Cuando Tom y Georg llegaron al hospital, Kate acababa de ser introducida en el quirófano. Tom mantenía una expresión impasible; sólo sus ojos delataban el infierno que estaba viviendo por dentro. Para ser un hombre que había jurado que nunca permitiría que una mujer se le metiera en el corazón, parecía excesivamente alterado. Georg fue a averiguar al mostrador de urgencias si se sabía algo, mientras Tom se quedaba sentado en la sala de espera fumando como un desesperado. La habitación estaba atestada de gente con expresiones patéticas de nerviosismo. Tom se quedó mirando a un niño, que sonreía medio adormilado en el regazo de su madre. El siempre había acariciado la idea de tener algún día un hijo, aunque no pensaba casarse nunca. De pronto se le ocurrió que podía haber dejado embarazada a Kate, porque aunque había intentado evitar el peligro, lo hizo sin demasiado entusiasmo, y quizá demasiado tarde también. De pronto, en medio de la confusión, empezó a pensar que si Kate había quedado embarazada significaba que su falta de responsabilidad había costado no una, sino dos vidas. Georg estaba hablando en aquel momento con un hombre vestido con una bata verde, que al contestar a las preguntas de Georg se encogía de hombros con gesto grave. —¿Y bien? —preguntó Tom ansioso cuando el otro se marchó. —Era el cirujano —murmuró Georg—. Van a hacerle una intervención de emergencia exploratoria para comprobar qué daños ha producido el proyectil. No sabrán nada hasta dentro de una hora, por lo menos. —¿Y cómo está ella? —Con muchos dolores. —Pobrecilla... —susurró Tom cerrando los ojos. —Yo me encuentro muy mal, Tom. Ella es lo único que tengo... Tom se quedó mirándolo sin escucharle. —¿Y el hombre que lo hizo? —Dos de los terroristas murieron en el tiroteo, y los demás están detenidos. Podría haber sido cualquiera de ellos. Nadie lo sabe con certeza. Lo que no comprendo —agregó cruzando los brazos sobre el pecho—, es cómo ha podido ocurrir esto. Kate nunca ha estado interesada en las noticias de sucesos; es más, siempre ha odiado ese trabajo truculento, pero al parecer fue
ella misma quien lo pidió.
Tom se volvió de espaldas, tratando de ocultar sus sentimientos detrás de una máscara de impasibilidad. El sí sabía por qué Kate había pedido el trabajo; seguramente para ella era una vía de escape, consciente o inconsciente, que le hiciera olvidar su sentimiento de culpa, esa culpabilidad que él mismo había provocado tratándola como lo hizo. Aunque no muriera, Tom no iba a poder olvidar nunca aquel maldito billete de cien dólares, el símbolo de su orgullo viril herido y despiadado. Nunca se había sentido tan asustado, tan enfermo. Pero no podía hacer nada. Al cabo de un momento, llegaron Bud Schuman y Winthrop. Pasó una hora, y por fin terminó la espera. Todos se arremolinaron en torno al cirujano. —Está fuera de peligro —le comunicó el cirujano a Georg con una sonrisa— La bala rompió una costilla y atravesó el lóbulo inferior del pulmón. Ha destruido parte del tejido, que hemos tenido que extirpar, pero no se trata de ninguna parte vital que impida las funciones del pulmón, así que ella ni siquiera lo notará. Hemos introducido un drenaje en el pulmón para mantenerlo en funcionamiento y evitar el encharcamiento con las transfusiones, y ya está. Es increíble, porque si la bala llega a perforar unos centímetros más arriba la herida habría resultado fatal. Georg lanzó un largo suspiro. —¿Puedo entrar a verla? —De nada le servirá, porque no lo reconocería. Durante esta noche permanecerá en cuidados intensivos, y mañana la trasladaremos a una habitación particular si se encuentra bien. Puede usted volver por la mañana para verla, si quiere. Ahora lo que más le conviene es irse a casa y descansar, me imagino que debe de haber sido una noche muy larga. El cirujano sonrió y se alejó de allí. —Bueno, Schuman —dijo entonces Winthrop—. Da las buenas noches y vámonos. Te llevo a casa. Me mantendré en contacto —añadió dirigiéndose a Georg—. Intenta descansar un poco y llámame si necesitas ayuda. Winthrop y Schuman se marcharon y Tom se dirigió a la sala de espera buscando un cenicero para apagar su cigarrillo. —Vámonos —le dijo Georg—. He dejado mi número de teléfono en el mostrador, y la señorita me prometió que me llamarán si se produce algún cambio. Entonces Tom lo miró sin poder soportar más la tensión que había vivido. —Yo soy el culpable de esto —declaró.
• —Escucha, Tom —respondió Georg sin comprender nada—, el amor no es algo que se maneje a gusto de uno. La vida no es tan simple. Kate necesita un poco de tiempo para superar lo tuyo, y enseguida volverá a estar bien. Sólo necesitaba tiempo. —Espero que no le falte el tiempo —murmuró Tom. —Cuando lleguemos al apartamento prepararé unos huevos —le dijo Georg cuando salían del hospital—. Menos mal que yo sé cocinar, porque de ser por ti, podríamos morirnos de hambre. Una vez en el apartamento, después de cenar, se acostaron. Tom, que estaba en el sofá del salón, no consiguió conciliar el sueño, y alrededor de las cinco de la mañana, cuando ya no podía soportarlo más, se levantó, dejó una nota para Georg y se marchó de allí. La enfermera del mostrador de urgencias era una veterana de la profesión, que no se dejaba convencer fácilmente, pero de algún modo, Tom lo consiguió. A pesar de que aquellas no eran horas de visitas, la mujer le concedió diez minutos sin saber muy bien por qué lo hacía. Quizá era la expresión atormentada de sus ojos, que decía a gritos que necesitaba ser perdonado, y como la jovencita internada en la UVI no estaba respondiendo tan bien como se esperaba, no tuvo corazón para decirle que no. Tom sólo había estado dos veces en el hospital; la primera cuando fue a ver a su madre moribunda, y la segunda para ver a la abuela de Kate, poco antes de su muerte. Pero aquellas visitas no tenían nada que ver con aquello. Kate se encontraba rodeada de docenas de tubos y cables, además de máquinas que hacían extraños ruidos. Su palidez era aterradora. Estaba inmóvil, cubierta por una sábana blanca, y tenía los ojos cerrados. Tom contempló largamente los suaves labios que él había besado, el cuerpo que había poseído y aquellas manos que lo habían acariciado en la entrega. Sintió un escalofrío. Kate. Tom acercó una silla a la cama, y tiró su sombrero al suelo con total indiferencia y tomó entre las suyas una mano de Kate. Entonces empezó a hablarle con voz suave y monótona, como si ella pudiera oírlo. —Qué sitio tan horrible para estar, Kate Listing. Si vieras estos aparatos, con lo poco que a ti te gustan las máquinas... Tú necesitas estar en el campo, tener un rincón en el jardín para plantar flores, necesitas la luz del sol. Yo nunca te he conocido bien, ¿verdad? Hoy he oído a tus compañeros hablar de ti, y me doy cuenta de que hasta ahora no había pensado en ti como persona. Sólo te miraba como mujer, y te deseaba, Kate, desde hace mucho tiempo. Desde que te vi besándote con Gerald en mi piscina, y después abrazada a él, desnuda en la caseta de baño, he estado obsesionado contigo. Cuando Margo se casó, pensé que serías presa más fácil y que por fin podría satisfacer el hambre de ti para que dejaras de obsesionarme. Pero no fue así, Kate. Te dije unas cosas terribles, y tú ni siquiera sabes por qué fui tan cruel aquella noche. Era porque de algún modo intuía la verdad. Sí, maldita sea, en el fondo yo sabía que eras virgen, pero mi deseo por ti era tan fuerte que no quise prestar oídos a mi conciencia. Y ahora mi conciencia me está matando de remordimientos, Kate. ¿Sabes? Yo no sabía que tú estuvieras enamorada de mí. ¡a mí nunca me ha querido nadie! Nadie como tú. Tienes el apartamento lleno de fotografías mías —se detuvo un momento, mirando fijamente su mano—. Y ahora descubro de golpe todo el daño que te he causado durante estos años con mis acusaciones, mis desprecios, mis sarcasmos. Tú lo has aguantado todo sin quejarte. Me amabas y yo te he hecho mucho daño. Eso es lo que más duele, y no sé si podré vivir siempre con esa culpa. Georg ni siquiera se imagina por qué me siento culpable. Tampoco sabe por qué te has metido en la sección de sucesos... buscabas el peligro, ¿verdad? Nunca me he sentido tan mal como en estas últimas tres semanas. He estado conduciendo como un loco, siendo desagradable con todo el mundo, metiéndome en peleas. Si para ti fue desagradable aquello, para mí tampoco ha sido nada fácil. Los remordimientos me matan. Y ahora esto. Si tú mueres, ¿cómo voy a seguir viviendo yo? ¿Y si estás esperando un hijo? Oh, Kate, estoy solo. Nunca me había importado antes, pero ahora... Tom se llevó su mano a los labios, y la acarició suavemente. —Por favor, Kate, no te mueras. Yo no podré seguir viviendo si tú no estás, aunque me odies durante el resto de tu vida. Entonces sintió que la mano que tenía agarrada se movía débilmente. Levantó la cabeza para mirarla y vio que sus dedos se movían, como si intentaran apretar los suyos. Tom se puso de pie, sin dejar de mirar su rostro lívido. Ahora respiraba con más fuerza, rítmicamente. Abrió los ojos, aunque se notaba que no lo veía. Kate gimió. Antes que tuviera tiempo para avisarle, la enfermera ya estaba allí. —Muy bien —dijo—. Esto era lo que ella necesitaba; saber que alguien desea que siga viviendo. Váyase a desayunar. Ahora ella estará bien. Llevo veinticinco años trabajando como enfermera y le puedo asegurar que sé cuándo un enfermo se está recuperando. Esta mujer volverá a casa. Tom intentó decir algo, pero era incapaz de articular palabra. No recordaba haberse sentido tan emocionado en su vida. Se inclinó un momento, besó la fría mejilla de Kate y se fue a llamar a Georg.
• Al día siguiente Kate ya se encontraba fuera de la unidad de vigilancia intensiva. Solamente Georg fue autorizado para entrar a verla, y él no tenía corazón para decirle a Tom que había estado a punto de sufrir un ataque de nervios cuando oyó pronunciar su nombre. Por lo tanto, no había ninguna posibilidad de que lo dejaran entrar. Sin embargo, al final del segundo día, Tom insistió en entrar a verla, y Georg no tuvo más remedio que decirle la verdad. Tom no esperaba que ella recordara todo lo que le había dicho el día que estuvo hablando con ella en la UVI. En cierto modo, para él era un alivio, porque en aquella ocasión se había mostrado vulnerable, y eso no le gustaba. En aquella ocasión había bajado la guardia, pero no volvería a ocurrir. Así que Kate no quería que la visitara. Bien, eso ya se vería. Se quedó sentado en la sala de espera ojeando una revista, bajo la mirada impaciente de Georg. —¿Es que no has entendido lo que he dicho, Tom? —Lo he entendido perfectamente, pero ella tendrá que verme tarde o temprano, aunque tenga que quedarme aquí sentado hasta el día del juicio final. —Pero, ¿a qué viene tanto empeño? —No lo sé —respondió Tom sin mirarlo. —Buena respuesta —murmuró Georg alejándose. Cuando regresó a la habitación, Georg se encontró a su hermana incorporada sobre unos almohadones, todavía un poco soñolienta por los calmantes que le administraban para calmar el dolor de la costilla rota, que no iba a poder ser curada hasta que le retiraran el drenaje, unos días más tarde. —Tom dice que no se quiere ir a casa —anunció Georg desde la puerta—. Dice que está dispuesto a quedarse esperando hasta que decidas hablar con él, aunque deba esperar al día del juicio final. Kate fijó la vista en sus manos, tratando de controlar los latidos alocados de su corazón. Le sorprendía la insistencia de Tom, y no sabía por qué podría tener tanto interés en verla. Recordó sin querer el maldito billete de cien dólares y volvió a sentirse herida. Sí, a pesar de todo lo ocurrido, aún le dolía. —Pues que espere sentado, porque yo no tengo la menor intención de hablar con él. Georg acercó una silla a la cama y se sentó. Su hermana tenía un aspecto lamentable; pálida, delgada, con los labios llenos de heridas y el pelo despeinado. —Dime, Kate, ¿qué te pasa con Tom?
• Ella arqueó las cejas. —¿De qué me hablas? —Sé perfectamente que ha ocurrido algo entre Tom y tú. Desde que te dispararon ha estado como enloquecido. Kate abrió mucho los ojos, sorprendida. —¿De verdad? —Después estuvo mucho rato contigo en la UVI. Yo no sé qué te diría, pero parece ser que fuera lo que fuera, sirvió para que empezaras a recuperarte. Kate se removió inquieta entre las sábanas. —Yo no me acuerdo de nada. —Ya me lo figuro, porque entonces no estabas en condiciones de oír nada. Si has salido de ésta ha sido por los adelantos de la medicina y la intervención de la señal que hizo disminuir la velocidad de la bala antes que entrara en tu cuerpo. —No fue culpa de Bud. —Pues tú eres la única persona que parece convencida de ello. Winthrop ha amenazado con despedirlo, y él tampoco parece demasiado contento consigo mismo. —¿Hizo alguien el reportaje? —Pero si la noticia has sido tú, Kate. Has salido en todas las portadas. —Ya te decía yo que algún día conseguiría la portada. —¡Pues vaya forma más desagradable de ganártela! —exclamó Georg, tomándole la mano—. A ti Tom te ha hecho algo, ¿verdad? Kate se encogió de hombros, impaciente. —¡Vamos! Si te empeñas en saberlo, te diré que tuvimos una discusión terrible, y que no quiero hablar de ello. —Está bien. Por lo menos, a partir de ahora puedes estar segura de que no volverá a hacer comentarios sarcásticos acerca de tu dudosa moralidad, porque se lo he contado todo. Kate palideció todavía más. —¿Qué le has contado? —preguntó en un susurro—. Bueno, ya lo sé. ¿Qué te dijo él? —El no dijo nada, la verdad. Se puso tan pálido como tú ahora y se quedó mudo. Kate, no te enfades, ya sé que habíamos prometido no contárselo nunca a nadie, pero Tom no es una persona cualquiera... tú estás enamorada de él. Kate lo miró angustiada. —Por favor, Georg, ¿no se lo contarías todo?
• Su hermano la vio tan alterada que temió que aquello la perjudicara, así que decidió eludir la respuesta de la mejor manera posible. —¿Cómo me crees capaz de contarle a él una cosa así? —Espero que no lo hicieras, porque eso terminaría con el poco orgullo que me queda. Hubo un momento de silencio. —Kate, te recuerdo que es capaz de quedarse ahí sentado hasta la semana que viene, si hace falta. Kate lo miró sin hablar. El no sabía por qué Tom tenía tanto empeño en verla, pero ella sí. Por eso cedió. —Muy bien —dijo por fin—. Déjalo entrar. Pero adviértele que sólo serán cinco minutos. Georg sonrió. —De acuerdo. Ahora mismo vuelvo.
SEIS
• Al cabo de un momento se abrió la puerta. A Kate le resultaba imposible mirar frente a frente aquellos ojos negros. —¿Qué tal estás? —preguntó él aproximándose a la cama. Kate hizo un esfuerzo para pasar el nudo que tenía en la garganta y responderle. —Dicen que tardaré un mes y medio en recuperarme del todo. —No es eso lo que te he preguntado. —Me encuentro mal —respondió entonces ella, secamente. —Sí. Lo sé, Kate. A Kate aquello le pareció ternura. Levantó los ojos, y se quedó atrapada en su mirada intensa y ansiosa. —Sigues igual de pálida, pero por lo menos ahora estás consciente — susurró él, —¿Qué quieres, Tom? —Ver con mis propios ojos que te estás restableciendo bien. Has estado al borde de la muerte. —Ya puedes dejar de sentirte culpable porque me pondré bien. Yo soy dura de pelar. Tom sonrió débilmente. —Sí, desde luego debes ser muy dura, porque te ha hecho falta en la vida. Kate se sintió incómoda. Estaba muy claro que él conocía su pasado. —Georg no tenía que haberte contado nada. Era un secreto. Ni siquiera llegué a decírselo a Margo nunca. —¿Te das cuenta de que, de haberlo sabido, nunca me habría dedicado a acusarte de ser una cualquiera? —A ti siempre te ha gustado pensar lo peor de mí. Tom se encogió de hombros. —Eso te parecía a ti. Tom empezó a darle vueltas al sombrero entre las manos y Kate, viéndola venir, se adelantó a su pregunta. —No estoy embarazada, si es eso lo quieres saber. Supongo que te alegrarás, ¿no? —Un hijo no debe ser engendrado de esa manera —contestó Tom después de un momento de silencio, ponderando mucho las palabras—. Sobre todo si el hombre se encontraba cegado por la pasión y actuaba egoístamente. Sé que me odias por lo que te hice, Kate, y no te culpo. Mi comportamiento contigo aquella noche fue imperdonable. Por si te ayuda en algo, te diré que nunca me arrepentiré lo bastante de haberte dado aquel billete de cien dólares. He pasado noches enteras sin dormir por culpa de ello. Kate se sintió temblar al recordar. Le parecía sentir de nuevo el cuerpo de Tom sobre el suyo. —No quiero acordarme de eso —exclamó con fiereza. Tom dejó caer su sombrero al suelo y se inclinó hacia ella. —Vente conmigo al rancho, Kathryn. —¿Cómo? —No puedes quedarte sola en Chicago. Georg tendrá que volver al trabajo dentro de unos días y no tienes a otra persona que te cuide. —Yo puedo cuidarme muy bien sola —declaró Kate con voz tensa—. De todas maneras, muchas gracias. Tom se puso de pie y le tomo la mano, a pesar de que ella quiso resistirse. —No te pongas así, Kate. Sabes tan bien como yo que soy en parte culpable de que ahora estés en estas condiciones. Por lo menos déjame compensarte en lo que pueda. Kate sentía que le ardía el rostro, y se odiaba a sí misma por la vergüenza que estaba pasando. —Márchate, Tom. —Prefiero que me pegues un tiro antes de despedirme de esa manera. Kate se detuvo un momento, y al mirarlo con atención descubrió que lo decía completamente en serio. —Tengo que hacer algo por ti, Kate —añadió en tono atormentado—, Ya sé que me odias, pero... Kate, conmovida, lo acarició con la mirada. —No es odio, Tom. Tampoco fue culpa tuya lo ocurrido, porque yo podría haberte detenido antes que nada ocurriera diciéndote la verdad. Lo sabía perfectamente. Pero es que habían sido demasiados los años de antagonismo. Me daba vergüenza contarte mis secretos más íntimos, y después... —palideció intensamente y los ojos se le llenaron de lágrimas—. Me he sentido tan avergonzada durante estos días que tenía deseos de morirme. Tom se llevó su mano a los labios y la besó ansiosamente. —Kate. Por favor, cariño, no. No llores. Kate volvió la cabeza contra la almohada para ocultar sus lágrimas. Tom se inclinó sobre ella, acariciándole el pelo, recorriendo su rostro con multitud de besos. Ella sentía su olor, su piel tan cercana. Pero no, no debía dejarse engañar; lo único que él sentía era lástima y culpabilidad, y eso no era lo que quería de Tom. —No —dijo de pronto, abriendo los ojos—. Tom, no quiero que... Tom la hizo callar poniéndole un dedo sobre los labios. —Kate, yo nunca he intentado ser tierno. Creo que ni siquiera sé lo que es la ternura. Por favor, no me rechaces ahora que empiezo a comprenderlo. —No quiero tu compasión —gimió Kate entre sollozos. —Yo tampoco —respondió él trazando el contorno de sus labios con el dedo—. ¿Te gusta esto? —preguntó absorto. Kate tenía alguna dificultad para pensar bajo sus caricias, y trató de protegerse evocando la noche de su cita. —Claro que te gusta, ¿no te das cuenta? —y se inclinó a besarla en los labios, rozando suavemente su cara con la suya. —Tom. Pero aquella protesta era más un gemido de placer. Tom le tomó una mano y la apretó contra su mejilla. —Quiero que me devuelvas ese billete de cien dólares. Aquello era lo último que Kate esperaba oír de él. —Sí, me has oído bien —dijo Tom sin dejar de acariciarla—. Y también quiero quedarme con todos los comentarios insultantes que te hice. ¿Te gustaría saber por qué te insulté de aquella manera dándote el dinero, Kate? —Pues... porque huía de ti, me imagino. Tom meneó la cabeza. —Heriste mi orgullo. Yo me negaba a creer que fueras virgen. Te hice daño y ni siquiera me di cuenta. Estaba convencido de que eras una mujer experta y que simplemente no había estado a la altura de otros hombres. —Yo no me di cuenta... ¿lo dices de verdad? Era la primera vez en su vida que Tom hacía una confesión semejante, y lo más sorprendente era que no le costaba ningún trabajo ser así de sincero con Kate, porque ella no iba a dedicarse a hacerle comentarios sarcásticos. —Sí —respondió con una sonrisa. Aquel era el momento oportuno para que Kate le confesara lo que la había impulsado a reaccionar como lo hizo, pero se avergonzaba sólo de pensarlo, y la timidez le impedía ser franca con él en ese momento. Tom le apartó el pelo de la frente. —Sabes que yo no me he disculpado con nadie en toda mi vida. —Yo no espero tus disculpas —respondió Kate con una débil sonrisa.
—Yo soy un caso difícil, Kate. No sé ceder, soy demasiado inflexible. Esa es la verdad, y no la puedo cambiar. Sintiendo sus labios en la frente, Kate pensó que aquel no podía ser Tom. Debía estar soñando, o en coma, o muerta. Al mirarla, Tom vio reflejado en sus ojos todo un mundo de ternura. Ahora se daba cuenta mejor que nunca de que ella lo amaba. La acarició suavemente, contemplándola extasiado. Sí, ella lo amaba, pero él no estaba seguro de que le gustara sentirse amado. Sin embargo, Kate era diferente a todas las mujeres que había conocido; una experiencia diferente. Él estaba acostumbrado a ser cínico con ellas porque sólo buscaban su dinero, o pasar un buen rato en el mejor de los casos. Pero allí estaba Kate, a quien conocía de toda la vida, y de pronto el sexo adquiría con ella una dimensión nueva, más profunda. Ya no deseaba a nadie más. Sólo a ella. —¿Por qué me miras así? ¿Te ocurre algo? Tom volvió a sentarse, sin soltarle la mano. —No lo sé. —¿Qué te pasa? Tom la miró en silencio, pensando que había sido menos cauteloso cuando la había visto inconsciente, con la posibilidad de perderla para siempre. Pero ahora que ya no se interponía ningún obstáculo, los viejos miedos volvían a adueñarse de él. Sabía que Kate no era una mujer con la que pudiera limitarse a una aventura, así que si empezaba algo con ella entonces, debería llevarlo hasta sus últimas consecuencias, y eso significaba matrimonio, hijos, responsabilidades que siempre había tratado de eludir, considerándolas sólo en un futuro muy lejano. Sí, Kate lo amaba, pero, ¿quería él comprometerse hasta ese punto? Mientras tanto, Kate trataba de explicarse aquel repentino cambio de actitud y no lo lograba. Quizá todo se debía al miedo que había pasado pensando que ella podía morir. Pero ahora que ya estaba fuera de peligro se sentía aliviado, culpable y un poco avergonzado. Probablemente ya se estaría arrepintiendo de su impulsiva oferta de llevarla con él. Tom no quería una relación permanente; lo había dejado bien claro la noche en que la sedujo. Kate se sintió invadida por una tristeza insoportable. Lo único que buscaba Tom ahora era su perdón, y nada más. Por mucho que ella lo amara, él no tenía nada que darle. Por lo menos le cabía el consuelo de que no tenía ni idea de cómo se sentía en aquellos momentos, y no pensaba hacérselo saber, tampoco.
—Está bien —dijo inesperadamente, con una sonrisa forzada—. Ya no debes seguir preocupándote por mí. Estaré perfectamente. Creo que me iré a Nueva York con Georg, porque no puedo quedarme aquí sola, en mi apartamento. Pero Kate cometió el error de decirlo demasiado deprisa, y Tom se dio cuenta inmediatamente de lo que pretendía hacer. Le dolía ver cómo anteponía su bienestar al de ella, incluso en aquellos momentos en que lo necesitaba con desesperación. Ella no deseaba en realidad irse a Nueva York, pero no se sentía querida en Warlace, tampoco. —Me parece que me estás interpretando mal, Kate. No estoy buscando excusas para echarme atrás en lo que te dije antes. Ella se sonrojó. —Me ha parecido notar que no te agrada la idea. —Últimamente hay demasiadas cosas que no me agradan. Kate lo miró con preocupación. —Pareces cansado. Tú necesitas dormir. —¿Tú crees? —preguntó él poniéndose en pie—. Pues a mí me parece que tú lo necesitas más que yo. —Yo no consigo dormir bien. Cada vez que cierro los ojos me parece oír el silbido de las balas. —Razón de más para que salgas de la ciudad una temporada. No podrás reincorporarte al trabajo hasta dentro de bastante tiempo, y si te quedas encerrada en el apartamento todo el día acabarás por volverte loca. Vente conmigo al rancho. Te construiré un invernadero. Kate se quedó atónita. Poseer un invernadero era su sueño dorado desde hacía mucho tiempo. —¿Cómo has dicho? —A ti te gusta la jardinería, ¿verdad? He visto que tienes en tu apartamento un montón de libros sobre el tema. Yo me encargaré de que tengas un sitio para practicar tu afición mientras estás en el rancho. Aquello era como un sueño hecho realidad. Lo que más deseaba Kate era estar con él, aun sabiendo que lo único que a él le movía era el sentimiento de culpabilidad. —Pero para ti va a ser un problema —objetó Kate tratando de ser razonable. —No. Tengo espacio de sobra, y, además, a mí también me interesa hacer ciertos experimentos con nuevas especies de forrajes. —Yo... —Ya no te quedan más excusas.
Kate suspiró, casi convencida. —A mí me gustaría ir, pero sólo conseguiría darle más trabajo a Janet del que ahora tiene, y, además, no creo que a tu vecina Barbara le guste demasiado la idea. Tom no veía a Barbara Dugan desde hacía tanto tiempo que tuvo que hacer un esfuerzo para comprender a qué venía aquello. —Pero, ¿qué tiene que ver Barbara con lo que estamos hablando? —Todo el mundo dice que terminarás casándote con ella. Su rancho está pegado a Warlace. —Por el amor de Dios, Kate, no digas tonterías. También el rancho de Billy Kramer está pegado con el mío y nunca se me ha ocurrido la idea de casarme con él por ello. —Es que no quiero entrometerme en tu vida —objetó Kate. —Mira, Kate, tú no vas a entrometerte en mi vida para nada. Lo único que voy a hacer es cuidar de ti hasta que estés lo suficiente bien como para valerte por ti misma. Kate se sentía débil y cansada, y esos sentimientos se traslucían en sus ojos verdes, inmóviles y muy abiertos. Tom se acercó a la cama y le dijo en voz baja: —No volveré a hacerte daño, Kate, te lo prometo. —Está bien, Tom. Iré contigo, siempre que estés seguro de que es lo que quieres. —Estoy completamente seguro.
HOLA .. BUENO AQI ESTAN LOS CAPS .. YA SABEN 3 O MAD Y AGREGO .. HASTA PRONTO 😊😉
Sigueeeee
ResponderEliminarQuiero leer mas me encantoooo, huyy que pasara mientras Kate este en casa de Tom.. estoy intrigada espero el próximo cap..
ResponderEliminarActualizaaaa
ResponderEliminarSiguelaaaa!!
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