lunes, 29 de agosto de 2016

UNO
Kate lo vio entre la gente que se había reunido frente a la iglesia.
Seguía tal y como ella le recordaba. Tom Kaulitz nunca se había llevado
demasiado bien con nadie, y aunque tuviera siempre un montón de mujeres
revoloteando a su alrededor atraídas por su sustanciosa fortuna, nunca
abandonaba aquella actitud suya ante los demás, cargada de desprecio.
Mientras fumaba un cigarrillo, tenía los ojos negros clavados en la carretera
por donde su sobrina debía aparecer en cualquier momento. A pesar de su
actitud indiferente, que parecía aislarlo de todo, seguía atrayendo las miradas de las mujeres. Su piel bronceada y curtida, sus piernas perfectas, sus
espaldas anchas. La mano con que sostenía el cigarrillo era delgada y morena, sin ningún anillo.
Tom no era un sentimental, y sin embargo, en cuestión de ropa y
actitudes era un verdadero reaccionario, y no se avergonzaba de ello, y mucho menos se disculpaba, porque con su dinero podía permitirse el lujo de ir
imponiendo sus propias normas sobre la marcha.
—Es dueño y señor de todo lo que contempla —murmuró Kate mirándolo
fijamente.
—Yo creo que está en su derecho —respondió su hermano Georg riendo
por lo bajo—teniendo en cuenta que tiene en el bolsillo los corazones de la
mitad de las mujeres de la ciudad, incluyendo el tuyo...
—¡Calla! —exclamó Kate mordiéndose los labios, muy inquieta.
—Pero si él no lo sabe, tonta.
Aunque Georg era cuatro años mayor que ella, se hubiera dicho que eran
gemelos, porque tenían la misma constitución delgada, los dos eran altos,
morenos y de ojos verdes. Asimismo, sus rasgos finos y marcados, sobre todo
los altos pómulos, eran la herencia de su bisabuelo Sioux.
—Lo odio —dijo Kate, recogiendo un mechón rebelde en el moño.
—Sí, claro, lo odias.
—Sí, lo odio, lo odio.
Y era cierto. Todo venía a raíz de un incidente que se produjo cuando
Kate tenía dieciocho años; desde entonces Tom no la podía ni ver y su amistad
con Margo se había visto seriamente afectada. No dejaba de ser extraño, sin
embargo, porque hasta aquel momento, Tom había sido muy bueno con su
familia.
La abuela de Kate y Georg se había hecho cargo de ellos a la muerte de su
padre. En cuanto a su madre, nadie sabía nada de ella desde que los abandonara años atrás. Kate siempre la había culpado. Los dos niños habían llegado a casa de su abuela terriblemente marcados por el trato recibido por su padre. Ni siquiera la abuela Listing sabía por lo que habían pasado, porque no era una persona que se prestara a confidencias. Con ella vivían en Blairsville, en Dakota del Sur, muy cerca de Fierre, la capital.
Por su parte. Margo Kaulitz vivía en esas mismas fechas con su tío, Tom Kaulitz, y el padre de éste, Hank, después de la inesperada muerte de sus padres.
Las dos chicas no tardaron en hacerse amigas al empezar la escuela secundaria, y era muy normal que pasaran temporadas la una en la casa de la otra. Aquél día se celebraba la boda de Margo, y Kate, que había rechazado la oferta de ser una de las damas, no había podido declinar la invitación a asistir, aunque lo hubiera hecho con gusto, con tal de no ver a Tom Kaulitz.
Tom, impecablemente elegante con su sombrero de ala ancha y su traje
gris, volvió un poco la cabeza, como si hubiese advertido su presencia. Cuando la hubo localizado, le dirigió una sonrisa que, más que un saludo, parecía una
declaración de guerra. Por toda respuesta, Kate levantó la cabeza con gesto
arrogante, reprimiendo los deseos de abalanzarse contra él y darle su
merecido. Así, enfrentándose a él, por lo menos conseguía mantenerlo alejado
de su corazón.
Kate tenía la sensación de haberlo amado desde siempre, porque era él el
único que llenaba sus sueños, quien la perseguía en los recuerdos... Tom,
sonriéndole desde su caballo cuando Margo la estaba enseñando a montar;
Tom, sentado en el balancín del porche mientras Margo y ella bailaban con
sus jóvenes galanes en las fiestas de verano... Tom. Todos sus sueños de
adolescencia giraban en torno a aquel hombre fuerte y viril. Hasta que de
pronto, como una tormenta de verano, Tom había cambiado, pasando a
convertirse en su enemigo.
Cuando Kate cumplió los dieciocho años, algo extraño había empezado a
surgir entre los dos; algo que se ocultaba como un secreto deseo en las miradas de Tom, y que a ella la asustaba y al mismo tiempo la complacía. Hasta entonces, Tom había sido como un hermano mayor indulgente que no dudaba nunca en invitarla a sus fiestas y a sus viajes como si fuera una más de la familia. Pero Kate siempre había mantenido la reserva acerca de su pasado con Margo y también con él. A nadie se lo había contado.
Tom, sin embargo, no podía haber sido mejor con ella. Cuando la abuela
Listing tenía un ataque, era Tom quien se quedaba toda la noche en vela con
Kate por si acaso necesitaba algo. Cuando Georg se metía en líos en el instituto por participar en alguna pelea, Tom iba enseguida a hablar con el director para evitar por todos los medios que lo echaran. Tom siempre había estado allí cuando lo necesitaban, y Kate había terminado por enamorarse de él, impresionada quizá por su fuerza, por su bondad, o por su carácter firme y
decidido. Pero aunque pareciera imposible, todo aquello se había esfumado en una sola noche, en la que su amigo Tom se había transformado, como por arte de magia, en su peor enemigo.
Kate y el chico con el que salía por aquel entonces fueron invitados a una
fiesta en la piscina en la casa de Margo. Era el mes de julio de hacía seis años.
Después de pasar una hora nadando y tomando el sol, una hora en la que Kate no había podido apartar la vista ni un momento de Tom, más sensual y atractivo que nunca con su traje blanco, llegó la hora de cambiarse, y Kate fue a la pequeña caseta. Precisamente cuando se había quitado el traje, apareció en un rincón una culebra. Aterrorizada, Kate, que tenía fobia a aquellos animales desde niña, perdió el control sobre sí misma y, olvidándose de que estaba desnuda, empezó a gritar. Gerald, su amigo, acudió corriendo al oírla. Cuando llegó, la culebra ya había desaparecido por un agujero, y Kate permanecía agazapada contra la pared, sollozando y temblando. Gerald la rodeó con sus brazos, intentando calmarla, pero en aquel momento, apareció Tom, y los sorprendió así; ella desnuda y abrazada al otro, que solamente llevaba el traje puesto.
Si las circunstancias hubieran sido diferentes, quizá Tom se habría
detenido a escuchar una explicación, pero aquel día los ánimos ya estaban
caldeados, porque Kate, furiosa al ver que Tom no se separaba de Barbara
Dugan, la atractiva vecina de al lado, se había dedicado toda la mañana a
besarse con Gerald al borde de la piscina a la vista de todos. Así que era
natural que Tom hubiera interpretado tan torcidamente las cosas, pues tenía
motivos de sobra para sospechar.
Kate no podía borrar de su memoria la mirada que le dirigió Tom
entonces; una mirada cargada de desprecio e incredulidad, que permaneció
inalterable mientras Gerald, entre tartamudeos, intentaba explicarle en vano lo que había ocurrido. Tom no creyó nada. Y aquella fue la última vez que Kate puso los pies en casa de su amiga. A pesar de las súplicas y las amenazas de Margo, Tom se mantuvo inflexible en su decisión; no quería que su sobrina anduviera en compañía de una mujer como Kate. Una vez sentado aquello, echó a Gerald de la casa sin más contemplaciones. Kate, no obstante, antes de reunirse con él, tuvo una encarnizada discusión con Tom, tan fuerte, que ni siquiera el viejo Hank Kaulitz se atrevió a intervenir. Lo único que hizo fue apartarse para no oírlos, mientras Margo se esforzaba desesperadamente por defender a su amiga.
—¡Es que no quieres escuchar! —gritaba llorando—. ¡No estaban haciendo
nada malo! ¡Lo que pasó es que había una culebra en la caseta!
—Sí, claro —respondió Tom con una frialdad desconocida hasta
entonces para Kate.
—¡Muy bien, si es lo que quieres, quédate convencido de que soy una
mujer de ese tipo, aunque sepas perfectamente que es mentira! —gritó ella,
fuera de sí.
—Hasta hoy he pensado que eras una santa. Ahora, afortunadamente, se
me ha caído la venda y veo cómo eres en realidad.
Kate no podía dar crédito a su tono despectivo.
—Tom, ¡sabes que yo no soy así! ¡Yo nunca te he mentido!
—Mira, Kate, a mí no me vas a engañar porque yo he visto a mi madre ir
con un hombre detrás de otro y negar después que hubiera engañado alguna
vez a mi padre. Nunca he podido olvidar que gracias a ella la vida de mi padre fue un infierno. Hasta ahora he educado a mi sobrina para que sea una mujer de conciencia, con sentido de la moralidad, y no voy a permitir que tú la eches a perder. Sal ahora mismo de mi casa, y no vuelvas a entrar.
Margo tenía los dientes apretados, pero con la mirada le estaba pidiendo
perdón en silencio. Kate comprendió enseguida que era peligroso enfrentarse a Tom en aquel estado.
—Sé que no quieres escucharme —dijo entonces bajando la voz—, y lo
siento mucho, porque yo nunca te diría una mentira. Hay tantas cosas que tú no
sabes —añadió con una sonrisa llena de amargura—. Pero eso ya no importa.
Ahora me doy cuenta de que eres incapaz de admitir a los demás como seres
humanos con fallas... para ti hay que ser perfecto, o nada.
—Cuando se entere tu abuela se sentirá avergonzada de ti —rugió
Tom—. Ella no te ha educado para que te convirtieras en una mujerzuela... No
debería haberte permitido que te pusieras a trabajar en ese maldito periódico.
Aquello lo decía porque Kate había conseguido un contrato de verano en
el periódico local, con pleno consentimiento de su abuela, que opinaba que las
mujeres tenían perfecto derecho a desarrollarse en el campo profesional. Sin
embargo, Tom se había opuesto desde el principio, adoptando la actitud
negativa con respecto a ella que era ya corriente en los últimos tiempos. Era
como si de pronto todo lo que Kate hacía o decía lo pusiera nervioso, y aquel
desagraciado incidente era la gota que colmaba el vaso. Kate sabía que nunca iba a olvidar lo que había visto en la caseta de baño...
—Me gusta el periodismo —le contestó con fría calma—, y de hecho
pienso dedicarme a ello en serio. Y ahora, será un enorme placer para mí
librarlos de mi perniciosa presencia. Lo único que siento es que la culebra no me haya mordido para poder demostrarte que te he dicho la verdad. Adiós, Margo. Siento mucho que tu tío ya no nos deje seguir siendo amigas.
Tom encendió un cigarrillo sin el menor temblor, mirándola tranquilamente con sus crueles ojos negros.
—De eso puedes estar segura —dijo.
Y después de dirigirle una mirada en la que se resumía todo el desprecio
que sentía por ella, dio media vuelta y se marchó.
De aquello hacía seis años, de los cuales, dos los había pasado Kate
estudiando en la escuela de periodismo, y el resto trabajando para un periódico de Chicago. Al principio no conocía a nadie allí, pero gracias a un amigo de su hermano, enseguida trabó amistades, y Kate terminó por amar la gran ciudad porque era el único sitio donde se sentía capaz de olvidar a Tom.
Con el tiempo, Tom fue suavizando su postura, y aunque seguía sin
admitir en su casa a Kate, levantó la prohibición que le tenía hecha a Margo de hablar con ella o escribirle. En una ocasión, Margo llegó a invitarla a pasar un fin de semana en el rancho, aparentemente con el consentimiento de Tom,
pero Kate se había negado, principalmente porque su orgullo todavía se
resentía de lo ocurrido. En realidad, de haber sido por ella, ni siquiera habría
acudido a la boda, pero dado que se celebraba en el pueblo y no en el rancho, no había querido darle aquel disgusto a su amiga. Además, se sentía segura y protegida con su hermano Georg a su lado.
—Mira, Kate —le estaba diciendo él en aquel momento—, tú eres una
periodista excelente, que has llegado a ganar premios, y casi tienes veinticinco años, así que no debes dejarte intimidar por ese hombre, porque lo único que conseguirás será empeorar las cosas. Tú mejor que nadie debería saber que no hay que dejarse pisotear por una persona como él.
—Lo sé, Georg, pero lo difícil es ponerlo en práctica. Es un hombre tan
dominante... se cree que lo sabe todo.
—Apuesto lo que quieras a que no sabe que en toda tu vida te has
acostado con nadie, porque de haberlo sabido no te habría acusado tan a la
ligera al encontrarte en la caseta con aquel niño nervioso.
Kate sintió que le ardían las mejillas.
—Nunca le perdonaré aquello.
—Además, ni siquiera puede imaginarse la clase de educación que tú y yo
hemos tenido con nuestros padres, porque en aquella época ya vivíamos con la abuela Listing.
Kate sonrió suavemente.
—La abuela sí que era todo un carácter. No sé si te acordarás... pocos
meses después de lo de la piscina, Tom pretendía prohibir que fuera con
Margo al campamento de verano, y la abuela le dijo tranquilamente que yo ya tenía dieciocho años y, por tanto, podía hacer lo que quisiera. Todavía no me explico por qué se oponía con tanto ahínco, si íbamos con monitores y chicos de la universidad... No podíamos estar más controladas.
—Pero a pesar de todo se empeñó en ir entre los padres que querían ir
con sus hijos.
—Eso fue lo único malo de todo el campamento —suspiró Kate.
—No seas mentirosa, Kate. Podría apostar cualquier cosa a que te
pasaste las horas muertas mirándolo a hurtadillas y suspirando.
Kate bajó los ojos, porque su hermano estaba diciendo la verdad. A pesar
de los pesares, se había pasado toda la vida soñando con el único hombre del
mundo que odiaba. A veces llegaba a preguntarse si no habría elegido la carrera de periodismo solamente porque era una excusa para marcharse de Blairsville y no tener que verlo. Después de la muerte de la abuela Listing, Georg había entrado a trabajar en una agencia de Nueva York, así que ya no tenía ninguna razón para permanecer en Dakota del Sur; por el contrario, había una buena razón para escapar de Tom, para no envejecer allí día a día mientras él le hacía trizas el corazón con su indiferencia.
En aquel momento llegó el convertible rojo de Margo, y en él su novio,
David, que se bajó enseguida, radiante con su esmoquin blanco. David era un
hombre muy atractivo, alto y rubio.
—Ya es la hora —comentó Georg—. ¿Y Margo?
—Llegará ahora con su abuelo, supongo —respondió David, visiblemente
nervioso—. ¿Tú sabes qué tal conduce el viejo Hank?
—Sí —respondió Georg con un suspiro—, y puedo decirte que es casi tan
terrible como el mismo Tom.
David se echó a reír, mientras Kate se enfadaba consigo misma por
escuchar con tanta atención por el simple hecho de que hablaban del hombre
que amaba.
—Antes de entrar en la universidad, Tom destrozó tres coches. Fíjate
cómo sería, que mi abuela nunca dejaba que Kate fuese al rancho a menos que fuera Margo quien condujera el coche.
—Por cierto —comentó entonces David—, me ha extrañado no verlos hoy
en el rancho.
Cuando estaba buscando una buena excusa para contestarle, Kate sintió
un escalofrío; como siempre había intuido la presencia de Tom antes de verlo.
—Así que están aquí —dijo sin dignarse mirarla a ella—. Hola, Georg, me
alegro de verte —añadió estrechándole la mano con la actitud de un padre, a pesar de que sólo le llevaba cuatro años—. ¿En dónde está Margo?
—Ya estará en camino, pero me temo que tu padre es quien conduce —
respondió David con un suspiro—. No me mires así, hombre, que no es culpa mía. Con el traje que le has comprado, resulta imposible meterla en ese coche sin quitárselo primero, y como comprenderás, no hubiera resultado demasiado
correcto que apareciera así ante los invitados.
A Tom no le hizo ni pizca de gracia aquel comentario, mientras que Georg
y Kate, por el contrario, tuvieron que morderse los labios para no echarse a
reír, con lo que se creó un ambiente bastante tenso.
—Mi padre está ya medio ciego por culpa de las cataratas. Es una
temeridad que conduzca —observó Tom fríamente.
—Entonces vamos a llamar rápidamente a la policía. Es una oportunidad
inmejorable para que le retiren la licencia de conducir de una vez —dijo David.
Georg no pudo contener más la risa.
—Perdónenme, pero es que me estaba imaginando la escena: todos los
invitados de la boda acudiendo a la cárcel para convencer a los policías de que lo pusieran en libertad...
Kate se agarró del brazo de su hermano.
—Ahí vienen —murmuró.
Efectivamente, acababa de detenerse frente al edificio de la iglesia un
majestuoso Lincoln conducido por Hank, que inmediatamente se bajó y ayudó a salir a Margo del asiento trasero. El padre de Tom era como su hijo, alto y
delgado, aunque le faltaban su feroz frialdad y sus maneras dominantes.
—¿Lo ven? —comentó David jovialmente—. Ni huesos rotos, ni
abolladuras ni nada. Han llegado sanos y salvos. Bueno, quizá Margo esté un
poco pálida.
—No es extraño —comentó Kate con una sonrisa maliciosa—. Debe ser el
terror de pensar que dentro de unos momentos va a casarse con un loco.
—Yo no estoy loco —exclamó David con expresión burlona, fingiéndose
muy ofendido—. Sólo porque una vez llevé a mi novia a un antro de strip—tease masculino no tienes derecho a afirmar eso...
—¿Cómo dices? —preguntó Tom con fiereza.
Kate sucumbió a la tentación de añadir leña al fuego.
—Sí, uno de esos sitios donde los hombres se desnudan mientras las
mujeres silban y aplauden. Es muy pedagógico.
Ella jamás había estado en un lugar semejante, ni tenía intenciones, pero
no tenía ningún reparo en hacerle creer lo contrario a Tom si ello lo hacía
perder los estribos.
Tom le lanzó una mirada insultante.
—Me extraña que digas que es pedagógico, porque tú ni siquiera sabes lo
que es educación.
—Eres muy amable al decirme eso —respondió Kate sin dejar de sonreír.
Tom no se molestó en replicar.
—Nos vemos dentro —dijo entonces Georg agarrando a su hermana y
dirigiéndose hacia la iglesia. Cuando estuvieron a una distancia prudencial, lanzó un silbido—. ¡Madre mía! Nunca he visto discutir a dos personas como lo hacen ustedes.
—Me odia —murmuró Kate, aparentemente fría y calmada, aunque por
dentro estaba sufriendo lo indecible.
—Me pregunto si Tom tendrá idea de lo que en realidad siente por ti —
dijo Georg.
Kate no contestó, pensando mientras ascendía por la escalinata de la
iglesia en lo afortunada que era su amiga Margo.


DOS
La boda fue tan bonita que Kate lloró de emoción. Sentada muy cerca
del altar, escuchó las palabras que unían a David y a Margo para toda la vida, con un profundo sentimiento de tristeza porque sabía que ella nunca tendría la oportunidad de pronunciar aquellas mismas palabras. Para ella estaba vetada la felicidad de unir su vida a un hombre que le correspondiera con su misma pasión.
En un momento determinado, sin quererlo, se encontró mirando atentamente a Tom, de pie junto a David en el altar. El siempre tomaba muy en serio aquellas ocasiones, pero debía resultarle particularmente emocionante tratándose de Margo, que había vivido con su padre y con él desde los diez años. Como si hubiera notado su atenta mirada, Tom volvió la cabeza un poco y fijó sus ojos negros en los suyos. Kate no tuvo tiempo para adivinar la expresión de su mirada porque bajó enseguida la vista. Cada vez que miraba frente a frente a Tom no podía evitar el sentirse incómoda.
Al término de la ceremonia, los invitados se congregaron a la salida de la
iglesia para arrojar el arroz de rigor sobre los felices recién casados. Margo
no tardó en reaparecer con un vestido de viaje, acompañada por David, que
también había cambiado su traje por unos pantalones y una chaqueta sport.
Aparecieron nerviosos y felices, más alocados que nunca, sin dejar de mirarse.
Kate tuvo la oportunidad de abrazar a Margo antes que desapareciera en
el interior del coche.
—Que seas muy feliz, cariño —le susurró emocionada.
—Lo seré, te lo prometo. Mira al tío Tom, está mirando como si tuviera
ganas de morder a alguien.
—Será por mí, seguramente —comentó David echándose a reír—. Antes
de la ceremonia cometí el tremendo error de confesarle que una noche
estuvimos en un garito de strip—tease masculino.
—¡Pero cómo se te ha ocurrido! —exclamó Margo, alarmada—. ¡Es capaz
de matarnos!
—Sí, pero antes tendrá que atraparnos —dijo David poniendo el coche en
marcha—. adiós Kate, adiós tío Tom!
Y salieron disparados de allí antes que el tío Tom tuviera tiempo de
decir nada. Por supuesto, Kate fue incapaz de dejar de aprovecharse de la
situación, y mirándolo con una sonrisa, dijo:
—¿Es que pensabas aleccionar a la pequeña Margo respecto a lo que se
espera de ella en su noche de bodas, tío Tom?
Él le dirigió una mirada centelleante.
—Hubiera sido mejor que hablaras tú con ella del particular, porque sin
duda alguna me superas ampliamente en experiencia.
—Te sorprendería conocer mis niveles de experiencia.
Tom encendió un cigarrillo sin dejar de mirarla ni un momento a los ojos.
—A propósito, Kate. Margo te invitó a pasar unos días en el rancho antes
de la boda, ¿por qué te negaste a venir?
—Por ti —respondió Kate sin vacilar—. Tú me echaste de Warlace hace
seis años y me dijiste bien claro que no se me ocurriera volver nunca más.
Tom se encogió de hombros, y hasta en aquel gesto desplegó toda su
fuerza masculina concentrada.
—Unos días después de la fiesta de la piscina, uno de los jardineros mató
una culebra que andaba escondida en la caseta de baño.
—Fue un detalle de tu parte disculparte en el momento de descubrirlo —
replicó Kate, temblando de furia.
Tom la miró con ojos tan fríos que parecían los de un muerto.
—Era cierto que había una culebra, pero también que tú estabas desnuda
en los brazos de aquel muchacho.
—Y también tenía un susto mortal y no me daba cuenta de lo que hacía.
De todas formas no importa, Tom. Puedes pensar lo que quieras, porque al fin
y al cabo es lo que haces siempre, pasando por alto las evidencias.
—¿Por qué te fuiste a trabajar a Chicago? —le preguntó él de pronto,
mirándola intensamente a través de una nube de humo—. ¿Por qué no te
quedaste en Pierre?
Kate recibió aquella pregunta con sorpresa, porque no era propio de
Tom ser tan directo. O por lo menos nunca lo había sido con ella. De pronto,
todo pensamiento racional quedó borrado de su cerebro y se limitó a mirarlo,
extasiada, comprobando, por enésima vez, hasta qué punto era atractivo.
—Chicago es muy grande —se limitó a responder, sin apartar de él sus
grandes ojos verdes.
—Efectivamente, es grande.
Permanecieron inmóviles durante unos cuantos segundos, y mientras él
iniciaba un movimiento apenas insinuado de escrutarle el rostro, Kate notó que
las piernas querían ceder bajo su peso.
—La boda... ha estado muy bien —balbuceó con gran esfuerzo, en un
intento desesperado por evitar que su corazón estallara bajo los efectos
incendiarios de aquella mirada enigmática.
—Sí, muy bien.
—Se fueron a Jamaica, ¿no? —agregó Kate ya casi sin aliento.
—Sí. Papá y yo les hemos ofrecido el viaje como regalo de bodas.
—Disfrutarán de lo lindo, seguro.
Aquella situación era ridícula, sobre todo para ella, que en opinión del
director de su periódico era una maga de las palabras. Mientras tanto, Tom
seguía mirándola a los ojos como si una fuerza superior le impidiera hacer otra cosa. Kate empezó a pensar que aquello era una locura, pues ella misma sabía que aquel hombre era su peor enemigo.
—Has cambiado —dijo él al fin—. Te veo más sentada, más madura. ¿Qué
haces exactamente en el periódico?
—Me ocupo de la sección de política.
—¿Te gusta?
—Sí, es muy emocionante. Sobre todo en época de elecciones. Uno
siempre se ve metido en el trasiego, por muy neutral que se considere al
principio. De todas formas, estoy convencida de que yo soy de mal agüero para los candidatos —añadió con una sonrisa—, porque los míos siempre pierden.
Tom siguió mirándola sin corresponder a su sonrisa, llevándose el
cigarrillo a los labios, mientras Georg, que se encontraba un tanto apartado de ellos, se paseaba de un lado a otro sin descanso. No era normal que Tom y
Kate hablaran más de cinco minutos seguidos sin tirarse los trastos a la
cabeza.
Tom arrojó el cigarrillo al suelo y lo aplastó concienzudamente con la
punta de la bota.
—Georg y tú regresan esta misma noche, ¿verdad? —preguntó mirándola
fijamente.
Kate asintió.
—No tenemos más remedio. Mañana a primera hora tengo que hacer una
entrevista.
—Kate, ese muchacho...
—Yo nunca te he mentido; Tom —susurró ella.
De pronto se operó un cambio en la expresión de Tom, como si algo se
hubiera desencadenado en su interior.
—Ninguna mujer pronuncia mi nombre como tú, Kate —murmuró entre
dientes.
Kate tuvo que concentrarse para no lanzarse en sus brazos en aquel
instante y besarlo. Pero se limitó a quedarse allí, parada, mirándolo con los ojos llenos de lágrimas que eran el resumen de tantos años de deseos vanos... ¿Es que nunca se agotaría el deseo que la empujaba hacia él? Lo conocía desde hacía mucho tiempo, y Tom jamás la había tocado, ni la había besado, aunque si lo había hecho repetidas veces en los sueños febriles de Kate.
Pero Tom nunca la besaría ni la tocaría.
—Tengo que marcharme —dijo Kate tristemente.
—Yo también —declaró él con un suspiro—. Mañana tengo que tomar el
tren para Nueva York. Tengo allí una reunión para hablar de compras de
ganado.
Kate recordó con una sonrisa que no tomaba el avión porque nunca se
había sentido seguro viajando por aire. De hecho, solamente iba en avión
cuando se trataba de un asunto de vida o muerte.
Lo siguió mirando unos segundos sin hablar, sabiendo que ahora que
Margo se había casado era muy posible que no volviera a verlo nunca más.
Nunca más... sólo de pensarlo sentía escalofríos.
La tristeza que la asaltó como una oleada debió reflejarse en su rostro,
porque de pronto Tom la miró preocupado.
—¿Te ocurre algo? —preguntó con voz suave.
—No, nada. Bueno, nos tenemos que ir.
—Si tú lo dices...
—Sí —respondió Kate sonriendo y encogiéndose de hombros.
Tom ya no le dijo nada más y se volvió hacia Georg.
—Yo voy a Chicago de vez en cuando —dijo inesperadamente.
Kate buscó su mirada, muerta de ansiedad.
—¿Ah, sí?
—Alguna noche, si quieres, puedo pasar a buscarte para que cenemos
juntos.
Kate realizó un tremendo esfuerzo para que no se trasluciera su
entusiasmo, pero no lo consiguió.
—Me encantaría —susurró.
—A mí también —respondió Tom recorriendo su cuerpo con una mirada
cálida—. Tú has estado fuera de mi alcance durante mucho tiempo, Kate. Pero
ahora que Margo ya no está se acabaron las barreras.
—¿Cómo? —preguntó Kate sin comprender.
Tom se echó a reír con una risa extraña, que no tenía nada de alegre.
—Ya hablaremos de eso en otra ocasión. Dime, ¿está tu número de
teléfono en la guía?
—Sí. Vivo en los apartamentos Carrington.
—¿Quieres que te lleve en el coche al aeropuerto? —preguntó
dirigiéndose a Georg, que seguía por allí cerca sin intervenir.
—No, gracias —respondió él acercándose sonriente—. Tenemos un coche
de alquiler.
—De acuerdo. Me alegro mucho de haberte visto, Georg —respondió Tom
extendiendo la mano. Después de estrechársela a su hermano, se volvió a Kate
con una sonrisa muy especial—. Hasta la vista, Kate.
—Que tengas buen viaje.
Kate se quedó mirándolo marchar con el corazón en los ojos.
—Si se da cuenta de cómo lo miras, el juego se habrá terminado —le dijo
su hermano riendo y tomándola del brazo—. Anda, baja de las nubes. Tenemos que darnos mucha prisa si queremos abordar ese avión.
—Ah, sí.
—Dime, Kate, ¿de qué estaban hablando tan interesados?
—Algunas veces va a Chicago por asuntos de negocios... ¡Oh, Geo, me ha
dicho que quiere llevarme a cenar algún día!
—¡Horror! —exclamó Georg poniendo el coche en marcha—. Ten mucho
cuidado, Kate.
—¿Por qué?
—Me parece increíble que no te des cuenta. ¿No ves que ahora que
Margo se ha casado tiene el camino libre contigo? ¿O es que no sabes que le
has gustado desde siempre?
—¿Yo?
—¿Pero quién va a ser si no? ¿No estamos hablando de ti? Tom te ha
mirado siempre como si estuviera a punto de devorarte. De no haber sido
porque Margo y tú eran tan amigas, ya te habría seducido hace años.
—No puede ser...
—Claro que es así, Kate, como te lo estoy diciendo. Mira, yo soy un
hombre y conozco la mentalidad de los hombres. Ahora que Margo se ha
casado, Tom se siente libre para perseguirte. Sí, perseguirte, tal y como te lo
digo. Y otra cosa; por mucho que le insistas jamás creerá lo que le cuentes
acerca de Gerald. A Tom se le ha metido en la cabeza que tú eres una mujer
liberada de la ciudad, y no una inocente chica soltera del pueblo, así que ya
puedes andarte con cuidado. He oído infinidad de historias acerca de ese
hombre, y las creo todas. Tom sí que es un hombre maduro y experimentado,
te lo seguro; ha estado con infinidad de mujeres.
—Pues a mí Margo me contaba que nunca llevaba a nadie a su casa.
—¡Es natural! No iba a estar con sus amiguitas estando Margo por allí.
¡Ya sabes lo anticuado que es en lo tocante a la educación de las mujeres, la
liberación femenina y todo eso!
— Sí, claro que lo sé.
—Pues entonces grábate esto bien en la cabeza: Tom no es de los que
van por ahí con la intención de casarse. Ya sé lo que sientes por él, Kate, pero
no dejes que los sentimientos te oculten la verdad; lo único que él busca es
pasar un buen rato y satisfacer sus necesidades. Cuando se case, si es que
alguna vez se casa, lo hará seguramente con Barbara Dugan, pura y
simplemente porque su padre es el dueño del rancho contiguo al suyo. El Doble D es una propiedad enorme, y la chica no está nada mal, esa es la verdad.
Kate sintió que su entusiasmo cedía paulatinamente, dejando paso a una
angustia difícil de soportar. ¿Cómo iba a tener la fuerza de voluntad suficiente
para decirle que no a Tom si la invitaba a salir? Lo amaba tanto que unas
cuantas horas en su compañía le habrían bastado para satisfacer a su
hambriento corazón durante años.
—Seguramente tienes razón, Geo —asintió mirando tristemente a su
hermano—. ¿Pero no crees que es posible que sienta algo por mí?
—Es posible. Pero no olvides la truculenta historia de su madre; es el
recuerdo de su madre lo que lo hace ser así con las mujeres. Sería incapaz de
casarse con una mujer con la que se hubiera acostado antes.
Kate se sonrojó sin querer y fijó la vista en la carretera.
—Por lo que me contaba Margo, su madre se acostaba constantemente
con otros hombres. Y el pobre Hank se quedaba en casa sin hacer nada.
—La abuela decía que era una mujer que tenía algo de salvaje, todo lo
contrario de Hank, que era tranquilo y apacible, sin grandes ambiciones. Sin
embargo, ella era incapaz de conformarse con lo que tenía y terminó huyendo
en pos de sus sueños. Yo creo que al fin consiguió lo que quería, porque se casó con un magnate del petróleo y vivió felizmente con él en Texas hasta su
muerte. Pero Tom seguía odiándola por lo que habían pasado su hermano, su
padre y él por su culpa, al tener que pasarse la vida ocultando sus deslices.
—Tienes razón... es como si Tom pensara que todas las mujeres son
malas.
—Ya sabes, Kate, no olvides nunca que es un hombre que jamás se deja
llevar por sus sentimientos.
—No lo olvidaré, Georg.
Georg hizo un gesto como si fuera a decir algo más, pero en lugar de ello
esbozó una sonrisa y le dio unas palmaditas en la mano.
—¿Quieres que comamos algo antes de subir al avión? ¿Qué te gustaría?
—Calamares, por ejemplo.
—¡No, calamares no! Me gustaría algo más refinado.
Kate suspiró.
—No me digas más; lo que tú quieres es un solomillo con papas.
—No, mujer, algo refinado. Una hamburguesa con papas.
—¡Está bien! —exclamó Kate dándose por vencida—. Vamos para allá.
Georg la mantuvo distraída en todo momento contándole anécdotas de su
loca agencia de publicidad neoyorquina. Las más divertidas se referían a la
excentricidad de sus clientes, como el magnate del jabón, que lo recibía
siempre—para escuchar sus estrategias de la campaña publicitaria sumergido
en un baño caliente de espuma, teniendo como fondo música de Mozart; o la
heredera de la industria del chicle, que llevaba a sus cachorrillos a todas las
reuniones para asegurarse de que los amados animalitos aprobaban también las campañas de publicidad propuestas.
Georg era el único miembro de su familia que quedaba, y Kate estaba
acostumbrada desde muy pequeña a apoyarse en él ante la menor dificultad.
Por eso se sentía en cierto modo culpable al rebelarse interiormente contra él
cuando le hablaba con tanta crudeza de Tom. Quizá tenía razón, y lo que le
estaba dando era un buen consejo, pero Kate habría preferido mil veces que
fuera mentira. Era mucho más hermoso pensar que Tom había reparado por
fin en ella después de tantos años y que quería que los dos juntos empezaran
de nuevo. En cualquier caso eso era lo que ella quería creer, y actuaría en
consecuencia, por muchas advertencias que le hiciera su hermano.
Cuando llegaron a Chicago, se despidió de su hermano en el aeropuerto y
tomó un taxi para su apartamento. No le sorprendía la sensación de soledad que la invadió de inmediato, porque ya estaba acostumbrada a sentirse así cada vez que veía a Tom y tenía que separarse de él. Lo deseaba con toda su alma.
¿Sería tan peligroso como su hermano decía tener una aventura con él?
Al pensar en ello le pareció oír una vez más las duras recriminaciones de
su padre. No, gritaba, su hija no iba a convertirse en una mujer de esa índole,
de eso se encargaría él. Y hablaba constantemente de permisividad, de las
enfermedades de la sociedad moderna, aterrorizándola con el peligro de tener un hijo no deseado, hasta que envenenó de miedos y recelos la mente infantil de Kate. Cuando Georg y ella llegaron a la escuela secundaria y se fueron a vivir con la abuela Listing, todos sus impulsos más espontáneos estaban ya aniquilados. Muchas veces Kate se preguntaba qué habría sido de su vida si su madre no se hubiera marchado nunca. Según su padre, su madre había sido igual que la madre de Tom, y juraba y perjuraba que Kate no era hija suya, pero ella se refugiaba en la certeza de su extraordinario parecido con su hermano y trataba de no pensar demasiado en ello. De todas formas, aquella parte de su vida pertenecía al pasado, y rememorarla sólo servía para volver a vivir las pesadillas.
Kate se metió en la cama, adormilada de cansancio, preguntándose si
Georg tendría razón al afirmar que Tom la había deseado durante años. Se
sonrojó recordando la larga e insinuante mirada con que había recorrido su
cuerpo. Aquella era la prueba de que ahora sí la deseaba. Y ella también lo
deseaba a él, deseaba unirse a él y estar en perfecta unión, entre sus brazos,
sin que nada los separara.
Se volvió entre las sábanas, atormentada por nuevos deseos.
Si Tom le hubiera creído ese día sin dar lugar a aquel malentendido...
Pero quizá el conocimiento de la verdad lo habría disuadido, porque si Georg
tenía razón en lo referente a sus intenciones, sin duda preferiría a una mujer
sofisticada, y al saber que ella seguía siendo virgen la habría evitado.
Dándole vueltas a aquel pensamiento, cerró los ojos y por fin consiguió

conciliar el sueño.


HOLA!! BUENO BIENVENIDAS A LA NUEVA NOVELA ... YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO .. HASTA PRONTO Y ESPERO QUE LES GUSTE :))