miércoles, 7 de septiembre de 2016

SIETE
 Tom quiso  alquilar  un avión privado  para  volver  con Kate  a  Dakota  del Sur,  con  la  intención  de  aligerar  en  la  mayor medida posible  las incomodidades propias  de  un  viaje.  Sin  embargo,  se  vio  obligado  a  desistir  de  la  idea  porque  el médico le dijo que  debido a  su lesión pulmonar,  Kate no podría volar hasta  dos meses más  tarde, por lo  menos. —Pero  si  tú no  puedes  ni  ver  los  aviones —exclamó Kate  cuando fue al hospital para contárselo. Tom se  encogió de hombros. —Por mí  no  importaba, me  hubiera aguantado,  pero  el  médico  me dijo que tú todavía  no  puedes viajar  en avión.  —Pero  si  solamente tengo una  costilla...   —Y también parte del pulmón  —la  interrumpió Tom—. Al  final  he optado por alquilar un  autobús; uno grande,  para  que  vayas  cómoda. Papá  irá a recogernos  a Pierre  con  el Lincoln, y yo  enviaré  a  alguien a  Chicago para  que se lleve  mi  Mercedes  de vuelta. —Te estás molestando demasiado. —No  te vendrá mal  un  poco  de  mimo. —Tiene  ironía que seas  tú precisamente  el que  se dedique a mimarme ahora. —Sí,  somos  viejos enemigos, Kate.  Pero  tampoco olvides que  hubo  una época  en la que éramos  amigos.   Kate  recordó  con  una sonrisa. —Entonces tú  eras muy  amable  conmigo. —Tú eras  la única  amiga  de Margo,  debes darte cuenta que  eso complicaba bastante  las cosas,  quizá  más  de  lo  que  puedes  imaginarte. —Sí.  Tú  no  te  sentías  con  libertad  para seducirme mientras  Margo estuviera  por allí. Tenías  que dar  buen ejemplo  a tu sobrina,  ¿verdad? En  cuanto  lo  soltó,  Kate  se  arrepintió  de  haberlo  dicho.  Pero  Tom  no perdió la paciencia; todo  lo contrario, la  miró  con gesto  indulgente. —Lo  dices  como  si yo  fuera un  ser  frío  y calculador,  sin  sentimientos. Kate, yo te deseaba mucho,  es  verdad, pero incluso entonces, si  tú  me  hubieras rechazado,  yo  no  habría  insistido más.  De  todas  formas,  no  me  imaginaba  que cuando  llegara  la  ocasión  tan  esperada  yo  iba  a perder  el  control.  Luego  perdí la cabeza  en  cuanto te  besé  por  primera vez en  el coche. —Me imagino  que  eso  le pasará  a todo  el mundo de  vez en  cuando. —A mí  no, Kate. Era la  primera  vez  que me veía así.
—Ah. Tom la  miró  con  el  ceño  fruncido. —¿No te  ha  contado  nadie que  un  hombre  puede  perder  la  cabeza cuando la mujer que está  con él responde  sin  contenerse? —A mí  nadie  me  ha  hablado  de  esas  cosas. Pero he leído muchos libros... —Me parece  que  tú  y  yo  vamos  a  tener  una  larga  conversación  un  día  de estos,  Kate.  Tienes  que  enterarte  de  una  vez de  que las  mujeres tienen  la capacidad  para  disfrutar del  sexo  tanto  como los hombres. —¡Eso  no  es  verdad!  —exclamó  Kate,  recordando  la  frustración  y  los deseos  insatisfechos de  su  única noche. —La  primera  vez,  no  desde  luego.  Ni  tampoco  cuando  el  hombre  sólo piensa  en  su  propio  placer  y  no  da  nada  a  cambio.  Para  tu  información,  te  diré que  yo no soy  un  hombre egoísta. Viendo  que  la  conversación  se  salía  de  los  límites  de  lo  conveniente,  Kate decidió cambiar  de  tema,  y lo  hizo  sin ninguna  transición  . —Oye,  Tom,  ¿cuándo van a permitirme  salir  de  aquí? ¿Lo sabe  Georg? —No quieres  seguir hablando  del  tema,  por  lo  que veo  —murmuró Tom—.  Está  bien, por  esta vez te saldrás con la  tuya.  Tu  médico  dijo  que podrás salir el  próximo  viernes por la  mañana,  si sigues  evolucionando  como hasta  ahora.  Ese día se cumplen  diez desde que te  ingresaron, lo  que  según el doctor es un  récord  de  permanencia  corta tratándose de  una  herida de bala. —Estoy harta  de pasarme  el  día en  la cama —se quejó Kate  con  un suspiro. —Pues  no  pienses  que  vas  a poder  subirte a los  árboles  en  cuanto  salgas del  hospital.  No  podrás  hacer ejercicios  violentos  hasta  que  tengas  la  costilla curada, y eso tardará cinco semanas más por lo menos.
 Georg los  acompañó al  rancho  solamente para  asegurarse que  su  hermana se  quedaba bien. Sin  embargo,  Kate  intuía  que Tom  en  el fondo se  alegraba de llevar  aquella compañía. Cuando llegaron  al  fin  a Pierre,  después  de un  día de viaje  con  pocas paradas para comer y  descansar,  Hank  Kaulitz  ya  los  estaba esperando,  y Tom la sacó  del autobús y  la  llevó  hasta  el  coche  en  brazos. —Había olvidado lo  grande que es  Warlace —comentó Georg  cuando  se adentraron en  el camino  de  tierra  que  conducía  a la  casa.   Por  el  campo se  veía  pastar  al  ganado, repartido  en  la  inmensa  llanura. —Pues  a  mí se  me hace  mucho más  grande  todavía cuando  no está Tom —dijo Hank,  que  conducía  el  Lincoln—.  Siempre hay  algún  problema que resolver. Por  cierto,  hijo, todavía no  te he  dicho lo peor. Chuck  Gray se marchó ayer. Tom le  dirigió  una mirada furibunda  a su  padre. —¿Qué?  ¿Por  qué? —Me dijo  que  te  dijera  que  ya  estaba  harto  de  acorralar  nuestros malditos  toros.  No  sé  si  se  acuerdan que  todos los  años  acorralamos  el  ganado —dijo  dirigiéndose a Georg  y Kate,  que  lo  escuchaban  desde el asiento  de  atrás— . Siempre  que lo hacemos  alguien resulta pisoteado o  coceado, y  esta  vez le tocó  a  Chuck.  Se  ha  ido a trabajar  a  un  rancho de Montana. En aquel  momento detuvo  el  coche,  porque  había llegado,  y  Tom no  pudo disimular su enfado. —¡Maldita sea! Era el  mejor  capataz  que  he tenido nunca.   —Pues  en  ese  caso  deberías  haberlo dejado trabajar  con  los caballos  en vez  de obligarlo a dedicarse  a  los toros,  como yo  te  dije.  Si  me  hubieras  hecho caso... —Claro que te  hice  caso, maldita sea,  y por eso ocurrió  este  desastre. ¡Tú fuiste  quien  me aconsejó  que pusiera a  Chuck a  trabajar  con los  toros! Hank se encogió de  hombros.  —Bueno,  ¿y  entonces  por  qué me  hiciste  caso?  —¿Por  qué diablos no tomas  un  barco  y te marchas  a Tahití, como siempre  estás diciendo que  vas  hacer? —Pero  hijo, si  me  fuera,  ¿quién  iba  a  cuidar  de ti?  Kate  ya  no  pudo  más  y  se  echó  a  reír,  pero  cuando  Tom  le  dirigió  una mirada centelleante,  no tuvo  más remedio que contenerse. —Lo  siento...  es  que  estaba  pensando  en  cosas mías.   —Sí,  seguro.   Entonces  Tom bajó  del coche,  la hizo  salir  a ella  y  la  levantó  en brazos, á pesar  de sus protestas,  mientras Hank  y Georg recogían  el  equipaje  del maletero. —¡Janet!  ¡Abre la puerta! —gritó  a pleno  pulmón,  atrayendo la mirada de dos vaqueros  que  trabajaban  en  el  corral. —¡No  grites  tanto,  que  con  esa voz tuya, vas a romper  los cristales!  — gruñó la  vieja  señora apareciendo  por la  puerta principal—.  Buenas  tardes, Kate, me  alegro  de  verte.  En cuanto  a  él no  quiero  hacer  ningún  comentario. Ahora  que  ya  me había acostumbrado a  la paz  y la tranquilidad  del rancho, vuelve otra vez.  Apuesto lo que sea a que  ya  se  ha  peleado  varias  veces  con su padre y que viene dispuesto  a amargarnos  la  cena...
con el asado  tan bueno que he  preparado.
—¡Estás  despedida! —rugió  Tom  entre dientes.  —Puedes  decir  lo  que  quieras, porque  no  me  pienso marchar. ¡Cierra  la boca  y  deja  de  darme  órdenes,  jovencito!  ¡Para  que  te  enteres,  yo  te  ponía  los pañales cuando  eras un renacuajo! —¡Por  el  amor de  Dios, Janet,  deja  de  recordármelo! —replicó  Tom, entrando  con  Kate  en  el  vestíbulo—.  Pero,  ¿qué  demonios  pasa?  ¿Es  que  no  hay una luz en  el  vestíbulo? —¡No  me  gusta despilfarrar!  ¡Y  ten  cuidado, no  tropieces y  se vaya  a caer la señorita Kate! Tom murmuró  algo  entre dientes que  Janet no  alcanzó  a  oír, pero que hizo  que  Kate  se  sonrojara.  Después  la  condujo  por un pasillo del  piso  bajo  a una de las habitaciones de invitados,  dos puertas más  allá de  su  propia habitación,  o  por  lo  menos la  que Kate  imaginaba  que  seguiría  siendo  su habitación. —Ahora apenas  utilizamos  el  segundo  piso  —le  dijo Tom dejándola sobre  la  cama—.  En  invierno  hace  un frío  de  muerte,  y,  además,  Janet  ya  no está  para  andar subiendo  y  bajando  escaleras  cuando  tiene  que  limpiar. Siempre procuramos lo  mejor  para ella, porque  tiene  las piernas  muy delicadas, aunque a  veces se merecería  que  la  fusiláramos. —Si  hicieras  eso  seguro  que  la  echarías de  menos —observó  Kate. Tom se  acercó  y le  tomó  la  cabeza  entre  las  manos.  —¿Qué  tal va  esa  costilla? —Me  duele  un poco  —respondió Kate,  ensimismada en la  contemplación de su rostro. Sin darse cuenta, al  sentirse  observado, Tom  esbozó una  suave  sonrisa. Todavía no  había comprobado bien  lo  excitante que podía  llegar a ser el hecho de  que  Kate lo  amara.  Se  acercó  mas;  Por  un momento  sus  alientos se entremezclaron. Kate entreabrió los labios,  y Tom se  dio cuenta de  que estaba  loco  por  besarla;  resultaba  emocionante sentir  la respuesta  inmediata de  ella. Pero no la besó, porque  no  era para  eso para  lo  que  ella  estaba allí. Bruscamente se  apartó,  frunciendo  el  ceño. —Descansa  un poco antes de  la  cena.  Yo  tengo que ir  con mi  padre para que  me  cuente  lo  que  ha  pasado  en mi  ausencia.  Mientras  tanto, Georg  puede hacerte  compañía. —Sí.  Aunque  tampoco hay ninguna  necesidad  de  que  alguien  esté divirtiéndome —contestó  Kate con  una sonrisa—. Pero  dime,  ¿siguen gustándote las  novelas de misterio?  —Sí.
—A mí  también me  gustan.  ¿Podrías  prestarme  algunas para  leerlas mientras estoy  aquí? —Sí,  claro. Además, compré  muchas  nuevas  desde  la última  vez que estuviste  aquí.  Puedes  tomar las que quieras. —Janet dice que  uno de  tus  hombres quiere  verte —anunció  Georg, entrando  en  aquel  momento  con  la  maleta  de  Kate—.  Es  para  algo  de  un  cable que  no  han recibido. —Estupendo —murmuró Tom  para  sí—,  falto  unos  cuantos días en  el rancho y  cuando vuelvo me lo  encuentro  todo  patas  arriba... Cuando  estuvieron  solos,  Georg miró  a  su  hermana  con una  sonrisa,  y dijo: —Cómo  en  los viejos  tiempos,  ¿verdad?  Parece que desde que  Margo  se casó,  Tom  ha  recuperado  su  antiguo temperamento. Kate no comentó nada a  eso,  y  en  cambio  le hizo una  seña para  que  se sentara  a su lado. —Quédate  un  rato  conmigo,  anda,  Geo,  y  cuéntame  alguna  anécdota nueva  de  tu trabajo. Georg empezó a hablar  con  la  elocuencia  que  lo  caracterizaba, y cuando quiso  darse cuenta de  que  su hermana no  contestaba  a nada de  lo que  decía, pudo  observar  que  se había  quedado dormida recostada en los almohadones  de la cama.  Georg la  miró un momento,  preocupado. Últimamente su  hermana  la había pasado  muy mal,  y a él no le  parecía acertado  que  hubiera  aceptado la invitación  de  Tom  para  ir  al  rancho.  Pero  al  fin  y  al  cabo,  él  nada  podía  decir, porque nada  sabía, y  las  relaciones  de Kate  con Tom  seguían  siendo  un misterio.

OCHO
Georg se  quedó  solamente  un  par  de  días  y  después  tuvo  que  volver  a Nueva York  a  trabajar,  Al  principio,  Kate se  sentía  un  poco  sola,  pero  enseguida Janet  sacó  tiempo  de  sus  tareas  para  charlar  con  ella  de  vez  en  cuando.  Tom se  las arreglaba siempre  para llegar  o demasiado  pronto  o demasiado  tarde  a las comidas, y generalmente  ella  comía  con Hank  y  Janet. No sabía si  aquel peculiar  horario  de Tom sería  fruto  de  la casualidad  o de  alguna estratagema suya,  pero  el  caso  era  que  se  había  estado  comportando  de  una  manera  un  poco rara  desde  su  llegada  al  rancho,  como  si  en  el  fondo  se  arrepintiera  de  haberla invitado.  Kate,  al haber advertido una cierta  tensión, procuraba a su  vez no cruzarse  demasiado en su  camino.  De  todas formas, sabía  que Tom no  podía disponer  de  demasiado tiempo libre en  el otoño. Sus  hombres y él se pasaban todo  el  día  ocupados  trasladando el  ganado a los pastos de  invierno,  vendiendo becerros,  cambiando vaquillas,  arreglando las cercas... en una palabra, solucionando los  múltiples problemas que  planteaba la cría de  ganado con el paso  de una  estación  a otra. El  médico  de  Chicago  de Kate  les había recomendado que la  visitara el médico  de  Tom cuarenta y ocho  horas  después  de  su  llegada a Dakota  del Sur para  asegurarse  de que el viaje  no había  repercutido negativamente. Así  que el doctor  Wright  examinó  a  Kate  y  le  dijo  que  su  costilla  se  estaba  curando perfectamente.  Todavía tenía  algunos  dolores,  pero mucho  menos fuertes  de los que la  habían  atormentado durante  los primeros días. Antes  de  abandonar  el hospital le  quitaron los  puntos,  y afortunadamente,  el cinturón  especial  que le pusieron  en  las  costillas  no  le  causó  molestias  ni  en  la  herida  ni  en  la  zona  donde había llevado  el  drenaje.  Le  dijeron  que tenía  que  volver a  hacerse unas radiografías cuando  se  cumplieran  cuatro semanas  desde la  intervención  y que podía  prescindir  del  cinturón para las  costillas  en  cuanto  notara  mejoría. Cuando ya  llevaba una  semana  en  el rancho, un buen día, Tom  se presentó  de  improviso  en  la  habitación  de Kate, cuando  ella  estaba  viendo  la televisión  cómodamente  instalada en  una butaca. Venía  de trabajar,  vestido con unos  pantalones vaqueros  viejos, una camisa  gruesa de  cuadros y las botas todavía  polvorientas del camino. Él sonrió  al verla con el  camisón  rosa  y  con los pies descalzos. —¿Viendo la  televisión? —preguntó.
—Sí  —contestó ella  con  una  sonrisa—. Me  encuentro muy  bien, y  no  me aburro nada, así que no  tienes  que  perder  el  tiempo entreteniéndome. No quiero  que te  preocupes. Tom  se  quedó  maravillado de  que, una  vez más,  Kate  antepusiera su comodidad a la de  ella. En aquellos  días  no le había  importunado  para nada; de hecho  ni  siquiera  le  había  vuelto  a  recordar  lo  de  aquellos  libros  que  le  pidió  el primer  día.  Y  no  era  sólo  con  él,  sino  con  todo  el  mundo; casi  se  podía  decir que no  se  notaba que ella estuviera  en el  rancho. De  pronto, sin saber por  qué,  se sintió  impaciente  e  irritado  ante aquella falta de  espíritu.   —¿Es que  no te cansas  nunca  de  ser  una santa? ¡Dios mío! ¡Sólo te falta la aureola! Kate  se quedó  sorprendida,  pues no  esperaba  aquel  ataque, por  lo  menos no  tan pronto. Pensaba que  hasta que  no  estuviera restablecida  del todo  no empezaría de  nuevo con  sus  groserías  de  siempre, pero debía ser  que su presencia  en  la casa  le  molestaba,  porque  reavivaba  su  sentimiento  de  culpa. —No debería  haber  venido  —le dijo  tranquilamente—. No  has cambiado en absoluto,  Tom;  reconoce  que no  te  gusta  nada  la  idea de tenerme  en  tu casa —poniéndose  de  pie con  cierto  esfuerzo, agregó—:  Siento mucho tener que pedirte  esto,  pero, ¿te importaría  conseguirme un boleto para  el  primer autobús que salga  para  Chicago?  Si  no  puedes, llamaré  a Georg. Tom vio con  alarma  que  la situación se  le  había escapado de  las  manos, y se  dio cuenta  de que  antes  de  hacer aquel desagradable comentario,  debería haber  recordado el  afán  de  Kate  por  no  molestar. —Verás,  Kate,  estoy muy cansado,  y cuando  estoy  cansado  pierdo  los estribos y tengo ganas de comerme a la gente. Y tú  eres  la  primera  víctima que he  encontrado  a  mano.  Cuando  quiera  que  te  vayas,  te  lo  diré. La miró un poco  intranquilo, dándose  cuenta  que debajo  del camisón  no llevaba nada, y  eso  le  puso  todavía más  nervioso. —Perdona, pero  es  que  yo había  entendido  que querías que  me  fuera. Tom  exhaló  un  suspiró.  Se  acercó  a ella y  tomándola  de  los brazos, la hizo  sentarse otra vez. Después  se  arrodilló  delante de su  silla y la miró  a  los ojos. —No  sé  si es  que lo has  olvidado,  o  que  no  lo  sabes,  pero  yo  soy  un hombre  muy  difícil  de  tratar.  Tengo un  genio  endemoniado, y  no me  ando  con miramientos  a  la  hora  de  sacarlo  fuera.  Si  no  aprendes  a  torearme  un  poco,  la vas  a  pasar bastante mal  mientras estés  aquí.
—Tom, no  quiero discutir. Me  encuentro demasiado débil,  echo  de menos mi  trabajo, y a  mi hermano,  y  de pronto dispongo  de mucho  tiempo para pensar. —Desde que  Georg se  fue  te  has encerrado  en  ti misma,  y yo  no  sabía  si era  porque te encontrabas  sola o  porque  no  tenías  ganas de hablar con  nadie. Mira, Kate,  a mí me gusta  estar  solo,  y  esa  es  una costumbre difícil de cambiar. Si  tienes  necesidad  de  hablar,  yo  te  escucharé,  y  si quieres  estar  conmigo,  sólo tendrás que decírmelo. Kate  se sonrojó de  vergüenza. —No necesito la  compañía  de  nadie,  muchas  gracias  —repuso en  un arranque  de orgullo—.  Lo único  que necesito  es  alguien que me lleve  al  médico el viernes próximo  para  hacerme  las radiografías. —Y  yo que  creía  que  era  el  único  orgulloso  —murmuró  Tom—. Seguro que prefieres quedarte  ahí sentada  toda  la  vida antes  que  pedirme a  mí  que  te lleve,  ¿verdad?   —Pues,  sí, en  efecto. Ya  lo sabes.   Hubo  un silencio  gélido,  al  cabo  del cual, Tom dijo:   —Bueno,  ¿te importaría hacerme compañía un  rato  mientras  reviso  los libros de  cuentas? Kate  mantuvo  la  mirada  fija  en  la  pantalla  del televisor.  —Prefiero quedarme viendo  esto,  pero gracias de  todas  formas. Tom fue  directamente  al  aparato y  sin mediar  palabra,  lo  desconectó. — ¡Tom! Actuando  como  si  no  la  oyera,  Tom la  levantó con mucho cuidado en brazos, la  sacó  de  la  habitación  y la llevó  hasta su despacho. —Acabo de  descubrir  que tienes un  carácter  tan insoportable  como  el mío,  y un  orgullo que  tampoco  se  queda  atrás. Tú  no  estarás  dispuesta a ceder ni  un  palmo, pero yo  tampoco.  Y no  estoy  dispuesto  a que  te  encierres  en esa habitación  sin dejarme  entrar. No te  he  traído  aquí  para  ver  cómo  vegetas, ¿sabes? Diciendo  aquello,  la  depositó en el  sofá  del  despacho.  Kate, que  no  tenía otro remedio,  lo  dejó  hacer, aunque no  podía  disimular  su  sorpresa. —Yo  creía  que te  gustaba estar  solo. —Y  yo también —contestó  Tom,  descubriendo al  mirarla  que le  había crecido  el  pelo, y  que  lo  tenía  suave y  brillante como  siempre. —Pero necesito una bata...
—¿Para qué? Hank  está  en  una partida de póquer  con sus  amigotes y Janet  ya  se  ha  ido  a  su  casa  a  pasar  la  noche,  así  que  estamos  completamente solos. No  te puede  ver  nadie;  solamente yo. Kate  se sonrojó vivamente. —¿No  irá  a entrarte  la  timidez  ahora?  Recuerda que no  hay  nada  de  ti que  yo no haya  visto.  Ella  se  sonrojó aún  más. —Perdóname,  Kate.  No  sé  cómo  se  me  ocurrió  decirte eso.   Kate  se  sintió  un  poco  mejor  con  la  disculpa, sin embargo,  seguía  sin atreverse a  levantar  la  vista. Aquel torpe  comentario acababa de suscitar  una avalancha de  recuerdos penosos.  Tom  se sentó en el sofá,  a su lado, con expresión contrita.  —Creo que nunca  he cometido una  equivocación  tan grave con una persona como  la  que  cometí  contigo. Ojalá  me  hubieras contado antes lo  que  te pasaba. Kate cruzó  los brazos sobre  el  pecho.  De  pronto  sentía  frío.  —Para  mí resultaba muy  doloroso  hablar  de ello.  Mi  padre  era  un desequilibrado. Nosotros  lo  sabíamos,  pero  éramos tan  pequeños, Tom...  No podíamos  hacer  nada, ni  recurrir  a nadie.  Cuando murió,  ya no había remedio, nos había dejado  marcados  psicológicamente. —¿Sólo  psicológicamente? —inquirió Tom,  recordando el  relato  de Georg acerca  de  las circunstancias de  su  muerte. —También físicamente. ¿No  viste mis cicatrices aquel  día en  la  caseta de baño? —¡La verdad  es que aquel día  la  furia  no  me  dejaba ver nada!  Habría matado  a  ese mocoso. Kate  le miró.  No  podía  evitar  el  sentirse  halagada  por  su  indignación. —Pobrecillo. Sólo  intentaba  tranquilizarme.  Ya  sabes  el  miedo que  me dan las  serpientes.  Tú  te  cegaste  porque  yo  ya  te  había  dado  lugar  a sospechas cuando  estuve  besándome con  él  en  la  piscina,  mientras  tú  jugabas  al ratón y al gato  con  la  Dugan... Entonces  Kate  había tenido  celos  de  Barbara.  Con  el  corazón  palpitante, Tom  comprendió que  aquello  explicaba muchas  cosas. —Di mejor que ella estaba  jugando  al  gato  y  al  ratón conmigo.  A mí  me gusta Barbara.  Siempre me  ha gustado —agregó  apartándole un mechón de  pelo de la  cara—. No sé  si  te he comentado que  ésta  prometida con Hardy. —¿De verdad? Tom miró  divertido el rubor  de sus mejillas.
-Efectivamente. Así  que  si habías  pensado  que  iba  a casarme con ella, puedes irte desengañando. Supongo  que me quedaré  soltero. —Y  en  ese  caso, ¿quién  heredará  Warlace?   —Buena  pregunta.  Hasta  hace  unos  pocos  años  no  me  he  preocupado  por tener hijos. Creo  que al final  no  me  quedará otro remedio que casarme,  si quiero un  heredero. —No creo  que tengas  problemas para  encontrar una  candidata  —declaró Kate, rehuyendo  su  mirada. —¿Tú crees que  no? —preguntó Tom pasándole un brazo por la espalda—. Soy rico,  Kate. —¿Y qué  quieres  decirme con  eso? —Lo que quiero decir  es que no  sé cómo  voy a estar seguro  de  que no  se casan conmigo  por mi  dinero.  —En  ese caso,  deshazte  del  dinero. Regálalo. Tom sonrió. —No  estoy  tan  desesperado  como para llegar a  esos extremos. —Entonces nunca podrás  estar  seguro. Kate lo  miró  largamente, pero  pudo  apartar los ojos de él  antes que la traicionaran.  Lo  que no  sabía era que Tom se había  dado cuenta  desde hacía bastante  rato  de  que  la  estaba  deseando. —¿Cuándo  supiste que  no estabas embarazada?  —le preguntó repentinamente. —Una  semana  después  —respondió  ella  sonrojándose.  —Yo  también  me  quedé  preocupado. Y  lo  peor  era  que sabía que no  ibas  a querer hablar  conmigo ni  verme,  así que  tuve que  inventarme  una estratagema: llamé a  tu  hermano Georg  y le conté  una historia  de  que tenía  que  hablar  con ustedes  dos pero  juntos, y asi  lo  hice ir  a  Chicago.  De alguna  manera tenía que enterarme  de si  estabas embarazada  o  no. —Pues  ya ves,  te  preocupaste  en  vano  —respondió Kate.   —Tampoco  es  que  estuviera  preocupado. Sólo  quería  saberlo,  nada  más. —Pues  yo no te  lo  habría  dicho. —Pero  yo  me  habría  enterado  más  tarde o  más  temprano  —respondió  él mirándola a los ojos—. No  me  hubiera  dado  por  vencido  hasta  saberlo.   —¿Y  si?... —¿Si  hubieras estado embarazada?  Yo  creo que me conoces lo suficiente como  para no  tener que  hacerme esa pregunta.   —Te habrías casado  conmigo —murmuró Kate.
—Un hombre  con sentido del honor  debe  comportarse a la  altura  de  las circunstancias  cuando  hay un  niño  de por  medio. —Pues menos mal  que  no pasó  nada  —dijo Kate,  que había cerrado  los ojos  y  tenía  la  cabeza apoyada  en  el  respaldo del sofá—. Detesto  las  bodas precipitadas, y,  además, no  estoy segura  de  querer tener un  hijo.   —¿Por qué? —Pues  porque  por  su  culpa  los  padres  terminan  por  hacer  locuras. —Tú  no  puedes  juzgar a  todos los  padres del mundo por el  tuyo. —¿Por  qué  no?  Precisamente  tú  juzgas  a  todas las  mujeres por lo  que  fue tu madre. Tom  empezó  a  decir  algo, probablemente  para  negar, pero  al  final  se quedó  callado. Hubo un  silencio.  —La verdad  es  que tienes  razón.   —Debes haber  sufrido  mucho.  —¿Tú te acuerdas de tu  madre?   Kate  negó  con  la  cabeza,  y  su  mirada  se  hizo  repentinamente  dura. —Sólo  algunos detalles;  la mayoría de  lo  que  mi padre  decía sobre ella. Era una  fulana. Se fugó con otro hombre  y nos  abandonó  a mi  hermano y a mí. ¡Y mi  padre me pegaba! Tom  se  estremeció  al  verla  llorar.  Con  toda  la  suavidad  del  mundo,  la hizo sentar sobre sus rodillas  y  la  apretó  contra  su  pecho. —Vamos, cariño. Kate  lo  abrazó  con  el único  brazo  que  no  le  dolía  y  se  refugió,  llorando, contra su pecho  cálido  y palpitante. —Yo odiaba  a mi  madre,  y  todavía la  sigo  odiando.  ¿Cómo  pudo  marcharse dejándonos? ¿Cómo  fue capaz de abandonar  a  sus  hijos? Tom le  acarició  el pelo  muy  despacio. —Yo  tampoco entiendo  a los padres, Kate.  Mi  madre  se  fue  de casa  un buen día, sin ninguna  explicación, y  Hank nunca  intentó  ir detrás de ella, o buscarla. Una vez le pregunté  el  porqué,  y él  me contestó que uno  no  puede obligar  a  una  persona a quedarse, si ella  ya no quiere estar con él.  Al  principio me resultaba  imposible  comprenderlo,  pero con los  años aprendí que  tenía razón.  En cierto  modo, con su  actitud,  mi  padre  nos evitó  mayores sufrimientos. —Nunca llegaste a  perdonarla, ¿verdad?  La mano con  que la  acariciaba  se detuvo sobre  su  pelo.
—Cuando  la  vi  en  la  cama,  a  punto  de  morir,  a  pesar  de  todo  el  dolor, sentí  que  seguía  siendo  mi  madre.  Sí,  Kate,  la  perdoné.  Esto  no  se  lo  he  dicho  ni siquiera  a  Hank. Kate  escondió  la  cara contra  su  cuello,  feliz  de  que  se  sintiera  impulsado a  contarle  algo tan íntimo. —No  creo  que  yo  hubiera  podido  ser  tan generosa  —susurró—.  Yo  a  mi madre  no la  perdonaré nunca. —¿Sabes dónde está? —preguntó  Tom. —Nunca he tenido dinero  suficiente como para  iniciar su búsqueda. Pero aunque  dispusiera de  los medios, creo  que no la  buscaría.  Geo  y  yo sufrimos terriblemente por su  culpa. En  tu caso, por lo  menos  Hank  ha  sido muy  bueno contigo. —Eso es  verdad. Aunque  discutimos  mucho,  yo  adoro  a mi  padre. —Lo  sé  —señaló  Kate  con una sonrisa. Era agradable  abrazarla en  el  silencio  de la  casa,  cuándo  afuera, el viento  de  la  noche comenzaba a  enfriar la  atmósfera.  Teniéndola así,  tan cerca, no  podía  dejar de pensar  en el  día  en  que la había  tenido  entre sus  brazos completamente desnuda. Sus  senos se  oprimían  contra  su  pecho,  y  debajo  de  la ligera  tela del camisón  notaba  que  sus pezones se volvían rígidos.  Estaba excitada, tanto como  él. La  mano  se  le  crispó  entre  sus cabellos  sin querer. —¿Qué  te  pasa?  —susurró  ella. —Nada, Kate.  Tengo que  volver con mis  libros.  ¿Quieres  leer  un  rato mientras tanto? —Sí,  déjame una de  tus  novelas  de  misterio.   Tom  se  levantó  a  tomar un  libro de  la  estantería  y se lo dio.  —¿Quieres  que te  diga  quién es el  asesino?   —Como  te  atrevas,  te  tiro  el  libro  a  la  cabeza.   —No  creo que  puedas  con ese brazo  que no  puedes mover.  Dime, Kate, ¿llevas  puesto  el  cinturón  para  las costillas?  —No, el médico  me dijo que por la  noche  no  hacía  falta. —¿Te he  hecho  daño  al  traerte aquí? —No, no  —respondió ella con una  sonrisa,  contenta  de  que  se  preocupara. Tom  asintió  y se  sentó  a  la  mesa  con un lápiz  y un cuaderno  de  notas delante. Kate permaneció  un  rato intentando  leer, pero  le resultaba imposible concentrarse teniendo  a  Tom  delante  con completa  libertad para mirarlo a  su gusto. Así que  se quedó contemplándolo  un  buen rato, mientras  hacía  cuentas. De pronto  se  sonrojó  vivamente,  dándose cuenta  que él  la  estaba  mirando también  con una expresión  guasona.
¿Te diviertes,  Kate? No  tardó  en  arrepentirse de su comentario  socarrón  al  ver lo ruborizada que se  ponía. —Perdona,  es que  estaba  distraída  —dijo ella  hundiendo  la  nariz  en el libro. Tom  quiso  decir  algo,  pero  la  vio  tan  enfrascada  en la  lectura,  que  optó por  callarse. Aquel  camisón era  la  prenda  más  seductora que  le  había  visto, con aquella  tela  tan  fina,  que insinuaba  más que enseñaba.  Solamente  desnuda habría podido  excitarlo tanto  su  vista. Kate  encontró  gran  dificultad  en  concentrarse  después  de  que  Tom  le dijera  aquello.  Estaba  tan cohibida,  que ahora no  se  atrevía  a  mirarlo  ni siquiera fugazmente.  En  condiciones normales no  se  habría  dejado  vencer  por la  timidez con  tanta  facilidad,  pero  se  encontraba  débil,  cansada,  y atormentada  por recuerdos involuntarios  que  se empeñaban  en  perseguirla. Cada vez que  cerraba los  ojos  volvía a  oír  el  silbido  de  las  balas, y  le parecía  sentir  el  frío  impacto  del metal en  su  cuerpo, con  aquel dolor  insoportable. Se  estremeció. Antes  de aquel  desgraciado incidente el  trabajo  de reportera  le  parecía apasionante,  su sueño dorado  hecho  realidad. Pero  ahora tenía miedo, miedo  a lo  que debería hacer  a  partir  de  entonces.  Ella  se  daba  cuenta  de  que  lo  ocurrido  era  un accidente  que no  sucedía más  que  una  vez  entre  mil,  y no  obstante  a eso sus nervios  la  traicionaban,  como  si estuvieran  apunto  de saltar  en el momento  más inesperado.  Empezaba  a  ser  consciente  de  que  no  era capaz  de  volver  a  la sección de  sucesos, y  eso  significaba  que  si  no  quedaba  ningún  puesto  libre  en el periódico iba  a  quedarse  sin  trabajo.  ¿Y  qué  iba a hacer ella  sin  trabajo? —¿Qué te  ocurre? —le preguntó  de pronto  Tom. Kate  no  se  había dado  cuenta  de que  la  estaba mirando, y  se  sobresaltó. —Nada.  Estaba pensando en  quién podía  ser el asesino.   —Sí,  claro,  con el libro al  revés. Tom  dejó el  lápiz  en la  mesa  con  un  suspiro y  se  acercó  a  ella. —Kate,  no  puedes  pasarte la  vida mirando  hacia  atrás.   Ella  rehuyó  su  mirada.   —Sí,  me doy  cuenta. —Ya  verás  cómo  cuando  pase  un  poco  el  tiempo,  todo  te  parecerá  un  mal sueño, y  nada más. Kate  dejó  el  libro  y se  levantó  lentamente. —Creo que  voy  a mi cuarto. Estoy cansada,  a ver si  consigo dormirme. Tom  la detuvo antes  que  hubiera dado dos  pasos,  asiéndola  por  los brazos.  Kate  sintió su  cálido  aliento en  la  frente.
—Cuéntame qué  te  pasa. Kate  se  puso  rígida. —Estoy  bien. No  necesito  confesar  nada,  gracias. —Yo también  estoy  acostumbrado  a guardar  mis problemas  para  mí  y no contárselos  a  nadie. Las cosas  que  me  preocupan  nunca  se las  digo  a nadie, y menos a Hank.  Para mí  es  tan difícil  como  para  ti, Kate,  pero si  te  empeñas  en rechazarme, nunca  conseguiremos comunicarnos. —Te tengo  miedo —dijo ella en voz  baja. —Me doy  cuenta; no  estoy ciego. Y  después  de  lo  ocurrido  tienes motivos de  sobra  para  sentirte así.  Tú bajaste la  guardia conmigo,  y yo  te  traicioné. Sé que te  costará mucho olvidarlo  —añadió  estrechándola  contra  su pecho—.  Ya  te dije  en  el  hospital  que  nunca  he  sabido  ser  tierno.  Y  es  la  verdad.  Incluso  me pasa  con  las mujeres,  en la intimidad... No  puedo  dormir por las  noches pensando  en  el  daño  que  te  hice.  Desde  que  llegamos  te  he  evitado,  porque  no quería acordarme... —Pero Tom,  no  fuiste tú  quién  disparó. —Sí,  pero  yo te coloqué  frente  a la  ametralladora.  Tú sólo  querías huir. —En  una  ciudad  como  Chicago  ser  reportero  de  sucesos  puede ser peligroso.  Yo pensé  que dedicándome  a  ello podría  dejar de  pensar  en  lo que pasó...  Tampoco  estaba  cometiendo  un  suicidio  consciente. —No puedes imaginarte lo  culpable  que  me siento. —Tú  no lo  sabías —murmuró Kate  mirándolo con los  ojos  húmedos—.  Y yo te deseaba. —Yo también  te  deseaba  —Tom se  quedó mirándola fijamente y comenzó a  acariciarle  el  pelo—.  Dios me  ayude,  Kate, todavía  te  deseo. Kate  sintió  que su  corazón  empezaba  a latir  desesperadamente. Lo  vio acercarse,  con la  mirada  fija  en  sus  labios, y  se quedó  sin  aliento. —Kate. Ella  se dejó  besar,  dejándose arrastrar  por  el exquisito  placer  de tenerlo  cerca. Sentía  su lengua  dentro,  y sus manos, que  le  acariciaban las axilas, deslizándose lentamente  hacia  sus  senos. —Contigo es  tan  dulce...  —murmuró  Tom  contra  sus  labios. Con  sus  dedos  iba trazando  el  contorno  de  su  pecho, infinitamente suaves, y sentía  algo  desconocido,  nuevo para  él. Era  como una  vibración que lo conducía lejos de  la realidad. La excitación  no  le  permitía  a Kate  articular  palabra.  Sus  caricias encendían su  pasión,  y sólo  podía desear  que  la  siguiera  tocando.  Tom, conociendo su  ansiedad,  sonrió con ternura.  Le sorprendía que  Kate pudiera aceptarlo todavía  después  de  lo  ocurrido.  El  amor, pensaba,  debe  ser una fuerza  muy  poderosa, para  impulsar  a perdonar  tanto. En  aquel  momento  su único deseo  era  darle placer  a  ella,  sin  acordarse  de  él mismo. Kate  intentó abrazarlo, pero  al  hacerlo, sintió una punzada  de  dolor  en  el brazo izquierdo  que le  impidió  levantarlo. —No hagas eso  —susurró  Tom—.  Todavía no  estás en condiciones  de mover  ese brazo.   —Tom...  El la besó en los párpados. —Te  abrazaré, pero no  demasiado  fuerte. No quiero  hacerte  daño  en la costilla. Tom la  rodeó  con  un  brazo por  la  espalda,  sujetándola, y después, mirándola  intensamente,  pasó  la  mano  por  encima  de  sus  senos,  cuyos  pezones se hicieron  inmediatamente  visibles  bajo  la ligera  tela. Kate  apenas podía  respirar  por  culpa de  la  excitación que  le  provocaba aquel  roce  insinuado.  Apoyó la  cabeza  en  su  hombro,  contemplando su  expresión mientras seguía  tocándola. —Yo nunca me  había  dedicado  a  estos  juegos  amorosos,  pero  ahora descubro que resultan excitantes. —Sí —contestó Kate  tocándole ligeramente la  mano  con la  que la  estaba acariciando. —¿Sigues  teniendo  miedo de mí? —preguntó Tom  mirándola a los  ojos. —No,  así no  tengo miedo. Tom  pasó  repetidamente  los  dedos  sobre sus  pezones.  —¿Te gusta? Kate  temblaba.   —Sí. —A  mí  también  me gusta.  ¿Sabes, Kate? Desde la  noche que  estuve contigo  no  he  vuelto  a  tocar  a  una  mujer. —¿De verdad?  —preguntó ella,  sintiéndose un  poco  avergonzada. —Me  he  pasado  todas las  noches  sólo  en  mi  cama,  soñando contigo,  con  lo que me  diste... Sus  palabras se  disolvieron en  un  gemido,  y  después  en un  beso, que aunque  rebosaba  de  deseo,  no  podía  ser más tierno.  Al mismo  tiempo  que  la besaba,  con toda  delicadeza, Tom  fue posando la mano  entera sobre  su  seno. Ella  gimió;  aquella  era  la  pequeña  consumación  de  lo  anterior.  Ella  colocó  la mano  sobre la de  él, sujetándola ahí. —Tom—gimió.
Él  debió interpretar mal,  porque  dejó  de  tocarla  inmediatamente. —Está  bien,  lo  dejaré. —No, por  favor. Y,  venciendo  la  timidez, Tom volvió  a  colocar  la  mano  donde  la  tenía. Pero  se puso tenso,  de pronto  tenía la  necesidad de  protegerla. Kate rehuyó  su  mirada,  sonrojándose.  Entonces, volvía a rechazarla,  tal  y como había hecho  la  otra vez. Pero Tom  la  obligó  a  mirarlo asiéndola  por la  barbilla y le  dijo: —Kate,  yo  te deseo.  En este  momento, lo  único que quiero  es  acostarte en ese sofá,  desnudarte y  poseerte  con  toda  la pasión que me  está  quemando por  dentro  —las imágenes  que  aquellas  palabras  evocaban  lo  hicieron estremecerse—. Pero  no  hay que  olvidar  que  todavía  tienes una  costilla  rota, pequeña  Kate,  y  aunque  hasta  ahora  he  sido  tierno  y  suave,  no  sé  si  podré seguir siéndolo, porque  te deseo demasiado. Kate  lo  miró  sin  aliento,  inundada  también  por  el  deseo.   —¿Tú  también estás deseando  que  te posea,  verdad? A pesar  de lo de la última  vez... —Aquella  vez  estuve  a  punto de  llegar, tan  cerca, que  casi  podía tocar  la culminación, pero de  pronto  todo  terminó y yo  ya  no  sentía  nada. Tom  la  miró  con  incredulidad  y tomó  su  cara  entre las  manos. —Dímelo otra  vez.  Repítemelo,  Kate, por favor. —Pero  si  ya  me  has  oído  —contestó Kate,  avergonzada. —Entonces,  ¿no fue horrible?  ¿Tú  sabes lo  que significó  para  mi  orgullo que  me dijeras  que  fue horrible? —No,  Tom... yo  no  me refería...  Lo que pasaba  era  que me  sentía  vacía. Fue una  sensación  como cuando estás  a punto  de  alcanzar algo  y  de pronto  te vuelve  la espalda. Yo  hubiera querido  explicártelo, pero me  parecía  imposible. La  verdad es que  tampoco terminaba  de  comprender  lo  que me  estaba ocurriendo. Permanecieron  un momento en  silencio,  abrazados,  ella  disfrutando  del momento  sin  querer pensar en nada  más,  y  él maravillándose  de  la  cantidad  de sentimientos  desconocidos  que  de pronto  se  agolpaban en  su  pecho:  ternura, deseo, afán protector...  y todo  por una  chiquilla  como  ella. —Estoy  cansado,  Kate.  Y  tú,  aunque  no  lo  estés,  deberías  estarlo.  Voy  a llevarte  en  brazos a la cama,  y  después yo también  me acostaré. Los libros  de cuentas  pueden  esperar  hasta  mañana,  porque  hoy ha  sido  un  día  largo,  muy largo...
Kate se  sintió   vagamente  decepcionada.   Estaba  tan bien  acurrucada entre sus  brazos... —Yo puedo ir  sola  —protestó—.  No  hace  falta  que me  lleves.  Haciendo  caso  omiso,  Tom la  levantó  del  suelo suavemente  y la  miró  con una sonrisa. —Te voy a llevar en brazos porque quiero y porque me gusta...
NUEVE
Kate  se  durmió  pronto, sin ningún  problema, pero  a mitad  de  la  noche  la despertaron brutalmente los  silbidos de  las  balas  a  su  alrededor,  el  estruendo de  la  ametralladora.  Se  incorporó  de  un  salto  en  la  cama,  empapada  en  sudor. Debía haber  gritado. No  había  pasado  ni  un  minuto,  cuando  la  puerta  del  dormitorio  se  abrió de  golpe  y Tom apareció  en  el  umbral, con  una expresión de  alarma  dibujada en  el rostro.  —¿Qué te  pasa? ¿Ha  sido una  pesadilla?  —Sí, la  ametralladora —contestó ella  ocultando la  cara  entre  las manos— .  ¡Oh, Tom!  ¿Cuándo  va  a terminar esto? —Espero  que algún día ni  te acuerdes siquiera, Kate.  Y  ahora tranquilízate,  vamos. Tom  apartó las  sábanas  y se metió  con  ella  en la  cama.  Fue un gesto natural,  tenía que calmarla  y no  podía dejarla sola. Kate  se  acurrucó contra  su pecho desnudo,  pues  Tom no  llevaba  más que  los pantalones del pijama.  Era delicioso  sentir  el  contacto  de  su  vello  en  la mejilla,  y  acariciarlo. —Por favor, Kate, no  me  toques así  —mientras le decía  aquello,  la  sacó  de la cama;  apagó la luz, cerró  la  puerta  y  la  llevó  a  su  habitación. —Hmmm... —preguntó  Kate  con voz soñolienta, sin darse cuenta  de nada. —Que  no  me acaricies, por favor.  Me  estoy excitando.   Kate  soltó  una  carcajada,  y dejó la mano  quieta.   —Ah, perdona. Kate suspiró  complacida  cuando Tom la  depositó sobre  su  cama.  Un momento  después él también se  deslizaba  entre  las  sábanas a  su  lado. —Ven  aquí  —le dijo haciéndole  apoyar  la  cabeza  en su hombro—.  Estate quietecita y deja de jugar  con el vello  de  mi  pecho y ya  verás cómo  te  duermes enseguida.  —Tom, yo  nunca  he dormido  con nadie.   —Eso  no  es verdad; has  dormido  conmigo.  —Pero nosotros  no  dormimos.   Tom lanzó  un  hondo  suspiro. —Tienes razón, no  dormimos.  ¿Has  conseguido  asimilar  ya  ese  punto negro de  tu conciencia?  —Un  poco. Hubo  un momento  de  silencio.
—¿Y  no  crees  que  te  sería  más  fácil —agregó  Tom  muy  despacio—,  si nos casáramos? Hubo  otro  silencio.  Kate  se  puso  rígida.   —Piénsalo,  Kate. Así  te acostumbrarás  a la  idea.   —No  quiero  que  te  cases  conmigo  sólo  porque  te  sientes  culpable,  Tom. El  matrimonio  ya  es  bastante  complicado  incluso  cuando  la  gente  se  ama; figúrate  cómo sería  en nuestro caso,  si entre  nosotros  no  hay amor. —imagínate que te  digo que estoy enamorado de  ti  —dijo  Tom  sacando a  relucir  casi  inconscientemente  su  cinismo. —Imagínate  que te  digo  que Warlace  está  en el  Tibet —respondió Kate, cerrando los  ojos  y  pensando  lo  maravilloso  que  sería  oírlo decir eso sinceramente. —¿No  estás  cansada  de  vivir sola? —preguntó  él,  cambiando  de  táctica—. Podríamos  vivir juntos, como  amigos, sí  es eso lo que  quieres. —No, Tom,  gracias  por  proponerlo,  pero no  creo  que  funcionaría. Tom  no  se  esperaba una negativa  tan rotunda.  Estaba intentando  por una vez hacer  las cosas  bien,  ayudarla a superar  aquel mal  trago, cuidarla y compensarla  por  el  daño  que le había  hecho. —Escucha, Kate; no  sabes  cuántas  mujeres darían su  brazo derecho por casarse conmigo,  aunque  sólo fuera buscando  mi  dinero. —Pues  cásate con una  de  ellas. —La  mayoría de  ellas  se  negarían  a  prestarse  a  un  matrimonio  platónico. —Ya  encontrarías alguna, entre  tantas que  se  interesan por ti. —Yo no  quiero  otra  mujer —respondió  Tom,  sorprendido  por  su  propia sinceridad—.  Si  no  puedo tenerte a ti,  no  tendré  a  ninguna. —No te  comprendo. —La  verdad es que yo  tampoco me  comprendo.  Quizá  es  que  me  siento culpable...  no  sé. La  verdad  es  que yo  no  voy por ahí  seduciendo  a mujeres vírgenes. Sé que  te  hice  daño,  y me duele recordarlo. Quizá estoy  un  poco obsesionado. —Ya  lo  superarás. —¿Y  tú? ¿Lo  superarás  tú,  Kate? ¿Podrás olvidar  esa  noche alguna  vez en tu  vida?  —preguntó  volviéndose  hacia  ella  y  tratando  de  distinguir  su  rostro  en la oscuridad. —No, pero... —¿Desearás  alguna  vez que  te  haga  el  amor algún hombre  que no  sea yo? Kate  contestó  sin  pensar, tajantemente. —No.  No  podría  permitir  que ningún  otro  hombre  me tocara. Sólo  tú.
Tom  se  sintió  arder  en  la  oscuridad.  Aquello  significaba  que  a  pesar  de todo,  Kate continuaba  deseándolo. —Sólo yo —murmuró besándole la  frente  y deslizando la  mano  por debajo  de  su  camisón,  hasta  encontrar  sus  pechos,  que  ya  estaban erizados  de deseo—.  Alguna vez  conocerás conmigo  lo  que  es  la  culminación  del  placer, aquello  que  estuviste  tan cerca de alcanzar  aquel día... —¡Tom! —Dios mío,  Kate, qué  suave  eres. Me  encanta  tocarte,  tu piel  parece  de seda  —murmuró  sin  dejar de  acariciarle los  senos. Ella  gimió,  y con el  brazo  derecho  se desabrochó  los  botones que quedaban cerrados. —Quiero  verte,  Kate.  Quiero emborracharme de ti. Kate  se  puso  a  temblar  al  sentir su  mirada ansiosa  y  sus manos. —Quédate  quieta —susurró  él inclinándose  a  tocar sus pezones—. No, no arquees  el  cuerpo  hacia  mi  boca.  Yo  te  daré todo  lo que  quieras sin que  tengas que pedírmelo. Tom  le  pasó  un  brazo  por  la  espalda  e  incorporándola  con  mucho cuidado,  recorrió sus  pechos con los labios. Al oír sus gemidos placenteros tuvo que  contenerse para no  llegar  más  allá.  Todavía no  podía poseerla;  ella estaba demasiado  delicada.  Pero lo  que sí  podía  era hacerle el  amor  así, con caricias suaves.  Ella  se  estremecería  de  placer  como  nunca había  hecho,  y  él  sería  el primer  hombre  en tocarla de  aquella manera. Pero  no había  contado con que  Kate  lo  acariciaría  a  su vez. Al  sentir  sus manos  pequeñas  y provocadoras,  se dio cuenta  que no tenía más  remedio que detenerla antes  que  las cosas  llegaran demasiado  lejos. —Kate...  creo  que  va  a ser  mejor  que lo  dejemos ahora.   Ella  se detuvo de  inmediato, con  un  suspiro. —¡Qué  pena!  Ahora  que  empezaba  sentirme  tan a  gusto  contigo,  Tom. —Yo  me siento igual  que tú,  nena,  pero  tienes que  comprender que  no podemos  hacer el amor  hasta  que tú  estés  curada. —No,  claro,  me  imagino que  no  —contestó  Kate  sonrojándose. —Yo no  podría  contener  mi  pasión, Kate  —reconoció  Tom mientras  le abrochaba  los botones del  camisón—.  Ahora  mismo  estoy temblando  como un chico de  catorce años. —Entonces  —susurró  Kate, asombrada de su propia osadia.- ¿volveremos a hacer el amor?
—Sí,  pero sólo  si te casas  conmigo —respondió Tom  después  de  unos segundos  de  vacilación—.Si  no,  ni  tú  ni  yo  nos  sentiríamos  tranquilos  con nuestra conciencia. Kate  contuvo  a  duras penas  las  lágrimas. —Un  matrimonio así no  funcionaría,  y  tú  lo  sabes. —No lo  pienses ahora,  Kate. Dejemos que pase  el  tiempo, y  él  dirá. Ahora tranquilízate  e  intenta  dormir.  Yo  me  quedo  aquí  contigo. Kate se hizo un ovillo junto a él y se dejó llevar por el sueño. Durmió  profundamente,  y  a la mañana  siguiente despertó  en  su cama. Abrió los  ojos  poco  a poco,  atraída por un  olor  agradable.  A  su  lado,  sobre  la almohada,  Tom  debía haberle dejado una hermosa  rosa  blanca. Aquella era la prueba  de  que  la  noche  anterior  pasada  en  brazos  de  Tom  no  había  sido  un sueño. Kate  se  levantó con una  agradable sensación  de bienestar;  por  primera vez, desde hacía semanas, se sentía  fuerte de nuevo, con  ánimos  para  afrontar lo que le  deparara  el día.  El  motivo  de  su  alegría era  que  Tom le hubiera pedido que se  casara con  él,  y  aunque  no  fuera  una  declaración de  amor precisamente, representaba  el  comienzo  de  algo. Cuando  llegó al  comedor,  Hank  ya  se  había marchado, pero allí estaba Tom, dando  vueltas  al desayuno frío en  el plato. —Por  fin  apareces  —dijo  al  verla—. Ya  no  sabía  qué hacer con mi desayuno  para  seguir  esperándote sin que Janet  sospechara. Se miraron sonrientes. —¿Me  estabas  esperando? —¿A ti  qué te  parece? Tom  se  levantó,  alargó  la  mano,  y  antes que Kate pudiera  darse cuenta de lo  que  ocurría,  la  había  tomado  entre  sus brazos  y estaba  besándola apasionadamente. —Buenos  días  —susurró  Kate  rozando  sus  labios. —Buenos días. ¿Has  encontrado la  rosa? —Sí,  gracias. ¿Dormiste bien? —Al  final sí.  Primero estuve  un buen  rato en  vela,  mirándote.  Espero  que tu  costilla  se  cure  pronto,  Kate,  porque te  deseo  más  que  ayer.  No vamos a tener más remedio  que casarnos.  Kate  sintió  una  opresión  de  tristeza en  el  pecho. —Yo no  puedo  casarme contigo,  Tom,  ya  te lo he  dicho.  —¿Por qué?
Se miraron a los ojos, y Kate  dijo:  —Tom,  el deseo no  es  suficiente. Hace  falta amor...  —Pero  tú  me  amas,  Kate  —dijo  él  tranquilamente—.  Siempre me  has amado. Kate  contuvo el aliento y  lo  miró atónita. Pero,  ¿qué se  había creído? —Georg  me  lo  contó  todo  justo  antes que  te llevaran al  hospital. Incluso he  visto las  fotos que  tienes  de mí  por  todas partes.  La reacción  de  Kate fue  inesperada  y espontánea. Completamente furiosa,  se  libró  de  sus  brazos,  sin  pensar  en  lo  que  le  dolía  el  costado  ni  en  la expresión consternada de  Tom. —Pero,  ¿qué  te  pasa,  Kate?  No  tienes por  qué  sentirte  avergonzada. ¿Que no?  Kate  se  sintió  morir  por  dentro.  Tenía  la  sensación  de  que  sus pensamientos  más íntimos habían  sido  vendidos, exhibidos  en público,  era  como verse desnuda delante de  una asamblea  de desconocidos. Primero se sonrojó vivamente;  después palideció,  y  por  fin  rompió  a  llorar. Tom intentó acercarse,  pero Kate  lo  rechazó  con una brusca  sacudida. —¡No  quiero  que  vuelvas  a  tocarme!  ¡No  necesito  tu  compasión,  Tom! Dicho aquello, dio media vuelta  y echó  a  correr  como una loca  por  el pasillo. Llegó  a  su  habitación y se  encerró allí  a llorar, tirada de bruces  sobre  la cama.  Oyó  confusamente que  Tom llamaba a  su puerta, gritando  su nombre,  y que  se  paseaba  de  un  lado  a  otro  del  pasillo, pero  no  quiso abrirle.  Lloró  y  lloró durante horas su amor no correspondido. Así pasó  toda  la  mañana. Al  cabo  del tiempo, cuando se  aseguró que Tom ya  no andaba por allí,  Kate se decidió  a  salir.  Se sentó  en  el  cuarto  de estar, junto  al  ventanal,
 CONTINUACION EN SIGIENTE PUBLICACION .... YA QUE COMO ESTOY AGREGANDO POR CELULAR PORQUE LA COMPU SE DESCOMPUSO . NO SE PUDO SEGIIR AQI .. VAYAN A LA SIGUIENTE 😁

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