UNO
Kate
lo vio entre la gente que se había reunido frente a la iglesia.
Seguía
tal y como ella le recordaba. Tom Kaulitz nunca se había llevado
demasiado
bien con nadie, y aunque tuviera siempre un montón de mujeres
revoloteando
a su alrededor atraídas por su sustanciosa fortuna, nunca
abandonaba
aquella actitud suya ante los demás, cargada de desprecio.
Mientras
fumaba un cigarrillo, tenía los ojos negros clavados en la carretera
por
donde su sobrina debía aparecer en cualquier momento. A pesar de su
actitud
indiferente, que parecía aislarlo de todo, seguía atrayendo las miradas de las
mujeres. Su piel bronceada y curtida, sus piernas perfectas, sus
espaldas
anchas. La mano con que sostenía el cigarrillo era delgada y morena, sin ningún
anillo.
Tom
no era un sentimental, y sin embargo, en cuestión de ropa y
actitudes
era un verdadero reaccionario, y no se avergonzaba de ello, y mucho menos se
disculpaba, porque con su dinero podía permitirse el lujo de ir
imponiendo
sus propias normas sobre la marcha.
—Es
dueño y señor de todo lo que contempla —murmuró Kate mirándolo
fijamente.
—Yo
creo que está en su derecho —respondió su hermano Georg riendo
por
lo bajo—teniendo en cuenta que tiene en el bolsillo los corazones de la
mitad
de las mujeres de la ciudad, incluyendo el tuyo...
—¡Calla!
—exclamó Kate mordiéndose los labios, muy inquieta.
—Pero
si él no lo sabe, tonta.
Aunque
Georg era cuatro años mayor que ella, se hubiera dicho que eran
gemelos,
porque tenían la misma constitución delgada, los dos eran altos,
morenos
y de ojos verdes. Asimismo, sus rasgos finos y marcados, sobre todo
los
altos pómulos, eran la herencia de su bisabuelo Sioux.
—Lo
odio —dijo Kate, recogiendo un mechón rebelde en el moño.
—Sí,
claro, lo odias.
—Sí,
lo odio, lo odio.
Y
era cierto. Todo venía a raíz de un incidente que se produjo cuando
Kate
tenía dieciocho años; desde entonces Tom no la podía ni ver y su amistad
con
Margo se había visto seriamente afectada. No dejaba de ser extraño, sin
embargo,
porque hasta aquel momento, Tom había sido muy bueno con su
familia.
La
abuela de Kate y Georg se había hecho cargo de ellos a la muerte de su
padre.
En cuanto a su madre, nadie sabía nada de ella desde que los abandonara años
atrás. Kate siempre la había culpado. Los dos niños habían llegado a casa de su
abuela terriblemente marcados por el trato recibido por su padre. Ni siquiera la
abuela Listing sabía por lo que habían pasado, porque no era una persona que se
prestara a confidencias. Con ella vivían en Blairsville, en Dakota del Sur, muy
cerca de Fierre, la capital.
Por
su parte. Margo Kaulitz vivía en esas mismas fechas con su tío, Tom Kaulitz, y
el padre de éste, Hank, después de la inesperada muerte de sus padres.
Las
dos chicas no tardaron en hacerse amigas al empezar la escuela secundaria, y
era muy normal que pasaran temporadas la una en la casa de la otra. Aquél día se
celebraba la boda de Margo, y Kate, que había rechazado la oferta de ser una de
las damas, no había podido declinar la invitación a asistir, aunque lo hubiera
hecho con gusto, con tal de no ver a Tom Kaulitz.
Tom,
impecablemente elegante con su sombrero de ala ancha y su traje
gris,
volvió un poco la cabeza, como si hubiese advertido su presencia. Cuando la hubo
localizado, le dirigió una sonrisa que, más que un saludo, parecía una
declaración
de guerra. Por toda respuesta, Kate levantó la cabeza con gesto
arrogante,
reprimiendo los deseos de abalanzarse contra él y darle su
merecido.
Así, enfrentándose a él, por lo menos conseguía mantenerlo alejado
de
su corazón.
Kate
tenía la sensación de haberlo amado desde siempre, porque era él el
único
que llenaba sus sueños, quien la perseguía en los recuerdos... Tom,
sonriéndole
desde su caballo cuando Margo la estaba enseñando a montar;
Tom,
sentado en el balancín del porche mientras Margo y ella bailaban con
sus
jóvenes galanes en las fiestas de verano... Tom. Todos sus sueños de
adolescencia
giraban en torno a aquel hombre fuerte y viril. Hasta que de
pronto,
como una tormenta de verano, Tom había cambiado, pasando a
convertirse
en su enemigo.
Cuando
Kate cumplió los dieciocho años, algo extraño había empezado a
surgir
entre los dos; algo que se ocultaba como un secreto deseo en las miradas de Tom,
y que a ella la asustaba y al mismo tiempo la complacía. Hasta entonces, Tom
había sido como un hermano mayor indulgente que no dudaba nunca en invitarla a
sus fiestas y a sus viajes como si fuera una más de la familia. Pero Kate
siempre había mantenido la reserva acerca de su pasado con Margo y también con
él. A nadie se lo había contado.
Tom,
sin embargo, no podía haber sido mejor con ella. Cuando la abuela
Listing
tenía un ataque, era Tom quien se quedaba toda la noche en vela con
Kate
por si acaso necesitaba algo. Cuando Georg se metía en líos en el instituto por
participar en alguna pelea, Tom iba enseguida a hablar con el director para
evitar por todos los medios que lo echaran. Tom siempre había estado allí
cuando lo necesitaban, y Kate había terminado por enamorarse de él, impresionada
quizá por su fuerza, por su bondad, o por su carácter firme y
decidido.
Pero aunque pareciera imposible, todo aquello se había esfumado en una sola
noche, en la que su amigo Tom se había transformado, como por arte de magia, en
su peor enemigo.
Kate
y el chico con el que salía por aquel entonces fueron invitados a una
fiesta
en la piscina en la casa de Margo. Era el mes de julio de hacía seis años.
Después
de pasar una hora nadando y tomando el sol, una hora en la que Kate no había
podido apartar la vista ni un momento de Tom, más sensual y atractivo que nunca
con su traje blanco, llegó la hora de cambiarse, y Kate fue a la pequeña
caseta. Precisamente cuando se había quitado el traje, apareció en un rincón
una culebra. Aterrorizada, Kate, que tenía fobia a aquellos animales desde
niña, perdió el control sobre sí misma y, olvidándose de que estaba desnuda,
empezó a gritar. Gerald, su amigo, acudió corriendo al oírla. Cuando llegó, la
culebra ya había desaparecido por un agujero, y Kate permanecía agazapada
contra la pared, sollozando y temblando. Gerald la rodeó con sus brazos,
intentando calmarla, pero en aquel momento, apareció Tom, y los sorprendió así;
ella desnuda y abrazada al otro, que solamente llevaba el traje puesto.
Si
las circunstancias hubieran sido diferentes, quizá Tom se habría
detenido
a escuchar una explicación, pero aquel día los ánimos ya estaban
caldeados,
porque Kate, furiosa al ver que Tom no se separaba de Barbara
Dugan,
la atractiva vecina de al lado, se había dedicado toda la mañana a
besarse
con Gerald al borde de la piscina a la vista de todos. Así que era
natural
que Tom hubiera interpretado tan torcidamente las cosas, pues tenía
motivos
de sobra para sospechar.
Kate
no podía borrar de su memoria la mirada que le dirigió Tom
entonces;
una mirada cargada de desprecio e incredulidad, que permaneció
inalterable
mientras Gerald, entre tartamudeos, intentaba explicarle en vano lo que había
ocurrido. Tom no creyó nada. Y aquella fue la última vez que Kate puso los pies
en casa de su amiga. A pesar de las súplicas y las amenazas de Margo, Tom se
mantuvo inflexible en su decisión; no quería que su sobrina anduviera en
compañía de una mujer como Kate. Una vez sentado aquello, echó a Gerald de la
casa sin más contemplaciones. Kate, no obstante, antes de reunirse con él, tuvo
una encarnizada discusión con Tom, tan fuerte, que ni siquiera el viejo Hank
Kaulitz se atrevió a intervenir. Lo único que hizo fue apartarse para no
oírlos, mientras Margo se esforzaba desesperadamente por defender a su amiga.
—¡Es
que no quieres escuchar! —gritaba llorando—. ¡No estaban haciendo
nada
malo! ¡Lo que pasó es que había una culebra en la caseta!
—Sí,
claro —respondió Tom con una frialdad desconocida hasta
entonces
para Kate.
—¡Muy
bien, si es lo que quieres, quédate convencido de que soy una
mujer
de ese tipo, aunque sepas perfectamente que es mentira! —gritó ella,
fuera
de sí.
—Hasta
hoy he pensado que eras una santa. Ahora, afortunadamente, se
me
ha caído la venda y veo cómo eres en realidad.
Kate
no podía dar crédito a su tono despectivo.
—Tom,
¡sabes que yo no soy así! ¡Yo nunca te he mentido!
—Mira,
Kate, a mí no me vas a engañar porque yo he visto a mi madre ir
con
un hombre detrás de otro y negar después que hubiera engañado alguna
vez
a mi padre. Nunca he podido olvidar que gracias a ella la vida de mi padre fue
un infierno. Hasta ahora he educado a mi sobrina para que sea una mujer de
conciencia, con sentido de la moralidad, y no voy a permitir que tú la eches a perder.
Sal ahora mismo de mi casa, y no vuelvas a entrar.
Margo
tenía los dientes apretados, pero con la mirada le estaba pidiendo
perdón
en silencio. Kate comprendió enseguida que era peligroso enfrentarse a Tom en
aquel estado.
—Sé
que no quieres escucharme —dijo entonces bajando la voz—, y lo
siento
mucho, porque yo nunca te diría una mentira. Hay tantas cosas que tú no
sabes
—añadió con una sonrisa llena de amargura—. Pero eso ya no importa.
Ahora
me doy cuenta de que eres incapaz de admitir a los demás como seres
humanos
con fallas... para ti hay que ser perfecto, o nada.
—Cuando
se entere tu abuela se sentirá avergonzada de ti —rugió
Tom—.
Ella no te ha educado para que te convirtieras en una mujerzuela... No
debería
haberte permitido que te pusieras a trabajar en ese maldito periódico.
Aquello
lo decía porque Kate había conseguido un contrato de verano en
el
periódico local, con pleno consentimiento de su abuela, que opinaba que las
mujeres
tenían perfecto derecho a desarrollarse en el campo profesional. Sin
embargo,
Tom se había opuesto desde el principio, adoptando la actitud
negativa
con respecto a ella que era ya corriente en los últimos tiempos. Era
como
si de pronto todo lo que Kate hacía o decía lo pusiera nervioso, y aquel
desagraciado
incidente era la gota que colmaba el vaso. Kate sabía que nunca iba a olvidar
lo que había visto en la caseta de baño...
—Me
gusta el periodismo —le contestó con fría calma—, y de hecho
pienso
dedicarme a ello en serio. Y ahora, será un enorme placer para mí
librarlos
de mi perniciosa presencia. Lo único que siento es que la culebra no me haya
mordido para poder demostrarte que te he dicho la verdad. Adiós, Margo. Siento
mucho que tu tío ya no nos deje seguir siendo amigas.
Tom
encendió un cigarrillo sin el menor temblor, mirándola tranquilamente con sus
crueles ojos negros.
—De
eso puedes estar segura —dijo.
Y
después de dirigirle una mirada en la que se resumía todo el desprecio
que
sentía por ella, dio media vuelta y se marchó.
De
aquello hacía seis años, de los cuales, dos los había pasado Kate
estudiando
en la escuela de periodismo, y el resto trabajando para un periódico de
Chicago. Al principio no conocía a nadie allí, pero gracias a un amigo de su hermano,
enseguida trabó amistades, y Kate terminó por amar la gran ciudad porque era el
único sitio donde se sentía capaz de olvidar a Tom.
Con
el tiempo, Tom fue suavizando su postura, y aunque seguía sin
admitir
en su casa a Kate, levantó la prohibición que le tenía hecha a Margo de hablar
con ella o escribirle. En una ocasión, Margo llegó a invitarla a pasar un fin
de semana en el rancho, aparentemente con el consentimiento de Tom,
pero
Kate se había negado, principalmente porque su orgullo todavía se
resentía
de lo ocurrido. En realidad, de haber sido por ella, ni siquiera habría
acudido
a la boda, pero dado que se celebraba en el pueblo y no en el rancho, no había
querido darle aquel disgusto a su amiga. Además, se sentía segura y protegida
con su hermano Georg a su lado.
—Mira,
Kate —le estaba diciendo él en aquel momento—, tú eres una
periodista
excelente, que has llegado a ganar premios, y casi tienes veinticinco años, así
que no debes dejarte intimidar por ese hombre, porque lo único que conseguirás
será empeorar las cosas. Tú mejor que nadie debería saber que no hay que
dejarse pisotear por una persona como él.
—Lo
sé, Georg, pero lo difícil es ponerlo en práctica. Es un hombre tan
dominante...
se cree que lo sabe todo.
—Apuesto
lo que quieras a que no sabe que en toda tu vida te has
acostado
con nadie, porque de haberlo sabido no te habría acusado tan a la
ligera
al encontrarte en la caseta con aquel niño nervioso.
Kate
sintió que le ardían las mejillas.
—Nunca
le perdonaré aquello.
—Además,
ni siquiera puede imaginarse la clase de educación que tú y yo
hemos
tenido con nuestros padres, porque en aquella época ya vivíamos con la abuela
Listing.
Kate
sonrió suavemente.
—La
abuela sí que era todo un carácter. No sé si te acordarás... pocos
meses
después de lo de la piscina, Tom pretendía prohibir que fuera con
Margo
al campamento de verano, y la abuela le dijo tranquilamente que yo ya tenía
dieciocho años y, por tanto, podía hacer lo que quisiera. Todavía no me explico
por qué se oponía con tanto ahínco, si íbamos con monitores y chicos de la
universidad... No podíamos estar más controladas.
—Pero
a pesar de todo se empeñó en ir entre los padres que querían ir
con
sus hijos.
—Eso
fue lo único malo de todo el campamento —suspiró Kate.
—No
seas mentirosa, Kate. Podría apostar cualquier cosa a que te
pasaste
las horas muertas mirándolo a hurtadillas y suspirando.
Kate
bajó los ojos, porque su hermano estaba diciendo la verdad. A pesar
de
los pesares, se había pasado toda la vida soñando con el único hombre del
mundo
que odiaba. A veces llegaba a preguntarse si no habría elegido la carrera de
periodismo solamente porque era una excusa para marcharse de Blairsville y no
tener que verlo. Después de la muerte de la abuela Listing, Georg había entrado
a trabajar en una agencia de Nueva York, así que ya no tenía ninguna razón para
permanecer en Dakota del Sur; por el contrario, había una buena razón para
escapar de Tom, para no envejecer allí día a día mientras él le hacía trizas el
corazón con su indiferencia.
En
aquel momento llegó el convertible rojo de Margo, y en él su novio,
David,
que se bajó enseguida, radiante con su esmoquin blanco. David era un
hombre
muy atractivo, alto y rubio.
—Ya
es la hora —comentó Georg—. ¿Y Margo?
—Llegará
ahora con su abuelo, supongo —respondió David, visiblemente
nervioso—.
¿Tú sabes qué tal conduce el viejo Hank?
—Sí
—respondió Georg con un suspiro—, y puedo decirte que es casi tan
terrible
como el mismo Tom.
David
se echó a reír, mientras Kate se enfadaba consigo misma por
escuchar
con tanta atención por el simple hecho de que hablaban del hombre
que
amaba.
—Antes
de entrar en la universidad, Tom destrozó tres coches. Fíjate
cómo
sería, que mi abuela nunca dejaba que Kate fuese al rancho a menos que fuera
Margo quien condujera el coche.
—Por
cierto —comentó entonces David—, me ha extrañado no verlos hoy
en
el rancho.
Cuando
estaba buscando una buena excusa para contestarle, Kate sintió
un
escalofrío; como siempre había intuido la presencia de Tom antes de verlo.
—Así
que están aquí —dijo sin dignarse mirarla a ella—. Hola, Georg, me
alegro
de verte —añadió estrechándole la mano con la actitud de un padre, a pesar de
que sólo le llevaba cuatro años—. ¿En dónde está Margo?
—Ya
estará en camino, pero me temo que tu padre es quien conduce —
respondió
David con un suspiro—. No me mires así, hombre, que no es culpa mía. Con el
traje que le has comprado, resulta imposible meterla en ese coche sin quitárselo
primero, y como comprenderás, no hubiera resultado demasiado
correcto
que apareciera así ante los invitados.
A
Tom no le hizo ni pizca de gracia aquel comentario, mientras que Georg
y
Kate, por el contrario, tuvieron que morderse los labios para no echarse a
reír,
con lo que se creó un ambiente bastante tenso.
—Mi
padre está ya medio ciego por culpa de las cataratas. Es una
temeridad
que conduzca —observó Tom fríamente.
—Entonces
vamos a llamar rápidamente a la policía. Es una oportunidad
inmejorable
para que le retiren la licencia de conducir de una vez —dijo David.
Georg
no pudo contener más la risa.
—Perdónenme,
pero es que me estaba imaginando la escena: todos los
invitados
de la boda acudiendo a la cárcel para convencer a los policías de que lo
pusieran en libertad...
Kate
se agarró del brazo de su hermano.
—Ahí
vienen —murmuró.
Efectivamente,
acababa de detenerse frente al edificio de la iglesia un
majestuoso
Lincoln conducido por Hank, que inmediatamente se bajó y ayudó a salir a Margo
del asiento trasero. El padre de Tom era como su hijo, alto y
delgado,
aunque le faltaban su feroz frialdad y sus maneras dominantes.
—¿Lo
ven? —comentó David jovialmente—. Ni huesos rotos, ni
abolladuras
ni nada. Han llegado sanos y salvos. Bueno, quizá Margo esté un
poco
pálida.
—No
es extraño —comentó Kate con una sonrisa maliciosa—. Debe ser el
terror
de pensar que dentro de unos momentos va a casarse con un loco.
—Yo
no estoy loco —exclamó David con expresión burlona, fingiéndose
muy
ofendido—. Sólo porque una vez llevé a mi novia a un antro de strip—tease masculino
no tienes derecho a afirmar eso...
—¿Cómo
dices? —preguntó Tom con fiereza.
Kate
sucumbió a la tentación de añadir leña al fuego.
—Sí,
uno de esos sitios donde los hombres se desnudan mientras las
mujeres
silban y aplauden. Es muy pedagógico.
Ella
jamás había estado en un lugar semejante, ni tenía intenciones, pero
no
tenía ningún reparo en hacerle creer lo contrario a Tom si ello lo hacía
perder
los estribos.
Tom
le lanzó una mirada insultante.
—Me
extraña que digas que es pedagógico, porque tú ni siquiera sabes lo
que
es educación.
—Eres
muy amable al decirme eso —respondió Kate sin dejar de sonreír.
Tom
no se molestó en replicar.
—Nos
vemos dentro —dijo entonces Georg agarrando a su hermana y
dirigiéndose
hacia la iglesia. Cuando estuvieron a una distancia prudencial, lanzó un
silbido—. ¡Madre mía! Nunca he visto discutir a dos personas como lo hacen ustedes.
—Me
odia —murmuró Kate, aparentemente fría y calmada, aunque por
dentro
estaba sufriendo lo indecible.
—Me
pregunto si Tom tendrá idea de lo que en realidad siente por ti —
dijo
Georg.
Kate
no contestó, pensando mientras ascendía por la escalinata de la
iglesia
en lo afortunada que era su amiga Margo.
DOS
La
boda fue tan bonita que Kate lloró de emoción. Sentada muy cerca
del
altar, escuchó las palabras que unían a David y a Margo para toda la vida, con
un profundo sentimiento de tristeza porque sabía que ella nunca tendría la oportunidad
de pronunciar aquellas mismas palabras. Para ella estaba vetada la felicidad de
unir su vida a un hombre que le correspondiera con su misma pasión.
En
un momento determinado, sin quererlo, se encontró mirando atentamente a Tom, de
pie junto a David en el altar. El siempre tomaba muy en serio aquellas
ocasiones, pero debía resultarle particularmente emocionante tratándose de
Margo, que había vivido con su padre y con él desde los diez años. Como si
hubiera notado su atenta mirada, Tom volvió la cabeza un poco y fijó sus ojos
negros en los suyos. Kate no tuvo tiempo para adivinar la expresión de su
mirada porque bajó enseguida la vista. Cada vez que miraba frente a frente a
Tom no podía evitar el sentirse incómoda.
Al
término de la ceremonia, los invitados se congregaron a la salida de la
iglesia
para arrojar el arroz de rigor sobre los felices recién casados. Margo
no
tardó en reaparecer con un vestido de viaje, acompañada por David, que
también
había cambiado su traje por unos pantalones y una chaqueta sport.
Aparecieron
nerviosos y felices, más alocados que nunca, sin dejar de mirarse.
Kate
tuvo la oportunidad de abrazar a Margo antes que desapareciera en
el
interior del coche.
—Que
seas muy feliz, cariño —le susurró emocionada.
—Lo
seré, te lo prometo. Mira al tío Tom, está mirando como si tuviera
ganas
de morder a alguien.
—Será
por mí, seguramente —comentó David echándose a reír—. Antes
de
la ceremonia cometí el tremendo error de confesarle que una noche
estuvimos
en un garito de strip—tease masculino.
—¡Pero
cómo se te ha ocurrido! —exclamó Margo, alarmada—. ¡Es capaz
de
matarnos!
—Sí,
pero antes tendrá que atraparnos —dijo David poniendo el coche en
marcha—.
adiós Kate, adiós tío Tom!
Y
salieron disparados de allí antes que el tío Tom tuviera tiempo de
decir
nada. Por supuesto, Kate fue incapaz de dejar de aprovecharse de la
situación,
y mirándolo con una sonrisa, dijo:
—¿Es
que pensabas aleccionar a la pequeña Margo respecto a lo que se
espera
de ella en su noche de bodas, tío Tom?
Él
le dirigió una mirada centelleante.
—Hubiera
sido mejor que hablaras tú con ella del particular, porque sin
duda
alguna me superas ampliamente en experiencia.
—Te
sorprendería conocer mis niveles de experiencia.
Tom
encendió un cigarrillo sin dejar de mirarla ni un momento a los ojos.
—A
propósito, Kate. Margo te invitó a pasar unos días en el rancho antes
de
la boda, ¿por qué te negaste a venir?
—Por
ti —respondió Kate sin vacilar—. Tú me echaste de Warlace hace
seis
años y me dijiste bien claro que no se me ocurriera volver nunca más.
Tom
se encogió de hombros, y hasta en aquel gesto desplegó toda su
fuerza
masculina concentrada.
—Unos
días después de la fiesta de la piscina, uno de los jardineros mató
una
culebra que andaba escondida en la caseta de baño.
—Fue
un detalle de tu parte disculparte en el momento de descubrirlo —
replicó
Kate, temblando de furia.
Tom
la miró con ojos tan fríos que parecían los de un muerto.
—Era
cierto que había una culebra, pero también que tú estabas desnuda
en
los brazos de aquel muchacho.
—Y
también tenía un susto mortal y no me daba cuenta de lo que hacía.
De
todas formas no importa, Tom. Puedes pensar lo que quieras, porque al fin
y
al cabo es lo que haces siempre, pasando por alto las evidencias.
—¿Por
qué te fuiste a trabajar a Chicago? —le preguntó él de pronto,
mirándola
intensamente a través de una nube de humo—. ¿Por qué no te
quedaste
en Pierre?
Kate
recibió aquella pregunta con sorpresa, porque no era propio de
Tom
ser tan directo. O por lo menos nunca lo había sido con ella. De pronto,
todo
pensamiento racional quedó borrado de su cerebro y se limitó a mirarlo,
extasiada,
comprobando, por enésima vez, hasta qué punto era atractivo.
—Chicago
es muy grande —se limitó a responder, sin apartar de él sus
grandes
ojos verdes.
—Efectivamente,
es grande.
Permanecieron
inmóviles durante unos cuantos segundos, y mientras él
iniciaba
un movimiento apenas insinuado de escrutarle el rostro, Kate notó que
las
piernas querían ceder bajo su peso.
—La
boda... ha estado muy bien —balbuceó con gran esfuerzo, en un
intento
desesperado por evitar que su corazón estallara bajo los efectos
incendiarios
de aquella mirada enigmática.
—Sí,
muy bien.
—Se
fueron a Jamaica, ¿no? —agregó Kate ya casi sin aliento.
—Sí.
Papá y yo les hemos ofrecido el viaje como regalo de bodas.
—Disfrutarán
de lo lindo, seguro.
Aquella
situación era ridícula, sobre todo para ella, que en opinión del
director
de su periódico era una maga de las palabras. Mientras tanto, Tom
seguía
mirándola a los ojos como si una fuerza superior le impidiera hacer otra cosa.
Kate empezó a pensar que aquello era una locura, pues ella misma sabía que
aquel hombre era su peor enemigo.
—Has
cambiado —dijo él al fin—. Te veo más sentada, más madura. ¿Qué
haces
exactamente en el periódico?
—Me
ocupo de la sección de política.
—¿Te
gusta?
—Sí,
es muy emocionante. Sobre todo en época de elecciones. Uno
siempre
se ve metido en el trasiego, por muy neutral que se considere al
principio.
De todas formas, estoy convencida de que yo soy de mal agüero para los
candidatos —añadió con una sonrisa—, porque los míos siempre pierden.
Tom
siguió mirándola sin corresponder a su sonrisa, llevándose el
cigarrillo
a los labios, mientras Georg, que se encontraba un tanto apartado de ellos, se
paseaba de un lado a otro sin descanso. No era normal que Tom y
Kate
hablaran más de cinco minutos seguidos sin tirarse los trastos a la
cabeza.
Tom
arrojó el cigarrillo al suelo y lo aplastó concienzudamente con la
punta
de la bota.
—Georg
y tú regresan esta misma noche, ¿verdad? —preguntó mirándola
fijamente.
Kate
asintió.
—No
tenemos más remedio. Mañana a primera hora tengo que hacer una
entrevista.
—Kate,
ese muchacho...
—Yo
nunca te he mentido; Tom —susurró ella.
De
pronto se operó un cambio en la expresión de Tom, como si algo se
hubiera
desencadenado en su interior.
—Ninguna
mujer pronuncia mi nombre como tú, Kate —murmuró entre
dientes.
Kate
tuvo que concentrarse para no lanzarse en sus brazos en aquel
instante
y besarlo. Pero se limitó a quedarse allí, parada, mirándolo con los ojos llenos
de lágrimas que eran el resumen de tantos años de deseos vanos... ¿Es que nunca
se agotaría el deseo que la empujaba hacia él? Lo conocía desde hacía mucho tiempo,
y Tom jamás la había tocado, ni la había besado, aunque si lo había hecho
repetidas veces en los sueños febriles de Kate.
Pero
Tom nunca la besaría ni la tocaría.
—Tengo
que marcharme —dijo Kate tristemente.
—Yo
también —declaró él con un suspiro—. Mañana tengo que tomar el
tren
para Nueva York. Tengo allí una reunión para hablar de compras de
ganado.
Kate
recordó con una sonrisa que no tomaba el avión porque nunca se
había
sentido seguro viajando por aire. De hecho, solamente iba en avión
cuando
se trataba de un asunto de vida o muerte.
Lo
siguió mirando unos segundos sin hablar, sabiendo que ahora que
Margo
se había casado era muy posible que no volviera a verlo nunca más.
Nunca
más... sólo de pensarlo sentía escalofríos.
La
tristeza que la asaltó como una oleada debió reflejarse en su rostro,
porque
de pronto Tom la miró preocupado.
—¿Te
ocurre algo? —preguntó con voz suave.
—No,
nada. Bueno, nos tenemos que ir.
—Si
tú lo dices...
—Sí
—respondió Kate sonriendo y encogiéndose de hombros.
Tom
ya no le dijo nada más y se volvió hacia Georg.
—Yo
voy a Chicago de vez en cuando —dijo inesperadamente.
Kate
buscó su mirada, muerta de ansiedad.
—¿Ah,
sí?
—Alguna
noche, si quieres, puedo pasar a buscarte para que cenemos
juntos.
Kate
realizó un tremendo esfuerzo para que no se trasluciera su
entusiasmo,
pero no lo consiguió.
—Me
encantaría —susurró.
—A
mí también —respondió Tom recorriendo su cuerpo con una mirada
cálida—.
Tú has estado fuera de mi alcance durante mucho tiempo, Kate. Pero
ahora
que Margo ya no está se acabaron las barreras.
—¿Cómo?
—preguntó Kate sin comprender.
Tom
se echó a reír con una risa extraña, que no tenía nada de alegre.
—Ya
hablaremos de eso en otra ocasión. Dime, ¿está tu número de
teléfono
en la guía?
—Sí.
Vivo en los apartamentos Carrington.
—¿Quieres
que te lleve en el coche al aeropuerto? —preguntó
dirigiéndose
a Georg, que seguía por allí cerca sin intervenir.
—No,
gracias —respondió él acercándose sonriente—. Tenemos un coche
de
alquiler.
—De
acuerdo. Me alegro mucho de haberte visto, Georg —respondió Tom
extendiendo
la mano. Después de estrechársela a su hermano, se volvió a Kate
con
una sonrisa muy especial—. Hasta la vista, Kate.
—Que
tengas buen viaje.
Kate
se quedó mirándolo marchar con el corazón en los ojos.
—Si
se da cuenta de cómo lo miras, el juego se habrá terminado —le dijo
su
hermano riendo y tomándola del brazo—. Anda, baja de las nubes. Tenemos que
darnos mucha prisa si queremos abordar ese avión.
—Ah,
sí.
—Dime,
Kate, ¿de qué estaban hablando tan interesados?
—Algunas
veces va a Chicago por asuntos de negocios... ¡Oh, Geo, me ha
dicho
que quiere llevarme a cenar algún día!
—¡Horror!
—exclamó Georg poniendo el coche en marcha—. Ten mucho
cuidado,
Kate.
—¿Por
qué?
—Me
parece increíble que no te des cuenta. ¿No ves que ahora que
Margo
se ha casado tiene el camino libre contigo? ¿O es que no sabes que le
has
gustado desde siempre?
—¿Yo?
—¿Pero
quién va a ser si no? ¿No estamos hablando de ti? Tom te ha
mirado
siempre como si estuviera a punto de devorarte. De no haber sido
porque
Margo y tú eran tan amigas, ya te habría seducido hace años.
—No
puede ser...
—Claro
que es así, Kate, como te lo estoy diciendo. Mira, yo soy un
hombre
y conozco la mentalidad de los hombres. Ahora que Margo se ha
casado,
Tom se siente libre para perseguirte. Sí, perseguirte, tal y como te lo
digo.
Y otra cosa; por mucho que le insistas jamás creerá lo que le cuentes
acerca
de Gerald. A Tom se le ha metido en la cabeza que tú eres una mujer
liberada
de la ciudad, y no una inocente chica soltera del pueblo, así que ya
puedes
andarte con cuidado. He oído infinidad de historias acerca de ese
hombre,
y las creo todas. Tom sí que es un hombre maduro y experimentado,
te
lo seguro; ha estado con infinidad de mujeres.
—Pues
a mí Margo me contaba que nunca llevaba a nadie a su casa.
—¡Es
natural! No iba a estar con sus amiguitas estando Margo por allí.
¡Ya
sabes lo anticuado que es en lo tocante a la educación de las mujeres, la
liberación
femenina y todo eso!
—
Sí, claro que lo sé.
—Pues
entonces grábate esto bien en la cabeza: Tom no es de los que
van
por ahí con la intención de casarse. Ya sé lo que sientes por él, Kate, pero
no
dejes que los sentimientos te oculten la verdad; lo único que él busca es
pasar
un buen rato y satisfacer sus necesidades. Cuando se case, si es que
alguna
vez se casa, lo hará seguramente con Barbara Dugan, pura y
simplemente
porque su padre es el dueño del rancho contiguo al suyo. El Doble D es una
propiedad enorme, y la chica no está nada mal, esa es la verdad.
Kate
sintió que su entusiasmo cedía paulatinamente, dejando paso a una
angustia
difícil de soportar. ¿Cómo iba a tener la fuerza de voluntad suficiente
para
decirle que no a Tom si la invitaba a salir? Lo amaba tanto que unas
cuantas
horas en su compañía le habrían bastado para satisfacer a su
hambriento
corazón durante años.
—Seguramente
tienes razón, Geo —asintió mirando tristemente a su
hermano—.
¿Pero no crees que es posible que sienta algo por mí?
—Es
posible. Pero no olvides la truculenta historia de su madre; es el
recuerdo
de su madre lo que lo hace ser así con las mujeres. Sería incapaz de
casarse
con una mujer con la que se hubiera acostado antes.
Kate
se sonrojó sin querer y fijó la vista en la carretera.
—Por
lo que me contaba Margo, su madre se acostaba constantemente
con
otros hombres. Y el pobre Hank se quedaba en casa sin hacer nada.
—La
abuela decía que era una mujer que tenía algo de salvaje, todo lo
contrario
de Hank, que era tranquilo y apacible, sin grandes ambiciones. Sin
embargo,
ella era incapaz de conformarse con lo que tenía y terminó huyendo
en
pos de sus sueños. Yo creo que al fin consiguió lo que quería, porque se casó con
un magnate del petróleo y vivió felizmente con él en Texas hasta su
muerte.
Pero Tom seguía odiándola por lo que habían pasado su hermano, su
padre
y él por su culpa, al tener que pasarse la vida ocultando sus deslices.
—Tienes
razón... es como si Tom pensara que todas las mujeres son
malas.
—Ya
sabes, Kate, no olvides nunca que es un hombre que jamás se deja
llevar
por sus sentimientos.
—No
lo olvidaré, Georg.
Georg
hizo un gesto como si fuera a decir algo más, pero en lugar de ello
esbozó
una sonrisa y le dio unas palmaditas en la mano.
—¿Quieres
que comamos algo antes de subir al avión? ¿Qué te gustaría?
—Calamares,
por ejemplo.
—¡No,
calamares no! Me gustaría algo más refinado.
Kate
suspiró.
—No
me digas más; lo que tú quieres es un solomillo con papas.
—No,
mujer, algo refinado. Una hamburguesa con papas.
—¡Está
bien! —exclamó Kate dándose por vencida—. Vamos para allá.
Georg
la mantuvo distraída en todo momento contándole anécdotas de su
loca
agencia de publicidad neoyorquina. Las más divertidas se referían a la
excentricidad
de sus clientes, como el magnate del jabón, que lo recibía
siempre—para
escuchar sus estrategias de la campaña publicitaria sumergido
en
un baño caliente de espuma, teniendo como fondo música de Mozart; o la
heredera
de la industria del chicle, que llevaba a sus cachorrillos a todas las
reuniones
para asegurarse de que los amados animalitos aprobaban también las campañas de
publicidad propuestas.
Georg
era el único miembro de su familia que quedaba, y Kate estaba
acostumbrada
desde muy pequeña a apoyarse en él ante la menor dificultad.
Por
eso se sentía en cierto modo culpable al rebelarse interiormente contra él
cuando
le hablaba con tanta crudeza de Tom. Quizá tenía razón, y lo que le
estaba
dando era un buen consejo, pero Kate habría preferido mil veces que
fuera
mentira. Era mucho más hermoso pensar que Tom había reparado por
fin
en ella después de tantos años y que quería que los dos juntos empezaran
de
nuevo. En cualquier caso eso era lo que ella quería creer, y actuaría en
consecuencia,
por muchas advertencias que le hiciera su hermano.
Cuando
llegaron a Chicago, se despidió de su hermano en el aeropuerto y
tomó
un taxi para su apartamento. No le sorprendía la sensación de soledad que la
invadió de inmediato, porque ya estaba acostumbrada a sentirse así cada vez que
veía a Tom y tenía que separarse de él. Lo deseaba con toda su alma.
¿Sería
tan peligroso como su hermano decía tener una aventura con él?
Al
pensar en ello le pareció oír una vez más las duras recriminaciones de
su
padre. No, gritaba, su hija no iba a convertirse en una mujer de esa índole,
de
eso se encargaría él. Y hablaba constantemente de permisividad, de las
enfermedades
de la sociedad moderna, aterrorizándola con el peligro de tener un hijo no
deseado, hasta que envenenó de miedos y recelos la mente infantil de Kate.
Cuando Georg y ella llegaron a la escuela secundaria y se fueron a vivir con la
abuela Listing, todos sus impulsos más espontáneos estaban ya aniquilados.
Muchas veces Kate se preguntaba qué habría sido de su vida si su madre no se
hubiera marchado nunca. Según su padre, su madre había sido igual que la madre de
Tom, y juraba y perjuraba que Kate no era hija suya, pero ella se refugiaba en
la certeza de su extraordinario parecido con su hermano y trataba de no pensar
demasiado en ello. De todas formas, aquella parte de su vida pertenecía al
pasado, y rememorarla sólo servía para volver a vivir las pesadillas.
Kate
se metió en la cama, adormilada de cansancio, preguntándose si
Georg
tendría razón al afirmar que Tom la había deseado durante años. Se
sonrojó
recordando la larga e insinuante mirada con que había recorrido su
cuerpo.
Aquella era la prueba de que ahora sí la deseaba. Y ella también lo
deseaba
a él, deseaba unirse a él y estar en perfecta unión, entre sus brazos,
sin
que nada los separara.
Se
volvió entre las sábanas, atormentada por nuevos deseos.
Si
Tom le hubiera creído ese día sin dar lugar a aquel malentendido...
Pero
quizá el conocimiento de la verdad lo habría disuadido, porque si Georg
tenía
razón en lo referente a sus intenciones, sin duda preferiría a una mujer
sofisticada,
y al saber que ella seguía siendo virgen la habría evitado.
Dándole
vueltas a aquel pensamiento, cerró los ojos y por fin consiguió
conciliar
el sueño.
HOLA!! BUENO BIENVENIDAS A LA NUEVA NOVELA ... YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO .. HASTA PRONTO Y ESPERO QUE LES GUSTE :))
Me encanto virgi, huyy pobre Kate,ojala Tom la tome en serio y se de cuenta de que ella esta enamorada de el.. espero el próximo cap..
ResponderEliminarSigueeeee
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