sábado, 3 de septiembre de 2016

TRES
Sentada de nuevo ante su escritorio del periódico, Kate pensaba en
sus breves vacaciones y le parecían un sueño. Como de costumbre, la redacción era un hervidero de actividad y confusión. Dan Harvey, el director del periódico, era la única persona que trabajaba poniendo en juego toda su
capacidad. Quizá porque él conseguía milagrosamente salvarse de la locura,
tenía aquel empeño por provocarla a su alrededor.
Harvey presidía la redacción y repartía las noticias entre sus redactores
como si estuviera montando una delicada coreografía. Dentro de la jerarquía,
estaba en primer lugar el director de noticias nacionales, que se encargaba de controlar los hechos producidos fuera de la ciudad mediante contactos y
corresponsales del periódico. Luego estaban el director de artículos, el
encargado del télex, el director de las notas sociales y muchos más, todos
ellos, incluido Harvey, a las órdenes del director ejecutivo, Morgan Winthrop.
Este era un veterano reportero que se había ganado su puesto después de
largos años de experiencia, empezando desde abajo. Él era el hombre principal en la estructura de poder del periódico después del presidente, James Harris, y del editor.
En aquel momento, Kate se encontraba terminando con mucho esfuerzo
las últimas líneas de un artículo sobre un concejal de la ciudad, el cual había
saltado a la fama tras su decisión de vivir una semana en un barrio conocido por la alta incidencia de delincuencia. Resultaba verdaderamente difícil trabajar teniendo delante de la mesa a un hombre que no hacía más que mirar el reloj y golpear el suelo con el pie, en un gesto de impaciencia.
Finalmente, con un suspiro de alivio, se hizo a un lado y le mostró a su
jefe la pantalla de la computadora.
—Ya está.
—Vete pasándolo —le dijo él, mientras iba leyendo en la pantalla.
Kate accionó la tecla para que fueran surgiendo las líneas en la
impresora. Mientras leía, Harvey apretaba los labios, murmuraba algo
ininteligible y asentía.
—De acuerdo, hazlo —dijo secamente, dejándola sola sin ninguna palabra
de elogio.
—Gracias, Kate, has hecho un buen trabajo —se dijo Kate en voz baja,
mientras iba registrando lo escrito en la memoria—. Eres una periodista
sensacional, estamos contentísimos de tenerte con nosotros y no estamos
dispuestos a dejarte marchar aunque eso suponga un aumento de diez mil
dólares en tu sueldo.
—¡La Kate le van a subir el sueldo diez mil dólares! —exclamó Dorie Blake
desde el otro extremo de la redacción, dirigiéndose a Harvey—. ¿No me lo
podrías subir a mi también?
—Los redactores de la sección de sociedad no tienen aumentos —
respondió Harvey haciendo gala de su seco sentido del humor, sin mirarla
siquiera—. Date cuenta de que te estamos pagando por asistir a bodas.
—¿Qué? —exclamó Dorie.
—Te hartas de comer pasteles de boda, canapés y de beber champaña. Y
eso es un beneficio extra.
Dorie le hizo una mueca sacándole la lengua.
—¡Esta juventud! —murmuró Harvey metiéndose en su despacho.
—Dile al señor Winthrop que Harvey ha estado espiándote desde detrás
de la máquina de linotipia —le sugirió Bud Schuman, que pasaba por allí en
dirección al lavabo.
Era un hombre casi tan calvo como Harvey, encorvado, con las gafas
apoyadas casi en la punta de la nariz.
Dorie le lanzó una mirada centelleante.
—Bub, hace años que retiraron la máquina de linotipia. Y el director
ejecutivo nunca presta oídos a nuestras quejas; está demasiado ocupado
procurando que el periódico obtenga beneficios.
—¿Entonces se han llevado la máquina de linotipia? Ahora me explico por
qué no tengo sitio para poner mi cenicero —respondió Bud.
—Este hombre es increíble. Cualquier día perderá su coche porque no se
acordará de dónde lo ha dejado estacionado —murmuró la mujer meneando la cabeza.
—Pero sigue siendo el mejor reportero de sucesos que tenemos —le
respondió Kate—. Lleva veinticinco años en ello y no hay quien le gane. Figúrate, un día que me invitó a comer me estuvo contando que la policía descubrió aquí un negocio de trata de blancas. Se dedicaban a vender chicas...
—La verdad es que a mí no me importaría que me vendieran a Sylvester
Stallone o a Arnold Schwarzenegger —dijo Dorie con un suspiro.
—Con la suerte que tú tienes, no me extrañaría que te vendieran a un
restaurante y que te pasaras los años de tu decadencia lavando platos —
murmuró Bud alejándose,
—¡Eres un sádico! —exclamó Dorie.
—Hoy tengo tres reuniones del comité y una conferencia de prensa en el
centro —dijo Kate mientras revolvía el escritorio buscando su cámara—. El
concejal James vuelve a estar en la brecha. Después de pasar una semana en
ese barrio, va a informar a los periodistas de sus propuestas para resolver el
problema de la delincuencia. Con un poco de suerte tendré el reportaje listo
para pasarlo a la impresora a tiempo para cenar a una hora respetable.
—¿Tú crees que ese hombre está consiguiendo algo de verdad o se trata
de una estrategia política para mantener en vilo a los periodistas? —preguntó
Dorie.
—Yo creo que se preocupa de verdad —respondió Kate—. Una vez me
hizo salir de una reunión del ayuntamiento y me apuntó para ayudar a una
familia negra de su distrito que se había quedado sin dinero. ¿No te acuerdas
que hice un reportaje sobre ellos? Se trataba de un error de la computadora
del banco, pero se encontraban en unas condiciones deplorables, sin un céntimo y con un enfermo...
—Sí que me acuerdo —dijo Dorie con una sonrisa—. Eres la única persona
que conozco que se atreve a internarse por esos barrios de noche sin que nadie la moleste. Los vecinos serían capaces de matar a quien se atreviera a tocarte.
—Por eso me encanta el trabajo de reportera —dijo Kate pensativa—.
Podemos perjudicar mucho a la gente, pero también hacer cosas buenas.
Prefiero ayudar a la gente con problemas antes que brillar en mi profesión.
Bueno, ahora tengo que irme. Hasta luego.
Kate agarró la cámara y la pequeña computadora portátil, un aparato
maravilloso en el que tomaba las notas de la conferencia de prensa y que le
permitía enviar directamente la información a la central de datos del periódico, ahorrándole así la molestia de tomar el teléfono y contárselo todo de viva voz al redactor nocturno.
Pero tuvo la mala fortuna de que el aparato se le estropeara en la
reunión del comité, justo antes de la conferencia de prensa del concejal. Como
andaba muy apurada de tiempo, tampoco tenía la posibilidad de volver al
periódico por otro, así que no le quedaba más remedio que tomar las notas a
mano, si es que alguien le prestaba un papel y un bolígrafo, porque daba la
casualidad de que no llevaba ninguna de las dos cosas en el bolso.
Con aquellas perspectivas se adentró en el tráfico del centro de la
ciudad. Aprovechando la pausa de un embotellamiento, tuvo tiempo para buscar un poco por el coche, y pudo encontrar unos cuantos sobres viejos metidos en la guantera. Como sucedía con frecuencia últimamente, se preguntó si no habría estado Tom en la ciudad y ella no se habría enterado, lo cual era muy posible, ya que en aquellos últimos días se había quedado trabajando hasta tarde.
Estaba tan emocionada ante la perspectiva de que Tom la llamara, que había
llegado incluso a pensar en la posibilidad de instalar un contestador automático.
No obstante, pronto había abandonado la idea, porque sabía que la mayoría de la gente que ella conocía y que podía llamarla, probablemente colgaría al
encontrarse con el contestador. Así que se pasaba el tiempo libre sentada
junto al teléfono, mirando por la ventana o buscando en el buzón alguna carta
con el matasellos de Dakota del Sur.
Cuando se cansaba de esperar inútilmente, se decía a sí misma que
aquello era una locura; que Tom le había tomado el pelo y que no tenía ninguna intención de llamarla. Sin embargo, no podía terminar de creer aquello por una razón muy sencilla, y era que Tom no gastaba nunca bromas.
Entre unas cosas y otras, Kate llegó al estacionamiento del ayuntamiento. Antes de marcharse, miró con desolación las abolladuras de los parachoques de su pequeño coche naranja.
—Pobrecito —murmuró fijándose en los impresionantes coches que lo
rodeaban—. Pero no te preocupes, algún día de estos tendré dinero suficiente
para llevarte a un taller y que te arreglen esos golpes.
Sí, algún día, quizá cuando cumpliera noventa años. Por muy emocionante
que fuera, la profesión de periodista no era ni mucho menos la mejor pagada
del mundo. Tenía que poner el máximo de sí misma, con perjuicio de sus nervios y a veces hasta de su salud, y ni siquiera recibía un pago por las horas extra que le dedicaba.
Cuando llegó a la sala de reuniones atestada, el concejal Barkley H.
James ya estaba hablando con algunas personas. Los miembros de la prensa
escrita y los profesionales de otros medios de comunicación habían empezado a acomodarse en los asientos, todos ellos con la expresión impasible y algo
aburrida que caracterizaba a los miembros de la profesión. Más que el
aburrimiento, su mal era el del cansancio por repetición, porque la mayoría de
ellos eran reporteros veteranos que a lo largo de su carrera lo habían visto
todo y habían perdido la capacidad de asombrarse ante nada. Se habían vuelto duros porque no les quedaba otro remedio, lo que no quería decir que no pudieran emocionarse. Se emocionaban, sí, pero habían aprendido a disimularlo .
Kate ocupó un asiento vacío junto a Roger Dean, corresponsal de una
revista semanal de la ciudad. Roger andaba cerca de los cuarenta años y había dejado su trabajo en el periódico, tomándose el semanario como una especie de retiro.
—Hola, Roger, ¿qué tal? —saludó Kate mientras ponía a punto su
cámara—. Ayer te vi en la reunión del comité directivo de aprovechamiento de los desechos sólidos, ¿eras tú, verdad?
—Sí. Era un trabajo estúpido, pero alguien tenía que hacerlo —respondió
Roger—. ¿Cómo es que siempre te mandan a ti a cubrir esas noticias?
—Siempre que se presenta un trabajo de ese tipo, todos los de la
redacción nos encerramos en el cuarto de baño hasta que Harvey elige a una
víctima.
—Una vez a mí me tocó cubrir la información de un acto público en el que
se anunciaba la apertura de un depósito de basuras en un barrio de la periferia. Aquello fue terrible; la gente tenía pistolas, cuchillos y no hacía más que gritar.
Kate sonrió.
—Pues yo ya he sobrevivido a dos como esa. En la primera hubo una pelea
terrible, y en la segunda un hombre estuvo a punto de tirar a otro por la
ventana. Yo me vi envuelta en el tumulto y recuerdo haber recibido más de un
pellizco malintencionado.
En aquel punto su conversación quedó interrumpida porque el concejal
empezó a hablar. Comenzó describiendo la situación de su distrito; las elevadas cuotas de desempleo y los grados intolerables de pobreza. Según él, los barrios deprimidos como aquel no tenían razón de existir en el siglo veinte. Antes que él comenzara a interesarse, el alcalde ya había emprendido un programa de revitalización, que él pensaba seguir a pies juntillas para mejorar las condiciones de aquel barrio azotado por la delincuencia.
Ya se había ocupado de interesar a varias empresas que estaban
dispuestas a emprender la reforma de las casas del vecindario. Existían
estadísticas que demostraban que la mejora de los barrios bajos se encontraba en relación directa con el descenso de la delincuencia. A continuación lanzó un auténtico bombardeo de datos estadísticos y terminó haciendo un rápido resumen de su plan de acción.
Al término de la rueda de prensa hubo la habitual estampida de
periodistas para acaparar los teléfonos y llamar a sus respectivas redacciones, emisoras de radio y televisión con las noticias. Tanta expectación era debida a que la historia del concejal era actualidad desde hacía una semana, y todo el mundo seguía su desarrollo con interés
Después de aguantar empujones y pisotones durante un buen rato, Kate
consiguió por fin llegar a un teléfono que funcionara. Telefoneó rápidamente y
contó un somero resumen de la conferencia, justo a tiempo para que lo
incluyeran en la siguiente edición.
Cuando hubo terminado, se apoyó en la pared, completamente agotada,
observando a Roger, quien se acercaba a ella con toda tranquilidad.
—Sí, pero hoy precisamente se le ocurrió descomponerse. Odio las
computadoras, casi tanto como a los reporteros de semanarios —murmuró
Kate—. Ustedes no tienen que salir disparados al teléfono y volver luego a su
escritorio para redactar el reportaje ampliado...
—Sí, claro, nosotros llevamos una vida cómoda, sin agitaciones. No sabes
cómo te equivocas. Mira, para tu información, te diré que el trabajo de los
reporteros de semanarios es mucho más agotador que el de los periódicos.
Ustedes no tienen que pegar su artículo, y volverlo a pegar si no cuadra bien, y volverlo a probar, y hacer líneas enteras para que se adapte al formato, y
hacer anuncios y contestar el teléfono, y hacer trabajo comercial en la librería
de detrás de la imprenta, y vender artículos de oficina y conseguir
suscripciones...
—¡Por favor, para ya!
Roger se encogió de hombros.
—Lo único que hacía era recordarte la suerte que tienes. Bueno —añadió
guardando el bolígrafo en el bolsillo de la camisa—, me voy. Me alegro mucho de haberte visto, Kate.
—Lo mismo digo.
Él la miró con una sonrisa.
—Si te vienes a cenar conmigo, a lo mejor consigo convencerte de que
cambies de trabajo y todo. Vamos, Kate, te invito a una pizza.
Kate estuvo a punto de aceptar, pues aunque Roger no era ni mucho
menos un príncipe encantador, le resultaba muy simpático, y le hubiera
agradado desahogarse con él de las frustraciones de su trabajo. Sin embargo,
tenía la casa sin recoger desde hacía días, y no podía retrasar más una pequeña limpieza.
—Te lo agradezco, Roger, pero tengo la casa hecha un desastre y hoy ya
no me queda más remedio que recogerla un poco. ¿Lo dejamos para otro día?
—Está bien, si me sonríes así, no puedo negarme. Otro día será. Hasta
luego, preciosa.
Roger le guiñó un ojo y se alejó, mientras Kate lo contemplaba alejarse
pensando cómo una persona en su sano juicio podía haber rechazado la
oportunidad de cenar gratis, tal y como estaban las cosas.
Kate llegó a su casa completamente agotada; lo único que deseaba era
sumergirse en un baño de espuma y dormir. Cuando llegó a la puerta, oyó que el teléfono estaba sonando dentro. Entró corriendo y consiguió tomarlo antes que colgaran.
—¿Dígame?—contestó casi sin aliento—. Si eres tú, Dan Harvey, te
advierto que no voy a cubrir ninguna información más por hoy, así que puedes ir buscando a la gente que ande escondida por el cuarto de baño...
—No soy Harvey —le interrumpió una voz profunda y familiar.
Kate sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Tom? ¿Eres tú?
A Kate casi le parecía escuchar su sonrisa.
—Llevo una hora llamándote. Pensé que salías a las cinco.
Kate, que tenía un nudo en la garganta, se dejó caer en una silla haciendo
un esfuerzo por no temblar demasiado. Habían transcurrido dos semanas desde la boda de Margo, pero a ella le parecía que llevaba años sin verlo.
—Sí, salgo a esa hora, pero hoy tuve que asistir a una conferencia de
prensa en el ayuntamiento y el tráfico estaba imposible.
—¿Quieres cenar esta noche conmigo? —le preguntó él a bocajarro,
empleando un tono que nunca había utilizado con ella antes.
Kate estuvo a punto de morirse al recordar lo poco que había faltado
para que se marchara con Roger.
—Ahora son las seis y media —respondió mirando su reloj.
—¿Puedes arreglarte en media hora?
—¡Por supuesto!
Tom se echó a reír.
—Entonces paso a buscarte a las siete.
—Espera un momento. Tú no sabes dónde vivo.
—Sí lo sé —respondió él lacónicamente, y colgó sin mediar más palabra.
Kate tardó diez minutos en ducharse y secarse el pelo, pero la elección
del vestido apropiado para la ocasión le costó un cuarto de hora de profundas reflexiones. Uno le parecía demasiado serio, el otro excesivamente descarado, y el tercero tristemente viejo. El único que podía pasar era su favorito, un vestido negro de seda con un pronunciado escote y falda estrecha que le llegaba por mitad de la rodilla. Resultaba sencillo y a la vez elegante, con el complemento de los zapatos altos de terciopelo negro y la gargantilla dorada.
Se dejó el largo pelo negro suelto y no se maquilló demasiado, porque sabía que a Tom no le gustaban las mujeres demasiado sofisticadas.
Llegó puntual; cuando daban las siete, llamó al timbre, y Kate accionó el
botón del portero automático con manos temblorosas. Minutos después, le
abrió la puerta temblando de pies a cabeza, aunque estaba haciendo todo lo
posible por fingir que estaba tranquila.
—Estás muy guapa —le dijo al verla, fijándose en el vestido—. Me alegro
de que no hayas pensado que iba a llevarte a comer una hamburguesa.
Kate se sonrojó.
—Yo...
—Toma el bolso y vámonos. He reservado mesa para las siete y media.
Ella obedeció sin decir nada, cerró la puerta con llave y lo siguió hasta el
ascensor.
—La verdad es que no me avisaste de lo que me debía poner.
Kate no iba a admitir que se había vestido de aquella manera sólo para
gustarle.
Una vez dentro del ascensor, Kate se sintió observada, y con cierto
sobresalto cayó en la cuenta de que era la primera vez que se encontraba a
solas con él. Para Kate era una novedad sentirse mirada por él como una mujer, y no como la niña amiga de su sobrina. De pronto todo se le antojaba diferente, y quizá por eso, el corazón le latía alocadamente.
—Te noto nerviosa conmigo... ¿por qué?
Kate se encogió de hombros.
—Tú siempre me pones nerviosa... no sé, consigues intimidarme.
—Ya no eres una niña. Hazte a la idea de que esta noche eres mi pareja,
no la mejor amiga de Margo. Espero no tener que ponerte el babero cuando nos sentemos a la mesa.
Aquello era pasarse de la raya. En un arranque de orgullo, Kate le
advirtió:
—Oye, si prefieres cenar solo...
— Desde luego, como sigas haciéndote la tímida conmigo, me arrepentiré
de no haber salido a cenar solo. Para tu información, si hubiera querido la
compañía de una jovencita virgen, me habría buscado una...
Kate estuvo a punto de gritarle que ella era eso ni más ni menos, pero se
contuvo a tiempo porque sabía que semejante confesión sólo serviría para
echar a perder la velada de antemano. Se había pasado años soñando con
aquella noche y ahora no podía estropearla con una indiscreción.
Así que en lugar de contestarle como hubiera querido, se las arregló para
esbozar una sonrisa coqueta y dijo:
—Perdona, es que hoy he tenido un día de mucho trabajo.
Tom aceptó sus disculpas con una simple mirada. Cuando llegaron a la
planta baja, la tomó del brazo y la condujo hasta un flamante Mercedes
plateado de alquiler.
—Es como el tuyo —comentó Kate al subirse.
En efecto, los Kaulitz tenían dos coches: un Lincoln negro y un Mercedes
plateado exactamente igual que aquel, además del resto de los vehículos del
rancho.
—Es que es el mío, Kate. Ya sabes que no me gustan nada los aviones, así
que me vine en coche.
—Habrás tardado por lo menos un día entero —observó Kate.
—He hecho el viaje en dos días, porque me paré en Wisconsin. Tenía que
hablar con un granjero de allí.
Resultaba sorprendente que hubiera llegado hasta Chicago sin matarse,
sabiendo cómo conducía.
—¿No te han puesto ninguna multa por exceso de velocidad?
—Perdona, ¿cómo dices? —preguntó fríamente.
Kate bajó los ojos, obstinada.
—¿Cuántos coches destrozaste mientras estabas en la universidad?
—Yo no soy un mal conductor —en el momento en que decía aquello, salió
a la carretera, sin darse cuenta de que en aquel momento pasaba un vehículo,
que tuvo que frenar para no chocar por detrás—. Idiotas —murmuró—. En esta maldita ciudad nadie sabe conducir como es debido. Van como locos. Esta noche he tenido ya cinco amenazas de encontronazo.
Kate no dijo nada, porque estaba demasiado concentrada haciendo
grandes esfuerzos para no echarse a reír.
—Está bien, está bien. Pero que quede claro que no fueron tres coches
los que dejé inservibles, como todo el mundo dice, sino dos.
Se miraron, sonrientes, y Kate se sonrojó un poco al darse cuenta de que
se fijaba en sus labios.
—Dime, Kate, ¿con quién me has confundido esta tarde cuando te llamé
por teléfono?
— Con el jefe de redacción del periódico. Tengo una habilidad especial
para que me den las peores tareas, porque el resto de la gente se escabulle.
— Me dijiste que estuviste en una conferencia de prensa. ¿De quién? —
preguntó él sacando un cigarrillo.
Kate le contó la historia del concejal, sus planes para la barriada y las
reformas que con tanto éxito estaba llevando a cabo el alcalde.
—Las ciudades grandes como ésta cada vez están más deshumanizadas, y
siempre es positivo que se intenten soluciones para los barrios más
conflictivos. A mí también me alegra porque me gusta Chicago.
Tom la miró con curiosidad, pero no dijo nada. Hubo un silencio, al cabo
del cual, Kate dijo:
—Nunca habías querido salir conmigo. De hecho, yo estaba convencida de
que me odiabas.
Acababan de llegar al restaurante. Tom detuvo el coche, puso el freno
de mano y la miró.
—El odio y el deseo son las dos caras de una misma moneda. Yo no podía
seducir a la mejor amiga de mi sobrina.
Kate tuvo la sensación de que el corazón quería salírsele del pecho.
—Yo... no me había dado cuenta.
—Porque yo me he preocupado siempre de disimular —respondió Tom
con voz suave, recorriéndola con una mirada intensa—. Mi mayor preocupación era mantener a Margo al margen de esas cosas. Por eso no he llevado nunca mujeres a casa. Tú eras la posibilidad más difícil, de hecho la primera mujer de mi vida que estaba completamente fuera de mi alcance.
Kate lo escuchaba sin dejar de pensar ni un momento en que Tom
estaba hablando en términos de deseo y no de amor. Tal y como le había
aconsejado su hermano Geo, más le valía andarse con cuidado. Pero era inútil,
porque ya no podía hacer nada; Tom se había introducido en su corazón, lo
amaba demasiado como para dar marcha atrás.
—Pero ahora Margo se ha casado —añadió él con voz cálida, acariciándole
el pelo de una manera que la hizo temblar—, y ya no tengo por qué disimular
durante más tiempo. Ya tienes casi veinticinco años, eres una mujer
independiente y responsable, y vives en la ciudad. Ya no tengo que tratarte
como a una niña, ¿verdad, Kate?
A Kate no le importaba en absoluto cómo la tratara, y ahí residía el
problema. Por una parte hubiera deseado decirle que se equivocaba al juzgarla; hablarle de su niñez y de la severísima educación que había recibido de su padre, pero también temía que al saber la verdad él regresara a Dakota del Sur y no volviera a acercarse a ella. Por eso se mordió la lengua y no le dijo que estaba equivocado.
Tom terminó de fumar su cigarro lentamente, y al inclinarse a apagarlo
se acercó mucho a ella, tanto que casi la rozaba. Kate sintió que se perdía en la profundidad de sus ojos, en su olor. Sintió que el corazón le daba un vuelco
cuando él posó la mano en su mejilla y comenzó a acariciarla lentamente,
pasando los dedos por sus labios.
—No llevas maquillaje —comentó suavemente —. Me gusta. Además, vas
vestida como una señora —añadió fijándose en su vestido —. Dime, ¿llevas algo debajo del vestido?
Sonrojándose, Kate apartó la vista, luchando para no mostrarse como la
niña inocente que era.
—¿Por qué no entramos a cenar?
Tom se echó a reír.
—Muy bien. Lo haremos a tu manera, si eso es lo que quieres.
Kate no sabía a qué se refería con aquella frase, pero prefirió no
preguntar, porque era más seguro.
El restaurante estaba prácticamente lleno, pero a ellos les dieron una
mesa en el piso superior. El ambiente era tan exquisito, que Kate no pudo evitar sentirse un tanto fuera de lugar, a pesar del elegante vestido que llevaba. Ella habría tenido que ahorrar durante meses para poder permitirse una cena en un sitio como aquel, mientras que todas las mujeres que veía a su alrededor olían a dinero y abundancia.
—No pongas esa cara, mujer —dijo Tom, advirtiendo su turbación —. Al
fin y al cabo son personas, como tú y como yo.
Kate se echó a reír, nerviosa.
—Si tú supieras cómo me he criado yo.
—Lo sé. Conozco la casa de tu abuela. Era un viejo edificio Victoriano,
pero elegante a su manera.
—Yo pasé mi niñez en Nebraska. En una granja. Mi padre era pobre, y mi
madre se fue de casa cuando Geo y yo éramos unos bebés. Después seguimos
viviendo con mi padre hasta que murió.
Lo que no dijo es que había muerto de un tumor cerebral que lo hizo
enloquecer. Se estremeció imperceptiblemente al evocar tantos recuerdos
dolorosos. Después de lo que había pasado con su padre, todavía sentía miedo a la autoridad masculina. Todavía le parecía escuchar los gritos de su padre, y sentía los correazos que le propinaba cada vez que se producía uno de sus frecuentes ataques de ira.
—Yo siempre he sido rico —contestó Tom—. Heredamos el dinero de
mi bisabuelo, que hizo su fortuna por el año 1880, cuando los temporales
acabaron con más de la mitad del ganado del oeste. El viejo diablo debía tener una habilidad especial para prever el mal tiempo, y se las arregló para trasladar su ganado al este antes que llegara el temporal de nieve. Así hizo su fortuna.
—Pero el dinero trae consigo quebraderos de cabeza —comentó Kate,
estudiándolo con atención—. Tú, por ejemplo, apenas dispones de tiempo para dedicarlo a ti mismo.
Tom torció la boca.
—¿Tú crees?
Kate bajó la vista, fijándola en el mantel. Por un momento sólo se
escuchó la melodía romántica de fondo y el ruido mitigado de las
conversaciones a su alrededor.
—Por lo menos durante el día. Cuando Margo y yo éramos pequeñas y yo
pasaba temporadas en el rancho, recuerdo que tú siempre estabas ocupado con algo.
—Cuando se tienen negocios entre manos, uno no puede estar con los
brazos cruzados, Kate. Yo no podría soportar una vida inactiva.
Y era cierto. Kate no podía imaginarse a un hombre de su constitución y
fuerza física sentado todo el día detrás de un escritorio.
—Yo tampoco soportaría estar sin hacer nada. Aunque mi trabajo es a
veces desagradable, también tiene muchas compensaciones.
—En eso te creo. Trabajas rodeada de hombres, ¿verdad?
Era evidente el doble sentido de su pregunta. Pero Kate no estaba
dispuesta a dejarse avasallar, y lo miró directamente, sin vacilar.
—Sí, trabajo con muchos hombres, y no sólo en la redacción del
periódico. También conozco policías, miembros de equipos de rescate,
políticos... ya sabes. Yo soy como cualquiera de los compañeros.
—Ya lo veo —respondió él con marcada ironía, fijándose en el escote de
su vestido.
—Para tu información, cuando voy a trabajar no me pongo vestidos
provocativos, ni me dedico a mirar a hombres casados... ¡y si sigues haciendo
alusiones veladas sobre lo que sorprendiste en la caseta de baño hace seis
años, me iré ahora mismo de aquí!
—Siéntate.
Se lo dijo con tanta frialdad, que Kate se sintió enferma. Casi
inconscientemente, quizá intimidada por su manera de mirarla, se sentó,
temblando de furia. A su alrededor, la gente se volvía, quizá interesada por lo que debía parecer una pelea de enamorados.
—Sé muy bien lo que pensaste aquel día, y te vuelvo a repetir que
estabas equivocado.
—Lo que vi era demasiado evidente para que ahora vengas tú a
negármelo. Si en vez de ser tú hubiera encontrado allí a mi sobrina, le habría
partido la cara sin dudarlo, aunque ella lo hubiera provocado.
Así era su carácter; luchaba por lo que era suyo como un tigre, pero no
por Kate, porque de ella pensaba que era una muchachita ligera de cascos que no necesitaba la protección de nadie. Resultaba incluso sorprendente que se inclinara de tal modo a creer siempre lo peor de ella, aun cuando las evidencias apuntaban lo contrario. Después de conocerla durante años, y de ser encantador con ella, en un solo día había cambiado por completo de opinión. La verdad era que Kate nunca había comprendido el porqué.
—Qué afortunada era Margo al tenerte a ti para que la mimaras —
murmuró amargamente—. Georg y yo nunca hemos tenido ese problema, desde luego.
—Tu abuela no era pobre —arguyó Tom.
—No me estaba refiriendo al dinero.
Lo que les había faltado a Georg y a ella había sido un poco de amor. La
Abuela Listing nunca había sido una persona demasiado afectiva, y no había
renunciado a nada por ellos; por el contrario, estaba obsesionada con la idea de que a los niños no había que mimarlos demasiado.
En aquel momento se presentó el camarero con las cartas, y Kate estudió
la suya sin el menor interés. Aquella conversación había terminado del todo con su apetito.
—¿Qué quieres? —preguntó Tom en tono indiferente.
Kate se limitó a responderle con una mirada que no requería palabras
adicionales. La reacción de Tom fue romper a reír con todas sus ganas.
—Es cierto eso de que hay miradas que matan... ¿estabas pensando que
te gustaría verme a mí incluido en el menú?
—Te odio —replicó Kate con toda su alma—. Ha sido un tremendo error
por mi parte acceder a salir contigo. No, no quiero comer nada; me quiero ir. Tú quédate y disfruta de tu cena. Yo voy a tomar un taxi y me voy a casa...
—Como no te sientes ahora mismo, aquí va a haber algo más que palabras.
Detesto las escenitas de este tipo.
—Pues qué casualidad, porque hasta esta noche no había tenido que
hacer nunca alguna —replicó Kate secamente.
Tom se quedó mirándola, envuelto en un tumulto de sentimientos
contradictorios, de los cuales, el más intenso era el deseo. Aquella mujer era la
más apetecible que había conocido, y se había pasado años y años haciéndose reproches y tratando de mitigar la pasión que lo consumía cada vez que la tenía cerca. Y ahora que las barreras habían desaparecido, no conseguía hacerse a la idea de que la tenía a su alcance, y se veía sumido en un mar de confusión. Era una mujer deliciosa; en ella se resumían todos sus sueños de seducción y dulzura, y lo peor era que no podía dejar de pensar en cuántos hombres la habrían deseado de la misma forma enloquecida que él, y cuántos la habrían poseído... llegado a ese punto, los celos lo atormentaban y no le dejaban en paz. Sin embargo, no le importaba; estaba dispuesto a tragarse toda la rabia con tal de poseerla una vez, aunque sólo fuera por una noche, el tiempo suficiente para conocer aquel cuerpo suave e insinuante encendido por la pasión. Después la fiebre se apagaría y se liberaría de su hechizo.
Kate no se podía imaginar que Tom había empezado a mirarla como una
mujer desde el momento en que la vio besando a aquel muchacho en la piscina, presa de apasionamiento, pero cuando su deseo se manifestó con más
brutalidad fue al sorprenderla desnuda en la caseta de baño. La impresión
había sido tan fuerte, que estalló.
Tom ni siquiera quería salir con ella aquella noche, pero el deseo había
terminado por vencer a la voluntad. Era una fuerza irresistible que no podía
detener. Por eso se alegraba en el fondo de que Kate fuera una mujer
experimentada en cuestiones sexuales; así no tendría que superar los
escrúpulos de seducir a una inocente. Él pensaba, con su mentalidad un tanto
anticuada, que el día que le hiciera el amor a una mujer virgen, tendría que
casarse con ella.
Kate parecía triste, y él la miraba irritado consigo mismo. El deseo era tan fuerte que ya lo sentía como algo vivo en su cuerpo cuando ni siquiera la
había tocado aún. Aquella mujer era una tentación. No importaba que no fuera inocente, porque si hubiera sido virgen, jamás se habría atrevido a ponerle una mano encima.
Tom se recostó en su asiento y paseó la mirada por el escote del vestido.
—Mírame.
Así lo hizo Kate, temblorosa de furia. Lo había estropeado todo. Cuando
ella habló, tenía la voz trémula.
—No debería haber venido contigo. Roger Dean quería invitarme a una
pizza. Debería haber aceptado.
—¿De quién hablas?
—Roger Dean —repitió Kate, aprovechándose de su irritación—. Es un
reportero de otra revista. Un hombre muy guapo y muy simpático. A él le gusto tal como soy.
Entonces era cierto que había otros hombres. Aquella certeza lo hirió en
lo más profundo, despertando un sentimiento que no tenía previsto.
—¿No quisiste salir con él para venir conmigo? —le preguntó, con la
sensación de que aquello debía ser una práctica habitual en ella.
—Rechacé su invitación antes que tú llamaras. Siento desilusionarte.
En aquel momento llegó el camarero. Tom pidió para él carne asada con
papas y luego se volvió a Kate.
—¿Tú qué quieres?
—Cóctel de mariscos y un café.
—Necesitas comer algo más.
—Muchas gracias, pero no quiero nada más.
Kate le devolvió la carta al camarero con una débil sonrisa, y hasta ese
momento Tom no se dio cuenta de que parecía muy cansada.
—Te he estropeado la noche, ¿verdad? —le preguntó mientras encendía
un cigarrillo, mirándola inquisitivamente.
—Cuando llamaste acababa de llegar a casa y después tuve que
arreglarme a toda velocidad. He revuelto todo el armario buscando un vestido lo suficiente bonito como para que te gustara a ti. Me sentía... emocionada ante la perspectiva de salir contigo una noche, después de todos estos años en los que he creído que lo único que sentías por mí era repulsión. No podía imaginarme que quisieras salir conmigo. Así que este desastre ha sido culpa mía—añadió bajando los ojos—; he venido yo porque he querido, y no debería haberlo hecho.
Tom la miró atónito, porque lo último que a él se le habría ocurrido era
que Kate pudiera querer salir con él. Alguna vez había pensado que era posible que sintiera algo de la atracción física que a él lo empujaba, pero nunca nada más. A pesar de su aspecto de mujer moderna, Kate era muy reservada y misteriosa, y costaba trabajo adivinar sus sentimientos.
—Podríamos hacer una tregua, aunque sólo sea por una vez.
Por primera vez en su vida, Tom no se sentía al mando de la situación
con una mujer, y era culpa de Kate, que se las arreglaba para hacerle creer
todo lo que decía... o lo intentaba, porque él no se iba a fiar de su supuesta
sinceridad.
Vencida por su sonrisa, Kate contestó:
— Está bien, podemos intentar una tregua, si quieres.
Tom le tomó la mano y la levantó un momento para mirarla. Era una
mano pequeña, fina, sin anillos y con las uñas cortas y redondeadas, sin pintar.
Pero lo más desconcertante era que al tocarla perdía el aliento.
Cuando sintió que la empezaba a acariciar, Kate lo miró a los ojos, y al
cabo de unos segundos las caricias y las miradas habían hecho desaparecer
todo lo que les rodeaba.
Al cabo de un momento, la mirada de Tom se hizo dura, y sus dedos se
cerraron en torno a su mano con fuerza.
—Kate —susurró, al tiempo que entrelazaba los dedos de ambos, en un
gesto que resultaba tan íntimo como un beso.
Kate se sentía intimidada tanto por su mirada como por aquella caricia
insinuante. Era una sensación nueva para ella que hizo que su respiración se
acelerara y que su cuerpo reaccionara de manera imprevista, como si antes
hubiese estado dormido.
—Años —agregó Tom—. He esperado años a que llegara esta noche,
Kate.
Intuyendo lo que insinuaba, Kate estuvo a punto de confesarle un montón
de cosas, pero se contuvo. No podía echar a perder en un momento algo que
podía ser maravilloso. Sí, ella también había esperado durante años aquella
noche, y ahora todos sus sueños dorados parecían a punto de cumplirse. De lo
que no estaba segura era de si los sueños de Tom se corresponderían con los
suyos. ¿Habrían esperado ambos por la misma razón?

CUATRO
En aquel momento llegó el camarero, y el encanto quedó roto. Kate comió
mecánicamente, porque su mente estaba puesta en los sentimientos
maravillosos que le producía la presencia de Tom. A partir de entonces la
conversación se centró en temas sin trascendencia, pero a pesar de todo, Kate
hubiera podido jurar que Tom se encontraba tan excitado
físicamente como ella; lo adivinaba por sus ojos, que apenas se apartaban de
ella ni un momento.
Cuando hubo terminado su plato, encendió su cigarrillo y le preguntó:
—¿Qué quieres de postre?
—No quiero nada, gracias. No me gustan los dulces.
—A mí tampoco, pero tengo una excepción de oro; el pastel de manzana.
Janet, nuestra criada, hace uno de vez en cuando, si mi padre se lo pide.
—Tu padre es un hombre muy agradable —observó Kate.
—Agradable. Esa es la palabra. A mí nadie me ha acusado nunca de ser
agradable.
—Cada uno es como es, Tom.
—Ya, y si no llega a ser por mi temperamento fuerte, habríamos perdido
Warlace hace doce años. También hay cualidades como el sentido común. Mi
padre se gastaba el capital más deprisa de lo que tardaba en ganarlo con el
rancho. Últimamente, los ranchos han pasado una mala época, y muchos
propietarios se han arruinado.
—Tú nunca te arruinarás —murmuró Kate.
—Yo no soy Superman. Y debo admitir que también he cometido muchos
errores. Pero cuando se trata de negocios, o se es duro, o no se llega a ninguna parte. Mi padre debería haber sido inventor. Se pasaba el día metido en su taller y no se preocupaba de renovar el ganado.
Kate lo miró a los ojos y por fin se atrevió a hacerle la pregunta que le
rondaba.
—Tu madre no era una mujer soñadora, ¿verdad?
Tom se quedó mirando al vacío un momento, y luego empezó a hablar.
—Yo la odiaba —dijo en voz muy baja, casi un susurro—. Desde que fui lo
suficiente mayor como para comprender todo lo que le estaba haciendo a mi
padre, la odié con todas mis fuerzas. No era más que una fulana oportunista.
Cuando ya se había casado con aquel petrolero de Texas me invitó a pasar con ella unos días, y resultó muy cómico verla intentando justificarse.
—Ni siquiera te molestaste en escucharla, ¿verdad? —preguntó Kate con
tristeza.
Su mirada se volvió fría.
—Tú no puedes hacerte una idea de lo que fue mi niñez.
Claro que sé lo podía imaginar; con aquel orgullo suyo debió de ser un
verdadero infierno.
—Terminaste por salirte del colegio, ¿verdad?
—Mi padre se cansó de que el director lo llamara a su despacho dos
veces por semana. Siempre me estaba metiendo en peleas.
—Mi padre decía que mi madre era como la tuya —dijo Kate, con voz
vacilante—. De todas formas, yo no puedo hablar, porque no llegué a conocerla. Luego mi padre perdió la cabeza por culpa de una enfermedad, y le dio por obsesionarse conmigo; decía que tenía que evitar a toda costa que yo fuera como ella.
Tom estuvo a punto de hacer un comentario sarcástico, pero se
contuvo a tiempo. Le maravillaba que tuviera la desfachatez de hablarle así
cuando en realidad debía ser como ella. A pesar de la amargura de su gesto no podía creer lo que le intentaba hacer creer. No podía confiar en ella.
—Mi padre y yo siempre procuramos que Margo no viera nada malo a su
alrededor, sin hacérselo notar.
Apagó su cigarrillo con un gesto brusco. No quería saber nada acerca de
la infancia de Kate; ya sabía lo suficiente de ella. El deseo seguía
atormentándolo, cada vez con mayor intensidad.
—¿Quieres que nos vayamos ya?
—Sí.
Kate lo miró pagar con expresión ausente. Como era de esperar, Tom
se había aburrido de ella antes de lo previsto y ahora la llevaría a casa y él
volvería a Dakota del Sur. Pasarían meses enteros hasta que lo volviera a ver, o quizá no volvería a verlo nunca, a juzgar por su actitud, que se había vuelto más fría.
Salieron al exterior, donde los envolvieron las luces de neón y el
estrépito del tráfico.
—Yo nunca podría acostumbrarme a vivir en la ciudad —observó Tom
cuando estuvieron en el coche—. A mi me gustan los espacios abiertos.
—Al principio, cuando vine aquí, yo no conseguía dormir por las noches —
comentó Kate con una sonrisa—. Me despertaban constantemente los ruidos de
las sirenas y las bocinas, que no se parecen en nada al maullido de los gatos y a los mugidos del ganado.
—Sí.
Kate lo miró mientras maniobraba para salir del estacionamiento, y se
dijo que no había ningún motivo para negarse aquel placer sabiendo que
probablemente no volvería a verlo a solas. Tom se detuvo en un semáforo y la
miró fugazmente.
—¿Se puede saber por qué me estás mirando así?
Kate le miró con expresión soñadora. Tom entonces le tomó una mano y
no dejó de acariciársela hasta que llegaron a su casa.
Cuando estuvieron frente a los apartamentos, Kate estaba al borde del
ataque de nervios, sumida en una incertidumbre absoluta. Tom detuvo el
coche, le soltó la mano y se volvió a mirarla lentamente. Mientras tanto ella le
contemplaba el rostro, apenas iluminado por las luces de los faroles, y él hacía
un esfuerzo para que el deseo que lo devoraba no le hiciera perder el control.
Kate sintió que su orgullo se desvanecía, dominado por la magnitud de su
amor. ¿De qué le iba a servir el orgullo después, cuando él se hubiera marchado y volviera a estar sola?
Sus manos trémulas buscaron las de él.
—Tom, por favor, bésame. Aunque sólo sea una vez...
Aquella petición terminó de volverlo loco. Tom la abrazó con demasiada
brusquedad quizá, pero es que le ardía el cuerpo. Le hizo volver la cara hacia él, sintiéndose más hombre y más poderoso que nunca, y clavó la vista en sus ojos anhelantes.
—Abre la boca y apóyala en la mía, Kate —le dijo casi en tono de mando.
Sus manos en las mejillas la quemaban. Aquel era el sueño de su vida,
llegar a besarlo algún día.
Kate cerró los ojos ya cuajados de lágrimas e hizo tal y como él le decía.
Sintió el contacto de sus labios y se estremeció, casi temiendo que no podría
expresar todo lo que en aquel momento estaba sintiendo por él.
—Tom —susurró deslizando las manos por su pecho, por debajo de su
chaqueta.
Sentía en la palma de la mano, y bajo la camisa, sus músculos tensos y el
vello. En aquel momento, Tom la hizo apoyar la cabeza en su hombro e
introdujo la lengua entre sus labios entreabiertos, delicadamente al principio,
hasta que tomó posesión completa de ella y el beso se hizo íntimo, profundo,
tan placentero que resultaba devastador.
Kate seguía acariciándole el pecho por encima de la camisa, hasta que
sintió la mano de Tom, impaciente, que comenzaba a desabrochar los botones.
Después le llevó la mano allí donde había abierto la camisa y la movió
lentamente enseñándole cómo le gustaba que lo acariciara.
La pasión creció bruscamente, como una tormenta. Los movimientos
suaves y pausados de Tom se volvieron de pronto casi violentos; la hizo
recostarse sobre el asiento y la besó con todas sus fuerzas. Kate se entregó
sin resistencia, cediendo a aquel ardor que se correspondía con lo mejor de sus
sueños. Comenzó a gemir débilmente, sin darse cuenta de que Tom estaba
llegando a límites de excitación incontenibles.
Por fin él se apartó, con la respiración entrecortada y el corazón palpitante.
—No podemos quedarnos aquí toda la noche haciendo esto. ¿Vamos a tu
apartamento o a mi habitación del hotel? ¿O quieres que me vaya solo?
Debía haberle indicado aquello último. También debería haberle dicho
que ella era virgen y que él no tenía ningún derecho a pedirle aquello después de tratarla como lo había hecho. Pero también era posible que él no se diera cuenta de nada, y, además, después de haberse pasado toda la vida sola, ¿no se merecía un poco de luz entre tanta oscuridad? Un solo recuerdo alegre...
Aunque sólo fuera por amarlo tanto, tenía aquel derecho.
—No... te vayas a casa —susurró.
Tom la miró a los ojos con una sensación de triunfo, mientras se
esforzaba por no pensar cuántas veces se habría entregado a otros hombres
con tanta facilidad.
Subieron al apartamento en silencio. Kate empezó a sentirse violenta, y
la tensión aumentó cuando abrió la puerta del apartamento y lo hizo entrar.
Una vez dentro, se volvió con la intención de decirle que no estaba segura, para explicarle lo que tenía que saber de su pasado. Pero él no la dejó decir nada, la retuvo contra la puerta y comenzó a besarla con infinita suavidad.
El apartamento estaba a oscuras, y afuera, el barullo del tráfico y las
sirenas quedaba amortiguado por el acelerado ritmo de las respiraciones
entremezcladas. Kate sintió que Tom ponía las manos en sus caderas, y acto
seguido su cuerpo la oprimía con todo su peso contra la puerta. Sentía en la
espalda el frío pomo de la puerta. Su propio cuerpo reaccionaba de una manera extraña; sin darse cuenta estaba arqueando la espalda, oprimiendo las caderas contra las de él, estimulando su ardor.
Tom le acariciaba los muslos con movimientos ascendentes,
arrastrando con la mano su falda, mientras seguía besándola con una ternura
enloquecedora. Entonces Tom la hizo moverse un poco, y enseguida sintió sus
manos desatando los tirantes que sujetaban el talle de su vestido. Lo miró con
los ojos muy abiertos, asustada, lo cual extrañó a Tom, que sabía de sobra
que no era el primer hombre que hacía aquello con ella. Sin embargo, no cabía duda de que Kate lo deseaba con todas sus fuerzas, y eso lo complacía.
Cuando había terminado de desatar los tirantes y estaba a punto de
dejar al descubierto sus pechos llenos y suaves, Kate cedió a un reflejo
instintivo y lo sujetó por las muñecas.
—No finjas, Kate —le dijo él suavemente—. Ya te he dicho antes que no
quiero que conmigo te hagas la inocente.
Aquello equivalía a decir que si se enteraba de que en efecto era
inocente saldría inmediatamente por la puerta y perdería todo interés. Kate se mordió los labios desesperada. ¿Qué iba a ocurrir cuando estuvieran en la
cama? ¿Se daría cuenta? Quizá se pusiera furioso...
—Deja de mirarme de esa manera, y en vez de morderte los labios,
muérdemelos a mí...
Tom recorrió su rostro con besos menudos y suaves. Mientras tanto,
iba deslizando su vestido hacia abajo, y acariciaba suavemente la parte
superior de sus pechos.
—Relájate —susurró al sentirla temblar bajo sus manos—. La noche es
larga... no tenemos ninguna prisa.
No era cierto; el miedo a que descubriera la verdad hacía que Kate
deseara que todo sucediera muy aprisa, lo más rápido. Ella lo amaba y quería ofrecerle una noche que ya no pudiera olvidar jamás.
Aunque no tenía experiencia, Kate era una devoradora de libros, y había
aprendido mucho acerca de los hombres en sus novelas de amor. Así que sin
pensarlo más llevó las manos hasta su camisa y comenzó a acariciarle el pecho, enredando los dedos en su vello. Mientras tanto, hacía oscilar sus caderas levemente, rozando sus muslos.
Tom se estremeció, y las caricias de su boca se hicieron bruscas. Dejó
de insinuar caricias en sus senos y los frotó con energía, deslizando la palma de la mano contra sus pezones erguidos, asiéndolos entre los dedos.
Kate lo sintió estremecerse y se dio cuenta de que estaba tan excitado
que había perdido el control; lo notaba en la pasión exaltada con que había
empezado a acariciarla. Comenzó a moverse, introduciendo la rodilla entre sus muslos. Después con un movimiento impaciente, la desnudó hasta la cintura, y apretó el cuerpo contra el suyo, casi haciéndole daño en los pechos desnudos.
Le ardía todo el cuerpo. Tom la acariciaba como nunca hubiera soñado
que un hombre pudiera hacerlo. De alguna manera se las arregló para
desnudarla a ella y a él mismo mientras seguían allí de píe. El deseo le creaba
tanta tensión, que fue un alivio para Kate sentir su piel desnuda contra la suya
por fin, sin ninguna barrera.
Sin abandonar la presión insistente de su boca, Tom la levantó en
brazos y la llevó al dormitorio. A partir de entonces las cosas sucedieron
con una rapidez vertiginosa; un segundo después estaba sobre ella, recorriendo centímetro a centímetro su piel con su boca caliente y húmeda, como si quisiera devorarla. Cuando por fin la colocó con una intención clara de pasar adelante, Kate empezó a temblar de pies a cabeza, aunque el deseo podía con el miedo.
—Tom —gimió con los ojos húmedos de lágrimas.
—No digas nada —susurró él.
Diciendo aquello, la agarró de las manos y se colocó sobre ella.
—Ten... cuidado —le dijo a duras penas, pues los nervios no la dejaban ni
hablar.
—No voy a hacerte daño. Relájate.
Apenas había tenido tiempo para darse cuenta de lo que le estaba
diciendo cuando Tom ya había penetrado en su cuerpo. Se miraban a los ojos.
Sintiéndola tensa, Tom la acarició suavemente entre los muslos, para
apaciguarla. Pero Kate sufrió un violento estremecimiento; aquello no era
nervios, ni tensión, sino dolor, simple y llanamente. Entonces Tom se inclinó
sobre ella y comenzó a moverse en su interior mordiéndole los labios con
ansiedad.
Ella intentó apartarlo de sí poniéndole ambas manos contra su pecho,
pero ya era demasiado tarde; él pensó que sus movimientos bruscos y
repentinos eran la señal de que ella alcanzaba el orgasmo, en vez de que se
debatía desesperadamente, como lo estaba haciendo. Aquella reacción de Kate lo puso al borde de la culminación al empezar por primera vez en su vida. Las lágrimas quemaban los ojos de Kate pero él no las veía. Sin preocuparse más, Jacob se dejó llevar por las riendas de su propio placer, hasta alcanzar un frenesí de pasión que explotó como una terrible tormenta en el interior de su cuerpo. Al terminar, lanzó un prolongado grito de angustia y satisfacción.
Se apartó en el momento último, tan tarde que no podía estar seguro de
si había conseguido su objetivo de protegerla, ya que ella le había insinuado que no había puesto ningún medio por su cuenta. Pero en aquel momento no podía pensar en nada; tan sólo quería gozar de su piel sedosa, del olor de ella, tan exhausto de placer que no le hubiera importado morir.
Mucho tiempo después, el rumor de unos sollozos lo sacó de su placentero estado. Levantó la cabeza y vio el rostro blanco como la cera de
Kate, bañado en lágrimas.
—¿Te he hecho daño? —susurró en un hilo de voz.
Kate le empujó para librarse de su peso.
—Por favor...
Su expresión lo decía todo. Tom se echó a un lado, pensando que
aquella no era la reacción de una mujer que acababa de satisfacer sus deseos.
—Espera —gritó al ver que se levantaba dirigiéndose al cuarto de baño—.
Por el amor de Dios, vuelve aquí y cuéntame qué te pasa. Deja que te compense, ya verás.
—¿Compensarme? —repitió Kate con repugnancia—. Prefiero morirme
antes que vuelvas a hacerme eso. ¡Dios mío, ha sido horrible!
Kate corrió al cuarto de baño y se encerró con llave, sintiéndose
enferma de asco por lo que acababa de ocurrir. Al principio había sentido un
dolor intenso, pero luego, paulatinamente, Tom le había proporcionado un
placer que ahora quería olvidar. Sí, había sentido oleadas de placer en su
vientre, que crecían y crecían, empujándola a arañarlo, a morderlo, a besarlo
hasta la saciedad. Pero cuando el placer acababa de empezar, Tom había
terminado con ella, y era la frustración lo que había hecho que se encolerizara
y enfermara de angustia. Así que aquello era el sexo; un vislumbre de placer
para las mujeres y la satisfacción absoluta para los hombres. Resultaba una
experiencia horrible tocar por un momento el cielo con las manos para después caer en tierra con una sensación insufrible de insatisfacción. ¿Y ahora quería volver a hacerlo, sólo para disfrutar él una vez más? Se sentía demasiado frustrada como para pensar en ello tranquilamente y alcanzar a comprenderlo.
No podía más, y rompió a llorar.
En la habitación contigua, Tom había empezado a vestirse con movimientos fríos. A él también le tocaba ahora su dosis de frustración. Le habían dicho muchas cosas sobre su manera de hacer el amor las mujeres a las que había conocido, pero nunca que fuera horrible. Lo que más le dolía era
saber que en efecto había perdido el control, que no había podido contenerse y que ella lo sabía. Si Kate hubiera querido, podría haberla compensado; pero al sólo ver su expresión se había dado cuenta de que no había nada que hacer. La había decepcionado irremediablemente. Le había resultado desagradable. Pero, ¿cómo era posible que no se diera cuenta de que era ella quien le había llevado hasta aquellos extremos intolerables de excitación? ¿Para qué lo empujaba hasta hacerlo perder el control si después iba a quejarse de no quedar satisfecha? La única conclusión posible era que todo había sido culpa suya. O quizá era un juego que acostumbraba a jugar con todos los hombres, para ocultar su frigidez. Sin embargo, ella se había mostrado muy apasionada al principio. Entonces, ¿qué podía haber fallado?
Mientras terminaba de vestirse, cuanto más pensaba y le daba vueltas a
lo que Kate le había dicho, más se enfadaba. ¿Así que había sido horrible? Pues bien, no tenía por qué preocuparse, porque no pensaba volver a molestarla más en ese aspecto. En su vida se había sentido más ridículo, y lo peor era que no dejaba de oír los gemidos ahogados de Kate, procedentes del cuarto de baño, lo que terminaba por colmar su confusión.
—Ábreme la puerta o te juro que la echo abajo ahora mismo.
Kate se envolvió en una toalla y abrió una rendija. Incapaz de mirarlo a
los ojos, permaneció en silencio.
—Por los servicios prestados —dijo él dejando un billete de cien dólares
en el lavabo—. Quizá así te sentirás compensada después de haberla pasado
tan mal.
Dicho aquello se marchó cerrando de un portazo, dejando a Kate hecha
un mar de lágrimas, que eran de decepción y de rabia.
No se le ocurrió pensar que aquel último gesto despectivo estaba
provocado por la rabia y el sentimiento de culpabilidad al no haberse sabido
controlar a tiempo. Como era natural en una mujer sin experiencia, como ella,
cometió el error de tomárselo al pie de la letra. Después de tanto años de
amarlo y desearlo, su historia terminaba de aquella manera. Tom tan sólo
había pretendido disfrutar de su cuerpo, y con la urgencia, ni siquiera había
reparado en que ella era virgen. La había utilizado y después se marchaba sin decirle siquiera una palabra amable.
Kate tomó un baño, obsesionada por quitarse su olor del cuerpo, y
después echó las sábanas en la lavadora y se dispuso a dormir en el sofá.
Mientras se dejaba llevar por las lágrimas, pensaba que nunca más podría
volver a dormir en su cama.
A la mañana siguiente, al despertar, le vino a la memoria de golpe lo
ocurrido la noche anterior. Como le decía su padre, ya era una mujer perdida.
Probablemente Tom pensaría lo mismo. Mientras se vestía para ir al trabajo
pensó que le aguardaban días de incertidumbre, porque a pesar de las
precauciones que él había tomado en el último momento, no estaba del todo
descartada la posibilidad de que hubiera quedado embarazada.
Por muy extraño que pareciera, la idea de tener un hijo de Tom no le
disgustaba en absoluto, a pesar de lo que le había hecho. Debía ser muy
agradable tener una criatura pequeña y suave a la que cuidar. Sí, sería
agradable tener a alguien que le perteneciera por completo. La otra cara de la moneda era que si por casualidad se quedaba embarazada de verdad, iba a resultar imposible mantener el secreto para que no se enteraran Margo y Georg, e incluso Tom. A él no podría ocultárselo, porque, aun después de lo ocurrido, Tom continuaría en contacto con Geo. Así que si quedaba embarazada, él se enteraría, y eso sería el fin.
Kate no tenía ninguna intención de casarse con él por culpa de un bebé.
Antes de eso, estaba dispuesta a cualquier cosa, aunque tuviera que salir del
país...
Se le ocurrió mirar el reloj. ¡Las ocho! Llegaría tarde al trabajo. Llegó a
la redacción justo a tiempo para que la enviaran a cubrir la información de un
incendio. Afortunadamente, era de pequeñas proporciones, y no había habido
desgracias personales. Para ella incluso resultó un alivio olvidarse de sus
preocupaciones mientras duró el tumulto.
Cuando regresó a la oficina, fue directamente al despacho de su jefe y
le preguntó si había alguna vacante en la sección de sucesos y casos policiales.
—Sí —le respondió Morgan Winthrop—. Pero, ¿tú crees que te va a
gustar un trabajo de ese tipo, Kate? Es muy duro, te advierto .
—Déjame intentarlo, por favor— Hubo un momento de vacilación, y por
fin cedió: —De acuerdo. El trabajo es tuyo.
Kate se puso tan contenta que hubiera querido darle un beso. Aquello
significaba que iba a tener algo en que ocupar su mente, algo que la distrajera de los recuerdos que amenazaban con destruirla. Y aunque sabía que al final no le iba a quedar más remedio que enfrentarse con la tristeza y el abatimiento que Tom había sembrado en su vida, prefería retrasarlo lo más posible.
Georg la llamó un día de la semana siguiente, pero Kate no le contó nada
acerca de su desastrosa cita con Tom ni del nuevo trabajo que se había
buscado. Él estaba muy ocupado con una nueva campaña para la agencia de
publicidad y pasaría una semana fuera de la ciudad, así que tenía la intención de aprovechar el viaje para pasar un par de días con ella. Kate se mostró
entusiasmada, aunque secretamente se alegraba de que la visita de su hermano tuviera lugar bastantes días después, pues así, cuando lo viera, ya le habría dado tiempo de asimilar un poco más el disgusto.
En los días siguientes se concentró de lleno en su trabajo. Trabajaba con
Bud Schuman, el compañero que solía contarle historias del viejo Chicago. Bud
aparentaba sesenta años, pero Kate nunca se atrevía a preguntarle la edad
porque podría muy bien tener noventa. Bud tenía una radio con la que podía
acceder a ciertas frecuencias prohibidas y sólo utilizadas por la policía.
—No es que no sea honrado —le decía Bud—. Es una cosa de carácter
psíquico, o por lo menos eso es lo que le digo a la policía cuando me preguntan cómo he averiguado algún secreto. Eso es otra cosa que debes aprender, querida; nunca les preguntes si está pasando algo. Lo que tienes que preguntar es si ha ocurrido algo determinado y si han hecho ya algún arresto. Siempre puedes echar un vistazo a sus informes si necesitas saber algo.
Resultaba toda una experiencia trabajar con un reportero veterano.
Parecía conocer a todo el mundo en la comisaría, en el centro de protección
civil, en el personal de conductores de ambulancias, por no hablar de las
secretarias. Él la enseñó a obtener información con métodos insospechados y a
desentrañar noticias poco claras.
Tal y como le había advertido Morgan Winthrop, el trabajo podía ser
muy duro a veces, porque había gran cantidad de asesinatos, suicidios e
historias de tráfico de drogas, así como accidentes laborales y personas
quemadas en los incendios, ahogados, niños violados y alguno que otro tiroteo. A veces, su actividad llegaba a ser peligrosa, pero todo ello le dejaba a Kate poco tiempo para pensar, y eso era lo que buscaba.
Los peores momentos llegaban por la noche, cuando después de la
jornada se encontraba sola en su apartamento. Incluso había llegado a aceptar una cita con Roger Dean para escapar al fantasma que la perseguía en sus horas de soledad, y había resultado un pequeño desastre. Roger y ella no tenían nada en común aparte de su profesión, y aunque gracias a esto último tenían tema de conversación para rato, sus puntos de vista acerca de la vida eran completamente opuestos. Lo más desesperante fue que Kate empezó a pensar en Tom mientras estaba con Roger.
Se preguntaba si Tom pensaría tanto como ella en la noche que habían
pasado juntos, o si le preocupaba su reacción. Seguramente debía sentirse
bastante herido en su orgullo después de que ella lo calificara de horrible,
sobre todo teniendo en cuenta que él no sabía a qué se refería ella. Pero su
actuación antes de marcharse había sido deplorable, mucho peor que la suya.
Kate todavía conservaba el dinero que le había dejado como un recuerdo para no olvidar nunca el tipo de hombre que era.
El único motivo que tenía para alegrarse era que por fin sabía con
seguridad que no había quedado embarazada. Una semana después supo que no tenía nada que temer al respecto, pero no obstante, el sentimiento de
culpabilidad seguía atenazándola.
El día que Georg llegó, ella había estado trabajando en un asesinato que
tenía ciertas implicaciones con el terrorismo. Un grupo radical había asesinado
a una familia completa, y Kate se preguntaba si alguna vez en su vida podría
olvidar lo que había visto en aquella casa. En situaciones como aquella era
cuando descubría la cara negra de su trabajo. Una cosa era ver los crímenes ya resueltos, pero otra bien distinta era mirar cara a cara los resultados del
crimen.
—Pareces muy cansada, hermanita —le comentó su hermano mientras
cenaban en su apartamento—. ¿Has tenido un día muy duro?
—Más de lo que te imaginas —contestó ella con un suspiro—. Me he
buscado un nuevo trabajo dentro del periódico que creo que está acabando
conmigo.
—¿En qué sección te has metido?
—En la de sucesos. Hoy hemos tenido una auténtica masacre.
Geo dejó el tenedor en el plato y la miró con cierta preocupación.
—Ese no es un trabajo para ti. Pero dime, Kate, ¿te encuentras bien? A
ti te pasa algo.
Kate hubiera querido decírselo, confiarse a él como cuando eran
pequeños, pero aquello era demasiado íntimo, demasiado personal para
contárselo, aunque él fuera su hermano.
Bajó la vista y se pasó la mano por el pelo. Hacía poco que se lo había
cortado de una manera que le daba un aire muy sofisticado. En realidad lo hizo en un intento más por borrar los recuerdos, por romper con el pasado. Así
parecía más madura, no sólo por el aspecto exterior, sino también por la
expresión de sus ojos.
—No me pasa nada —dijo.
—¿Tienes algún problema?
Kate se mordió los labios.
—No.
—No me refiero a problemas amorosos —dijo él con una sonrisa—. Ya sé
que tú no eres el prototipo de mujer liberada, y nunca te acostarías con un
hombre sin estar casada.
Pero, ¿qué se proponía su hermano diciéndole eso?
—Bueno, Geo, la verdad es que...
En aquel momento sonó el teléfono, y Kate se levantó a contestarlo con
cierto sobresalto. Cada vez que sonaba, sobre todo a aquellas horas, esperaba y temía que fuese Tom. Pero por supuesto, nunca era él, y nunca lo sería.
—¿Dígame?
—Hola, soy Bud. Acabo de caerme por la escalera y me he torcido el
maldito tobillo,  así que no puedo dar ni un paso. La policía acaba de acorralar al comando que asesinó a la familia —a continuación le dio la dirección que ella escribió a toda prisa en un papel—. ¿Tienes la cámara a mano? Puede ser que Harvey envíe a algún fotógrafo, pero esta tarde, cuando salí de la redacción, no quedaba nadie por allí, así que ya puedes ir poniéndote en camino para allá, chica, porque tienes la oportunidad de conseguir una exclusiva.
—¡ahora mismo voy! —respondió Kate.
Kate colgó con los ojos brillantes de emoción, tomó su cámara y
comprobó rápidamente si el flash funcionaba y si tenía película.
—Tengo que salir un momento —le dijo a Geo, que la miraba con
curiosidad—. La policía acaba de descubrir al comando que mató a la familia de la que te hablaba antes. Volveré en cuanto pueda.
—Esto no me gusta nada —dijo Geo—. Antes que te vayas quiero que
sepas una cosa; la verdad es que no he venido casualmente. Fue Tom quien me
pidió por favor que viniera.
Kate lo miró, palideciendo.
—¿Tom? —susurró.
—¿Qué diablos ha pasado entre ustedes? Me contó un montón de
incoherencias, no sé qué de que había tomado una decisión y que necesitaba
hablar contigo, pero que no podía venir él personalmente porque estaba seguro de que no le ibas a abrir la puerta.
—¿Que Tom quería venir aquí? —preguntó Kate con un escalofrío.
—Sí, y de hecho va a venir esta noche. Por eso me he presentado yo
antes, para...
—Me tengo que ir —lo interrumpió Kate con voz trémula, tomando la
cámara—. Volveré en cuanto pueda.
—¿No podrías pedirle a otra persona que hiciera ese trabajo?
—No. Hasta luego, Geo.
Le dirigió una última mirada triste desde la puerta, y después
desapareció.
No habían pasado ni quince minutos cuando llegó Tom. Geo lo hizo
entrar en el apartamento. Estaba loco de preocupación por su hermana. Tom,
por su parte, tampoco tenía muy buen aspecto.
—Ella no está aquí —le dijo Geo—. Hay un despliegue policial no sé dónde
y se ha ido para allá con la cámara.
Tom lo miró con el ceño fruncido.
—¿Pero no estaba en la sección política? ¿Qué hace ella en una operación
policial?
—Eso es lo que yo quería saber, pero no ha querido decírmelo.
Tom se dirigió con pasos lentos hacia la ventana.
—Ya me figuro que no querría decírtelo.
—Ya sé que no es asunto mío —empezó a decir Georg con cierta
impaciencia—, pero creo que debo decirte una cosa acerca de mi hermana. No creo que vayas a tener la cara dura de intentar seducirla, pero conviene que sepas ciertas cosas por si acaso te pasa por la cabeza semejante idea. Así que te lo voy a contar. Verás, mi padre era pastor laico de la iglesia.
Tom palideció.
—¿Sí?
—Tenía un tumor cerebral. Nuestra madre nos abandonó cuando éramos
pequeños porque tuvo la desgracia de enamorarse de otro hombre. No hubo
ningún juego sucio. Ella se divorció para poder casarse con el otro, y mi padre,
debido a su filiación religiosa consiguió nuestra custodia en los tribunales. Por
supuesto, el juez no se dio cuenta de que por entonces ya estaba
completamente loco.
Tom lo miraba de hito en hito. Mientras tanto, Geo se levantó y
comenzó a pasearse de un lado a otro mientras seguía hablando.
—Durante los años que vivimos con él nos martilleó con moralidad hasta
infundirnos un miedo visceral a todo lo que tuviera que ver con el sexo. Para él
el sexo era algo malo, lo peor. Como ya te he dicho, por entonces ya había
perdido del todo la capacidad de razonar. Él amaba a nuestra madre, y ella lo había traicionado y, por supuesto, aquello agravó su enfermedad. Al final, un día en que Kate sonrió a un chico en el supermercado, se quitó la correa allí
mismo y comenzó a golpearla en público, con todas sus fuerzas. Hizo falta la
intervención de tres hombres para detenerlo. Cuando se lo llevaban, sufrió un
ataque de convulsiones, y murió allí mismo.
Tom se dejó caer en una silla, completamente derrotado. Georg se
acercó a él y lo miró a los ojos.
—Esto debería habértelo dicho Kate, pero como sé que ella no lo va a
hacer, te lo digo yo, por si acaso te pasa por la imaginación la idea de seducirla. Ella está tan enamorada de ti que es capaz de acceder, y no sé cuáles serían las consecuencias, porque yo creo que todavía no se ha recuperado del trauma de la infancia.
Tom estaba blanco como la cera.
—¿Kate... enamorada de mí?
—¿No me digas que no lo sabías? Pues con toda sinceridad te digo que
todo el mundo lo sabe. En la vida de Kate no ha habido otro hombre más que tú. Tiene fotografías tuyas que le quitaba a Margo, escondidas por todo el
apartamento. Seguro que aquí mismo tiene una —agregó abriendo un cajoncito de la cómoda. Efectivamente, sacó una fotografía de Tom a caballo que Margo le había hecho hacía años.
Tom escondió la cara entre las manos. Nunca se había sentido tan mal.
—Ella es virgen, claro —dijo con toda seguridad, sin preguntar.
—Los dos lo somos —declaró Georg sin sonrojarse—. Es difícil librarse de
ciertas cicatrices. Sin embargo, yo espero casarme algún día. Pero la mujer que me acepte tendrá que ser muy especial para aguantarme tal y como soy. Kate también necesita un hombre muy especial.
En aquel momento, impulsado por un sentimiento suicida que nunca había
experimentado, Tom se habría arrojado por la ventana. Recordaba de golpe,
con horror, la extraña resistencia que le había ofrecido Kate cuando intentó
tocarla, y después su reacción de niña asustada, lo que le había dicho. Claro que le había hecho daño, y después había empeorado las cosas, con aquel maldito billete de cien dólares.
—Dios mío —murmuró, poniéndose en pie—. Dios mío, ¿por qué no me lo
has dicho antes?
Georg frunció el ceño.
—Tenía la impresión de que mi hermana no te gustaba en absoluto.
—Que no me gustaba —repitió Tom clavando la mirada en el vacío —.
Yo estaba loco por ella, habría sido capaz de caminar sobre el fuego por
conseguirla. Pero no podía hacerle ver mis sentimientos. ¡Un hombre no puede
aguantar tanto, Geo!
Georg no sabía qué pensar después de haber visto el aspecto atormentado
de su hermana y ahora, la tremenda reacción de Tom al conocer la verdad.
¿Qué estaría pasando?
En aquel momento sonó el timbre de la puerta de abajo como una bomba.
Georg y Tom se miraron un poco intranquilos.
—Quizá dejó las llaves olvidadas en casa —dijo Georg. Apretó el botón del
intercomunicador y preguntó—: ¿Sí?
—Policía —respondió una voz enérgica—. ¿Es usted Georg Listing?
Georg miró a Tom con terror.
—Sí, soy yo. Suban, por favor.
Al cabo de un minuto apareció en el apartamento un oficial uniformado.
Desde el principio, la expresión de su rostro le dijo todo.
—¿Le ha ocurrido algo a mi hermana Kate? —preguntó Georg atropelladamente.
El hombre asintió.
—Ha habido un tiroteo cuando los terroristas intentaban escapar. Uno
de los hombres llevaba una ametralladora y comenzó a disparar. Kate se
encontraba detrás de una señal que fue traspasada por las balas. La hemos
llevado al hospital.
—¿Está viva? —preguntó Tom desde detrás, con una voz extraña.
—Lo estaba cuando la metimos en la ambulancia —continuó el policía
mirando cuidadosamente el rostro lívido de Georg—. Lo siento mucho. Creo que ha sido alcanzada en el vientre.
Georg se lo quedó mirando sin reaccionar, pero no así Tom, que
intercambió una expresiva mirada con el agente.
—Te llevaré al hospital —dijo Georg en voz baja.
—Sí... por favor. Si tú sabes rezar, podemos empezar a hacerlo los dos.
¿Empezar a rezar? Tom no había hecho otra cosa desde que el policía
dijo lo ocurrido. Tom acompañó a Georg hasta el ascensor pensando que si Kate moría, él ya no querría seguir viviendo. Aquel pensamiento fue tan
sorprendente como lo que acababa de ocurrirle a ella.


OTRO MAS ... 3 O MAS Y AGREGO ... HASTA PRONTO :))

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