martes, 6 de septiembre de 2016

CINCO

Cuando  Tom y  Georg llegaron  al  hospital, Kate  acababa de  ser introducida en  el  quirófano.  Tom mantenía  una  expresión  impasible; sólo sus ojos delataban  el infierno que  estaba  viviendo por  dentro.  Para ser  un  hombre que  había  jurado  que nunca permitiría  que  una mujer se le metiera  en  el corazón,  parecía excesivamente  alterado. Georg fue a  averiguar  al mostrador  de urgencias si  se  sabía  algo, mientras Tom se  quedaba  sentado  en  la  sala  de  espera  fumando  como  un  desesperado. La  habitación  estaba  atestada  de  gente  con expresiones  patéticas  de nerviosismo.  Tom se  quedó mirando  a  un  niño,  que sonreía  medio  adormilado en el regazo  de  su madre. El  siempre  había  acariciado  la  idea  de  tener algún  día un  hijo, aunque no  pensaba casarse nunca. De pronto  se  le  ocurrió  que  podía haber dejado  embarazada a Kate,  porque  aunque  había  intentado  evitar  el peligro,  lo hizo  sin  demasiado  entusiasmo,  y  quizá  demasiado  tarde  también.  De pronto, en medio  de la  confusión, empezó  a  pensar  que  si  Kate  había  quedado embarazada significaba  que  su  falta  de  responsabilidad  había costado  no  una, sino dos  vidas. Georg estaba  hablando  en  aquel  momento  con un  hombre  vestido con una bata verde,  que  al  contestar a  las preguntas  de  Georg  se  encogía  de  hombros con gesto grave. —¿Y  bien? —preguntó Tom ansioso  cuando el  otro se marchó.   —Era el cirujano —murmuró  Georg—.  Van  a  hacerle  una intervención  de emergencia exploratoria  para  comprobar  qué  daños ha  producido  el  proyectil. No  sabrán  nada  hasta  dentro  de una  hora, por lo menos.  —¿Y  cómo está  ella?  —Con muchos dolores. —Pobrecilla...  —susurró  Tom  cerrando  los ojos.  —Yo me  encuentro muy  mal, Tom.  Ella  es  lo  único  que tengo... Tom se  quedó  mirándolo sin escucharle.   —¿Y  el  hombre que  lo  hizo? —Dos de  los terroristas  murieron  en  el  tiroteo,  y los demás están detenidos.  Podría  haber  sido  cualquiera  de  ellos. Nadie lo  sabe  con  certeza.  Lo que no comprendo  —agregó cruzando los brazos  sobre el  pecho—,  es  cómo  ha podido ocurrir  esto.  Kate  nunca ha  estado interesada en  las  noticias  de sucesos;  es  más,  siempre  ha  odiado  ese  trabajo  truculento, pero  al  parecer  fue
ella  misma  quien  lo  pidió.
Tom se volvió  de  espaldas,  tratando  de  ocultar sus sentimientos  detrás de una máscara de  impasibilidad.  El  sí  sabía por qué Kate había pedido el trabajo;  seguramente para  ella  era  una  vía de escape, consciente  o inconsciente, que  le  hiciera  olvidar su sentimiento  de culpa,  esa culpabilidad que  él  mismo  había  provocado  tratándola  como  lo  hizo.  Aunque  no  muriera, Tom no  iba  a  poder  olvidar  nunca aquel  maldito billete de  cien  dólares,  el símbolo  de  su  orgullo  viril  herido y  despiadado.  Nunca se  había sentido  tan asustado,  tan enfermo. Pero no podía  hacer nada. Al cabo de  un momento, llegaron Bud Schuman y Winthrop.  Pasó  una  hora,  y por fin  terminó la  espera. Todos se  arremolinaron  en torno al  cirujano. —Está  fuera  de  peligro  —le  comunicó  el  cirujano  a  Georg con  una sonrisa— La bala  rompió  una  costilla  y  atravesó  el  lóbulo inferior  del  pulmón.  Ha destruido  parte del tejido, que  hemos  tenido  que  extirpar,  pero no  se  trata  de ninguna parte vital  que impida las funciones del pulmón,  así  que ella ni  siquiera lo  notará.  Hemos  introducido  un drenaje en  el  pulmón  para mantenerlo  en funcionamiento y evitar el encharcamiento  con las  transfusiones,  y ya está. Es increíble, porque si la  bala  llega  a  perforar  unos  centímetros más arriba  la herida  habría resultado  fatal. Georg lanzó  un largo  suspiro. —¿Puedo entrar  a verla? —De nada  le  servirá, porque  no  lo  reconocería.  Durante  esta  noche permanecerá en  cuidados  intensivos,  y  mañana  la  trasladaremos  a  una habitación  particular si  se  encuentra  bien.  Puede usted  volver  por la  mañana para  verla,  si  quiere.  Ahora  lo  que  más  le  conviene  es  irse  a  casa  y  descansar, me imagino  que debe  de  haber sido  una noche muy larga. El cirujano  sonrió  y  se  alejó  de  allí. —Bueno,  Schuman  —dijo  entonces  Winthrop—.  Da  las  buenas  noches  y vámonos. Te  llevo  a  casa. Me  mantendré  en contacto  —añadió  dirigiéndose  a Georg—.  Intenta  descansar un  poco  y llámame si  necesitas  ayuda. Winthrop  y Schuman  se marcharon y Tom se dirigió  a la  sala  de espera buscando  un  cenicero  para apagar su  cigarrillo. —Vámonos  —le dijo  Georg—.  He  dejado  mi  número  de teléfono  en  el mostrador,  y  la  señorita  me  prometió  que  me  llamarán  si  se  produce  algún cambio. Entonces  Tom  lo  miró  sin poder  soportar más  la  tensión que había vivido. —Yo  soy el  culpable  de  esto  —declaró.
—Escucha, Tom  —respondió  Georg sin comprender  nada—,  el  amor  no  es algo  que  se  maneje  a  gusto  de  uno.  La  vida  no  es  tan  simple.  Kate  necesita  un poco  de  tiempo para superar lo  tuyo,  y  enseguida volverá  a estar bien.  Sólo necesitaba tiempo. —Espero  que no  le  falte el tiempo  —murmuró  Tom. —Cuando lleguemos  al apartamento prepararé unos  huevos  —le  dijo  Georg cuando  salían  del hospital—.  Menos  mal que  yo  sé  cocinar,  porque  de  ser  por  ti, podríamos morirnos de  hambre.  Una vez  en  el apartamento,  después de  cenar, se  acostaron.  Tom,  que estaba en  el  sofá  del salón,  no  consiguió conciliar  el  sueño, y  alrededor de  las cinco  de  la  mañana,  cuando  ya  no  podía  soportarlo  más,  se levantó,  dejó una nota  para Georg  y se marchó  de  allí. La enfermera del  mostrador de urgencias era  una  veterana de la profesión, que  no  se  dejaba  convencer  fácilmente,  pero  de  algún modo,  Tom lo consiguió.  A pesar  de que aquellas  no  eran horas  de  visitas, la mujer le concedió  diez minutos sin saber  muy bien por  qué lo  hacía.  Quizá era la expresión  atormentada  de  sus  ojos, que  decía  a  gritos que  necesitaba  ser perdonado, y  como la  jovencita  internada  en  la UVI  no  estaba  respondiendo tan bien como  se esperaba,  no  tuvo  corazón para  decirle que no. Tom  sólo había  estado  dos  veces en  el hospital;  la  primera cuando  fue  a ver  a su madre  moribunda, y  la  segunda  para  ver a la abuela de  Kate,  poco  antes de  su  muerte.  Pero  aquellas  visitas  no  tenían  nada  que  ver  con  aquello.  Kate  se encontraba rodeada  de  docenas de tubos  y cables, además  de  máquinas que hacían extraños ruidos.  Su palidez  era aterradora.  Estaba  inmóvil, cubierta por una sábana  blanca,  y tenía  los  ojos cerrados. Tom contempló  largamente  los suaves labios  que  él había  besado,  el  cuerpo  que había  poseído  y aquellas  manos que  lo  habían  acariciado en  la entrega. Sintió  un  escalofrío.  Kate. Tom acercó  una  silla  a  la cama,  y tiró su  sombrero al suelo  con  total indiferencia y  tomó  entre las  suyas una mano  de  Kate. Entonces empezó  a hablarle  con voz suave  y monótona,  como si ella  pudiera  oírlo. —Qué  sitio  tan horrible para  estar, Kate  Listing.  Si  vieras  estos aparatos, con  lo poco  que a ti te  gustan  las  máquinas... Tú necesitas estar  en el campo,  tener un  rincón en  el jardín  para  plantar  flores, necesitas la  luz  del sol. Yo  nunca  te  he  conocido  bien,  ¿verdad?  Hoy  he  oído  a  tus  compañeros  hablar de  ti,  y me  doy cuenta  de que hasta ahora  no había  pensado  en  ti como  persona. Sólo  te  miraba  como mujer,  y  te deseaba, Kate, desde  hace  mucho  tiempo. Desde  que  te vi besándote  con Gerald en  mi  piscina, y después  abrazada  a  él, desnuda en  la  caseta  de  baño, he  estado  obsesionado  contigo.  Cuando  Margo  se casó, pensé  que  serías presa más fácil  y que por fin podría satisfacer el hambre  de  ti  para  que  dejaras  de  obsesionarme.  Pero  no  fue  así,  Kate.  Te  dije unas  cosas terribles, y tú  ni  siquiera  sabes por  qué  fui tan cruel aquella  noche. Era  porque de  algún  modo  intuía  la  verdad.  Sí,  maldita sea,  en el  fondo  yo  sabía que  eras virgen,  pero  mi  deseo  por  ti  era tan  fuerte  que  no  quise  prestar  oídos a  mi  conciencia.  Y  ahora  mi  conciencia me está  matando de remordimientos, Kate. ¿Sabes?  Yo no  sabía que  tú estuvieras enamorada de mí. ¡a mí nunca me ha  querido  nadie!  Nadie  como  tú.  Tienes el apartamento  lleno  de  fotografías mías  —se detuvo  un  momento,  mirando  fijamente su mano—.  Y  ahora descubro de golpe  todo el  daño  que  te  he  causado durante estos  años  con  mis acusaciones, mis  desprecios,  mis  sarcasmos.  Tú  lo  has aguantado  todo  sin quejarte.  Me  amabas  y  yo  te  he  hecho  mucho  daño.  Eso  es  lo  que  más  duele,  y no sé si  podré vivir siempre  con  esa  culpa. Georg ni siquiera  se  imagina  por  qué me  siento culpable.  Tampoco  sabe  por qué  te  has metido  en la  sección  de sucesos...  buscabas  el  peligro,  ¿verdad?  Nunca  me  he  sentido  tan  mal  como  en estas últimas tres  semanas.  He estado  conduciendo  como  un  loco, siendo desagradable  con  todo  el  mundo,  metiéndome  en  peleas.  Si  para  ti  fue desagradable  aquello,  para  mí  tampoco ha  sido  nada  fácil.  Los remordimientos me matan.  Y ahora esto.  Si  tú mueres, ¿cómo voy  a seguir viviendo yo?  ¿Y si estás esperando un  hijo? Oh,  Kate, estoy solo. Nunca me había importado antes, pero ahora... Tom se llevó  su mano  a  los labios, y  la  acarició  suavemente. —Por  favor,  Kate, no  te  mueras. Yo  no  podré  seguir  viviendo  si  tú  no estás,  aunque me  odies  durante  el  resto  de tu vida. Entonces  sintió  que  la  mano  que tenía agarrada  se movía débilmente. Levantó la  cabeza  para  mirarla y vio que  sus dedos  se  movían,  como  si intentaran  apretar  los suyos.  Tom se puso  de pie, sin dejar  de  mirar  su rostro lívido.  Ahora respiraba con  más  fuerza, rítmicamente. Abrió  los ojos,  aunque se notaba que  no lo  veía. Kate  gimió. Antes que tuviera  tiempo  para  avisarle, la  enfermera  ya estaba  allí. —Muy bien  —dijo—. Esto  era  lo  que  ella  necesitaba;  saber  que alguien desea que  siga  viviendo. Váyase a desayunar. Ahora ella  estará bien. Llevo veinticinco  años trabajando como  enfermera  y le puedo  asegurar  que  sé  cuándo un  enfermo se  está  recuperando.  Esta  mujer volverá a casa. Tom intentó  decir algo,  pero  era  incapaz  de  articular  palabra.  No recordaba haberse  sentido  tan emocionado  en  su  vida.  Se  inclinó  un  momento, besó  la  fría  mejilla de  Kate  y se  fue  a  llamar  a  Georg.
Al  día  siguiente  Kate  ya  se  encontraba  fuera  de  la  unidad  de  vigilancia intensiva. Solamente  Georg fue  autorizado  para entrar  a verla,  y  él  no  tenía corazón para decirle a  Tom que había estado a punto de sufrir  un  ataque  de nervios cuando  oyó pronunciar  su nombre. Por  lo  tanto,  no  había ninguna posibilidad de  que lo  dejaran entrar. Sin embargo,  al final  del segundo  día,  Tom insistió en  entrar  a  verla, y Georg no  tuvo más  remedio  que decirle la  verdad. Tom  no  esperaba  que ella  recordara  todo  lo  que  le  había  dicho  el  día que estuvo  hablando  con  ella  en  la UVI.  En cierto  modo, para  él era un  alivio, porque  en  aquella ocasión  se  había mostrado vulnerable, y eso  no le gustaba.  En aquella  ocasión había  bajado la guardia, pero  no volvería a  ocurrir.  Así  que  Kate no  quería  que  la  visitara.  Bien,  eso ya  se  vería. Se  quedó  sentado  en la  sala  de  espera  ojeando  una  revista,  bajo  la mirada  impaciente de  Georg. —¿Es  que no has entendido  lo  que  he  dicho, Tom?  —Lo he  entendido  perfectamente,  pero  ella tendrá que verme  tarde  o temprano, aunque  tenga  que  quedarme  aquí  sentado  hasta el día del juicio  final. —Pero, ¿a qué  viene tanto  empeño? —No lo  sé —respondió  Tom sin  mirarlo. —Buena  respuesta —murmuró Georg  alejándose. Cuando  regresó  a  la  habitación, Georg se encontró a su  hermana incorporada  sobre  unos  almohadones,  todavía un poco  soñolienta  por  los calmantes  que  le  administraban  para  calmar  el  dolor  de  la  costilla  rota,  que  no iba a poder  ser  curada  hasta que le retiraran  el  drenaje,  unos  días  más  tarde. —Tom  dice  que  no  se  quiere  ir  a  casa  —anunció  Georg  desde  la  puerta—. Dice que está dispuesto  a quedarse  esperando  hasta que decidas  hablar  con él, aunque  deba  esperar al  día  del  juicio final.   Kate  fijó la  vista  en  sus  manos,  tratando  de  controlar  los  latidos alocados de su corazón. Le  sorprendía  la insistencia  de Tom, y  no  sabía por qué podría tener  tanto  interés  en  verla.  Recordó  sin querer  el  maldito billete de cien dólares  y volvió a  sentirse  herida.  Sí,  a  pesar de  todo  lo  ocurrido,  aún le dolía. —Pues  que espere sentado,  porque yo  no  tengo la  menor intención  de hablar  con  él. Georg acercó una silla a la  cama  y se sentó. Su hermana tenía un aspecto lamentable;  pálida,  delgada,  con  los  labios  llenos  de  heridas  y  el  pelo despeinado. —Dime, Kate, ¿qué  te  pasa  con  Tom?
Ella  arqueó las cejas. —¿De qué  me hablas? —Sé  perfectamente  que ha ocurrido algo  entre  Tom y tú. Desde  que  te dispararon  ha  estado como  enloquecido. Kate  abrió  mucho  los ojos,  sorprendida. —¿De verdad? —Después  estuvo  mucho  rato  contigo en  la  UVI.  Yo  no  sé qué te  diría, pero  parece ser  que fuera lo que  fuera, sirvió para  que empezaras  a recuperarte. Kate  se  removió  inquieta  entre  las sábanas.   —Yo no  me  acuerdo de  nada. —Ya  me  lo  figuro,  porque  entonces  no  estabas  en condiciones de  oír nada.  Si  has  salido  de  ésta  ha  sido  por  los  adelantos  de  la  medicina  y  la intervención  de  la  señal  que  hizo  disminuir la  velocidad  de  la  bala  antes  que entrara en  tu  cuerpo.  —No fue  culpa de Bud. —Pues tú  eres  la  única  persona que  parece  convencida  de  ello.  Winthrop ha amenazado  con despedirlo, y  él  tampoco parece  demasiado  contento consigo mismo.  —¿Hizo  alguien  el  reportaje?  —Pero  si  la  noticia has sido tú,  Kate. Has  salido  en  todas  las portadas. —Ya  te  decía  yo  que  algún día conseguiría la  portada. —¡Pues  vaya forma más  desagradable  de  ganártela!  —exclamó  Georg, tomándole  la  mano—.  A  ti  Tom te  ha  hecho algo,  ¿verdad? Kate  se  encogió  de  hombros, impaciente. —¡Vamos!  Si te empeñas en  saberlo,  te diré que tuvimos  una  discusión terrible,  y que  no  quiero  hablar  de ello. —Está bien. Por lo  menos,  a  partir de  ahora puedes  estar segura de que no  volverá a  hacer  comentarios  sarcásticos  acerca  de  tu  dudosa  moralidad, porque  se  lo  he contado todo. Kate  palideció todavía  más. —¿Qué le has  contado?  —preguntó  en un  susurro—.  Bueno, ya lo  sé. ¿Qué te  dijo  él? —El  no  dijo  nada,  la  verdad.  Se  puso  tan  pálido  como  tú  ahora  y  se  quedó mudo.  Kate,  no  te  enfades,  ya  sé  que habíamos prometido no  contárselo  nunca  a nadie, pero  Tom no  es una persona  cualquiera...  tú  estás enamorada  de  él. Kate  lo  miró  angustiada. —Por favor, Georg,  ¿no se lo contarías todo?
Su hermano la  vio  tan alterada  que temió  que aquello la  perjudicara, así que decidió eludir  la  respuesta  de  la mejor  manera posible. —¿Cómo me  crees capaz  de  contarle  a  él  una  cosa  así? —Espero  que  no  lo  hicieras, porque  eso  terminaría  con  el poco  orgullo  que me queda. Hubo  un momento  de  silencio. —Kate,  te  recuerdo  que  es  capaz  de  quedarse  ahí  sentado hasta la semana  que  viene, si hace  falta. Kate  lo  miró  sin  hablar.  El  no  sabía  por  qué  Tom tenía tanto  empeño  en verla, pero ella  sí. Por eso  cedió. —Muy bien  —dijo por fin—.  Déjalo  entrar. Pero  adviértele  que  sólo  serán cinco minutos. Georg sonrió. —De acuerdo. Ahora mismo vuelvo.

SEIS
Al  cabo  de  un  momento  se  abrió  la  puerta.  A  Kate  le  resultaba  imposible mirar frente  a frente  aquellos ojos  negros.   —¿Qué  tal  estás?  —preguntó él  aproximándose  a la cama. Kate  hizo  un esfuerzo  para pasar  el nudo que tenía  en  la garganta y responderle. —Dicen que  tardaré  un mes y  medio en  recuperarme  del todo. —No  es eso lo que  te  he preguntado. —Me encuentro mal —respondió  entonces  ella, secamente. —Sí.  Lo  sé,  Kate. A Kate  aquello  le  pareció  ternura. Levantó los  ojos, y se quedó atrapada en su  mirada intensa y  ansiosa. —Sigues  igual de  pálida,  pero  por lo menos  ahora  estás consciente  — susurró él, —¿Qué quieres,  Tom? —Ver  con  mis  propios ojos  que  te  estás  restableciendo  bien.  Has  estado al borde  de la  muerte. —Ya  puedes dejar de  sentirte  culpable porque  me pondré  bien. Yo soy dura  de  pelar.   Tom sonrió  débilmente.   —Sí,  desde  luego debes  ser muy  dura, porque te ha  hecho falta  en  la vida. Kate  se  sintió  incómoda. Estaba  muy claro  que  él  conocía  su  pasado.   —Georg no  tenía  que haberte contado  nada. Era  un  secreto. Ni siquiera llegué  a decírselo a  Margo  nunca. —¿Te  das  cuenta  de que,  de haberlo  sabido,  nunca me  habría  dedicado  a acusarte  de ser una cualquiera? —A ti siempre  te ha  gustado pensar  lo  peor de mí.  Tom se encogió de hombros.   —Eso  te  parecía a  ti. Tom empezó  a darle vueltas al  sombrero  entre las manos y Kate, viéndola  venir,  se adelantó  a  su  pregunta. —No  estoy  embarazada, si  es  eso  lo  quieres  saber.  Supongo  que  te alegrarás,  ¿no? —Un  hijo  no debe ser engendrado de esa  manera —contestó Tom después  de un  momento  de  silencio,  ponderando  mucho  las  palabras—.  Sobre todo  si  el hombre  se  encontraba cegado  por la  pasión y  actuaba  egoístamente. Sé que  me odias por lo  que  te hice,  Kate, y no  te culpo.  Mi  comportamiento contigo aquella  noche fue imperdonable.  Por  si  te  ayuda en  algo,  te  diré  que nunca me arrepentiré lo bastante de  haberte  dado  aquel  billete de  cien dólares. He  pasado  noches enteras  sin  dormir  por culpa  de  ello. Kate  se  sintió  temblar  al recordar. Le parecía  sentir  de  nuevo el cuerpo de  Tom sobre el  suyo. —No quiero acordarme  de  eso —exclamó con fiereza. Tom dejó  caer  su  sombrero  al  suelo y  se  inclinó  hacia  ella. —Vente  conmigo al  rancho, Kathryn. —¿Cómo? —No puedes quedarte sola  en  Chicago.  Georg  tendrá  que  volver  al  trabajo dentro  de  unos  días  y  no  tienes  a otra persona  que  te cuide. —Yo puedo cuidarme  muy bien  sola  —declaró  Kate  con  voz tensa—.  De todas maneras, muchas  gracias. Tom  se  puso de  pie y le  tomo la  mano, a pesar de que  ella  quiso resistirse. —No te  pongas  así,  Kate. Sabes  tan  bien  como  yo  que  soy  en  parte culpable  de  que  ahora  estés  en estas  condiciones. Por  lo  menos déjame compensarte en lo que pueda. Kate  sentía que le ardía el rostro,  y se odiaba  a  sí  misma  por  la vergüenza que estaba pasando. —Márchate, Tom. —Prefiero  que me  pegues un  tiro  antes  de  despedirme  de  esa manera. Kate  se  detuvo  un  momento,  y  al  mirarlo con atención descubrió que lo decía  completamente  en  serio. —Tengo  que  hacer algo  por ti, Kate —añadió en tono  atormentado—, Ya sé  que  me odias, pero... Kate,  conmovida,  lo  acarició  con la  mirada. —No  es  odio,  Tom. Tampoco fue  culpa  tuya lo  ocurrido,  porque yo podría haberte detenido antes que nada  ocurriera diciéndote  la  verdad. Lo sabía  perfectamente. Pero es  que  habían sido  demasiados  los años de antagonismo.  Me  daba vergüenza  contarte  mis secretos  más íntimos,  y después...  —palideció intensamente y los  ojos  se le  llenaron  de  lágrimas—. Me he  sentido tan  avergonzada durante  estos días que  tenía  deseos de  morirme. Tom se llevó  su mano  a  los labios  y la besó  ansiosamente. —Kate. Por favor, cariño, no.  No  llores. Kate  volvió  la  cabeza  contra  la  almohada  para  ocultar  sus  lágrimas. Tom se  inclinó sobre  ella,  acariciándole  el pelo,  recorriendo  su  rostro con  multitud de besos.  Ella  sentía  su olor, su piel  tan cercana. Pero  no, no  debía dejarse engañar; lo  único que él  sentía  era lástima y culpabilidad, y eso no  era  lo  que quería de Tom. —No  —dijo de  pronto,  abriendo  los  ojos—.  Tom,  no quiero que... Tom  la  hizo  callar  poniéndole  un  dedo  sobre  los  labios. —Kate,  yo nunca  he  intentado  ser  tierno.  Creo  que  ni  siquiera  sé lo  que es  la  ternura. Por favor, no  me  rechaces  ahora que  empiezo a comprenderlo. —No quiero tu compasión —gimió Kate entre sollozos.  —Yo tampoco —respondió  él  trazando  el  contorno  de sus labios con  el dedo—.  ¿Te gusta esto? —preguntó  absorto. Kate  tenía  alguna  dificultad  para  pensar  bajo  sus  caricias, y trató  de protegerse  evocando la  noche  de  su  cita. —Claro  que  te  gusta, ¿no te  das cuenta?  —y se inclinó  a besarla en los labios, rozando suavemente  su  cara  con  la  suya.   —Tom. Pero  aquella  protesta  era  más  un gemido  de placer. Tom  le tomó  una mano  y la  apretó contra su  mejilla.  —Quiero que me  devuelvas ese  billete  de  cien  dólares.   Aquello era lo último  que  Kate  esperaba  oír de él.  —Sí,  me  has  oído  bien  —dijo  Tom  sin  dejar  de  acariciarla—.  Y  también quiero quedarme con todos los  comentarios  insultantes que te  hice. ¿Te gustaría  saber por qué te  insulté de  aquella manera  dándote  el  dinero, Kate? —Pues...  porque  huía de  ti,  me imagino.   Tom  meneó  la  cabeza. —Heriste  mi  orgullo.  Yo  me  negaba  a  creer  que  fueras  virgen.  Te  hice daño  y  ni  siquiera  me  di  cuenta.  Estaba  convencido  de  que  eras  una  mujer experta y  que simplemente no  había estado a  la  altura  de otros  hombres. —Yo no me  di  cuenta... ¿lo dices de verdad?   Era la primera vez  en su vida  que  Tom hacía una  confesión  semejante, y lo  más  sorprendente  era que no  le costaba  ningún  trabajo  ser  así  de sincero con Kate, porque  ella  no  iba a  dedicarse  a hacerle  comentarios  sarcásticos.  —Sí  —respondió  con  una  sonrisa. Aquel  era  el  momento  oportuno para que Kate  le  confesara lo  que la había impulsado a  reaccionar como  lo  hizo, pero se  avergonzaba sólo  de pensarlo, y la timidez  le impedía ser  franca  con  él en  ese momento. Tom le apartó  el pelo  de  la frente.   —Sabes  que yo no me  he disculpado   con nadie en  toda  mi vida. —Yo  no  espero  tus  disculpas  —respondió  Kate  con  una  débil sonrisa.
—Yo  soy  un  caso  difícil,  Kate.  No  sé  ceder,  soy  demasiado  inflexible.  Esa es  la  verdad, y  no la puedo cambiar. Sintiendo sus labios  en  la  frente,  Kate  pensó que aquel no  podía  ser Tom.  Debía estar soñando, o en  coma,  o  muerta. Al  mirarla, Tom vio reflejado  en  sus  ojos  todo  un  mundo  de  ternura.  Ahora  se  daba  cuenta  mejor que nunca  de  que  ella lo amaba. La  acarició suavemente,  contemplándola extasiado.  Sí, ella  lo  amaba,  pero  él no  estaba  seguro  de  que le  gustara sentirse amado.  Sin embargo, Kate  era  diferente  a  todas  las  mujeres  que  había conocido;  una  experiencia diferente. Él  estaba acostumbrado a  ser cínico  con ellas porque  sólo buscaban su  dinero,  o  pasar  un  buen  rato  en  el  mejor de  los casos. Pero  allí  estaba Kate,  a quien  conocía de  toda la  vida,  y  de pronto el sexo adquiría con  ella una  dimensión nueva,  más profunda. Ya no deseaba  a  nadie más.  Sólo  a  ella. —¿Por  qué me miras  así? ¿Te  ocurre algo? Tom volvió  a  sentarse,  sin  soltarle  la  mano. —No lo  sé. —¿Qué te  pasa? Tom la  miró  en silencio, pensando  que había  sido menos cauteloso cuando  la  había  visto  inconsciente,  con la  posibilidad de perderla para  siempre. Pero ahora  que  ya  no se interponía  ningún  obstáculo, los viejos  miedos  volvían a adueñarse  de  él. Sabía  que Kate  no  era una mujer  con la  que  pudiera  limitarse  a una aventura,  así que  si  empezaba  algo con ella entonces,  debería  llevarlo  hasta sus últimas consecuencias,  y eso  significaba matrimonio, hijos, responsabilidades  que siempre había  tratado  de  eludir, considerándolas  sólo  en un  futuro  muy  lejano.  Sí,  Kate  lo  amaba,  pero,  ¿quería él  comprometerse  hasta ese punto? Mientras tanto,  Kate trataba  de explicarse aquel  repentino  cambio  de actitud y  no lo lograba.  Quizá  todo  se  debía  al  miedo que  había pasado pensando  que  ella  podía  morir. Pero  ahora que  ya  estaba fuera de  peligro  se sentía  aliviado, culpable  y  un  poco  avergonzado. Probablemente  ya se estaría arrepintiendo de su  impulsiva  oferta  de  llevarla  con él. Tom  no quería  una relación  permanente;  lo  había  dejado  bien  claro  la  noche  en  que  la  sedujo. Kate  se  sintió  invadida por  una  tristeza  insoportable. Lo  único que buscaba Tom ahora  era  su perdón, y nada  más.  Por  mucho que  ella  lo  amara,  él no tenía nada  que  darle.  Por lo menos le  cabía el  consuelo  de  que  no  tenía ni idea  de cómo  se  sentía en aquellos momentos,  y no pensaba  hacérselo  saber, tampoco.
—Está  bien  —dijo inesperadamente,  con  una sonrisa  forzada—.  Ya  no debes  seguir preocupándote por  mí. Estaré perfectamente. Creo  que me  iré a Nueva York con Georg,  porque  no  puedo  quedarme  aquí  sola, en mi  apartamento. Pero  Kate  cometió  el  error  de decirlo demasiado  deprisa, y  Tom se  dio cuenta  inmediatamente de  lo que pretendía hacer. Le  dolía  ver cómo anteponía su bienestar al  de  ella,  incluso  en aquellos momentos en que lo necesitaba con desesperación.  Ella  no  deseaba  en realidad  irse  a  Nueva  York, pero  no  se  sentía querida  en Warlace,  tampoco. —Me parece  que  me  estás  interpretando  mal,  Kate.  No  estoy  buscando excusas para echarme atrás  en  lo que  te dije  antes.   Ella  se  sonrojó. —Me ha parecido  notar que  no  te  agrada  la  idea.   —Últimamente hay  demasiadas cosas  que no  me agradan.   Kate  lo  miró  con preocupación.   —Pareces cansado.  Tú  necesitas  dormir.  —¿Tú  crees?  —preguntó  él  poniéndose  en  pie—.  Pues  a  mí  me  parece  que tú lo  necesitas más  que yo. —Yo no consigo dormir  bien.  Cada  vez que  cierro  los  ojos me parece oír el  silbido  de  las  balas. —Razón  de más para que  salgas  de la  ciudad  una  temporada.  No podrás reincorporarte  al trabajo hasta  dentro de  bastante tiempo, y  si  te  quedas encerrada en  el apartamento  todo  el  día acabarás por  volverte loca.  Vente conmigo al  rancho. Te  construiré  un  invernadero. Kate  se  quedó atónita.  Poseer  un  invernadero era  su sueño dorado  desde hacía  mucho  tiempo.   —¿Cómo has  dicho? —A  ti  te  gusta  la  jardinería,  ¿verdad?  He  visto  que tienes en  tu apartamento un montón de libros  sobre  el tema.  Yo me  encargaré de  que tengas un  sitio para  practicar tu  afición mientras  estás  en  el  rancho. Aquello era como un  sueño  hecho  realidad. Lo que más deseaba  Kate era estar con  él, aun  sabiendo  que lo  único que  a él le  movía era el  sentimiento  de culpabilidad. —Pero para  ti  va  a  ser  un  problema —objetó Kate  tratando de ser razonable. —No.  Tengo espacio  de sobra,  y,  además, a mí  también  me  interesa  hacer ciertos  experimentos con nuevas  especies de  forrajes. —Yo... —Ya no  te  quedan  más  excusas.
Kate suspiró,  casi convencida. —A mí  me gustaría  ir, pero  sólo  conseguiría  darle más trabajo a  Janet del  que ahora  tiene,  y,  además, no  creo  que  a  tu vecina  Barbara le  guste demasiado la  idea. Tom no  veía  a  Barbara  Dugan desde hacía tanto  tiempo que tuvo  que hacer  un  esfuerzo  para  comprender  a  qué venía  aquello. —Pero,    ¿qué tiene  que ver Barbara con  lo que  estamos  hablando? —Todo el  mundo  dice  que  terminarás  casándote con  ella.  Su rancho  está pegado a  Warlace. —Por  el  amor  de  Dios, Kate,  no  digas  tonterías.  También el rancho  de Billy Kramer está  pegado con  el mío y nunca  se  me ha  ocurrido la  idea  de casarme con él  por  ello. —Es  que no  quiero  entrometerme  en  tu  vida —objetó  Kate. —Mira,  Kate,  tú no  vas  a entrometerte  en  mi  vida  para  nada. Lo  único  que voy  a  hacer  es  cuidar de  ti  hasta  que  estés  lo  suficiente  bien  como  para  valerte por  ti  misma. Kate se sentía  débil  y  cansada, y  esos  sentimientos  se  traslucían  en  sus ojos  verdes,  inmóviles  y  muy  abiertos.  Tom  se  acercó  a  la  cama  y  le  dijo  en voz baja: —No  volveré  a  hacerte  daño, Kate, te  lo  prometo. —Está  bien, Tom. Iré contigo, siempre  que estés  seguro  de  que es  lo que quieres. —Estoy completamente seguro.


HOLA .. BUENO AQI ESTAN LOS CAPS .. YA SABEN 3 O MAD Y AGREGO .. HASTA PRONTO 😊😉


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