SIETE
Tom quiso alquilar un avión privado para volver con Kate a Dakota del Sur, con la intención de aligerar en la mayor medida posible las incomodidades propias de un viaje. Sin embargo, se vio obligado a desistir de la idea porque el médico le dijo que debido a su lesión pulmonar, Kate no podría volar hasta dos meses más tarde, por lo menos. —Pero si tú no puedes ni ver los aviones —exclamó Kate cuando fue al hospital para contárselo. Tom se encogió de hombros. —Por mí no importaba, me hubiera aguantado, pero el médico me dijo que tú todavía no puedes viajar en avión. —Pero si solamente tengo una costilla... —Y también parte del pulmón —la interrumpió Tom—. Al final he optado por alquilar un autobús; uno grande, para que vayas cómoda. Papá irá a recogernos a Pierre con el Lincoln, y yo enviaré a alguien a Chicago para que se lleve mi Mercedes de vuelta. —Te estás molestando demasiado. —No te vendrá mal un poco de mimo. —Tiene ironía que seas tú precisamente el que se dedique a mimarme ahora. —Sí, somos viejos enemigos, Kate. Pero tampoco olvides que hubo una época en la que éramos amigos. Kate recordó con una sonrisa. —Entonces tú eras muy amable conmigo. —Tú eras la única amiga de Margo, debes darte cuenta que eso complicaba bastante las cosas, quizá más de lo que puedes imaginarte. —Sí. Tú no te sentías con libertad para seducirme mientras Margo estuviera por allí. Tenías que dar buen ejemplo a tu sobrina, ¿verdad? En cuanto lo soltó, Kate se arrepintió de haberlo dicho. Pero Tom no perdió la paciencia; todo lo contrario, la miró con gesto indulgente. —Lo dices como si yo fuera un ser frío y calculador, sin sentimientos. Kate, yo te deseaba mucho, es verdad, pero incluso entonces, si tú me hubieras rechazado, yo no habría insistido más. De todas formas, no me imaginaba que cuando llegara la ocasión tan esperada yo iba a perder el control. Luego perdí la cabeza en cuanto te besé por primera vez en el coche. —Me imagino que eso le pasará a todo el mundo de vez en cuando. —A mí no, Kate. Era la primera vez que me veía así.
—Ah. Tom la miró con el ceño fruncido. —¿No te ha contado nadie que un hombre puede perder la cabeza cuando la mujer que está con él responde sin contenerse? —A mí nadie me ha hablado de esas cosas. Pero he leído muchos libros... —Me parece que tú y yo vamos a tener una larga conversación un día de estos, Kate. Tienes que enterarte de una vez de que las mujeres tienen la capacidad para disfrutar del sexo tanto como los hombres. —¡Eso no es verdad! —exclamó Kate, recordando la frustración y los deseos insatisfechos de su única noche. —La primera vez, no desde luego. Ni tampoco cuando el hombre sólo piensa en su propio placer y no da nada a cambio. Para tu información, te diré que yo no soy un hombre egoísta. Viendo que la conversación se salía de los límites de lo conveniente, Kate decidió cambiar de tema, y lo hizo sin ninguna transición . —Oye, Tom, ¿cuándo van a permitirme salir de aquí? ¿Lo sabe Georg? —No quieres seguir hablando del tema, por lo que veo —murmuró Tom—. Está bien, por esta vez te saldrás con la tuya. Tu médico dijo que podrás salir el próximo viernes por la mañana, si sigues evolucionando como hasta ahora. Ese día se cumplen diez desde que te ingresaron, lo que según el doctor es un récord de permanencia corta tratándose de una herida de bala. —Estoy harta de pasarme el día en la cama —se quejó Kate con un suspiro. —Pues no pienses que vas a poder subirte a los árboles en cuanto salgas del hospital. No podrás hacer ejercicios violentos hasta que tengas la costilla curada, y eso tardará cinco semanas más por lo menos.
Georg los acompañó al rancho solamente para asegurarse que su hermana se quedaba bien. Sin embargo, Kate intuía que Tom en el fondo se alegraba de llevar aquella compañía. Cuando llegaron al fin a Pierre, después de un día de viaje con pocas paradas para comer y descansar, Hank Kaulitz ya los estaba esperando, y Tom la sacó del autobús y la llevó hasta el coche en brazos. —Había olvidado lo grande que es Warlace —comentó Georg cuando se adentraron en el camino de tierra que conducía a la casa. Por el campo se veía pastar al ganado, repartido en la inmensa llanura. —Pues a mí se me hace mucho más grande todavía cuando no está Tom —dijo Hank, que conducía el Lincoln—. Siempre hay algún problema que resolver. Por cierto, hijo, todavía no te he dicho lo peor. Chuck Gray se marchó ayer. Tom le dirigió una mirada furibunda a su padre. —¿Qué? ¿Por qué? —Me dijo que te dijera que ya estaba harto de acorralar nuestros malditos toros. No sé si se acuerdan que todos los años acorralamos el ganado —dijo dirigiéndose a Georg y Kate, que lo escuchaban desde el asiento de atrás— . Siempre que lo hacemos alguien resulta pisoteado o coceado, y esta vez le tocó a Chuck. Se ha ido a trabajar a un rancho de Montana. En aquel momento detuvo el coche, porque había llegado, y Tom no pudo disimular su enfado. —¡Maldita sea! Era el mejor capataz que he tenido nunca. —Pues en ese caso deberías haberlo dejado trabajar con los caballos en vez de obligarlo a dedicarse a los toros, como yo te dije. Si me hubieras hecho caso... —Claro que te hice caso, maldita sea, y por eso ocurrió este desastre. ¡Tú fuiste quien me aconsejó que pusiera a Chuck a trabajar con los toros! Hank se encogió de hombros. —Bueno, ¿y entonces por qué me hiciste caso? —¿Por qué diablos no tomas un barco y te marchas a Tahití, como siempre estás diciendo que vas hacer? —Pero hijo, si me fuera, ¿quién iba a cuidar de ti? Kate ya no pudo más y se echó a reír, pero cuando Tom le dirigió una mirada centelleante, no tuvo más remedio que contenerse. —Lo siento... es que estaba pensando en cosas mías. —Sí, seguro. Entonces Tom bajó del coche, la hizo salir a ella y la levantó en brazos, á pesar de sus protestas, mientras Hank y Georg recogían el equipaje del maletero. —¡Janet! ¡Abre la puerta! —gritó a pleno pulmón, atrayendo la mirada de dos vaqueros que trabajaban en el corral. —¡No grites tanto, que con esa voz tuya, vas a romper los cristales! — gruñó la vieja señora apareciendo por la puerta principal—. Buenas tardes, Kate, me alegro de verte. En cuanto a él no quiero hacer ningún comentario. Ahora que ya me había acostumbrado a la paz y la tranquilidad del rancho, vuelve otra vez. Apuesto lo que sea a que ya se ha peleado varias veces con su padre y que viene dispuesto a amargarnos la cena...
con el asado tan bueno que he preparado.
—¡Estás despedida! —rugió Tom entre dientes. —Puedes decir lo que quieras, porque no me pienso marchar. ¡Cierra la boca y deja de darme órdenes, jovencito! ¡Para que te enteres, yo te ponía los pañales cuando eras un renacuajo! —¡Por el amor de Dios, Janet, deja de recordármelo! —replicó Tom, entrando con Kate en el vestíbulo—. Pero, ¿qué demonios pasa? ¿Es que no hay una luz en el vestíbulo? —¡No me gusta despilfarrar! ¡Y ten cuidado, no tropieces y se vaya a caer la señorita Kate! Tom murmuró algo entre dientes que Janet no alcanzó a oír, pero que hizo que Kate se sonrojara. Después la condujo por un pasillo del piso bajo a una de las habitaciones de invitados, dos puertas más allá de su propia habitación, o por lo menos la que Kate imaginaba que seguiría siendo su habitación. —Ahora apenas utilizamos el segundo piso —le dijo Tom dejándola sobre la cama—. En invierno hace un frío de muerte, y, además, Janet ya no está para andar subiendo y bajando escaleras cuando tiene que limpiar. Siempre procuramos lo mejor para ella, porque tiene las piernas muy delicadas, aunque a veces se merecería que la fusiláramos. —Si hicieras eso seguro que la echarías de menos —observó Kate. Tom se acercó y le tomó la cabeza entre las manos. —¿Qué tal va esa costilla? —Me duele un poco —respondió Kate, ensimismada en la contemplación de su rostro. Sin darse cuenta, al sentirse observado, Tom esbozó una suave sonrisa. Todavía no había comprobado bien lo excitante que podía llegar a ser el hecho de que Kate lo amara. Se acercó mas; Por un momento sus alientos se entremezclaron. Kate entreabrió los labios, y Tom se dio cuenta de que estaba loco por besarla; resultaba emocionante sentir la respuesta inmediata de ella. Pero no la besó, porque no era para eso para lo que ella estaba allí. Bruscamente se apartó, frunciendo el ceño. —Descansa un poco antes de la cena. Yo tengo que ir con mi padre para que me cuente lo que ha pasado en mi ausencia. Mientras tanto, Georg puede hacerte compañía. —Sí. Aunque tampoco hay ninguna necesidad de que alguien esté divirtiéndome —contestó Kate con una sonrisa—. Pero dime, ¿siguen gustándote las novelas de misterio? —Sí.
—A mí también me gustan. ¿Podrías prestarme algunas para leerlas mientras estoy aquí? —Sí, claro. Además, compré muchas nuevas desde la última vez que estuviste aquí. Puedes tomar las que quieras. —Janet dice que uno de tus hombres quiere verte —anunció Georg, entrando en aquel momento con la maleta de Kate—. Es para algo de un cable que no han recibido. —Estupendo —murmuró Tom para sí—, falto unos cuantos días en el rancho y cuando vuelvo me lo encuentro todo patas arriba... Cuando estuvieron solos, Georg miró a su hermana con una sonrisa, y dijo: —Cómo en los viejos tiempos, ¿verdad? Parece que desde que Margo se casó, Tom ha recuperado su antiguo temperamento. Kate no comentó nada a eso, y en cambio le hizo una seña para que se sentara a su lado. —Quédate un rato conmigo, anda, Geo, y cuéntame alguna anécdota nueva de tu trabajo. Georg empezó a hablar con la elocuencia que lo caracterizaba, y cuando quiso darse cuenta de que su hermana no contestaba a nada de lo que decía, pudo observar que se había quedado dormida recostada en los almohadones de la cama. Georg la miró un momento, preocupado. Últimamente su hermana la había pasado muy mal, y a él no le parecía acertado que hubiera aceptado la invitación de Tom para ir al rancho. Pero al fin y al cabo, él nada podía decir, porque nada sabía, y las relaciones de Kate con Tom seguían siendo un misterio.
OCHO
Georg se quedó solamente un par de días y después tuvo que volver a Nueva York a trabajar, Al principio, Kate se sentía un poco sola, pero enseguida Janet sacó tiempo de sus tareas para charlar con ella de vez en cuando. Tom se las arreglaba siempre para llegar o demasiado pronto o demasiado tarde a las comidas, y generalmente ella comía con Hank y Janet. No sabía si aquel peculiar horario de Tom sería fruto de la casualidad o de alguna estratagema suya, pero el caso era que se había estado comportando de una manera un poco rara desde su llegada al rancho, como si en el fondo se arrepintiera de haberla invitado. Kate, al haber advertido una cierta tensión, procuraba a su vez no cruzarse demasiado en su camino. De todas formas, sabía que Tom no podía disponer de demasiado tiempo libre en el otoño. Sus hombres y él se pasaban todo el día ocupados trasladando el ganado a los pastos de invierno, vendiendo becerros, cambiando vaquillas, arreglando las cercas... en una palabra, solucionando los múltiples problemas que planteaba la cría de ganado con el paso de una estación a otra. El médico de Chicago de Kate les había recomendado que la visitara el médico de Tom cuarenta y ocho horas después de su llegada a Dakota del Sur para asegurarse de que el viaje no había repercutido negativamente. Así que el doctor Wright examinó a Kate y le dijo que su costilla se estaba curando perfectamente. Todavía tenía algunos dolores, pero mucho menos fuertes de los que la habían atormentado durante los primeros días. Antes de abandonar el hospital le quitaron los puntos, y afortunadamente, el cinturón especial que le pusieron en las costillas no le causó molestias ni en la herida ni en la zona donde había llevado el drenaje. Le dijeron que tenía que volver a hacerse unas radiografías cuando se cumplieran cuatro semanas desde la intervención y que podía prescindir del cinturón para las costillas en cuanto notara mejoría. Cuando ya llevaba una semana en el rancho, un buen día, Tom se presentó de improviso en la habitación de Kate, cuando ella estaba viendo la televisión cómodamente instalada en una butaca. Venía de trabajar, vestido con unos pantalones vaqueros viejos, una camisa gruesa de cuadros y las botas todavía polvorientas del camino. Él sonrió al verla con el camisón rosa y con los pies descalzos. —¿Viendo la televisión? —preguntó.
—Sí —contestó ella con una sonrisa—. Me encuentro muy bien, y no me aburro nada, así que no tienes que perder el tiempo entreteniéndome. No quiero que te preocupes. Tom se quedó maravillado de que, una vez más, Kate antepusiera su comodidad a la de ella. En aquellos días no le había importunado para nada; de hecho ni siquiera le había vuelto a recordar lo de aquellos libros que le pidió el primer día. Y no era sólo con él, sino con todo el mundo; casi se podía decir que no se notaba que ella estuviera en el rancho. De pronto, sin saber por qué, se sintió impaciente e irritado ante aquella falta de espíritu. —¿Es que no te cansas nunca de ser una santa? ¡Dios mío! ¡Sólo te falta la aureola! Kate se quedó sorprendida, pues no esperaba aquel ataque, por lo menos no tan pronto. Pensaba que hasta que no estuviera restablecida del todo no empezaría de nuevo con sus groserías de siempre, pero debía ser que su presencia en la casa le molestaba, porque reavivaba su sentimiento de culpa. —No debería haber venido —le dijo tranquilamente—. No has cambiado en absoluto, Tom; reconoce que no te gusta nada la idea de tenerme en tu casa —poniéndose de pie con cierto esfuerzo, agregó—: Siento mucho tener que pedirte esto, pero, ¿te importaría conseguirme un boleto para el primer autobús que salga para Chicago? Si no puedes, llamaré a Georg. Tom vio con alarma que la situación se le había escapado de las manos, y se dio cuenta de que antes de hacer aquel desagradable comentario, debería haber recordado el afán de Kate por no molestar. —Verás, Kate, estoy muy cansado, y cuando estoy cansado pierdo los estribos y tengo ganas de comerme a la gente. Y tú eres la primera víctima que he encontrado a mano. Cuando quiera que te vayas, te lo diré. La miró un poco intranquilo, dándose cuenta que debajo del camisón no llevaba nada, y eso le puso todavía más nervioso. —Perdona, pero es que yo había entendido que querías que me fuera. Tom exhaló un suspiró. Se acercó a ella y tomándola de los brazos, la hizo sentarse otra vez. Después se arrodilló delante de su silla y la miró a los ojos. —No sé si es que lo has olvidado, o que no lo sabes, pero yo soy un hombre muy difícil de tratar. Tengo un genio endemoniado, y no me ando con miramientos a la hora de sacarlo fuera. Si no aprendes a torearme un poco, la vas a pasar bastante mal mientras estés aquí.
—Tom, no quiero discutir. Me encuentro demasiado débil, echo de menos mi trabajo, y a mi hermano, y de pronto dispongo de mucho tiempo para pensar. —Desde que Georg se fue te has encerrado en ti misma, y yo no sabía si era porque te encontrabas sola o porque no tenías ganas de hablar con nadie. Mira, Kate, a mí me gusta estar solo, y esa es una costumbre difícil de cambiar. Si tienes necesidad de hablar, yo te escucharé, y si quieres estar conmigo, sólo tendrás que decírmelo. Kate se sonrojó de vergüenza. —No necesito la compañía de nadie, muchas gracias —repuso en un arranque de orgullo—. Lo único que necesito es alguien que me lleve al médico el viernes próximo para hacerme las radiografías. —Y yo que creía que era el único orgulloso —murmuró Tom—. Seguro que prefieres quedarte ahí sentada toda la vida antes que pedirme a mí que te lleve, ¿verdad? —Pues, sí, en efecto. Ya lo sabes. Hubo un silencio gélido, al cabo del cual, Tom dijo: —Bueno, ¿te importaría hacerme compañía un rato mientras reviso los libros de cuentas? Kate mantuvo la mirada fija en la pantalla del televisor. —Prefiero quedarme viendo esto, pero gracias de todas formas. Tom fue directamente al aparato y sin mediar palabra, lo desconectó. — ¡Tom! Actuando como si no la oyera, Tom la levantó con mucho cuidado en brazos, la sacó de la habitación y la llevó hasta su despacho. —Acabo de descubrir que tienes un carácter tan insoportable como el mío, y un orgullo que tampoco se queda atrás. Tú no estarás dispuesta a ceder ni un palmo, pero yo tampoco. Y no estoy dispuesto a que te encierres en esa habitación sin dejarme entrar. No te he traído aquí para ver cómo vegetas, ¿sabes? Diciendo aquello, la depositó en el sofá del despacho. Kate, que no tenía otro remedio, lo dejó hacer, aunque no podía disimular su sorpresa. —Yo creía que te gustaba estar solo. —Y yo también —contestó Tom, descubriendo al mirarla que le había crecido el pelo, y que lo tenía suave y brillante como siempre. —Pero necesito una bata...
—¿Para qué? Hank está en una partida de póquer con sus amigotes y Janet ya se ha ido a su casa a pasar la noche, así que estamos completamente solos. No te puede ver nadie; solamente yo. Kate se sonrojó vivamente. —¿No irá a entrarte la timidez ahora? Recuerda que no hay nada de ti que yo no haya visto. Ella se sonrojó aún más. —Perdóname, Kate. No sé cómo se me ocurrió decirte eso. Kate se sintió un poco mejor con la disculpa, sin embargo, seguía sin atreverse a levantar la vista. Aquel torpe comentario acababa de suscitar una avalancha de recuerdos penosos. Tom se sentó en el sofá, a su lado, con expresión contrita. —Creo que nunca he cometido una equivocación tan grave con una persona como la que cometí contigo. Ojalá me hubieras contado antes lo que te pasaba. Kate cruzó los brazos sobre el pecho. De pronto sentía frío. —Para mí resultaba muy doloroso hablar de ello. Mi padre era un desequilibrado. Nosotros lo sabíamos, pero éramos tan pequeños, Tom... No podíamos hacer nada, ni recurrir a nadie. Cuando murió, ya no había remedio, nos había dejado marcados psicológicamente. —¿Sólo psicológicamente? —inquirió Tom, recordando el relato de Georg acerca de las circunstancias de su muerte. —También físicamente. ¿No viste mis cicatrices aquel día en la caseta de baño? —¡La verdad es que aquel día la furia no me dejaba ver nada! Habría matado a ese mocoso. Kate le miró. No podía evitar el sentirse halagada por su indignación. —Pobrecillo. Sólo intentaba tranquilizarme. Ya sabes el miedo que me dan las serpientes. Tú te cegaste porque yo ya te había dado lugar a sospechas cuando estuve besándome con él en la piscina, mientras tú jugabas al ratón y al gato con la Dugan... Entonces Kate había tenido celos de Barbara. Con el corazón palpitante, Tom comprendió que aquello explicaba muchas cosas. —Di mejor que ella estaba jugando al gato y al ratón conmigo. A mí me gusta Barbara. Siempre me ha gustado —agregó apartándole un mechón de pelo de la cara—. No sé si te he comentado que ésta prometida con Hardy. —¿De verdad? Tom miró divertido el rubor de sus mejillas.
-Efectivamente. Así que si habías pensado que iba a casarme con ella, puedes irte desengañando. Supongo que me quedaré soltero. —Y en ese caso, ¿quién heredará Warlace? —Buena pregunta. Hasta hace unos pocos años no me he preocupado por tener hijos. Creo que al final no me quedará otro remedio que casarme, si quiero un heredero. —No creo que tengas problemas para encontrar una candidata —declaró Kate, rehuyendo su mirada. —¿Tú crees que no? —preguntó Tom pasándole un brazo por la espalda—. Soy rico, Kate. —¿Y qué quieres decirme con eso? —Lo que quiero decir es que no sé cómo voy a estar seguro de que no se casan conmigo por mi dinero. —En ese caso, deshazte del dinero. Regálalo. Tom sonrió. —No estoy tan desesperado como para llegar a esos extremos. —Entonces nunca podrás estar seguro. Kate lo miró largamente, pero pudo apartar los ojos de él antes que la traicionaran. Lo que no sabía era que Tom se había dado cuenta desde hacía bastante rato de que la estaba deseando. —¿Cuándo supiste que no estabas embarazada? —le preguntó repentinamente. —Una semana después —respondió ella sonrojándose. —Yo también me quedé preocupado. Y lo peor era que sabía que no ibas a querer hablar conmigo ni verme, así que tuve que inventarme una estratagema: llamé a tu hermano Georg y le conté una historia de que tenía que hablar con ustedes dos pero juntos, y asi lo hice ir a Chicago. De alguna manera tenía que enterarme de si estabas embarazada o no. —Pues ya ves, te preocupaste en vano —respondió Kate. —Tampoco es que estuviera preocupado. Sólo quería saberlo, nada más. —Pues yo no te lo habría dicho. —Pero yo me habría enterado más tarde o más temprano —respondió él mirándola a los ojos—. No me hubiera dado por vencido hasta saberlo. —¿Y si?... —¿Si hubieras estado embarazada? Yo creo que me conoces lo suficiente como para no tener que hacerme esa pregunta. —Te habrías casado conmigo —murmuró Kate.
—Un hombre con sentido del honor debe comportarse a la altura de las circunstancias cuando hay un niño de por medio. —Pues menos mal que no pasó nada —dijo Kate, que había cerrado los ojos y tenía la cabeza apoyada en el respaldo del sofá—. Detesto las bodas precipitadas, y, además, no estoy segura de querer tener un hijo. —¿Por qué? —Pues porque por su culpa los padres terminan por hacer locuras. —Tú no puedes juzgar a todos los padres del mundo por el tuyo. —¿Por qué no? Precisamente tú juzgas a todas las mujeres por lo que fue tu madre. Tom empezó a decir algo, probablemente para negar, pero al final se quedó callado. Hubo un silencio. —La verdad es que tienes razón. —Debes haber sufrido mucho. —¿Tú te acuerdas de tu madre? Kate negó con la cabeza, y su mirada se hizo repentinamente dura. —Sólo algunos detalles; la mayoría de lo que mi padre decía sobre ella. Era una fulana. Se fugó con otro hombre y nos abandonó a mi hermano y a mí. ¡Y mi padre me pegaba! Tom se estremeció al verla llorar. Con toda la suavidad del mundo, la hizo sentar sobre sus rodillas y la apretó contra su pecho. —Vamos, cariño. Kate lo abrazó con el único brazo que no le dolía y se refugió, llorando, contra su pecho cálido y palpitante. —Yo odiaba a mi madre, y todavía la sigo odiando. ¿Cómo pudo marcharse dejándonos? ¿Cómo fue capaz de abandonar a sus hijos? Tom le acarició el pelo muy despacio. —Yo tampoco entiendo a los padres, Kate. Mi madre se fue de casa un buen día, sin ninguna explicación, y Hank nunca intentó ir detrás de ella, o buscarla. Una vez le pregunté el porqué, y él me contestó que uno no puede obligar a una persona a quedarse, si ella ya no quiere estar con él. Al principio me resultaba imposible comprenderlo, pero con los años aprendí que tenía razón. En cierto modo, con su actitud, mi padre nos evitó mayores sufrimientos. —Nunca llegaste a perdonarla, ¿verdad? La mano con que la acariciaba se detuvo sobre su pelo.
—Cuando la vi en la cama, a punto de morir, a pesar de todo el dolor, sentí que seguía siendo mi madre. Sí, Kate, la perdoné. Esto no se lo he dicho ni siquiera a Hank. Kate escondió la cara contra su cuello, feliz de que se sintiera impulsado a contarle algo tan íntimo. —No creo que yo hubiera podido ser tan generosa —susurró—. Yo a mi madre no la perdonaré nunca. —¿Sabes dónde está? —preguntó Tom. —Nunca he tenido dinero suficiente como para iniciar su búsqueda. Pero aunque dispusiera de los medios, creo que no la buscaría. Geo y yo sufrimos terriblemente por su culpa. En tu caso, por lo menos Hank ha sido muy bueno contigo. —Eso es verdad. Aunque discutimos mucho, yo adoro a mi padre. —Lo sé —señaló Kate con una sonrisa. Era agradable abrazarla en el silencio de la casa, cuándo afuera, el viento de la noche comenzaba a enfriar la atmósfera. Teniéndola así, tan cerca, no podía dejar de pensar en el día en que la había tenido entre sus brazos completamente desnuda. Sus senos se oprimían contra su pecho, y debajo de la ligera tela del camisón notaba que sus pezones se volvían rígidos. Estaba excitada, tanto como él. La mano se le crispó entre sus cabellos sin querer. —¿Qué te pasa? —susurró ella. —Nada, Kate. Tengo que volver con mis libros. ¿Quieres leer un rato mientras tanto? —Sí, déjame una de tus novelas de misterio. Tom se levantó a tomar un libro de la estantería y se lo dio. —¿Quieres que te diga quién es el asesino? —Como te atrevas, te tiro el libro a la cabeza. —No creo que puedas con ese brazo que no puedes mover. Dime, Kate, ¿llevas puesto el cinturón para las costillas? —No, el médico me dijo que por la noche no hacía falta. —¿Te he hecho daño al traerte aquí? —No, no —respondió ella con una sonrisa, contenta de que se preocupara. Tom asintió y se sentó a la mesa con un lápiz y un cuaderno de notas delante. Kate permaneció un rato intentando leer, pero le resultaba imposible concentrarse teniendo a Tom delante con completa libertad para mirarlo a su gusto. Así que se quedó contemplándolo un buen rato, mientras hacía cuentas. De pronto se sonrojó vivamente, dándose cuenta que él la estaba mirando también con una expresión guasona.
¿Te diviertes, Kate? No tardó en arrepentirse de su comentario socarrón al ver lo ruborizada que se ponía. —Perdona, es que estaba distraída —dijo ella hundiendo la nariz en el libro. Tom quiso decir algo, pero la vio tan enfrascada en la lectura, que optó por callarse. Aquel camisón era la prenda más seductora que le había visto, con aquella tela tan fina, que insinuaba más que enseñaba. Solamente desnuda habría podido excitarlo tanto su vista. Kate encontró gran dificultad en concentrarse después de que Tom le dijera aquello. Estaba tan cohibida, que ahora no se atrevía a mirarlo ni siquiera fugazmente. En condiciones normales no se habría dejado vencer por la timidez con tanta facilidad, pero se encontraba débil, cansada, y atormentada por recuerdos involuntarios que se empeñaban en perseguirla. Cada vez que cerraba los ojos volvía a oír el silbido de las balas, y le parecía sentir el frío impacto del metal en su cuerpo, con aquel dolor insoportable. Se estremeció. Antes de aquel desgraciado incidente el trabajo de reportera le parecía apasionante, su sueño dorado hecho realidad. Pero ahora tenía miedo, miedo a lo que debería hacer a partir de entonces. Ella se daba cuenta de que lo ocurrido era un accidente que no sucedía más que una vez entre mil, y no obstante a eso sus nervios la traicionaban, como si estuvieran apunto de saltar en el momento más inesperado. Empezaba a ser consciente de que no era capaz de volver a la sección de sucesos, y eso significaba que si no quedaba ningún puesto libre en el periódico iba a quedarse sin trabajo. ¿Y qué iba a hacer ella sin trabajo? —¿Qué te ocurre? —le preguntó de pronto Tom. Kate no se había dado cuenta de que la estaba mirando, y se sobresaltó. —Nada. Estaba pensando en quién podía ser el asesino. —Sí, claro, con el libro al revés. Tom dejó el lápiz en la mesa con un suspiro y se acercó a ella. —Kate, no puedes pasarte la vida mirando hacia atrás. Ella rehuyó su mirada. —Sí, me doy cuenta. —Ya verás cómo cuando pase un poco el tiempo, todo te parecerá un mal sueño, y nada más. Kate dejó el libro y se levantó lentamente. —Creo que voy a mi cuarto. Estoy cansada, a ver si consigo dormirme. Tom la detuvo antes que hubiera dado dos pasos, asiéndola por los brazos. Kate sintió su cálido aliento en la frente.
—Cuéntame qué te pasa. Kate se puso rígida. —Estoy bien. No necesito confesar nada, gracias. —Yo también estoy acostumbrado a guardar mis problemas para mí y no contárselos a nadie. Las cosas que me preocupan nunca se las digo a nadie, y menos a Hank. Para mí es tan difícil como para ti, Kate, pero si te empeñas en rechazarme, nunca conseguiremos comunicarnos. —Te tengo miedo —dijo ella en voz baja. —Me doy cuenta; no estoy ciego. Y después de lo ocurrido tienes motivos de sobra para sentirte así. Tú bajaste la guardia conmigo, y yo te traicioné. Sé que te costará mucho olvidarlo —añadió estrechándola contra su pecho—. Ya te dije en el hospital que nunca he sabido ser tierno. Y es la verdad. Incluso me pasa con las mujeres, en la intimidad... No puedo dormir por las noches pensando en el daño que te hice. Desde que llegamos te he evitado, porque no quería acordarme... —Pero Tom, no fuiste tú quién disparó. —Sí, pero yo te coloqué frente a la ametralladora. Tú sólo querías huir. —En una ciudad como Chicago ser reportero de sucesos puede ser peligroso. Yo pensé que dedicándome a ello podría dejar de pensar en lo que pasó... Tampoco estaba cometiendo un suicidio consciente. —No puedes imaginarte lo culpable que me siento. —Tú no lo sabías —murmuró Kate mirándolo con los ojos húmedos—. Y yo te deseaba. —Yo también te deseaba —Tom se quedó mirándola fijamente y comenzó a acariciarle el pelo—. Dios me ayude, Kate, todavía te deseo. Kate sintió que su corazón empezaba a latir desesperadamente. Lo vio acercarse, con la mirada fija en sus labios, y se quedó sin aliento. —Kate. Ella se dejó besar, dejándose arrastrar por el exquisito placer de tenerlo cerca. Sentía su lengua dentro, y sus manos, que le acariciaban las axilas, deslizándose lentamente hacia sus senos. —Contigo es tan dulce... —murmuró Tom contra sus labios. Con sus dedos iba trazando el contorno de su pecho, infinitamente suaves, y sentía algo desconocido, nuevo para él. Era como una vibración que lo conducía lejos de la realidad. La excitación no le permitía a Kate articular palabra. Sus caricias encendían su pasión, y sólo podía desear que la siguiera tocando. Tom, conociendo su ansiedad, sonrió con ternura. Le sorprendía que Kate pudiera aceptarlo todavía después de lo ocurrido. El amor, pensaba, debe ser una fuerza muy poderosa, para impulsar a perdonar tanto. En aquel momento su único deseo era darle placer a ella, sin acordarse de él mismo. Kate intentó abrazarlo, pero al hacerlo, sintió una punzada de dolor en el brazo izquierdo que le impidió levantarlo. —No hagas eso —susurró Tom—. Todavía no estás en condiciones de mover ese brazo. —Tom... El la besó en los párpados. —Te abrazaré, pero no demasiado fuerte. No quiero hacerte daño en la costilla. Tom la rodeó con un brazo por la espalda, sujetándola, y después, mirándola intensamente, pasó la mano por encima de sus senos, cuyos pezones se hicieron inmediatamente visibles bajo la ligera tela. Kate apenas podía respirar por culpa de la excitación que le provocaba aquel roce insinuado. Apoyó la cabeza en su hombro, contemplando su expresión mientras seguía tocándola. —Yo nunca me había dedicado a estos juegos amorosos, pero ahora descubro que resultan excitantes. —Sí —contestó Kate tocándole ligeramente la mano con la que la estaba acariciando. —¿Sigues teniendo miedo de mí? —preguntó Tom mirándola a los ojos. —No, así no tengo miedo. Tom pasó repetidamente los dedos sobre sus pezones. —¿Te gusta? Kate temblaba. —Sí. —A mí también me gusta. ¿Sabes, Kate? Desde la noche que estuve contigo no he vuelto a tocar a una mujer. —¿De verdad? —preguntó ella, sintiéndose un poco avergonzada. —Me he pasado todas las noches sólo en mi cama, soñando contigo, con lo que me diste... Sus palabras se disolvieron en un gemido, y después en un beso, que aunque rebosaba de deseo, no podía ser más tierno. Al mismo tiempo que la besaba, con toda delicadeza, Tom fue posando la mano entera sobre su seno. Ella gimió; aquella era la pequeña consumación de lo anterior. Ella colocó la mano sobre la de él, sujetándola ahí. —Tom—gimió.
Él debió interpretar mal, porque dejó de tocarla inmediatamente. —Está bien, lo dejaré. —No, por favor. Y, venciendo la timidez, Tom volvió a colocar la mano donde la tenía. Pero se puso tenso, de pronto tenía la necesidad de protegerla. Kate rehuyó su mirada, sonrojándose. Entonces, volvía a rechazarla, tal y como había hecho la otra vez. Pero Tom la obligó a mirarlo asiéndola por la barbilla y le dijo: —Kate, yo te deseo. En este momento, lo único que quiero es acostarte en ese sofá, desnudarte y poseerte con toda la pasión que me está quemando por dentro —las imágenes que aquellas palabras evocaban lo hicieron estremecerse—. Pero no hay que olvidar que todavía tienes una costilla rota, pequeña Kate, y aunque hasta ahora he sido tierno y suave, no sé si podré seguir siéndolo, porque te deseo demasiado. Kate lo miró sin aliento, inundada también por el deseo. —¿Tú también estás deseando que te posea, verdad? A pesar de lo de la última vez... —Aquella vez estuve a punto de llegar, tan cerca, que casi podía tocar la culminación, pero de pronto todo terminó y yo ya no sentía nada. Tom la miró con incredulidad y tomó su cara entre las manos. —Dímelo otra vez. Repítemelo, Kate, por favor. —Pero si ya me has oído —contestó Kate, avergonzada. —Entonces, ¿no fue horrible? ¿Tú sabes lo que significó para mi orgullo que me dijeras que fue horrible? —No, Tom... yo no me refería... Lo que pasaba era que me sentía vacía. Fue una sensación como cuando estás a punto de alcanzar algo y de pronto te vuelve la espalda. Yo hubiera querido explicártelo, pero me parecía imposible. La verdad es que tampoco terminaba de comprender lo que me estaba ocurriendo. Permanecieron un momento en silencio, abrazados, ella disfrutando del momento sin querer pensar en nada más, y él maravillándose de la cantidad de sentimientos desconocidos que de pronto se agolpaban en su pecho: ternura, deseo, afán protector... y todo por una chiquilla como ella. —Estoy cansado, Kate. Y tú, aunque no lo estés, deberías estarlo. Voy a llevarte en brazos a la cama, y después yo también me acostaré. Los libros de cuentas pueden esperar hasta mañana, porque hoy ha sido un día largo, muy largo...
Kate se sintió vagamente decepcionada. Estaba tan bien acurrucada entre sus brazos... —Yo puedo ir sola —protestó—. No hace falta que me lleves. Haciendo caso omiso, Tom la levantó del suelo suavemente y la miró con una sonrisa. —Te voy a llevar en brazos porque quiero y porque me gusta...
NUEVE
Kate se durmió pronto, sin ningún problema, pero a mitad de la noche la despertaron brutalmente los silbidos de las balas a su alrededor, el estruendo de la ametralladora. Se incorporó de un salto en la cama, empapada en sudor. Debía haber gritado. No había pasado ni un minuto, cuando la puerta del dormitorio se abrió de golpe y Tom apareció en el umbral, con una expresión de alarma dibujada en el rostro. —¿Qué te pasa? ¿Ha sido una pesadilla? —Sí, la ametralladora —contestó ella ocultando la cara entre las manos— . ¡Oh, Tom! ¿Cuándo va a terminar esto? —Espero que algún día ni te acuerdes siquiera, Kate. Y ahora tranquilízate, vamos. Tom apartó las sábanas y se metió con ella en la cama. Fue un gesto natural, tenía que calmarla y no podía dejarla sola. Kate se acurrucó contra su pecho desnudo, pues Tom no llevaba más que los pantalones del pijama. Era delicioso sentir el contacto de su vello en la mejilla, y acariciarlo. —Por favor, Kate, no me toques así —mientras le decía aquello, la sacó de la cama; apagó la luz, cerró la puerta y la llevó a su habitación. —Hmmm... —preguntó Kate con voz soñolienta, sin darse cuenta de nada. —Que no me acaricies, por favor. Me estoy excitando. Kate soltó una carcajada, y dejó la mano quieta. —Ah, perdona. Kate suspiró complacida cuando Tom la depositó sobre su cama. Un momento después él también se deslizaba entre las sábanas a su lado. —Ven aquí —le dijo haciéndole apoyar la cabeza en su hombro—. Estate quietecita y deja de jugar con el vello de mi pecho y ya verás cómo te duermes enseguida. —Tom, yo nunca he dormido con nadie. —Eso no es verdad; has dormido conmigo. —Pero nosotros no dormimos. Tom lanzó un hondo suspiro. —Tienes razón, no dormimos. ¿Has conseguido asimilar ya ese punto negro de tu conciencia? —Un poco. Hubo un momento de silencio.
—¿Y no crees que te sería más fácil —agregó Tom muy despacio—, si nos casáramos? Hubo otro silencio. Kate se puso rígida. —Piénsalo, Kate. Así te acostumbrarás a la idea. —No quiero que te cases conmigo sólo porque te sientes culpable, Tom. El matrimonio ya es bastante complicado incluso cuando la gente se ama; figúrate cómo sería en nuestro caso, si entre nosotros no hay amor. —imagínate que te digo que estoy enamorado de ti —dijo Tom sacando a relucir casi inconscientemente su cinismo. —Imagínate que te digo que Warlace está en el Tibet —respondió Kate, cerrando los ojos y pensando lo maravilloso que sería oírlo decir eso sinceramente. —¿No estás cansada de vivir sola? —preguntó él, cambiando de táctica—. Podríamos vivir juntos, como amigos, sí es eso lo que quieres. —No, Tom, gracias por proponerlo, pero no creo que funcionaría. Tom no se esperaba una negativa tan rotunda. Estaba intentando por una vez hacer las cosas bien, ayudarla a superar aquel mal trago, cuidarla y compensarla por el daño que le había hecho. —Escucha, Kate; no sabes cuántas mujeres darían su brazo derecho por casarse conmigo, aunque sólo fuera buscando mi dinero. —Pues cásate con una de ellas. —La mayoría de ellas se negarían a prestarse a un matrimonio platónico. —Ya encontrarías alguna, entre tantas que se interesan por ti. —Yo no quiero otra mujer —respondió Tom, sorprendido por su propia sinceridad—. Si no puedo tenerte a ti, no tendré a ninguna. —No te comprendo. —La verdad es que yo tampoco me comprendo. Quizá es que me siento culpable... no sé. La verdad es que yo no voy por ahí seduciendo a mujeres vírgenes. Sé que te hice daño, y me duele recordarlo. Quizá estoy un poco obsesionado. —Ya lo superarás. —¿Y tú? ¿Lo superarás tú, Kate? ¿Podrás olvidar esa noche alguna vez en tu vida? —preguntó volviéndose hacia ella y tratando de distinguir su rostro en la oscuridad. —No, pero... —¿Desearás alguna vez que te haga el amor algún hombre que no sea yo? Kate contestó sin pensar, tajantemente. —No. No podría permitir que ningún otro hombre me tocara. Sólo tú.
Tom se sintió arder en la oscuridad. Aquello significaba que a pesar de todo, Kate continuaba deseándolo. —Sólo yo —murmuró besándole la frente y deslizando la mano por debajo de su camisón, hasta encontrar sus pechos, que ya estaban erizados de deseo—. Alguna vez conocerás conmigo lo que es la culminación del placer, aquello que estuviste tan cerca de alcanzar aquel día... —¡Tom! —Dios mío, Kate, qué suave eres. Me encanta tocarte, tu piel parece de seda —murmuró sin dejar de acariciarle los senos. Ella gimió, y con el brazo derecho se desabrochó los botones que quedaban cerrados. —Quiero verte, Kate. Quiero emborracharme de ti. Kate se puso a temblar al sentir su mirada ansiosa y sus manos. —Quédate quieta —susurró él inclinándose a tocar sus pezones—. No, no arquees el cuerpo hacia mi boca. Yo te daré todo lo que quieras sin que tengas que pedírmelo. Tom le pasó un brazo por la espalda e incorporándola con mucho cuidado, recorrió sus pechos con los labios. Al oír sus gemidos placenteros tuvo que contenerse para no llegar más allá. Todavía no podía poseerla; ella estaba demasiado delicada. Pero lo que sí podía era hacerle el amor así, con caricias suaves. Ella se estremecería de placer como nunca había hecho, y él sería el primer hombre en tocarla de aquella manera. Pero no había contado con que Kate lo acariciaría a su vez. Al sentir sus manos pequeñas y provocadoras, se dio cuenta que no tenía más remedio que detenerla antes que las cosas llegaran demasiado lejos. —Kate... creo que va a ser mejor que lo dejemos ahora. Ella se detuvo de inmediato, con un suspiro. —¡Qué pena! Ahora que empezaba sentirme tan a gusto contigo, Tom. —Yo me siento igual que tú, nena, pero tienes que comprender que no podemos hacer el amor hasta que tú estés curada. —No, claro, me imagino que no —contestó Kate sonrojándose. —Yo no podría contener mi pasión, Kate —reconoció Tom mientras le abrochaba los botones del camisón—. Ahora mismo estoy temblando como un chico de catorce años. —Entonces —susurró Kate, asombrada de su propia osadia.- ¿volveremos a hacer el amor?
—Sí, pero sólo si te casas conmigo —respondió Tom después de unos segundos de vacilación—.Si no, ni tú ni yo nos sentiríamos tranquilos con nuestra conciencia. Kate contuvo a duras penas las lágrimas. —Un matrimonio así no funcionaría, y tú lo sabes. —No lo pienses ahora, Kate. Dejemos que pase el tiempo, y él dirá. Ahora tranquilízate e intenta dormir. Yo me quedo aquí contigo. Kate se hizo un ovillo junto a él y se dejó llevar por el sueño. Durmió profundamente, y a la mañana siguiente despertó en su cama. Abrió los ojos poco a poco, atraída por un olor agradable. A su lado, sobre la almohada, Tom debía haberle dejado una hermosa rosa blanca. Aquella era la prueba de que la noche anterior pasada en brazos de Tom no había sido un sueño. Kate se levantó con una agradable sensación de bienestar; por primera vez, desde hacía semanas, se sentía fuerte de nuevo, con ánimos para afrontar lo que le deparara el día. El motivo de su alegría era que Tom le hubiera pedido que se casara con él, y aunque no fuera una declaración de amor precisamente, representaba el comienzo de algo. Cuando llegó al comedor, Hank ya se había marchado, pero allí estaba Tom, dando vueltas al desayuno frío en el plato. —Por fin apareces —dijo al verla—. Ya no sabía qué hacer con mi desayuno para seguir esperándote sin que Janet sospechara. Se miraron sonrientes. —¿Me estabas esperando? —¿A ti qué te parece? Tom se levantó, alargó la mano, y antes que Kate pudiera darse cuenta de lo que ocurría, la había tomado entre sus brazos y estaba besándola apasionadamente. —Buenos días —susurró Kate rozando sus labios. —Buenos días. ¿Has encontrado la rosa? —Sí, gracias. ¿Dormiste bien? —Al final sí. Primero estuve un buen rato en vela, mirándote. Espero que tu costilla se cure pronto, Kate, porque te deseo más que ayer. No vamos a tener más remedio que casarnos. Kate sintió una opresión de tristeza en el pecho. —Yo no puedo casarme contigo, Tom, ya te lo he dicho. —¿Por qué?
Se miraron a los ojos, y Kate dijo: —Tom, el deseo no es suficiente. Hace falta amor... —Pero tú me amas, Kate —dijo él tranquilamente—. Siempre me has amado. Kate contuvo el aliento y lo miró atónita. Pero, ¿qué se había creído? —Georg me lo contó todo justo antes que te llevaran al hospital. Incluso he visto las fotos que tienes de mí por todas partes. La reacción de Kate fue inesperada y espontánea. Completamente furiosa, se libró de sus brazos, sin pensar en lo que le dolía el costado ni en la expresión consternada de Tom. —Pero, ¿qué te pasa, Kate? No tienes por qué sentirte avergonzada. ¿Que no? Kate se sintió morir por dentro. Tenía la sensación de que sus pensamientos más íntimos habían sido vendidos, exhibidos en público, era como verse desnuda delante de una asamblea de desconocidos. Primero se sonrojó vivamente; después palideció, y por fin rompió a llorar. Tom intentó acercarse, pero Kate lo rechazó con una brusca sacudida. —¡No quiero que vuelvas a tocarme! ¡No necesito tu compasión, Tom! Dicho aquello, dio media vuelta y echó a correr como una loca por el pasillo. Llegó a su habitación y se encerró allí a llorar, tirada de bruces sobre la cama. Oyó confusamente que Tom llamaba a su puerta, gritando su nombre, y que se paseaba de un lado a otro del pasillo, pero no quiso abrirle. Lloró y lloró durante horas su amor no correspondido. Así pasó toda la mañana. Al cabo del tiempo, cuando se aseguró que Tom ya no andaba por allí, Kate se decidió a salir. Se sentó en el cuarto de estar, junto al ventanal,
CONTINUACION EN SIGIENTE PUBLICACION .... YA QUE COMO ESTOY AGREGANDO POR CELULAR PORQUE LA COMPU SE DESCOMPUSO . NO SE PUDO SEGIIR AQI .. VAYAN A LA SIGUIENTE 😁
Me encanto. voy a leer los próximos caps..
ResponderEliminarTom es ub tontooo
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