaré a la cama. —Pero es que ahora no tengo tiempo para ponerme enfermo... —Eso deberías haberlo pensado ayer. Al cabo de una hora, llegó el médico, y después de examinarlo diagnosticó un caso bastante fuerte de bronquitis, agravada por una infección viral. Le puso una inyección y le recetó unos antibióticos y un jarabe para la tos. Janet le preparó caldo y Kate se quedó sentada al lado de su cama mientras Hank se iba a trabajar. Tom pasó la mayor parte del día en una especie de sopor, siempre vigilado por la mirada atenta de Kate. Sólo lo dejó un momento por la tarde para cenar rápidamente, y enseguida volvió a su cabecera. Por la noche, el enfermo comenzó a agitarse, —Me siento peor ahora que esta mañana cuando me levanté. —No te preocupes —le dijo Kate con una sonrisa—. Será culpa de la fiebre, que suele subir por la noche. Verás cómo mañana te encuentras mejor. Él le devolvió la sonrisa. —Deberías irte a la cama tú también. —Me iré dentro de un rato. — Bueno, si vas a quedarte, podrías leerme algo. —Muy bien, ¿qué es lo que te gustaría? ¿Una de tus novelas policíacas? —No. Prefiero que me leas la revista de la asociación de ganaderos que tengo en la mesilla. Kate la tomó y le leyó un artículo sobre los nuevos métodos de mercado y un informe sobre las nuevas técnicas de cultivo de forrajes. Cuando hubo terminado, Tom dijo: —Eso me recuerda que los muchachos te están construyendo un invernadero. Si todo marcha bien, lo tendrán terminado dentro de un día o dos. Después, podemos ir al vivero de Pierre a comprar algunas plantas. Kate, que ya había olvidado su promesa, se alegró de aquel detalle, pero no pudo evitar una punzada de tristeza al pensar que nunca llegaría a disfrutar de ese invernadero.
—Ya no tienes por qué preocuparte de eso, porque yo podré viajar ya la semana que viene. Tom abrió los ojos de par en par y la miró fijamente. —No quiero que te vayas. Quiero que te quedes aquí, conmigo. Kate se ruborizó, —Te olvidas de que tengo un trabajo... —Pues déjalo. —Tom, yo... —Yo puedo mantenerte. Hasta que llegue el momento de pagar los impuestos, yo tengo aquí un verdadero imperio. Podemos seguir viviendo del ganado, aunque se vaya acabando el dinero. Mientras, tú puedes cultivar plantas en el invernadero, lo que quieras, y tendremos verduras todo el año. Parecía que hablaba en serio, pero Kate no tenía más remedio que contradecirle. —Tú no quieres casarte, Tom. Siempre lo has dicho. —Yo he dicho muchas estupideces en mi vida, Kate, ¿o es que todavía no te has dado cuenta? —dijo él volviéndose de lado para verla mejor—. ¿Tú nunca has pensado en tener hijos? —Sí, alguna vez. —¿Y en tener hijos míos? Kate rehuyó su mirada. —Cuando vea a mi hermano... —No tendrás ocasión, porque Nueva York está muy lejos, y yo me encargaré de que no tomes represalias. Una vez te dije que me gusta sentirme amado. Nadie me ha querido nunca, excepto mi familia. Kate recordó de pronto aquello mismo, dicho por una voz susurrante, que le llegaba de muy lejos. Se estremeció. —Es verdad... me lo dijiste cuando estaba en la UVI. Me dijiste que no querías que me muriera... Tom dejó de sonreír. —También te dije aquel día que si tú morías, yo no querría seguir viviendo. ¿Quieres que te lo repita ahora? —Aquel día las emociones te hacían hablar demasiado. —Las emociones siguen siendo las mismas, Kate. Yo te deseo. No me rehuyas así, por favor. El deseo no es ningún pecado imperdonable. Tú también sientes lo mismo, aunque te empeñes en no reconocerlo. Kate —
agregó con una sonrisa—, a ti te gusta plantar cosas y ver cómo crecen. A Dios también debe gustarle eso. El arregló las cosas para que un hombre y una mujer plantaran la semilla; y un hijo es la pequeña semilla que crece. La vida es un milagro, Kate. Kate lo miró con los ojos cargados de viejas angustias. —Mi padre me castigaba cada vez que se me ocurría sonreír a algún chico. Georg y yo nos pasamos la infancia oyendo que el sexo es el mayor de los pecados. —Pero nena, tu padre estaba loco. Con su enfermedad, no estaba capacitado para hacerse cargo de ustedes. —Si mi madre no nos hubiera abandonado... Tom se llevó su mano a los labios. —Tienes que pensar que ella tendría sus razones para marcharse. Tú entonces eras muy pequeña y no te dabas cuenta; un niño no puede entender los razonamientos de los mayores. —Cuando se fue, me pasaba las noches llorando. No sabes cuánto la echaba de menos. —Quizá ella también los ha echado de menos a Georg y a ti durante todos estos años. Tom acababa de tener una idea, pero, por supuesto, no pensaba confiársela a ella, por lo menos hasta que no la hubiera puesto en práctica. —Ojalá me encontrara mejor —murmuró Tom—. No sabes cuánto deseo hacerte el amor. ¡Oh, Kate! Cásate conmigo. Tendremos un montón de hijos que alegrarán esta casa. Yo estaría dispuesto a aprender a cambiar pañales y dar biberones... sería maravilloso. Kate se puso a temblar de pies a cabeza. Lo amaba con desesperación; y él quería tener hijos. Seguramente los hijos contribuirían a unirlos. Pero aunque ella lo deseara también, sabía de sobra que un matrimonio así, sin amor por parte de él, estaba destinado al fracaso. No, no podía prestarse a un juego tan cruel. —No —contestó sin mirarlo a los ojos—. Lo siento, pero no puedo. Y diciendo aquello, se levantó y se dirigió hacia la puerta. —¡Pero si tú me amas, maldita sea! —gritó él exasperado. —Un amor no compartido no es suficiente. Quizá a ti te bastaría, al principio, pero no tardarías en darte cuenta de que no podrías seguir viviendo conmigo si lo único que sientes es deseo mezclado con culpabilidad. Buenas noches.
DIEZ- FINAL
A partir de entonces, Kate se pasó la mayor parte de su tiempo libre trabajando en el invernadero, que tal y como le prometieron, estuvo listo enseguida, mientras Tom, ya restablecido, se concentró como un poseso en su trabajo. La paz duró tres días, pero después en la mañana del cuarto, cuando bajó a desayunar, Kate se
encontró a Tom con una expresión tan sombría que daba miedo mirarlo. Al verla aparecer, levantó los ojos del plato y le dijo fríamente: —No me importa nada que te niegues a casarte conmigo. Por mí puedes largarte hoy mismo a Chicago, a ver si te dan otro tiro. —Muchas gracias, así lo haré —replicó Kate muy digna, sentándose en la silla que Hank le ofrecía—. Me alegro de que hayas recuperado tu humor habitual. —En toda mi vida no he visto un hombre con tan mal genio —dijo Janet—. Kate, no sabes las ganas que tengo de que accedas a casarte con él de una vez, a ver si le mejoras el carácter. —Yo también lo estoy deseando —intervino Hank con un suspiro—. Si quisieras hacer el sacrificio, Janet y yo nunca lo olvidaríamos. —Ya no quiero casarme —rugió Tom, debatiéndose con el cuchillo y el tenedor—. ¡Este tocino está durísimo! —Entonces, ¿por qué no sales y le cortas un trozo de carne a una de tus vacas, a ver si te sabe mejor? —replicó Janet. —Y los huevos están como una piedra. —Y me imagino que el café estará aguado y las galletas blandas, ¿verdad? —continuó Janet con furia. —¡Pues has acertado! —Entonces puedes irte a Blairsville a desayunar, si quieres, porque yo no pienso volver a prepararte el desayuno. —¡Te despediré! —rugió Tom. —Muy bien. ¡Ni en el infierno encontraría un jefe peor que tú! Tom dejó el tenedor en el plato, lanzó una mirada general de furia, y se fue dando un portazo. —¡Gracias a Dios! Ahora podremos terminar de desayunar en paz —dijo Hank, y después, dirigiéndose a Kate con una sonrisa, añadió—: Todavía sigues resistiéndote, ¿eh?
—Tom no me ama —respondió ella acaloradamente—, y yo no quiero atarlo. Él cree que eso es lo que quiere, pero algún día puede enamorarse de verdad, y entonces se arrepentirá de estar conmigo. Hank no dijo nada. Se limitó a sonreír. Aquel era el día en que Kate debía volver al hospital para hacerse otra revisión. Ella esperaba que fuera Hank quien la llevara, o en todo caso alguno de sus hombres, y por eso se llevó una gran sorpresa cuando encontró a Tom esperándola en el coche. Aunque seguía echando rayos y centellas por los ojos, le abrió la puerta con rígida amabilidad. —Me imagino que cuando el médico te vea te dirá que ya puedes volver a Chicago cuando quieras. —Supongo que sí —asintió Kate sin demasiado entusiasmo. —No esperes que te vuelva a proponer matrimonio, porque no pienso volver a hacerlo —dijo entonces él sin mirarla. —No esperaba tal cosa. En efecto una vez en el hospital, el médico la examinó meticulosamente, le dijo que podía volver al trabajo cuando quisiera y se despidió de ella con una sonrisa. Tom pagó la cuenta sin hacer caso de las protestas de Kate, y después se pusieron en camino. —Ya estoy bien —comentó Kate—. Oficialmente, puedo volver a trabajar. —Me alegro mucho. —Ahora ya puedes dejar de sentirte culpable —murmuró Kate—. Quiero que quede claro que no te culpo de nada de lo sucedido. Pero Tom no la escuchaba. Acababa de tomar un camino de tierra que se adentraba en el bosque. Cuando llegaron a un pequeño claro, cerca de un tupido bosquecillo, paró el motor. —¿Por qué has parado aquí? —preguntó Kate un poco violenta. Tom se volvió, mirándola con ojos brillantes. —Porque estoy harto de que intentes a toda costa protegerme de mí mismo. ¿Por qué diablos estás tan convencida de que me quiero casar contigo para aliviar mi sentimiento de culpabilidad porque te tengo lástima? ¡Yo no soy tan estúpido como para tratar de cimentar una relación estable en semejantes fundamentos! —Entonces, ¿por qué lo haces? —Pues porque me gusta estar contigo. No sé por qué, pero me vuelves loco cada vez que te tengo cerca. Me gusta hacer cosas contigo, e incluso estar solo contigo. Y también me gustaría tener hijos contigo. A pesar del mal comienzo que hemos tenido, nos hemos hecho muy amigos desde que estás en Warlace, Kate. Lo suficiente como para pensar en matrimonio, creo yo. Kate estaba tan cansada de hablar siempre del mismo tema, que ya no sabía qué objeciones poner. —Yo quiero casarme contigo —susurró emocionada—, es lo que más deseo en la vida, pero tienes que darte cuenta de que significaría correr un riesgo demasiado grande. —Yo lo único que sé es que te deseo a todas horas, que me llevo perfectamente contigo y que estaría dispuesto a matar por ti, si fuera necesario. Sin dejar de mirarla a los ojos, Tom se desabrochó el cinturón de seguridad, e hizo lo mismo con el de ella. Se acercó sin decir una palabra, pero con aquella mirada fija en sus labios, Kate no necesitaba saber nada más. Aquel fue el beso más lento y más dulce que nunca habían compartido. Sintió que sus brazos se iban apoderando de ella, se enroscaban a su alrededor, y después sintió la caricia de sus manos en el pelo. Kate no se resistió, y tampoco contestó; en lugar de ello, suspiró y dejó escapar un gemido de placer, a medida que el beso se intensificaba. Tom echó el asiento hacia atrás y la tumbó. Quiso decir algo, pero él sonrió negando con la cabeza. Después se inclinó sobre ella y cubrió su rostro de besos. Primero le quitó la blusa, y el sostén no tardó mucho en seguir su camino. Después recorrió sus pechos con la boca, suavemente, saboreando su suavidad. Kate no sintió cómo terminaba de desnudarla, porque los labios de Tom actuaban en su cuerpo como un excitante, despertando todos sus instintos dormidos. Pronto la ansiedad hizo presa de ella; no tenía bastante, necesitaba más y más. Después él se quitó la camisa, y Kate empezó a acariciarlo como siempre había soñado. Él llevó las manos a lo largo de sus costados, y en algún momento, en medio del creciente torbellino de su pasión, Kate descubrió que también estaba desnudo. —Kate —susurró Tom de pronto, contemplándola con los ojos brillantes—. Quiero que seas mi mujer, la madre de mis hijos. No quiero que te entregues a mí por segunda vez sin comprometerte antes. Te quiero para toda la vida. Voy a demostrarte la belleza que puede haber en el placer cuando éste es compartido sin egoísmos. Ella lo miró a los ojos, buscando una respuesta a sus interrogantes. —¿No será sólo deseo, Tom? —Si solamente fuera deseo, cualquier mujer me serviría.
—¿Y estás seguro de que no te serviría otra mujer? —Kate, yo sólo te deseo a ti. Nunca, nunca más, habrá otra mujer en mi vida. —Pero puedes enamorarte... —Sí, es posible. Quédate quieta, pequeña, y déjame amarte. Deja que te enseñe cómo debería haber sido la primera vez. Tom se movió suavemente entre sus piernas, y entonces Kate lo sintió tal y como lo había sentido aquella noche ya lejana, pero sin ningún dolor. Tom se movió en su interior suavemente, adaptándose a las demandas secretas de su cuerpo de mujer. La besaba y le susurraba cosas irrepetibles al oído, mientras que con sus manos iba guiándola hasta conseguir hacerla enloquecer de pasión. Kate lanzó un gemido ahogado y Tom sonrió, sabiendo lo que sentía exactamente. Entonces la poseyó más profundamente, con fiereza. Su pecho rozaba los senos erizados de Kate en los movimientos ascendentes y descendentes, y el ritmo crecía en intensidad por momentos. Ahora era ella quien le susurraba locuras al oído, y él reía y le mordía el hombro, la boca, la garganta, y la tensión se convertía en una espiral sin principio ni fin, una espiral de placer cálido. Tom sudaba, y comenzaba a ponerse tenso sobre ella. Kate igualó sus movimientos, levantó las manos, le acarició el rostro, y entonces todo explotó dentro de ella y a su alrededor. Aquello era una locura mágica. Por primera vez en su vida sintió el colmo del placer; por primera vez en su vida perdió el sentido de la realidad y su garganta se abrió en un grito de felicidad. Kate volvió a la realidad lentamente, y lo primero que oyó fue el rumor del viento entre los árboles y el canto de los pájaros. Ambos temblaban. Era maravilloso sentir los latidos del corazón de Tom contra sus pechos. Comenzó a besarlo por todas partes. —Kate —susurró él, enfebrecido—. Casi no podía soportar el placer. Creía que iba a morir intentando abrazarte con más fuerza. Kate suspiró dulcemente. —Tom, no hemos tenido cuidado... no has... Puedo quedarme embarazada después de esto. Él sonrió. —Sí, es verdad. —Pero, ¿qué vamos a hacer ahora?
—Casarnos, por supuesto —murmuró Tom—. Y esta vez no te lo estoy preguntando, lo afirmo. No voy a darte la oportunidad de rechazarme una vez más. —Pero Tom —protestó Kate angustiada—. Puede ser que algún día te enamores de alguien. —Pero Kate, ¿no es amor esto que hemos compartido? Ella se quedó mirándolo con los ojos muy abiertos. Tom no había tenido intención de decir aquello; simplemente lo había dicho sin pensar. Pero ahora que ya estaba expresado y la veía, tan hermosa, debajo de él, se daba cuenta de que aquello era lo que sentía en realidad. Era la primera vez que el sexo le despertaba tantas emociones. —Ahora no pienses en nada, Kate, y bésame. Así lo hizo ella. Y después se vistieron mutuamente, sin dejar de acariciarse. Cuando volvían al rancho, Tom le dijo: —La semana que viene nos casaremos. Ya tengo el regalo de boda para ti. —¿Qué es? —preguntó ella, curiosa. —Espera y verás. Es una sorpresa. Y ahora no quiero que pienses en nada. Me caso porque yo quiero, nadie me obliga. ¿De acuerdo? Kate lo amaba demasiado como para negarse una vez más. Ahora ya sabía con seguridad que nunca iba a poder renunciar él. —De acuerdo, Tlm —susurró.
La ceremonia de la boda tuvo lugar en Warlace, con la asistencia de Margo y David, que fueron gratamente sorprendidos con la noticia de que aquellos enemigos de siempre por fin se casaban. Tom se maravilló de su belleza al verla entrar envuelta en tules, y encajes. Entre las flores del altar intercambiaron sus promesas, delante de Hank, Janet, Georg, Margo, David y un montón de vecinos y conocidos, entre los que se contaba una mujer vestida con un traje oscuro que se pasó la ceremonia sola, sin hablar con nadie. Al final, cuando hubieron intercambiado los anillos, Tom le levantó el velo y la besó. La ceremonia había sido tan hermosa, que Kate no pudo contener las lágrimas. Lo único que empañaba su felicidad era saber que él no la amaba; no como ella quería. Cuando se estaba cambiando de ropa en la habitación, ayudada por Margo, apareció la mujer desconocida, retorciendo un pañuelo entre las manos. Parecía muy nerviosa. —¿Kathryn?
Kate la miró sorprendida. ¿Entonces ella la conocía? Margo se disculpó y salió de la habitación rápidamente. La mujer entonces la miró con unos ojos verdes muy parecidos a los suyos. —No sabes quién soy, ¿verdad? Al fin y al cabo es natural teniendo en cuenta que él me separó de ti cuando no eras más que un bebé. Kate la miró atónita. Todos los años de odio, amargura y angustia volvieron de golpe a su memoria. —Tú nos abandonaste —susurró—. Nos dejaste solos a Georg y a mí, y él nos pegaba. La mujer tenía los ojos cuajados de lágrimas. —Tu padre te secuestró, Kathryn. Te llevó a un lugar secreto, escondida, y yo me quedé sin nada. Sin ustedes, sin dinero, sin un sitio para vivir... Antes de eso, yo había buscado un abogado para divorciarme de tu padre, con la esperanza de que me concedieran la custodia de ustedes. Había un hombre en mi vida, un hombre bueno que los quería también a ustedes. Pero tu padre se enteró antes que yo pudiera hacer nada, y un día, cuando volvía a la granja, me encontré con que no había nadie. Se había marchado llevándoselos con él. Yo entonces no tenía siquiera el dinero del pasaje del autobús para salir a buscarlos. Kate la contemplaba cada vez más sorprendida. Aquello no tenía nada que ver con la versión de su padre. —¿Nos secuestró? —Sí, cariño. Yo me puse a trabajar de camarera en un bar. Estuve así dos años, hasta que conseguí el dinero suficiente para buscarlos, pero entonces ya era demasiado tarde. —¿Y el otro hombre, con el que te ibas a casar? —Lo dejé. Estaba obsesionada con lo que habría sido de ustedes mis hijos. ¿Cómo iba a construir mi felicidad sabiendo que ustedes podían estar sufriendo? Kate estaba tan emocionada que ni siquiera se dio cuenta de que Tom la estaba mirando desde la otra habitación. —¿Y has estado sola todo este tiempo? —Sí, todo este tiempo. Ya me había cansado de preguntar en todos los orfanatos, y ni siquiera sabía la existencia de su abuela en Dakota del Sur, porque su padre no me lo había dicho nunca. Entonces, un buen día, tu marido entró en el restaurante donde trabajo y me dijo que Georg y tú estaban vivos y que me traería para verlos. —¡Oh, mamá, no!...
Kate se echó en los brazos de la mujer, y de pronto fue como si el tiempo no hubiera transcurrido desde la infancia. Aquel era el refugio protector de su madre. Tantos años habían transcurrido y todavía lo recordaba... Se volvió entonces y vio que Georg estaba al lado de Tom, sonriente, y entonces se dio cuenta de que aquello debían haberlo tramado los dos juntos. Cuando él se acercó, su madre también lo estrechó contra sí. —Mi hijo —sollozó—. Mi pequeño. Cuando te vi no podía creer que hubiera pasado tanto tiempo. Y ahora te he encontrado a ti, y a Kate. Todo esto me parece un sueño... tengo miedo de despertarme, como siempre, y encontrar que ya no están a mi lado. —No te dejaremos, mamá —dijo Georg riendo—. Pasarás un buen período de tiempo viajando entre Nueva York y Dakota del Sur para estar con nosotros antes que te dejemos volver a casa. —Claro que sí —dijo Kate, tomando el pañuelo de su madre para secarse ella también los ojos. —Será estupendo, hijos. Y después, por fin podré dar el sí al hombre que me ha estado pidiendo que me case con él durante veintidós años. Kate lanzó una exclamación de sorpresa. —¿Todavía sigue esperándote, después de tantos años? —El amor verdadero nunca se extingue, hija mía. Él sigue esperando, como yo he esperado para volver a ver a mis hijos. Cuando por fin se quedaron solos, Kate estaba tan emocionada con Tom que no sabía cómo decírselo. —Oh, Tom —suspiró—. ¿Desde cuándo estabas planeando esto? —Desde hace dos semanas, con la ayuda de Georg. Pensamos que te gustaría saber lo que es tener una madre. Dime, ¿te sientes feliz? —No sabes cuánto, Tom. Figúrate, después de todos estos años de echarle la culpa a ella. ¿Cómo he podido estar tan ciega? —Yo también he estado ciego contigo durante mucho tiempo, Kate. No tenía ni idea de lo mucho que me querías hasta aquel día en que descubrí que tenías la casa llena de fotos mías. Dios mío —agregó apretándola contra sí—, no puedes ni imaginarte lo que pasé desde que supe que te habían herido. Fue como si el mundo cayera de pronto, hecho pedazos. Si tú hubieras muerto, yo no podría haber seguido viviendo. —Te sentías responsable sin ningún motivo, porque no fue culpa tuya. —Yo... te amaba —confesó de pronto Tom sin mirarla a los ojos—. Te he amado durante muchísimo tiempo, pero tenía miedo porque había visto lo que el amor puede hacer de un hombre cuando una mujer lo traiciona. Como no quería que eso me ocurriera a mí, me convencí de que lo único que sentía por ti era deseo, y que aquel otro sentimiento se esfumaría en cuanto te hubiera hecho mía. Pero aquella primera vez no me ayudó en absoluto, Kate. Volví a mi casa, me emborraché y así estuve varios días. Pero aun borracho, seguía oyéndote llorar. Después, Georg me lo contó todo, te hirieron, y me hundí por completo. Ya lo sabes, Kate. Te amo; te he amado siempre. Así que ya puedes estar tranquila, porque no existe la posibilidad de que me enamore de otra mujer. Kate no intentó contestar. Se limitó a abrazarlo con todas sus fuerzas, buscando sus labios. Aquello era un sueño, un sueño maravilloso que iba a durar toda la vida.
FIN
HOLA .. BUENO AQI ESTA EL FINAL DE LA NOVELA. MUCHAS GRACIAS POR ESTAR COMENTANDO Y LEYENDO .. A CONTINUACION LA SIGUIENTE NOVELA SE LLAMA "UN JEFE IRRESISTIBLE ' ES LA 16. HASTA LA SIGUIENTE.
AUTORA:DIANA PALMER
TOM KAULITZ: JACOB CADE
GEORG LISTING: TOM WALKER
KATE LISTING: KATE WALKER
😊
SIETE
Tom quiso alquilar un avión privado para volver con Kate a Dakota del Sur, con la intención de aligerar en la mayor medida posible las incomodidades propias de un viaje. Sin embargo, se vio obligado a desistir de la idea porque el médico le dijo que debido a su lesión pulmonar, Kate no podría volar hasta dos meses más tarde, por lo menos. —Pero si tú no puedes ni ver los aviones —exclamó Kate cuando fue al hospital para contárselo. Tom se encogió de hombros. —Por mí no importaba, me hubiera aguantado, pero el médico me dijo que tú todavía no puedes viajar en avión. —Pero si solamente tengo una costilla... —Y también parte del pulmón —la interrumpió Tom—. Al final he optado por alquilar un autobús; uno grande, para que vayas cómoda. Papá irá a recogernos a Pierre con el Lincoln, y yo enviaré a alguien a Chicago para que se lleve mi Mercedes de vuelta. —Te estás molestando demasiado. —No te vendrá mal un poco de mimo. —Tiene ironía que seas tú precisamente el que se dedique a mimarme ahora. —Sí, somos viejos enemigos, Kate. Pero tampoco olvides que hubo una época en la que éramos amigos. Kate recordó con una sonrisa. —Entonces tú eras muy amable conmigo. —Tú eras la única amiga de Margo, debes darte cuenta que eso complicaba bastante las cosas, quizá más de lo que puedes imaginarte. —Sí. Tú no te sentías con libertad para seducirme mientras Margo estuviera por allí. Tenías que dar buen ejemplo a tu sobrina, ¿verdad? En cuanto lo soltó, Kate se arrepintió de haberlo dicho. Pero Tom no perdió la paciencia; todo lo contrario, la miró con gesto indulgente. —Lo dices como si yo fuera un ser frío y calculador, sin sentimientos. Kate, yo te deseaba mucho, es verdad, pero incluso entonces, si tú me hubieras rechazado, yo no habría insistido más. De todas formas, no me imaginaba que cuando llegara la ocasión tan esperada yo iba a perder el control. Luego perdí la cabeza en cuanto te besé por primera vez en el coche. —Me imagino que eso le pasará a todo el mundo de vez en cuando. —A mí no, Kate. Era la primera vez que me veía así.
—Ah. Tom la miró con el ceño fruncido. —¿No te ha contado nadie que un hombre puede perder la cabeza cuando la mujer que está con él responde sin contenerse? —A mí nadie me ha hablado de esas cosas. Pero he leído muchos libros... —Me parece que tú y yo vamos a tener una larga conversación un día de estos, Kate. Tienes que enterarte de una vez de que las mujeres tienen la capacidad para disfrutar del sexo tanto como los hombres. —¡Eso no es verdad! —exclamó Kate, recordando la frustración y los deseos insatisfechos de su única noche. —La primera vez, no desde luego. Ni tampoco cuando el hombre sólo piensa en su propio placer y no da nada a cambio. Para tu información, te diré que yo no soy un hombre egoísta. Viendo que la conversación se salía de los límites de lo conveniente, Kate decidió cambiar de tema, y lo hizo sin ninguna transición . —Oye, Tom, ¿cuándo van a permitirme salir de aquí? ¿Lo sabe Georg? —No quieres seguir hablando del tema, por lo que veo —murmuró Tom—. Está bien, por esta vez te saldrás con la tuya. Tu médico dijo que podrás salir el próximo viernes por la mañana, si sigues evolucionando como hasta ahora. Ese día se cumplen diez desde que te ingresaron, lo que según el doctor es un récord de permanencia corta tratándose de una herida de bala. —Estoy harta de pasarme el día en la cama —se quejó Kate con un suspiro. —Pues no pienses que vas a poder subirte a los árboles en cuanto salgas del hospital. No podrás hacer ejercicios violentos hasta que tengas la costilla curada, y eso tardará cinco semanas más por lo menos.
Georg los acompañó al rancho solamente para asegurarse que su hermana se quedaba bien. Sin embargo, Kate intuía que Tom en el fondo se alegraba de llevar aquella compañía. Cuando llegaron al fin a Pierre, después de un día de viaje con pocas paradas para comer y descansar, Hank Kaulitz ya los estaba esperando, y Tom la sacó del autobús y la llevó hasta el coche en brazos. —Había olvidado lo grande que es Warlace —comentó Georg cuando se adentraron en el camino de tierra que conducía a la casa. Por el campo se veía pastar al ganado, repartido en la inmensa llanura. —Pues a mí se me hace mucho más grande todavía cuando no está Tom —dijo Hank, que conducía el Lincoln—. Siempre hay algún problema que resolver. Por cierto, hijo, todavía no te he dicho lo peor. Chuck Gray se marchó ayer. Tom le dirigió una mirada furibunda a su padre. —¿Qué? ¿Por qué? —Me dijo que te dijera que ya estaba harto de acorralar nuestros malditos toros. No sé si se acuerdan que todos los años acorralamos el ganado —dijo dirigiéndose a Georg y Kate, que lo escuchaban desde el asiento de atrás— . Siempre que lo hacemos alguien resulta pisoteado o coceado, y esta vez le tocó a Chuck. Se ha ido a trabajar a un rancho de Montana. En aquel momento detuvo el coche, porque había llegado, y Tom no pudo disimular su enfado. —¡Maldita sea! Era el mejor capataz que he tenido nunca. —Pues en ese caso deberías haberlo dejado trabajar con los caballos en vez de obligarlo a dedicarse a los toros, como yo te dije. Si me hubieras hecho caso... —Claro que te hice caso, maldita sea, y por eso ocurrió este desastre. ¡Tú fuiste quien me aconsejó que pusiera a Chuck a trabajar con los toros! Hank se encogió de hombros. —Bueno, ¿y entonces por qué me hiciste caso? —¿Por qué diablos no tomas un barco y te marchas a Tahití, como siempre estás diciendo que vas hacer? —Pero hijo, si me fuera, ¿quién iba a cuidar de ti? Kate ya no pudo más y se echó a reír, pero cuando Tom le dirigió una mirada centelleante, no tuvo más remedio que contenerse. —Lo siento... es que estaba pensando en cosas mías. —Sí, seguro. Entonces Tom bajó del coche, la hizo salir a ella y la levantó en brazos, á pesar de sus protestas, mientras Hank y Georg recogían el equipaje del maletero. —¡Janet! ¡Abre la puerta! —gritó a pleno pulmón, atrayendo la mirada de dos vaqueros que trabajaban en el corral. —¡No grites tanto, que con esa voz tuya, vas a romper los cristales! — gruñó la vieja señora apareciendo por la puerta principal—. Buenas tardes, Kate, me alegro de verte. En cuanto a él no quiero hacer ningún comentario. Ahora que ya me había acostumbrado a la paz y la tranquilidad del rancho, vuelve otra vez. Apuesto lo que sea a que ya se ha peleado varias veces con su padre y que viene dispuesto a amargarnos la cena...
con el asado tan bueno que he preparado.
—¡Estás despedida! —rugió Tom entre dientes. —Puedes decir lo que quieras, porque no me pienso marchar. ¡Cierra la boca y deja de darme órdenes, jovencito! ¡Para que te enteres, yo te ponía los pañales cuando eras un renacuajo! —¡Por el amor de Dios, Janet, deja de recordármelo! —replicó Tom, entrando con Kate en el vestíbulo—. Pero, ¿qué demonios pasa? ¿Es que no hay una luz en el vestíbulo? —¡No me gusta despilfarrar! ¡Y ten cuidado, no tropieces y se vaya a caer la señorita Kate! Tom murmuró algo entre dientes que Janet no alcanzó a oír, pero que hizo que Kate se sonrojara. Después la condujo por un pasillo del piso bajo a una de las habitaciones de invitados, dos puertas más allá de su propia habitación, o por lo menos la que Kate imaginaba que seguiría siendo su habitación. —Ahora apenas utilizamos el segundo piso —le dijo Tom dejándola sobre la cama—. En invierno hace un frío de muerte, y, además, Janet ya no está para andar subiendo y bajando escaleras cuando tiene que limpiar. Siempre procuramos lo mejor para ella, porque tiene las piernas muy delicadas, aunque a veces se merecería que la fusiláramos. —Si hicieras eso seguro que la echarías de menos —observó Kate. Tom se acercó y le tomó la cabeza entre las manos. —¿Qué tal va esa costilla? —Me duele un poco —respondió Kate, ensimismada en la contemplación de su rostro. Sin darse cuenta, al sentirse observado, Tom esbozó una suave sonrisa. Todavía no había comprobado bien lo excitante que podía llegar a ser el hecho de que Kate lo amara. Se acercó mas; Por un momento sus alientos se entremezclaron. Kate entreabrió los labios, y Tom se dio cuenta de que estaba loco por besarla; resultaba emocionante sentir la respuesta inmediata de ella. Pero no la besó, porque no era para eso para lo que ella estaba allí. Bruscamente se apartó, frunciendo el ceño. —Descansa un poco antes de la cena. Yo tengo que ir con mi padre para que me cuente lo que ha pasado en mi ausencia. Mientras tanto, Georg puede hacerte compañía. —Sí. Aunque tampoco hay ninguna necesidad de que alguien esté divirtiéndome —contestó Kate con una sonrisa—. Pero dime, ¿siguen gustándote las novelas de misterio? —Sí.
—A mí también me gustan. ¿Podrías prestarme algunas para leerlas mientras estoy aquí? —Sí, claro. Además, compré muchas nuevas desde la última vez que estuviste aquí. Puedes tomar las que quieras. —Janet dice que uno de tus hombres quiere verte —anunció Georg, entrando en aquel momento con la maleta de Kate—. Es para algo de un cable que no han recibido. —Estupendo —murmuró Tom para sí—, falto unos cuantos días en el rancho y cuando vuelvo me lo encuentro todo patas arriba... Cuando estuvieron solos, Georg miró a su hermana con una sonrisa, y dijo: —Cómo en los viejos tiempos, ¿verdad? Parece que desde que Margo se casó, Tom ha recuperado su antiguo temperamento. Kate no comentó nada a eso, y en cambio le hizo una seña para que se sentara a su lado. —Quédate un rato conmigo, anda, Geo, y cuéntame alguna anécdota nueva de tu trabajo. Georg empezó a hablar con la elocuencia que lo caracterizaba, y cuando quiso darse cuenta de que su hermana no contestaba a nada de lo que decía, pudo observar que se había quedado dormida recostada en los almohadones de la cama. Georg la miró un momento, preocupado. Últimamente su hermana la había pasado muy mal, y a él no le parecía acertado que hubiera aceptado la invitación de Tom para ir al rancho. Pero al fin y al cabo, él nada podía decir, porque nada sabía, y las relaciones de Kate con Tom seguían siendo un misterio.
OCHO
Georg se quedó solamente un par de días y después tuvo que volver a Nueva York a trabajar, Al principio, Kate se sentía un poco sola, pero enseguida Janet sacó tiempo de sus tareas para charlar con ella de vez en cuando. Tom se las arreglaba siempre para llegar o demasiado pronto o demasiado tarde a las comidas, y generalmente ella comía con Hank y Janet. No sabía si aquel peculiar horario de Tom sería fruto de la casualidad o de alguna estratagema suya, pero el caso era que se había estado comportando de una manera un poco rara desde su llegada al rancho, como si en el fondo se arrepintiera de haberla invitado. Kate, al haber advertido una cierta tensión, procuraba a su vez no cruzarse demasiado en su camino. De todas formas, sabía que Tom no podía disponer de demasiado tiempo libre en el otoño. Sus hombres y él se pasaban todo el día ocupados trasladando el ganado a los pastos de invierno, vendiendo becerros, cambiando vaquillas, arreglando las cercas... en una palabra, solucionando los múltiples problemas que planteaba la cría de ganado con el paso de una estación a otra. El médico de Chicago de Kate les había recomendado que la visitara el médico de Tom cuarenta y ocho horas después de su llegada a Dakota del Sur para asegurarse de que el viaje no había repercutido negativamente. Así que el doctor Wright examinó a Kate y le dijo que su costilla se estaba curando perfectamente. Todavía tenía algunos dolores, pero mucho menos fuertes de los que la habían atormentado durante los primeros días. Antes de abandonar el hospital le quitaron los puntos, y afortunadamente, el cinturón especial que le pusieron en las costillas no le causó molestias ni en la herida ni en la zona donde había llevado el drenaje. Le dijeron que tenía que volver a hacerse unas radiografías cuando se cumplieran cuatro semanas desde la intervención y que podía prescindir del cinturón para las costillas en cuanto notara mejoría. Cuando ya llevaba una semana en el rancho, un buen día, Tom se presentó de improviso en la habitación de Kate, cuando ella estaba viendo la televisión cómodamente instalada en una butaca. Venía de trabajar, vestido con unos pantalones vaqueros viejos, una camisa gruesa de cuadros y las botas todavía polvorientas del camino. Él sonrió al verla con el camisón rosa y con los pies descalzos. —¿Viendo la televisión? —preguntó.
—Sí —contestó ella con una sonrisa—. Me encuentro muy bien, y no me aburro nada, así que no tienes que perder el tiempo entreteniéndome. No quiero que te preocupes. Tom se quedó maravillado de que, una vez más, Kate antepusiera su comodidad a la de ella. En aquellos días no le había importunado para nada; de hecho ni siquiera le había vuelto a recordar lo de aquellos libros que le pidió el primer día. Y no era sólo con él, sino con todo el mundo; casi se podía decir que no se notaba que ella estuviera en el rancho. De pronto, sin saber por qué, se sintió impaciente e irritado ante aquella falta de espíritu. —¿Es que no te cansas nunca de ser una santa? ¡Dios mío! ¡Sólo te falta la aureola! Kate se quedó sorprendida, pues no esperaba aquel ataque, por lo menos no tan pronto. Pensaba que hasta que no estuviera restablecida del todo no empezaría de nuevo con sus groserías de siempre, pero debía ser que su presencia en la casa le molestaba, porque reavivaba su sentimiento de culpa. —No debería haber venido —le dijo tranquilamente—. No has cambiado en absoluto, Tom; reconoce que no te gusta nada la idea de tenerme en tu casa —poniéndose de pie con cierto esfuerzo, agregó—: Siento mucho tener que pedirte esto, pero, ¿te importaría conseguirme un boleto para el primer autobús que salga para Chicago? Si no puedes, llamaré a Georg. Tom vio con alarma que la situación se le había escapado de las manos, y se dio cuenta de que antes de hacer aquel desagradable comentario, debería haber recordado el afán de Kate por no molestar. —Verás, Kate, estoy muy cansado, y cuando estoy cansado pierdo los estribos y tengo ganas de comerme a la gente. Y tú eres la primera víctima que he encontrado a mano. Cuando quiera que te vayas, te lo diré. La miró un poco intranquilo, dándose cuenta que debajo del camisón no llevaba nada, y eso le puso todavía más nervioso. —Perdona, pero es que yo había entendido que querías que me fuera. Tom exhaló un suspiró. Se acercó a ella y tomándola de los brazos, la hizo sentarse otra vez. Después se arrodilló delante de su silla y la miró a los ojos. —No sé si es que lo has olvidado, o que no lo sabes, pero yo soy un hombre muy difícil de tratar. Tengo un genio endemoniado, y no me ando con miramientos a la hora de sacarlo fuera. Si no aprendes a torearme un poco, la vas a pasar bastante mal mientras estés aquí.
—Tom, no quiero discutir. Me encuentro demasiado débil, echo de menos mi trabajo, y a mi hermano, y de pronto dispongo de mucho tiempo para pensar. —Desde que Georg se fue te has encerrado en ti misma, y yo no sabía si era porque te encontrabas sola o porque no tenías ganas de hablar con nadie. Mira, Kate, a mí me gusta estar solo, y esa es una costumbre difícil de cambiar. Si tienes necesidad de hablar, yo te escucharé, y si quieres estar conmigo, sólo tendrás que decírmelo. Kate se sonrojó de vergüenza. —No necesito la compañía de nadie, muchas gracias —repuso en un arranque de orgullo—. Lo único que necesito es alguien que me lleve al médico el viernes próximo para hacerme las radiografías. —Y yo que creía que era el único orgulloso —murmuró Tom—. Seguro que prefieres quedarte ahí sentada toda la vida antes que pedirme a mí que te lleve, ¿verdad? —Pues, sí, en efecto. Ya lo sabes. Hubo un silencio gélido, al cabo del cual, Tom dijo: —Bueno, ¿te importaría hacerme compañía un rato mientras reviso los libros de cuentas? Kate mantuvo la mirada fija en la pantalla del televisor. —Prefiero quedarme viendo esto, pero gracias de todas formas. Tom fue directamente al aparato y sin mediar palabra, lo desconectó. — ¡Tom! Actuando como si no la oyera, Tom la levantó con mucho cuidado en brazos, la sacó de la habitación y la llevó hasta su despacho. —Acabo de descubrir que tienes un carácter tan insoportable como el mío, y un orgullo que tampoco se queda atrás. Tú no estarás dispuesta a ceder ni un palmo, pero yo tampoco. Y no estoy dispuesto a que te encierres en esa habitación sin dejarme entrar. No te he traído aquí para ver cómo vegetas, ¿sabes? Diciendo aquello, la depositó en el sofá del despacho. Kate, que no tenía otro remedio, lo dejó hacer, aunque no podía disimular su sorpresa. —Yo creía que te gustaba estar solo. —Y yo también —contestó Tom, descubriendo al mirarla que le había crecido el pelo, y que lo tenía suave y brillante como siempre. —Pero necesito una bata...
—¿Para qué? Hank está en una partida de póquer con sus amigotes y Janet ya se ha ido a su casa a pasar la noche, así que estamos completamente solos. No te puede ver nadie; solamente yo. Kate se sonrojó vivamente. —¿No irá a entrarte la timidez ahora? Recuerda que no hay nada de ti que yo no haya visto. Ella se sonrojó aún más. —Perdóname, Kate. No sé cómo se me ocurrió decirte eso. Kate se sintió un poco mejor con la disculpa, sin embargo, seguía sin atreverse a levantar la vista. Aquel torpe comentario acababa de suscitar una avalancha de recuerdos penosos. Tom se sentó en el sofá, a su lado, con expresión contrita. —Creo que nunca he cometido una equivocación tan grave con una persona como la que cometí contigo. Ojalá me hubieras contado antes lo que te pasaba. Kate cruzó los brazos sobre el pecho. De pronto sentía frío. —Para mí resultaba muy doloroso hablar de ello. Mi padre era un desequilibrado. Nosotros lo sabíamos, pero éramos tan pequeños, Tom... No podíamos hacer nada, ni recurrir a nadie. Cuando murió, ya no había remedio, nos había dejado marcados psicológicamente. —¿Sólo psicológicamente? —inquirió Tom, recordando el relato de Georg acerca de las circunstancias de su muerte. —También físicamente. ¿No viste mis cicatrices aquel día en la caseta de baño? —¡La verdad es que aquel día la furia no me dejaba ver nada! Habría matado a ese mocoso. Kate le miró. No podía evitar el sentirse halagada por su indignación. —Pobrecillo. Sólo intentaba tranquilizarme. Ya sabes el miedo que me dan las serpientes. Tú te cegaste porque yo ya te había dado lugar a sospechas cuando estuve besándome con él en la piscina, mientras tú jugabas al ratón y al gato con la Dugan... Entonces Kate había tenido celos de Barbara. Con el corazón palpitante, Tom comprendió que aquello explicaba muchas cosas. —Di mejor que ella estaba jugando al gato y al ratón conmigo. A mí me gusta Barbara. Siempre me ha gustado —agregó apartándole un mechón de pelo de la cara—. No sé si te he comentado que ésta prometida con Hardy. —¿De verdad? Tom miró divertido el rubor de sus mejillas.
-Efectivamente. Así que si habías pensado que iba a casarme con ella, puedes irte desengañando. Supongo que me quedaré soltero. —Y en ese caso, ¿quién heredará Warlace? —Buena pregunta. Hasta hace unos pocos años no me he preocupado por tener hijos. Creo que al final no me quedará otro remedio que casarme, si quiero un heredero. —No creo que tengas problemas para encontrar una candidata —declaró Kate, rehuyendo su mirada. —¿Tú crees que no? —preguntó Tom pasándole un brazo por la espalda—. Soy rico, Kate. —¿Y qué quieres decirme con eso? —Lo que quiero decir es que no sé cómo voy a estar seguro de que no se casan conmigo por mi dinero. —En ese caso, deshazte del dinero. Regálalo. Tom sonrió. —No estoy tan desesperado como para llegar a esos extremos. —Entonces nunca podrás estar seguro. Kate lo miró largamente, pero pudo apartar los ojos de él antes que la traicionaran. Lo que no sabía era que Tom se había dado cuenta desde hacía bastante rato de que la estaba deseando. —¿Cuándo supiste que no estabas embarazada? —le preguntó repentinamente. —Una semana después —respondió ella sonrojándose. —Yo también me quedé preocupado. Y lo peor era que sabía que no ibas a querer hablar conmigo ni verme, así que tuve que inventarme una estratagema: llamé a tu hermano Georg y le conté una historia de que tenía que hablar con ustedes dos pero juntos, y asi lo hice ir a Chicago. De alguna manera tenía que enterarme de si estabas embarazada o no. —Pues ya ves, te preocupaste en vano —respondió Kate. —Tampoco es que estuviera preocupado. Sólo quería saberlo, nada más. —Pues yo no te lo habría dicho. —Pero yo me habría enterado más tarde o más temprano —respondió él mirándola a los ojos—. No me hubiera dado por vencido hasta saberlo. —¿Y si?... —¿Si hubieras estado embarazada? Yo creo que me conoces lo suficiente como para no tener que hacerme esa pregunta. —Te habrías casado conmigo —murmuró Kate.
—Un hombre con sentido del honor debe comportarse a la altura de las circunstancias cuando hay un niño de por medio. —Pues menos mal que no pasó nada —dijo Kate, que había cerrado los ojos y tenía la cabeza apoyada en el respaldo del sofá—. Detesto las bodas precipitadas, y, además, no estoy segura de querer tener un hijo. —¿Por qué? —Pues porque por su culpa los padres terminan por hacer locuras. —Tú no puedes juzgar a todos los padres del mundo por el tuyo. —¿Por qué no? Precisamente tú juzgas a todas las mujeres por lo que fue tu madre. Tom empezó a decir algo, probablemente para negar, pero al final se quedó callado. Hubo un silencio. —La verdad es que tienes razón. —Debes haber sufrido mucho. —¿Tú te acuerdas de tu madre? Kate negó con la cabeza, y su mirada se hizo repentinamente dura. —Sólo algunos detalles; la mayoría de lo que mi padre decía sobre ella. Era una fulana. Se fugó con otro hombre y nos abandonó a mi hermano y a mí. ¡Y mi padre me pegaba! Tom se estremeció al verla llorar. Con toda la suavidad del mundo, la hizo sentar sobre sus rodillas y la apretó contra su pecho. —Vamos, cariño. Kate lo abrazó con el único brazo que no le dolía y se refugió, llorando, contra su pecho cálido y palpitante. —Yo odiaba a mi madre, y todavía la sigo odiando. ¿Cómo pudo marcharse dejándonos? ¿Cómo fue capaz de abandonar a sus hijos? Tom le acarició el pelo muy despacio. —Yo tampoco entiendo a los padres, Kate. Mi madre se fue de casa un buen día, sin ninguna explicación, y Hank nunca intentó ir detrás de ella, o buscarla. Una vez le pregunté el porqué, y él me contestó que uno no puede obligar a una persona a quedarse, si ella ya no quiere estar con él. Al principio me resultaba imposible comprenderlo, pero con los años aprendí que tenía razón. En cierto modo, con su actitud, mi padre nos evitó mayores sufrimientos. —Nunca llegaste a perdonarla, ¿verdad? La mano con que la acariciaba se detuvo sobre su pelo.
—Cuando la vi en la cama, a punto de morir, a pesar de todo el dolor, sentí que seguía siendo mi madre. Sí, Kate, la perdoné. Esto no se lo he dicho ni siquiera a Hank. Kate escondió la cara contra su cuello, feliz de que se sintiera impulsado a contarle algo tan íntimo. —No creo que yo hubiera podido ser tan generosa —susurró—. Yo a mi madre no la perdonaré nunca. —¿Sabes dónde está? —preguntó Tom. —Nunca he tenido dinero suficiente como para iniciar su búsqueda. Pero aunque dispusiera de los medios, creo que no la buscaría. Geo y yo sufrimos terriblemente por su culpa. En tu caso, por lo menos Hank ha sido muy bueno contigo. —Eso es verdad. Aunque discutimos mucho, yo adoro a mi padre. —Lo sé —señaló Kate con una sonrisa. Era agradable abrazarla en el silencio de la casa, cuándo afuera, el viento de la noche comenzaba a enfriar la atmósfera. Teniéndola así, tan cerca, no podía dejar de pensar en el día en que la había tenido entre sus brazos completamente desnuda. Sus senos se oprimían contra su pecho, y debajo de la ligera tela del camisón notaba que sus pezones se volvían rígidos. Estaba excitada, tanto como él. La mano se le crispó entre sus cabellos sin querer. —¿Qué te pasa? —susurró ella. —Nada, Kate. Tengo que volver con mis libros. ¿Quieres leer un rato mientras tanto? —Sí, déjame una de tus novelas de misterio. Tom se levantó a tomar un libro de la estantería y se lo dio. —¿Quieres que te diga quién es el asesino? —Como te atrevas, te tiro el libro a la cabeza. —No creo que puedas con ese brazo que no puedes mover. Dime, Kate, ¿llevas puesto el cinturón para las costillas? —No, el médico me dijo que por la noche no hacía falta. —¿Te he hecho daño al traerte aquí? —No, no —respondió ella con una sonrisa, contenta de que se preocupara. Tom asintió y se sentó a la mesa con un lápiz y un cuaderno de notas delante. Kate permaneció un rato intentando leer, pero le resultaba imposible concentrarse teniendo a Tom delante con completa libertad para mirarlo a su gusto. Así que se quedó contemplándolo un buen rato, mientras hacía cuentas. De pronto se sonrojó vivamente, dándose cuenta que él la estaba mirando también con una expresión guasona.
¿Te diviertes, Kate? No tardó en arrepentirse de su comentario socarrón al ver lo ruborizada que se ponía. —Perdona, es que estaba distraída —dijo ella hundiendo la nariz en el libro. Tom quiso decir algo, pero la vio tan enfrascada en la lectura, que optó por callarse. Aquel camisón era la prenda más seductora que le había visto, con aquella tela tan fina, que insinuaba más que enseñaba. Solamente desnuda habría podido excitarlo tanto su vista. Kate encontró gran dificultad en concentrarse después de que Tom le dijera aquello. Estaba tan cohibida, que ahora no se atrevía a mirarlo ni siquiera fugazmente. En condiciones normales no se habría dejado vencer por la timidez con tanta facilidad, pero se encontraba débil, cansada, y atormentada por recuerdos involuntarios que se empeñaban en perseguirla. Cada vez que cerraba los ojos volvía a oír el silbido de las balas, y le parecía sentir el frío impacto del metal en su cuerpo, con aquel dolor insoportable. Se estremeció. Antes de aquel desgraciado incidente el trabajo de reportera le parecía apasionante, su sueño dorado hecho realidad. Pero ahora tenía miedo, miedo a lo que debería hacer a partir de entonces. Ella se daba cuenta de que lo ocurrido era un accidente que no sucedía más que una vez entre mil, y no obstante a eso sus nervios la traicionaban, como si estuvieran apunto de saltar en el momento más inesperado. Empezaba a ser consciente de que no era capaz de volver a la sección de sucesos, y eso significaba que si no quedaba ningún puesto libre en el periódico iba a quedarse sin trabajo. ¿Y qué iba a hacer ella sin trabajo? —¿Qué te ocurre? —le preguntó de pronto Tom. Kate no se había dado cuenta de que la estaba mirando, y se sobresaltó. —Nada. Estaba pensando en quién podía ser el asesino. —Sí, claro, con el libro al revés. Tom dejó el lápiz en la mesa con un suspiro y se acercó a ella. —Kate, no puedes pasarte la vida mirando hacia atrás. Ella rehuyó su mirada. —Sí, me doy cuenta. —Ya verás cómo cuando pase un poco el tiempo, todo te parecerá un mal sueño, y nada más. Kate dejó el libro y se levantó lentamente. —Creo que voy a mi cuarto. Estoy cansada, a ver si consigo dormirme. Tom la detuvo antes que hubiera dado dos pasos, asiéndola por los brazos. Kate sintió su cálido aliento en la frente.
—Cuéntame qué te pasa. Kate se puso rígida. —Estoy bien. No necesito confesar nada, gracias. —Yo también estoy acostumbrado a guardar mis problemas para mí y no contárselos a nadie. Las cosas que me preocupan nunca se las digo a nadie, y menos a Hank. Para mí es tan difícil como para ti, Kate, pero si te empeñas en rechazarme, nunca conseguiremos comunicarnos. —Te tengo miedo —dijo ella en voz baja. —Me doy cuenta; no estoy ciego. Y después de lo ocurrido tienes motivos de sobra para sentirte así. Tú bajaste la guardia conmigo, y yo te traicioné. Sé que te costará mucho olvidarlo —añadió estrechándola contra su pecho—. Ya te dije en el hospital que nunca he sabido ser tierno. Y es la verdad. Incluso me pasa con las mujeres, en la intimidad... No puedo dormir por las noches pensando en el daño que te hice. Desde que llegamos te he evitado, porque no quería acordarme... —Pero Tom, no fuiste tú quién disparó. —Sí, pero yo te coloqué frente a la ametralladora. Tú sólo querías huir. —En una ciudad como Chicago ser reportero de sucesos puede ser peligroso. Yo pensé que dedicándome a ello podría dejar de pensar en lo que pasó... Tampoco estaba cometiendo un suicidio consciente. —No puedes imaginarte lo culpable que me siento. —Tú no lo sabías —murmuró Kate mirándolo con los ojos húmedos—. Y yo te deseaba. —Yo también te deseaba —Tom se quedó mirándola fijamente y comenzó a acariciarle el pelo—. Dios me ayude, Kate, todavía te deseo. Kate sintió que su corazón empezaba a latir desesperadamente. Lo vio acercarse, con la mirada fija en sus labios, y se quedó sin aliento. —Kate. Ella se dejó besar, dejándose arrastrar por el exquisito placer de tenerlo cerca. Sentía su lengua dentro, y sus manos, que le acariciaban las axilas, deslizándose lentamente hacia sus senos. —Contigo es tan dulce... —murmuró Tom contra sus labios. Con sus dedos iba trazando el contorno de su pecho, infinitamente suaves, y sentía algo desconocido, nuevo para él. Era como una vibración que lo conducía lejos de la realidad. La excitación no le permitía a Kate articular palabra. Sus caricias encendían su pasión, y sólo podía desear que la siguiera tocando. Tom, conociendo su ansiedad, sonrió con ternura. Le sorprendía que Kate pudiera aceptarlo todavía después de lo ocurrido. El amor, pensaba, debe ser una fuerza muy poderosa, para impulsar a perdonar tanto. En aquel momento su único deseo era darle placer a ella, sin acordarse de él mismo. Kate intentó abrazarlo, pero al hacerlo, sintió una punzada de dolor en el brazo izquierdo que le impidió levantarlo. —No hagas eso —susurró Tom—. Todavía no estás en condiciones de mover ese brazo. —Tom... El la besó en los párpados. —Te abrazaré, pero no demasiado fuerte. No quiero hacerte daño en la costilla. Tom la rodeó con un brazo por la espalda, sujetándola, y después, mirándola intensamente, pasó la mano por encima de sus senos, cuyos pezones se hicieron inmediatamente visibles bajo la ligera tela. Kate apenas podía respirar por culpa de la excitación que le provocaba aquel roce insinuado. Apoyó la cabeza en su hombro, contemplando su expresión mientras seguía tocándola. —Yo nunca me había dedicado a estos juegos amorosos, pero ahora descubro que resultan excitantes. —Sí —contestó Kate tocándole ligeramente la mano con la que la estaba acariciando. —¿Sigues teniendo miedo de mí? —preguntó Tom mirándola a los ojos. —No, así no tengo miedo. Tom pasó repetidamente los dedos sobre sus pezones. —¿Te gusta? Kate temblaba. —Sí. —A mí también me gusta. ¿Sabes, Kate? Desde la noche que estuve contigo no he vuelto a tocar a una mujer. —¿De verdad? —preguntó ella, sintiéndose un poco avergonzada. —Me he pasado todas las noches sólo en mi cama, soñando contigo, con lo que me diste... Sus palabras se disolvieron en un gemido, y después en un beso, que aunque rebosaba de deseo, no podía ser más tierno. Al mismo tiempo que la besaba, con toda delicadeza, Tom fue posando la mano entera sobre su seno. Ella gimió; aquella era la pequeña consumación de lo anterior. Ella colocó la mano sobre la de él, sujetándola ahí. —Tom—gimió.
Él debió interpretar mal, porque dejó de tocarla inmediatamente. —Está bien, lo dejaré. —No, por favor. Y, venciendo la timidez, Tom volvió a colocar la mano donde la tenía. Pero se puso tenso, de pronto tenía la necesidad de protegerla. Kate rehuyó su mirada, sonrojándose. Entonces, volvía a rechazarla, tal y como había hecho la otra vez. Pero Tom la obligó a mirarlo asiéndola por la barbilla y le dijo: —Kate, yo te deseo. En este momento, lo único que quiero es acostarte en ese sofá, desnudarte y poseerte con toda la pasión que me está quemando por dentro —las imágenes que aquellas palabras evocaban lo hicieron estremecerse—. Pero no hay que olvidar que todavía tienes una costilla rota, pequeña Kate, y aunque hasta ahora he sido tierno y suave, no sé si podré seguir siéndolo, porque te deseo demasiado. Kate lo miró sin aliento, inundada también por el deseo. —¿Tú también estás deseando que te posea, verdad? A pesar de lo de la última vez... —Aquella vez estuve a punto de llegar, tan cerca, que casi podía tocar la culminación, pero de pronto todo terminó y yo ya no sentía nada. Tom la miró con incredulidad y tomó su cara entre las manos. —Dímelo otra vez. Repítemelo, Kate, por favor. —Pero si ya me has oído —contestó Kate, avergonzada. —Entonces, ¿no fue horrible? ¿Tú sabes lo que significó para mi orgullo que me dijeras que fue horrible? —No, Tom... yo no me refería... Lo que pasaba era que me sentía vacía. Fue una sensación como cuando estás a punto de alcanzar algo y de pronto te vuelve la espalda. Yo hubiera querido explicártelo, pero me parecía imposible. La verdad es que tampoco terminaba de comprender lo que me estaba ocurriendo. Permanecieron un momento en silencio, abrazados, ella disfrutando del momento sin querer pensar en nada más, y él maravillándose de la cantidad de sentimientos desconocidos que de pronto se agolpaban en su pecho: ternura, deseo, afán protector... y todo por una chiquilla como ella. —Estoy cansado, Kate. Y tú, aunque no lo estés, deberías estarlo. Voy a llevarte en brazos a la cama, y después yo también me acostaré. Los libros de cuentas pueden esperar hasta mañana, porque hoy ha sido un día largo, muy largo...
Kate se sintió vagamente decepcionada. Estaba tan bien acurrucada entre sus brazos... —Yo puedo ir sola —protestó—. No hace falta que me lleves. Haciendo caso omiso, Tom la levantó del suelo suavemente y la miró con una sonrisa. —Te voy a llevar en brazos porque quiero y porque me gusta...
NUEVE
Kate se durmió pronto, sin ningún problema, pero a mitad de la noche la despertaron brutalmente los silbidos de las balas a su alrededor, el estruendo de la ametralladora. Se incorporó de un salto en la cama, empapada en sudor. Debía haber gritado. No había pasado ni un minuto, cuando la puerta del dormitorio se abrió de golpe y Tom apareció en el umbral, con una expresión de alarma dibujada en el rostro. —¿Qué te pasa? ¿Ha sido una pesadilla? —Sí, la ametralladora —contestó ella ocultando la cara entre las manos— . ¡Oh, Tom! ¿Cuándo va a terminar esto? —Espero que algún día ni te acuerdes siquiera, Kate. Y ahora tranquilízate, vamos. Tom apartó las sábanas y se metió con ella en la cama. Fue un gesto natural, tenía que calmarla y no podía dejarla sola. Kate se acurrucó contra su pecho desnudo, pues Tom no llevaba más que los pantalones del pijama. Era delicioso sentir el contacto de su vello en la mejilla, y acariciarlo. —Por favor, Kate, no me toques así —mientras le decía aquello, la sacó de la cama; apagó la luz, cerró la puerta y la llevó a su habitación. —Hmmm... —preguntó Kate con voz soñolienta, sin darse cuenta de nada. —Que no me acaricies, por favor. Me estoy excitando. Kate soltó una carcajada, y dejó la mano quieta. —Ah, perdona. Kate suspiró complacida cuando Tom la depositó sobre su cama. Un momento después él también se deslizaba entre las sábanas a su lado. —Ven aquí —le dijo haciéndole apoyar la cabeza en su hombro—. Estate quietecita y deja de jugar con el vello de mi pecho y ya verás cómo te duermes enseguida. —Tom, yo nunca he dormido con nadie. —Eso no es verdad; has dormido conmigo. —Pero nosotros no dormimos. Tom lanzó un hondo suspiro. —Tienes razón, no dormimos. ¿Has conseguido asimilar ya ese punto negro de tu conciencia? —Un poco. Hubo un momento de silencio.
—¿Y no crees que te sería más fácil —agregó Tom muy despacio—, si nos casáramos? Hubo otro silencio. Kate se puso rígida. —Piénsalo, Kate. Así te acostumbrarás a la idea. —No quiero que te cases conmigo sólo porque te sientes culpable, Tom. El matrimonio ya es bastante complicado incluso cuando la gente se ama; figúrate cómo sería en nuestro caso, si entre nosotros no hay amor. —imagínate que te digo que estoy enamorado de ti —dijo Tom sacando a relucir casi inconscientemente su cinismo. —Imagínate que te digo que Warlace está en el Tibet —respondió Kate, cerrando los ojos y pensando lo maravilloso que sería oírlo decir eso sinceramente. —¿No estás cansada de vivir sola? —preguntó él, cambiando de táctica—. Podríamos vivir juntos, como amigos, sí es eso lo que quieres. —No, Tom, gracias por proponerlo, pero no creo que funcionaría. Tom no se esperaba una negativa tan rotunda. Estaba intentando por una vez hacer las cosas bien, ayudarla a superar aquel mal trago, cuidarla y compensarla por el daño que le había hecho. —Escucha, Kate; no sabes cuántas mujeres darían su brazo derecho por casarse conmigo, aunque sólo fuera buscando mi dinero. —Pues cásate con una de ellas. —La mayoría de ellas se negarían a prestarse a un matrimonio platónico. —Ya encontrarías alguna, entre tantas que se interesan por ti. —Yo no quiero otra mujer —respondió Tom, sorprendido por su propia sinceridad—. Si no puedo tenerte a ti, no tendré a ninguna. —No te comprendo. —La verdad es que yo tampoco me comprendo. Quizá es que me siento culpable... no sé. La verdad es que yo no voy por ahí seduciendo a mujeres vírgenes. Sé que te hice daño, y me duele recordarlo. Quizá estoy un poco obsesionado. —Ya lo superarás. —¿Y tú? ¿Lo superarás tú, Kate? ¿Podrás olvidar esa noche alguna vez en tu vida? —preguntó volviéndose hacia ella y tratando de distinguir su rostro en la oscuridad. —No, pero... —¿Desearás alguna vez que te haga el amor algún hombre que no sea yo? Kate contestó sin pensar, tajantemente. —No. No podría permitir que ningún otro hombre me tocara. Sólo tú.
Tom se sintió arder en la oscuridad. Aquello significaba que a pesar de todo, Kate continuaba deseándolo. —Sólo yo —murmuró besándole la frente y deslizando la mano por debajo de su camisón, hasta encontrar sus pechos, que ya estaban erizados de deseo—. Alguna vez conocerás conmigo lo que es la culminación del placer, aquello que estuviste tan cerca de alcanzar aquel día... —¡Tom! —Dios mío, Kate, qué suave eres. Me encanta tocarte, tu piel parece de seda —murmuró sin dejar de acariciarle los senos. Ella gimió, y con el brazo derecho se desabrochó los botones que quedaban cerrados. —Quiero verte, Kate. Quiero emborracharme de ti. Kate se puso a temblar al sentir su mirada ansiosa y sus manos. —Quédate quieta —susurró él inclinándose a tocar sus pezones—. No, no arquees el cuerpo hacia mi boca. Yo te daré todo lo que quieras sin que tengas que pedírmelo. Tom le pasó un brazo por la espalda e incorporándola con mucho cuidado, recorrió sus pechos con los labios. Al oír sus gemidos placenteros tuvo que contenerse para no llegar más allá. Todavía no podía poseerla; ella estaba demasiado delicada. Pero lo que sí podía era hacerle el amor así, con caricias suaves. Ella se estremecería de placer como nunca había hecho, y él sería el primer hombre en tocarla de aquella manera. Pero no había contado con que Kate lo acariciaría a su vez. Al sentir sus manos pequeñas y provocadoras, se dio cuenta que no tenía más remedio que detenerla antes que las cosas llegaran demasiado lejos. —Kate... creo que va a ser mejor que lo dejemos ahora. Ella se detuvo de inmediato, con un suspiro. —¡Qué pena! Ahora que empezaba sentirme tan a gusto contigo, Tom. —Yo me siento igual que tú, nena, pero tienes que comprender que no podemos hacer el amor hasta que tú estés curada. —No, claro, me imagino que no —contestó Kate sonrojándose. —Yo no podría contener mi pasión, Kate —reconoció Tom mientras le abrochaba los botones del camisón—. Ahora mismo estoy temblando como un chico de catorce años. —Entonces —susurró Kate, asombrada de su propia osadia.- ¿volveremos a hacer el amor?
—Sí, pero sólo si te casas conmigo —respondió Tom después de unos segundos de vacilación—.Si no, ni tú ni yo nos sentiríamos tranquilos con nuestra conciencia. Kate contuvo a duras penas las lágrimas. —Un matrimonio así no funcionaría, y tú lo sabes. —No lo pienses ahora, Kate. Dejemos que pase el tiempo, y él dirá. Ahora tranquilízate e intenta dormir. Yo me quedo aquí contigo. Kate se hizo un ovillo junto a él y se dejó llevar por el sueño. Durmió profundamente, y a la mañana siguiente despertó en su cama. Abrió los ojos poco a poco, atraída por un olor agradable. A su lado, sobre la almohada, Tom debía haberle dejado una hermosa rosa blanca. Aquella era la prueba de que la noche anterior pasada en brazos de Tom no había sido un sueño. Kate se levantó con una agradable sensación de bienestar; por primera vez, desde hacía semanas, se sentía fuerte de nuevo, con ánimos para afrontar lo que le deparara el día. El motivo de su alegría era que Tom le hubiera pedido que se casara con él, y aunque no fuera una declaración de amor precisamente, representaba el comienzo de algo. Cuando llegó al comedor, Hank ya se había marchado, pero allí estaba Tom, dando vueltas al desayuno frío en el plato. —Por fin apareces —dijo al verla—. Ya no sabía qué hacer con mi desayuno para seguir esperándote sin que Janet sospechara. Se miraron sonrientes. —¿Me estabas esperando? —¿A ti qué te parece? Tom se levantó, alargó la mano, y antes que Kate pudiera darse cuenta de lo que ocurría, la había tomado entre sus brazos y estaba besándola apasionadamente. —Buenos días —susurró Kate rozando sus labios. —Buenos días. ¿Has encontrado la rosa? —Sí, gracias. ¿Dormiste bien? —Al final sí. Primero estuve un buen rato en vela, mirándote. Espero que tu costilla se cure pronto, Kate, porque te deseo más que ayer. No vamos a tener más remedio que casarnos. Kate sintió una opresión de tristeza en el pecho. —Yo no puedo casarme contigo, Tom, ya te lo he dicho. —¿Por qué?
Se miraron a los ojos, y Kate dijo: —Tom, el deseo no es suficiente. Hace falta amor... —Pero tú me amas, Kate —dijo él tranquilamente—. Siempre me has amado. Kate contuvo el aliento y lo miró atónita. Pero, ¿qué se había creído? —Georg me lo contó todo justo antes que te llevaran al hospital. Incluso he visto las fotos que tienes de mí por todas partes. La reacción de Kate fue inesperada y espontánea. Completamente furiosa, se libró de sus brazos, sin pensar en lo que le dolía el costado ni en la expresión consternada de Tom. —Pero, ¿qué te pasa, Kate? No tienes por qué sentirte avergonzada. ¿Que no? Kate se sintió morir por dentro. Tenía la sensación de que sus pensamientos más íntimos habían sido vendidos, exhibidos en público, era como verse desnuda delante de una asamblea de desconocidos. Primero se sonrojó vivamente; después palideció, y por fin rompió a llorar. Tom intentó acercarse, pero Kate lo rechazó con una brusca sacudida. —¡No quiero que vuelvas a tocarme! ¡No necesito tu compasión, Tom! Dicho aquello, dio media vuelta y echó a correr como una loca por el pasillo. Llegó a su habitación y se encerró allí a llorar, tirada de bruces sobre la cama. Oyó confusamente que Tom llamaba a su puerta, gritando su nombre, y que se paseaba de un lado a otro del pasillo, pero no quiso abrirle. Lloró y lloró durante horas su amor no correspondido. Así pasó toda la mañana. Al cabo del tiempo, cuando se aseguró que Tom ya no andaba por allí, Kate se decidió a salir. Se sentó en el cuarto de estar, junto al ventanal,
CONTINUACION EN SIGIENTE PUBLICACION .... YA QUE COMO ESTOY AGREGANDO POR CELULAR PORQUE LA COMPU SE DESCOMPUSO . NO SE PUDO SEGIIR AQI .. VAYAN A LA SIGUIENTE 😁
Tom quiso alquilar un avión privado para volver con Kate a Dakota del Sur, con la intención de aligerar en la mayor medida posible las incomodidades propias de un viaje. Sin embargo, se vio obligado a desistir de la idea porque el médico le dijo que debido a su lesión pulmonar, Kate no podría volar hasta dos meses más tarde, por lo menos. —Pero si tú no puedes ni ver los aviones —exclamó Kate cuando fue al hospital para contárselo. Tom se encogió de hombros. —Por mí no importaba, me hubiera aguantado, pero el médico me dijo que tú todavía no puedes viajar en avión. —Pero si solamente tengo una costilla... —Y también parte del pulmón —la interrumpió Tom—. Al final he optado por alquilar un autobús; uno grande, para que vayas cómoda. Papá irá a recogernos a Pierre con el Lincoln, y yo enviaré a alguien a Chicago para que se lleve mi Mercedes de vuelta. —Te estás molestando demasiado. —No te vendrá mal un poco de mimo. —Tiene ironía que seas tú precisamente el que se dedique a mimarme ahora. —Sí, somos viejos enemigos, Kate. Pero tampoco olvides que hubo una época en la que éramos amigos. Kate recordó con una sonrisa. —Entonces tú eras muy amable conmigo. —Tú eras la única amiga de Margo, debes darte cuenta que eso complicaba bastante las cosas, quizá más de lo que puedes imaginarte. —Sí. Tú no te sentías con libertad para seducirme mientras Margo estuviera por allí. Tenías que dar buen ejemplo a tu sobrina, ¿verdad? En cuanto lo soltó, Kate se arrepintió de haberlo dicho. Pero Tom no perdió la paciencia; todo lo contrario, la miró con gesto indulgente. —Lo dices como si yo fuera un ser frío y calculador, sin sentimientos. Kate, yo te deseaba mucho, es verdad, pero incluso entonces, si tú me hubieras rechazado, yo no habría insistido más. De todas formas, no me imaginaba que cuando llegara la ocasión tan esperada yo iba a perder el control. Luego perdí la cabeza en cuanto te besé por primera vez en el coche. —Me imagino que eso le pasará a todo el mundo de vez en cuando. —A mí no, Kate. Era la primera vez que me veía así.
—Ah. Tom la miró con el ceño fruncido. —¿No te ha contado nadie que un hombre puede perder la cabeza cuando la mujer que está con él responde sin contenerse? —A mí nadie me ha hablado de esas cosas. Pero he leído muchos libros... —Me parece que tú y yo vamos a tener una larga conversación un día de estos, Kate. Tienes que enterarte de una vez de que las mujeres tienen la capacidad para disfrutar del sexo tanto como los hombres. —¡Eso no es verdad! —exclamó Kate, recordando la frustración y los deseos insatisfechos de su única noche. —La primera vez, no desde luego. Ni tampoco cuando el hombre sólo piensa en su propio placer y no da nada a cambio. Para tu información, te diré que yo no soy un hombre egoísta. Viendo que la conversación se salía de los límites de lo conveniente, Kate decidió cambiar de tema, y lo hizo sin ninguna transición . —Oye, Tom, ¿cuándo van a permitirme salir de aquí? ¿Lo sabe Georg? —No quieres seguir hablando del tema, por lo que veo —murmuró Tom—. Está bien, por esta vez te saldrás con la tuya. Tu médico dijo que podrás salir el próximo viernes por la mañana, si sigues evolucionando como hasta ahora. Ese día se cumplen diez desde que te ingresaron, lo que según el doctor es un récord de permanencia corta tratándose de una herida de bala. —Estoy harta de pasarme el día en la cama —se quejó Kate con un suspiro. —Pues no pienses que vas a poder subirte a los árboles en cuanto salgas del hospital. No podrás hacer ejercicios violentos hasta que tengas la costilla curada, y eso tardará cinco semanas más por lo menos.
Georg los acompañó al rancho solamente para asegurarse que su hermana se quedaba bien. Sin embargo, Kate intuía que Tom en el fondo se alegraba de llevar aquella compañía. Cuando llegaron al fin a Pierre, después de un día de viaje con pocas paradas para comer y descansar, Hank Kaulitz ya los estaba esperando, y Tom la sacó del autobús y la llevó hasta el coche en brazos. —Había olvidado lo grande que es Warlace —comentó Georg cuando se adentraron en el camino de tierra que conducía a la casa. Por el campo se veía pastar al ganado, repartido en la inmensa llanura. —Pues a mí se me hace mucho más grande todavía cuando no está Tom —dijo Hank, que conducía el Lincoln—. Siempre hay algún problema que resolver. Por cierto, hijo, todavía no te he dicho lo peor. Chuck Gray se marchó ayer. Tom le dirigió una mirada furibunda a su padre. —¿Qué? ¿Por qué? —Me dijo que te dijera que ya estaba harto de acorralar nuestros malditos toros. No sé si se acuerdan que todos los años acorralamos el ganado —dijo dirigiéndose a Georg y Kate, que lo escuchaban desde el asiento de atrás— . Siempre que lo hacemos alguien resulta pisoteado o coceado, y esta vez le tocó a Chuck. Se ha ido a trabajar a un rancho de Montana. En aquel momento detuvo el coche, porque había llegado, y Tom no pudo disimular su enfado. —¡Maldita sea! Era el mejor capataz que he tenido nunca. —Pues en ese caso deberías haberlo dejado trabajar con los caballos en vez de obligarlo a dedicarse a los toros, como yo te dije. Si me hubieras hecho caso... —Claro que te hice caso, maldita sea, y por eso ocurrió este desastre. ¡Tú fuiste quien me aconsejó que pusiera a Chuck a trabajar con los toros! Hank se encogió de hombros. —Bueno, ¿y entonces por qué me hiciste caso? —¿Por qué diablos no tomas un barco y te marchas a Tahití, como siempre estás diciendo que vas hacer? —Pero hijo, si me fuera, ¿quién iba a cuidar de ti? Kate ya no pudo más y se echó a reír, pero cuando Tom le dirigió una mirada centelleante, no tuvo más remedio que contenerse. —Lo siento... es que estaba pensando en cosas mías. —Sí, seguro. Entonces Tom bajó del coche, la hizo salir a ella y la levantó en brazos, á pesar de sus protestas, mientras Hank y Georg recogían el equipaje del maletero. —¡Janet! ¡Abre la puerta! —gritó a pleno pulmón, atrayendo la mirada de dos vaqueros que trabajaban en el corral. —¡No grites tanto, que con esa voz tuya, vas a romper los cristales! — gruñó la vieja señora apareciendo por la puerta principal—. Buenas tardes, Kate, me alegro de verte. En cuanto a él no quiero hacer ningún comentario. Ahora que ya me había acostumbrado a la paz y la tranquilidad del rancho, vuelve otra vez. Apuesto lo que sea a que ya se ha peleado varias veces con su padre y que viene dispuesto a amargarnos la cena...
con el asado tan bueno que he preparado.
—¡Estás despedida! —rugió Tom entre dientes. —Puedes decir lo que quieras, porque no me pienso marchar. ¡Cierra la boca y deja de darme órdenes, jovencito! ¡Para que te enteres, yo te ponía los pañales cuando eras un renacuajo! —¡Por el amor de Dios, Janet, deja de recordármelo! —replicó Tom, entrando con Kate en el vestíbulo—. Pero, ¿qué demonios pasa? ¿Es que no hay una luz en el vestíbulo? —¡No me gusta despilfarrar! ¡Y ten cuidado, no tropieces y se vaya a caer la señorita Kate! Tom murmuró algo entre dientes que Janet no alcanzó a oír, pero que hizo que Kate se sonrojara. Después la condujo por un pasillo del piso bajo a una de las habitaciones de invitados, dos puertas más allá de su propia habitación, o por lo menos la que Kate imaginaba que seguiría siendo su habitación. —Ahora apenas utilizamos el segundo piso —le dijo Tom dejándola sobre la cama—. En invierno hace un frío de muerte, y, además, Janet ya no está para andar subiendo y bajando escaleras cuando tiene que limpiar. Siempre procuramos lo mejor para ella, porque tiene las piernas muy delicadas, aunque a veces se merecería que la fusiláramos. —Si hicieras eso seguro que la echarías de menos —observó Kate. Tom se acercó y le tomó la cabeza entre las manos. —¿Qué tal va esa costilla? —Me duele un poco —respondió Kate, ensimismada en la contemplación de su rostro. Sin darse cuenta, al sentirse observado, Tom esbozó una suave sonrisa. Todavía no había comprobado bien lo excitante que podía llegar a ser el hecho de que Kate lo amara. Se acercó mas; Por un momento sus alientos se entremezclaron. Kate entreabrió los labios, y Tom se dio cuenta de que estaba loco por besarla; resultaba emocionante sentir la respuesta inmediata de ella. Pero no la besó, porque no era para eso para lo que ella estaba allí. Bruscamente se apartó, frunciendo el ceño. —Descansa un poco antes de la cena. Yo tengo que ir con mi padre para que me cuente lo que ha pasado en mi ausencia. Mientras tanto, Georg puede hacerte compañía. —Sí. Aunque tampoco hay ninguna necesidad de que alguien esté divirtiéndome —contestó Kate con una sonrisa—. Pero dime, ¿siguen gustándote las novelas de misterio? —Sí.
—A mí también me gustan. ¿Podrías prestarme algunas para leerlas mientras estoy aquí? —Sí, claro. Además, compré muchas nuevas desde la última vez que estuviste aquí. Puedes tomar las que quieras. —Janet dice que uno de tus hombres quiere verte —anunció Georg, entrando en aquel momento con la maleta de Kate—. Es para algo de un cable que no han recibido. —Estupendo —murmuró Tom para sí—, falto unos cuantos días en el rancho y cuando vuelvo me lo encuentro todo patas arriba... Cuando estuvieron solos, Georg miró a su hermana con una sonrisa, y dijo: —Cómo en los viejos tiempos, ¿verdad? Parece que desde que Margo se casó, Tom ha recuperado su antiguo temperamento. Kate no comentó nada a eso, y en cambio le hizo una seña para que se sentara a su lado. —Quédate un rato conmigo, anda, Geo, y cuéntame alguna anécdota nueva de tu trabajo. Georg empezó a hablar con la elocuencia que lo caracterizaba, y cuando quiso darse cuenta de que su hermana no contestaba a nada de lo que decía, pudo observar que se había quedado dormida recostada en los almohadones de la cama. Georg la miró un momento, preocupado. Últimamente su hermana la había pasado muy mal, y a él no le parecía acertado que hubiera aceptado la invitación de Tom para ir al rancho. Pero al fin y al cabo, él nada podía decir, porque nada sabía, y las relaciones de Kate con Tom seguían siendo un misterio.
OCHO
Georg se quedó solamente un par de días y después tuvo que volver a Nueva York a trabajar, Al principio, Kate se sentía un poco sola, pero enseguida Janet sacó tiempo de sus tareas para charlar con ella de vez en cuando. Tom se las arreglaba siempre para llegar o demasiado pronto o demasiado tarde a las comidas, y generalmente ella comía con Hank y Janet. No sabía si aquel peculiar horario de Tom sería fruto de la casualidad o de alguna estratagema suya, pero el caso era que se había estado comportando de una manera un poco rara desde su llegada al rancho, como si en el fondo se arrepintiera de haberla invitado. Kate, al haber advertido una cierta tensión, procuraba a su vez no cruzarse demasiado en su camino. De todas formas, sabía que Tom no podía disponer de demasiado tiempo libre en el otoño. Sus hombres y él se pasaban todo el día ocupados trasladando el ganado a los pastos de invierno, vendiendo becerros, cambiando vaquillas, arreglando las cercas... en una palabra, solucionando los múltiples problemas que planteaba la cría de ganado con el paso de una estación a otra. El médico de Chicago de Kate les había recomendado que la visitara el médico de Tom cuarenta y ocho horas después de su llegada a Dakota del Sur para asegurarse de que el viaje no había repercutido negativamente. Así que el doctor Wright examinó a Kate y le dijo que su costilla se estaba curando perfectamente. Todavía tenía algunos dolores, pero mucho menos fuertes de los que la habían atormentado durante los primeros días. Antes de abandonar el hospital le quitaron los puntos, y afortunadamente, el cinturón especial que le pusieron en las costillas no le causó molestias ni en la herida ni en la zona donde había llevado el drenaje. Le dijeron que tenía que volver a hacerse unas radiografías cuando se cumplieran cuatro semanas desde la intervención y que podía prescindir del cinturón para las costillas en cuanto notara mejoría. Cuando ya llevaba una semana en el rancho, un buen día, Tom se presentó de improviso en la habitación de Kate, cuando ella estaba viendo la televisión cómodamente instalada en una butaca. Venía de trabajar, vestido con unos pantalones vaqueros viejos, una camisa gruesa de cuadros y las botas todavía polvorientas del camino. Él sonrió al verla con el camisón rosa y con los pies descalzos. —¿Viendo la televisión? —preguntó.
—Sí —contestó ella con una sonrisa—. Me encuentro muy bien, y no me aburro nada, así que no tienes que perder el tiempo entreteniéndome. No quiero que te preocupes. Tom se quedó maravillado de que, una vez más, Kate antepusiera su comodidad a la de ella. En aquellos días no le había importunado para nada; de hecho ni siquiera le había vuelto a recordar lo de aquellos libros que le pidió el primer día. Y no era sólo con él, sino con todo el mundo; casi se podía decir que no se notaba que ella estuviera en el rancho. De pronto, sin saber por qué, se sintió impaciente e irritado ante aquella falta de espíritu. —¿Es que no te cansas nunca de ser una santa? ¡Dios mío! ¡Sólo te falta la aureola! Kate se quedó sorprendida, pues no esperaba aquel ataque, por lo menos no tan pronto. Pensaba que hasta que no estuviera restablecida del todo no empezaría de nuevo con sus groserías de siempre, pero debía ser que su presencia en la casa le molestaba, porque reavivaba su sentimiento de culpa. —No debería haber venido —le dijo tranquilamente—. No has cambiado en absoluto, Tom; reconoce que no te gusta nada la idea de tenerme en tu casa —poniéndose de pie con cierto esfuerzo, agregó—: Siento mucho tener que pedirte esto, pero, ¿te importaría conseguirme un boleto para el primer autobús que salga para Chicago? Si no puedes, llamaré a Georg. Tom vio con alarma que la situación se le había escapado de las manos, y se dio cuenta de que antes de hacer aquel desagradable comentario, debería haber recordado el afán de Kate por no molestar. —Verás, Kate, estoy muy cansado, y cuando estoy cansado pierdo los estribos y tengo ganas de comerme a la gente. Y tú eres la primera víctima que he encontrado a mano. Cuando quiera que te vayas, te lo diré. La miró un poco intranquilo, dándose cuenta que debajo del camisón no llevaba nada, y eso le puso todavía más nervioso. —Perdona, pero es que yo había entendido que querías que me fuera. Tom exhaló un suspiró. Se acercó a ella y tomándola de los brazos, la hizo sentarse otra vez. Después se arrodilló delante de su silla y la miró a los ojos. —No sé si es que lo has olvidado, o que no lo sabes, pero yo soy un hombre muy difícil de tratar. Tengo un genio endemoniado, y no me ando con miramientos a la hora de sacarlo fuera. Si no aprendes a torearme un poco, la vas a pasar bastante mal mientras estés aquí.
—Tom, no quiero discutir. Me encuentro demasiado débil, echo de menos mi trabajo, y a mi hermano, y de pronto dispongo de mucho tiempo para pensar. —Desde que Georg se fue te has encerrado en ti misma, y yo no sabía si era porque te encontrabas sola o porque no tenías ganas de hablar con nadie. Mira, Kate, a mí me gusta estar solo, y esa es una costumbre difícil de cambiar. Si tienes necesidad de hablar, yo te escucharé, y si quieres estar conmigo, sólo tendrás que decírmelo. Kate se sonrojó de vergüenza. —No necesito la compañía de nadie, muchas gracias —repuso en un arranque de orgullo—. Lo único que necesito es alguien que me lleve al médico el viernes próximo para hacerme las radiografías. —Y yo que creía que era el único orgulloso —murmuró Tom—. Seguro que prefieres quedarte ahí sentada toda la vida antes que pedirme a mí que te lleve, ¿verdad? —Pues, sí, en efecto. Ya lo sabes. Hubo un silencio gélido, al cabo del cual, Tom dijo: —Bueno, ¿te importaría hacerme compañía un rato mientras reviso los libros de cuentas? Kate mantuvo la mirada fija en la pantalla del televisor. —Prefiero quedarme viendo esto, pero gracias de todas formas. Tom fue directamente al aparato y sin mediar palabra, lo desconectó. — ¡Tom! Actuando como si no la oyera, Tom la levantó con mucho cuidado en brazos, la sacó de la habitación y la llevó hasta su despacho. —Acabo de descubrir que tienes un carácter tan insoportable como el mío, y un orgullo que tampoco se queda atrás. Tú no estarás dispuesta a ceder ni un palmo, pero yo tampoco. Y no estoy dispuesto a que te encierres en esa habitación sin dejarme entrar. No te he traído aquí para ver cómo vegetas, ¿sabes? Diciendo aquello, la depositó en el sofá del despacho. Kate, que no tenía otro remedio, lo dejó hacer, aunque no podía disimular su sorpresa. —Yo creía que te gustaba estar solo. —Y yo también —contestó Tom, descubriendo al mirarla que le había crecido el pelo, y que lo tenía suave y brillante como siempre. —Pero necesito una bata...
—¿Para qué? Hank está en una partida de póquer con sus amigotes y Janet ya se ha ido a su casa a pasar la noche, así que estamos completamente solos. No te puede ver nadie; solamente yo. Kate se sonrojó vivamente. —¿No irá a entrarte la timidez ahora? Recuerda que no hay nada de ti que yo no haya visto. Ella se sonrojó aún más. —Perdóname, Kate. No sé cómo se me ocurrió decirte eso. Kate se sintió un poco mejor con la disculpa, sin embargo, seguía sin atreverse a levantar la vista. Aquel torpe comentario acababa de suscitar una avalancha de recuerdos penosos. Tom se sentó en el sofá, a su lado, con expresión contrita. —Creo que nunca he cometido una equivocación tan grave con una persona como la que cometí contigo. Ojalá me hubieras contado antes lo que te pasaba. Kate cruzó los brazos sobre el pecho. De pronto sentía frío. —Para mí resultaba muy doloroso hablar de ello. Mi padre era un desequilibrado. Nosotros lo sabíamos, pero éramos tan pequeños, Tom... No podíamos hacer nada, ni recurrir a nadie. Cuando murió, ya no había remedio, nos había dejado marcados psicológicamente. —¿Sólo psicológicamente? —inquirió Tom, recordando el relato de Georg acerca de las circunstancias de su muerte. —También físicamente. ¿No viste mis cicatrices aquel día en la caseta de baño? —¡La verdad es que aquel día la furia no me dejaba ver nada! Habría matado a ese mocoso. Kate le miró. No podía evitar el sentirse halagada por su indignación. —Pobrecillo. Sólo intentaba tranquilizarme. Ya sabes el miedo que me dan las serpientes. Tú te cegaste porque yo ya te había dado lugar a sospechas cuando estuve besándome con él en la piscina, mientras tú jugabas al ratón y al gato con la Dugan... Entonces Kate había tenido celos de Barbara. Con el corazón palpitante, Tom comprendió que aquello explicaba muchas cosas. —Di mejor que ella estaba jugando al gato y al ratón conmigo. A mí me gusta Barbara. Siempre me ha gustado —agregó apartándole un mechón de pelo de la cara—. No sé si te he comentado que ésta prometida con Hardy. —¿De verdad? Tom miró divertido el rubor de sus mejillas.
-Efectivamente. Así que si habías pensado que iba a casarme con ella, puedes irte desengañando. Supongo que me quedaré soltero. —Y en ese caso, ¿quién heredará Warlace? —Buena pregunta. Hasta hace unos pocos años no me he preocupado por tener hijos. Creo que al final no me quedará otro remedio que casarme, si quiero un heredero. —No creo que tengas problemas para encontrar una candidata —declaró Kate, rehuyendo su mirada. —¿Tú crees que no? —preguntó Tom pasándole un brazo por la espalda—. Soy rico, Kate. —¿Y qué quieres decirme con eso? —Lo que quiero decir es que no sé cómo voy a estar seguro de que no se casan conmigo por mi dinero. —En ese caso, deshazte del dinero. Regálalo. Tom sonrió. —No estoy tan desesperado como para llegar a esos extremos. —Entonces nunca podrás estar seguro. Kate lo miró largamente, pero pudo apartar los ojos de él antes que la traicionaran. Lo que no sabía era que Tom se había dado cuenta desde hacía bastante rato de que la estaba deseando. —¿Cuándo supiste que no estabas embarazada? —le preguntó repentinamente. —Una semana después —respondió ella sonrojándose. —Yo también me quedé preocupado. Y lo peor era que sabía que no ibas a querer hablar conmigo ni verme, así que tuve que inventarme una estratagema: llamé a tu hermano Georg y le conté una historia de que tenía que hablar con ustedes dos pero juntos, y asi lo hice ir a Chicago. De alguna manera tenía que enterarme de si estabas embarazada o no. —Pues ya ves, te preocupaste en vano —respondió Kate. —Tampoco es que estuviera preocupado. Sólo quería saberlo, nada más. —Pues yo no te lo habría dicho. —Pero yo me habría enterado más tarde o más temprano —respondió él mirándola a los ojos—. No me hubiera dado por vencido hasta saberlo. —¿Y si?... —¿Si hubieras estado embarazada? Yo creo que me conoces lo suficiente como para no tener que hacerme esa pregunta. —Te habrías casado conmigo —murmuró Kate.
—Un hombre con sentido del honor debe comportarse a la altura de las circunstancias cuando hay un niño de por medio. —Pues menos mal que no pasó nada —dijo Kate, que había cerrado los ojos y tenía la cabeza apoyada en el respaldo del sofá—. Detesto las bodas precipitadas, y, además, no estoy segura de querer tener un hijo. —¿Por qué? —Pues porque por su culpa los padres terminan por hacer locuras. —Tú no puedes juzgar a todos los padres del mundo por el tuyo. —¿Por qué no? Precisamente tú juzgas a todas las mujeres por lo que fue tu madre. Tom empezó a decir algo, probablemente para negar, pero al final se quedó callado. Hubo un silencio. —La verdad es que tienes razón. —Debes haber sufrido mucho. —¿Tú te acuerdas de tu madre? Kate negó con la cabeza, y su mirada se hizo repentinamente dura. —Sólo algunos detalles; la mayoría de lo que mi padre decía sobre ella. Era una fulana. Se fugó con otro hombre y nos abandonó a mi hermano y a mí. ¡Y mi padre me pegaba! Tom se estremeció al verla llorar. Con toda la suavidad del mundo, la hizo sentar sobre sus rodillas y la apretó contra su pecho. —Vamos, cariño. Kate lo abrazó con el único brazo que no le dolía y se refugió, llorando, contra su pecho cálido y palpitante. —Yo odiaba a mi madre, y todavía la sigo odiando. ¿Cómo pudo marcharse dejándonos? ¿Cómo fue capaz de abandonar a sus hijos? Tom le acarició el pelo muy despacio. —Yo tampoco entiendo a los padres, Kate. Mi madre se fue de casa un buen día, sin ninguna explicación, y Hank nunca intentó ir detrás de ella, o buscarla. Una vez le pregunté el porqué, y él me contestó que uno no puede obligar a una persona a quedarse, si ella ya no quiere estar con él. Al principio me resultaba imposible comprenderlo, pero con los años aprendí que tenía razón. En cierto modo, con su actitud, mi padre nos evitó mayores sufrimientos. —Nunca llegaste a perdonarla, ¿verdad? La mano con que la acariciaba se detuvo sobre su pelo.
—Cuando la vi en la cama, a punto de morir, a pesar de todo el dolor, sentí que seguía siendo mi madre. Sí, Kate, la perdoné. Esto no se lo he dicho ni siquiera a Hank. Kate escondió la cara contra su cuello, feliz de que se sintiera impulsado a contarle algo tan íntimo. —No creo que yo hubiera podido ser tan generosa —susurró—. Yo a mi madre no la perdonaré nunca. —¿Sabes dónde está? —preguntó Tom. —Nunca he tenido dinero suficiente como para iniciar su búsqueda. Pero aunque dispusiera de los medios, creo que no la buscaría. Geo y yo sufrimos terriblemente por su culpa. En tu caso, por lo menos Hank ha sido muy bueno contigo. —Eso es verdad. Aunque discutimos mucho, yo adoro a mi padre. —Lo sé —señaló Kate con una sonrisa. Era agradable abrazarla en el silencio de la casa, cuándo afuera, el viento de la noche comenzaba a enfriar la atmósfera. Teniéndola así, tan cerca, no podía dejar de pensar en el día en que la había tenido entre sus brazos completamente desnuda. Sus senos se oprimían contra su pecho, y debajo de la ligera tela del camisón notaba que sus pezones se volvían rígidos. Estaba excitada, tanto como él. La mano se le crispó entre sus cabellos sin querer. —¿Qué te pasa? —susurró ella. —Nada, Kate. Tengo que volver con mis libros. ¿Quieres leer un rato mientras tanto? —Sí, déjame una de tus novelas de misterio. Tom se levantó a tomar un libro de la estantería y se lo dio. —¿Quieres que te diga quién es el asesino? —Como te atrevas, te tiro el libro a la cabeza. —No creo que puedas con ese brazo que no puedes mover. Dime, Kate, ¿llevas puesto el cinturón para las costillas? —No, el médico me dijo que por la noche no hacía falta. —¿Te he hecho daño al traerte aquí? —No, no —respondió ella con una sonrisa, contenta de que se preocupara. Tom asintió y se sentó a la mesa con un lápiz y un cuaderno de notas delante. Kate permaneció un rato intentando leer, pero le resultaba imposible concentrarse teniendo a Tom delante con completa libertad para mirarlo a su gusto. Así que se quedó contemplándolo un buen rato, mientras hacía cuentas. De pronto se sonrojó vivamente, dándose cuenta que él la estaba mirando también con una expresión guasona.
¿Te diviertes, Kate? No tardó en arrepentirse de su comentario socarrón al ver lo ruborizada que se ponía. —Perdona, es que estaba distraída —dijo ella hundiendo la nariz en el libro. Tom quiso decir algo, pero la vio tan enfrascada en la lectura, que optó por callarse. Aquel camisón era la prenda más seductora que le había visto, con aquella tela tan fina, que insinuaba más que enseñaba. Solamente desnuda habría podido excitarlo tanto su vista. Kate encontró gran dificultad en concentrarse después de que Tom le dijera aquello. Estaba tan cohibida, que ahora no se atrevía a mirarlo ni siquiera fugazmente. En condiciones normales no se habría dejado vencer por la timidez con tanta facilidad, pero se encontraba débil, cansada, y atormentada por recuerdos involuntarios que se empeñaban en perseguirla. Cada vez que cerraba los ojos volvía a oír el silbido de las balas, y le parecía sentir el frío impacto del metal en su cuerpo, con aquel dolor insoportable. Se estremeció. Antes de aquel desgraciado incidente el trabajo de reportera le parecía apasionante, su sueño dorado hecho realidad. Pero ahora tenía miedo, miedo a lo que debería hacer a partir de entonces. Ella se daba cuenta de que lo ocurrido era un accidente que no sucedía más que una vez entre mil, y no obstante a eso sus nervios la traicionaban, como si estuvieran apunto de saltar en el momento más inesperado. Empezaba a ser consciente de que no era capaz de volver a la sección de sucesos, y eso significaba que si no quedaba ningún puesto libre en el periódico iba a quedarse sin trabajo. ¿Y qué iba a hacer ella sin trabajo? —¿Qué te ocurre? —le preguntó de pronto Tom. Kate no se había dado cuenta de que la estaba mirando, y se sobresaltó. —Nada. Estaba pensando en quién podía ser el asesino. —Sí, claro, con el libro al revés. Tom dejó el lápiz en la mesa con un suspiro y se acercó a ella. —Kate, no puedes pasarte la vida mirando hacia atrás. Ella rehuyó su mirada. —Sí, me doy cuenta. —Ya verás cómo cuando pase un poco el tiempo, todo te parecerá un mal sueño, y nada más. Kate dejó el libro y se levantó lentamente. —Creo que voy a mi cuarto. Estoy cansada, a ver si consigo dormirme. Tom la detuvo antes que hubiera dado dos pasos, asiéndola por los brazos. Kate sintió su cálido aliento en la frente.
—Cuéntame qué te pasa. Kate se puso rígida. —Estoy bien. No necesito confesar nada, gracias. —Yo también estoy acostumbrado a guardar mis problemas para mí y no contárselos a nadie. Las cosas que me preocupan nunca se las digo a nadie, y menos a Hank. Para mí es tan difícil como para ti, Kate, pero si te empeñas en rechazarme, nunca conseguiremos comunicarnos. —Te tengo miedo —dijo ella en voz baja. —Me doy cuenta; no estoy ciego. Y después de lo ocurrido tienes motivos de sobra para sentirte así. Tú bajaste la guardia conmigo, y yo te traicioné. Sé que te costará mucho olvidarlo —añadió estrechándola contra su pecho—. Ya te dije en el hospital que nunca he sabido ser tierno. Y es la verdad. Incluso me pasa con las mujeres, en la intimidad... No puedo dormir por las noches pensando en el daño que te hice. Desde que llegamos te he evitado, porque no quería acordarme... —Pero Tom, no fuiste tú quién disparó. —Sí, pero yo te coloqué frente a la ametralladora. Tú sólo querías huir. —En una ciudad como Chicago ser reportero de sucesos puede ser peligroso. Yo pensé que dedicándome a ello podría dejar de pensar en lo que pasó... Tampoco estaba cometiendo un suicidio consciente. —No puedes imaginarte lo culpable que me siento. —Tú no lo sabías —murmuró Kate mirándolo con los ojos húmedos—. Y yo te deseaba. —Yo también te deseaba —Tom se quedó mirándola fijamente y comenzó a acariciarle el pelo—. Dios me ayude, Kate, todavía te deseo. Kate sintió que su corazón empezaba a latir desesperadamente. Lo vio acercarse, con la mirada fija en sus labios, y se quedó sin aliento. —Kate. Ella se dejó besar, dejándose arrastrar por el exquisito placer de tenerlo cerca. Sentía su lengua dentro, y sus manos, que le acariciaban las axilas, deslizándose lentamente hacia sus senos. —Contigo es tan dulce... —murmuró Tom contra sus labios. Con sus dedos iba trazando el contorno de su pecho, infinitamente suaves, y sentía algo desconocido, nuevo para él. Era como una vibración que lo conducía lejos de la realidad. La excitación no le permitía a Kate articular palabra. Sus caricias encendían su pasión, y sólo podía desear que la siguiera tocando. Tom, conociendo su ansiedad, sonrió con ternura. Le sorprendía que Kate pudiera aceptarlo todavía después de lo ocurrido. El amor, pensaba, debe ser una fuerza muy poderosa, para impulsar a perdonar tanto. En aquel momento su único deseo era darle placer a ella, sin acordarse de él mismo. Kate intentó abrazarlo, pero al hacerlo, sintió una punzada de dolor en el brazo izquierdo que le impidió levantarlo. —No hagas eso —susurró Tom—. Todavía no estás en condiciones de mover ese brazo. —Tom... El la besó en los párpados. —Te abrazaré, pero no demasiado fuerte. No quiero hacerte daño en la costilla. Tom la rodeó con un brazo por la espalda, sujetándola, y después, mirándola intensamente, pasó la mano por encima de sus senos, cuyos pezones se hicieron inmediatamente visibles bajo la ligera tela. Kate apenas podía respirar por culpa de la excitación que le provocaba aquel roce insinuado. Apoyó la cabeza en su hombro, contemplando su expresión mientras seguía tocándola. —Yo nunca me había dedicado a estos juegos amorosos, pero ahora descubro que resultan excitantes. —Sí —contestó Kate tocándole ligeramente la mano con la que la estaba acariciando. —¿Sigues teniendo miedo de mí? —preguntó Tom mirándola a los ojos. —No, así no tengo miedo. Tom pasó repetidamente los dedos sobre sus pezones. —¿Te gusta? Kate temblaba. —Sí. —A mí también me gusta. ¿Sabes, Kate? Desde la noche que estuve contigo no he vuelto a tocar a una mujer. —¿De verdad? —preguntó ella, sintiéndose un poco avergonzada. —Me he pasado todas las noches sólo en mi cama, soñando contigo, con lo que me diste... Sus palabras se disolvieron en un gemido, y después en un beso, que aunque rebosaba de deseo, no podía ser más tierno. Al mismo tiempo que la besaba, con toda delicadeza, Tom fue posando la mano entera sobre su seno. Ella gimió; aquella era la pequeña consumación de lo anterior. Ella colocó la mano sobre la de él, sujetándola ahí. —Tom—gimió.
Él debió interpretar mal, porque dejó de tocarla inmediatamente. —Está bien, lo dejaré. —No, por favor. Y, venciendo la timidez, Tom volvió a colocar la mano donde la tenía. Pero se puso tenso, de pronto tenía la necesidad de protegerla. Kate rehuyó su mirada, sonrojándose. Entonces, volvía a rechazarla, tal y como había hecho la otra vez. Pero Tom la obligó a mirarlo asiéndola por la barbilla y le dijo: —Kate, yo te deseo. En este momento, lo único que quiero es acostarte en ese sofá, desnudarte y poseerte con toda la pasión que me está quemando por dentro —las imágenes que aquellas palabras evocaban lo hicieron estremecerse—. Pero no hay que olvidar que todavía tienes una costilla rota, pequeña Kate, y aunque hasta ahora he sido tierno y suave, no sé si podré seguir siéndolo, porque te deseo demasiado. Kate lo miró sin aliento, inundada también por el deseo. —¿Tú también estás deseando que te posea, verdad? A pesar de lo de la última vez... —Aquella vez estuve a punto de llegar, tan cerca, que casi podía tocar la culminación, pero de pronto todo terminó y yo ya no sentía nada. Tom la miró con incredulidad y tomó su cara entre las manos. —Dímelo otra vez. Repítemelo, Kate, por favor. —Pero si ya me has oído —contestó Kate, avergonzada. —Entonces, ¿no fue horrible? ¿Tú sabes lo que significó para mi orgullo que me dijeras que fue horrible? —No, Tom... yo no me refería... Lo que pasaba era que me sentía vacía. Fue una sensación como cuando estás a punto de alcanzar algo y de pronto te vuelve la espalda. Yo hubiera querido explicártelo, pero me parecía imposible. La verdad es que tampoco terminaba de comprender lo que me estaba ocurriendo. Permanecieron un momento en silencio, abrazados, ella disfrutando del momento sin querer pensar en nada más, y él maravillándose de la cantidad de sentimientos desconocidos que de pronto se agolpaban en su pecho: ternura, deseo, afán protector... y todo por una chiquilla como ella. —Estoy cansado, Kate. Y tú, aunque no lo estés, deberías estarlo. Voy a llevarte en brazos a la cama, y después yo también me acostaré. Los libros de cuentas pueden esperar hasta mañana, porque hoy ha sido un día largo, muy largo...
Kate se sintió vagamente decepcionada. Estaba tan bien acurrucada entre sus brazos... —Yo puedo ir sola —protestó—. No hace falta que me lleves. Haciendo caso omiso, Tom la levantó del suelo suavemente y la miró con una sonrisa. —Te voy a llevar en brazos porque quiero y porque me gusta...
NUEVE
Kate se durmió pronto, sin ningún problema, pero a mitad de la noche la despertaron brutalmente los silbidos de las balas a su alrededor, el estruendo de la ametralladora. Se incorporó de un salto en la cama, empapada en sudor. Debía haber gritado. No había pasado ni un minuto, cuando la puerta del dormitorio se abrió de golpe y Tom apareció en el umbral, con una expresión de alarma dibujada en el rostro. —¿Qué te pasa? ¿Ha sido una pesadilla? —Sí, la ametralladora —contestó ella ocultando la cara entre las manos— . ¡Oh, Tom! ¿Cuándo va a terminar esto? —Espero que algún día ni te acuerdes siquiera, Kate. Y ahora tranquilízate, vamos. Tom apartó las sábanas y se metió con ella en la cama. Fue un gesto natural, tenía que calmarla y no podía dejarla sola. Kate se acurrucó contra su pecho desnudo, pues Tom no llevaba más que los pantalones del pijama. Era delicioso sentir el contacto de su vello en la mejilla, y acariciarlo. —Por favor, Kate, no me toques así —mientras le decía aquello, la sacó de la cama; apagó la luz, cerró la puerta y la llevó a su habitación. —Hmmm... —preguntó Kate con voz soñolienta, sin darse cuenta de nada. —Que no me acaricies, por favor. Me estoy excitando. Kate soltó una carcajada, y dejó la mano quieta. —Ah, perdona. Kate suspiró complacida cuando Tom la depositó sobre su cama. Un momento después él también se deslizaba entre las sábanas a su lado. —Ven aquí —le dijo haciéndole apoyar la cabeza en su hombro—. Estate quietecita y deja de jugar con el vello de mi pecho y ya verás cómo te duermes enseguida. —Tom, yo nunca he dormido con nadie. —Eso no es verdad; has dormido conmigo. —Pero nosotros no dormimos. Tom lanzó un hondo suspiro. —Tienes razón, no dormimos. ¿Has conseguido asimilar ya ese punto negro de tu conciencia? —Un poco. Hubo un momento de silencio.
—¿Y no crees que te sería más fácil —agregó Tom muy despacio—, si nos casáramos? Hubo otro silencio. Kate se puso rígida. —Piénsalo, Kate. Así te acostumbrarás a la idea. —No quiero que te cases conmigo sólo porque te sientes culpable, Tom. El matrimonio ya es bastante complicado incluso cuando la gente se ama; figúrate cómo sería en nuestro caso, si entre nosotros no hay amor. —imagínate que te digo que estoy enamorado de ti —dijo Tom sacando a relucir casi inconscientemente su cinismo. —Imagínate que te digo que Warlace está en el Tibet —respondió Kate, cerrando los ojos y pensando lo maravilloso que sería oírlo decir eso sinceramente. —¿No estás cansada de vivir sola? —preguntó él, cambiando de táctica—. Podríamos vivir juntos, como amigos, sí es eso lo que quieres. —No, Tom, gracias por proponerlo, pero no creo que funcionaría. Tom no se esperaba una negativa tan rotunda. Estaba intentando por una vez hacer las cosas bien, ayudarla a superar aquel mal trago, cuidarla y compensarla por el daño que le había hecho. —Escucha, Kate; no sabes cuántas mujeres darían su brazo derecho por casarse conmigo, aunque sólo fuera buscando mi dinero. —Pues cásate con una de ellas. —La mayoría de ellas se negarían a prestarse a un matrimonio platónico. —Ya encontrarías alguna, entre tantas que se interesan por ti. —Yo no quiero otra mujer —respondió Tom, sorprendido por su propia sinceridad—. Si no puedo tenerte a ti, no tendré a ninguna. —No te comprendo. —La verdad es que yo tampoco me comprendo. Quizá es que me siento culpable... no sé. La verdad es que yo no voy por ahí seduciendo a mujeres vírgenes. Sé que te hice daño, y me duele recordarlo. Quizá estoy un poco obsesionado. —Ya lo superarás. —¿Y tú? ¿Lo superarás tú, Kate? ¿Podrás olvidar esa noche alguna vez en tu vida? —preguntó volviéndose hacia ella y tratando de distinguir su rostro en la oscuridad. —No, pero... —¿Desearás alguna vez que te haga el amor algún hombre que no sea yo? Kate contestó sin pensar, tajantemente. —No. No podría permitir que ningún otro hombre me tocara. Sólo tú.
Tom se sintió arder en la oscuridad. Aquello significaba que a pesar de todo, Kate continuaba deseándolo. —Sólo yo —murmuró besándole la frente y deslizando la mano por debajo de su camisón, hasta encontrar sus pechos, que ya estaban erizados de deseo—. Alguna vez conocerás conmigo lo que es la culminación del placer, aquello que estuviste tan cerca de alcanzar aquel día... —¡Tom! —Dios mío, Kate, qué suave eres. Me encanta tocarte, tu piel parece de seda —murmuró sin dejar de acariciarle los senos. Ella gimió, y con el brazo derecho se desabrochó los botones que quedaban cerrados. —Quiero verte, Kate. Quiero emborracharme de ti. Kate se puso a temblar al sentir su mirada ansiosa y sus manos. —Quédate quieta —susurró él inclinándose a tocar sus pezones—. No, no arquees el cuerpo hacia mi boca. Yo te daré todo lo que quieras sin que tengas que pedírmelo. Tom le pasó un brazo por la espalda e incorporándola con mucho cuidado, recorrió sus pechos con los labios. Al oír sus gemidos placenteros tuvo que contenerse para no llegar más allá. Todavía no podía poseerla; ella estaba demasiado delicada. Pero lo que sí podía era hacerle el amor así, con caricias suaves. Ella se estremecería de placer como nunca había hecho, y él sería el primer hombre en tocarla de aquella manera. Pero no había contado con que Kate lo acariciaría a su vez. Al sentir sus manos pequeñas y provocadoras, se dio cuenta que no tenía más remedio que detenerla antes que las cosas llegaran demasiado lejos. —Kate... creo que va a ser mejor que lo dejemos ahora. Ella se detuvo de inmediato, con un suspiro. —¡Qué pena! Ahora que empezaba sentirme tan a gusto contigo, Tom. —Yo me siento igual que tú, nena, pero tienes que comprender que no podemos hacer el amor hasta que tú estés curada. —No, claro, me imagino que no —contestó Kate sonrojándose. —Yo no podría contener mi pasión, Kate —reconoció Tom mientras le abrochaba los botones del camisón—. Ahora mismo estoy temblando como un chico de catorce años. —Entonces —susurró Kate, asombrada de su propia osadia.- ¿volveremos a hacer el amor?
—Sí, pero sólo si te casas conmigo —respondió Tom después de unos segundos de vacilación—.Si no, ni tú ni yo nos sentiríamos tranquilos con nuestra conciencia. Kate contuvo a duras penas las lágrimas. —Un matrimonio así no funcionaría, y tú lo sabes. —No lo pienses ahora, Kate. Dejemos que pase el tiempo, y él dirá. Ahora tranquilízate e intenta dormir. Yo me quedo aquí contigo. Kate se hizo un ovillo junto a él y se dejó llevar por el sueño. Durmió profundamente, y a la mañana siguiente despertó en su cama. Abrió los ojos poco a poco, atraída por un olor agradable. A su lado, sobre la almohada, Tom debía haberle dejado una hermosa rosa blanca. Aquella era la prueba de que la noche anterior pasada en brazos de Tom no había sido un sueño. Kate se levantó con una agradable sensación de bienestar; por primera vez, desde hacía semanas, se sentía fuerte de nuevo, con ánimos para afrontar lo que le deparara el día. El motivo de su alegría era que Tom le hubiera pedido que se casara con él, y aunque no fuera una declaración de amor precisamente, representaba el comienzo de algo. Cuando llegó al comedor, Hank ya se había marchado, pero allí estaba Tom, dando vueltas al desayuno frío en el plato. —Por fin apareces —dijo al verla—. Ya no sabía qué hacer con mi desayuno para seguir esperándote sin que Janet sospechara. Se miraron sonrientes. —¿Me estabas esperando? —¿A ti qué te parece? Tom se levantó, alargó la mano, y antes que Kate pudiera darse cuenta de lo que ocurría, la había tomado entre sus brazos y estaba besándola apasionadamente. —Buenos días —susurró Kate rozando sus labios. —Buenos días. ¿Has encontrado la rosa? —Sí, gracias. ¿Dormiste bien? —Al final sí. Primero estuve un buen rato en vela, mirándote. Espero que tu costilla se cure pronto, Kate, porque te deseo más que ayer. No vamos a tener más remedio que casarnos. Kate sintió una opresión de tristeza en el pecho. —Yo no puedo casarme contigo, Tom, ya te lo he dicho. —¿Por qué?
Se miraron a los ojos, y Kate dijo: —Tom, el deseo no es suficiente. Hace falta amor... —Pero tú me amas, Kate —dijo él tranquilamente—. Siempre me has amado. Kate contuvo el aliento y lo miró atónita. Pero, ¿qué se había creído? —Georg me lo contó todo justo antes que te llevaran al hospital. Incluso he visto las fotos que tienes de mí por todas partes. La reacción de Kate fue inesperada y espontánea. Completamente furiosa, se libró de sus brazos, sin pensar en lo que le dolía el costado ni en la expresión consternada de Tom. —Pero, ¿qué te pasa, Kate? No tienes por qué sentirte avergonzada. ¿Que no? Kate se sintió morir por dentro. Tenía la sensación de que sus pensamientos más íntimos habían sido vendidos, exhibidos en público, era como verse desnuda delante de una asamblea de desconocidos. Primero se sonrojó vivamente; después palideció, y por fin rompió a llorar. Tom intentó acercarse, pero Kate lo rechazó con una brusca sacudida. —¡No quiero que vuelvas a tocarme! ¡No necesito tu compasión, Tom! Dicho aquello, dio media vuelta y echó a correr como una loca por el pasillo. Llegó a su habitación y se encerró allí a llorar, tirada de bruces sobre la cama. Oyó confusamente que Tom llamaba a su puerta, gritando su nombre, y que se paseaba de un lado a otro del pasillo, pero no quiso abrirle. Lloró y lloró durante horas su amor no correspondido. Así pasó toda la mañana. Al cabo del tiempo, cuando se aseguró que Tom ya no andaba por allí, Kate se decidió a salir. Se sentó en el cuarto de estar, junto al ventanal,
CONTINUACION EN SIGIENTE PUBLICACION .... YA QUE COMO ESTOY AGREGANDO POR CELULAR PORQUE LA COMPU SE DESCOMPUSO . NO SE PUDO SEGIIR AQI .. VAYAN A LA SIGUIENTE 😁
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