miércoles, 7 de septiembre de 2016

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Continuacion ...

pensando qué  podría  hacer a partir  de entonces. Había empezado  a llover con furia, como  si  el  tiempo quisiera  acompañar  el  torbellino de sus  pensamientos. Se acordó,  sin embargó,  de  los  pobres vaqueros  que,  a pesar  del frío  y del agua,  debían  continuar  trabajando  a  la  intemperie. Después pensó en  Tom y sintió frío en  el  alma. Una cosa era  segura;  tenía  que  irse  de  Warlace  cuanto  antes,  porque  no podía  soportar  la  idea de seguir viendo  a Tom y  saber  que ya  no  tenía secretos  para él. Toda su  amabilidad,  sus caricias, su deseo...  todo había sido una mentira,  fruto  de  su  compasión.  No,  no  podía  soportarlo. Las  lágrimas rodaron  por sus mejillas... Tenía que volver  a  Chicago,  y después,  ¿qué le esperaba  allí?  Tendría  que  esperar  una semana más  sin trabajar,  pero  incluso  entonces,  cuando  se  hubiera  cumplido, no  se  sentía  con ánimos para volver a la sección de sucesos.  Y por otro  lado,  tampoco  quería convertirse en una  carga  para Georg,  por  muy deseoso  que  estuviera él  de ayudarla. Así estaba  de pensativa, cuando  de pronto  entró  Hank en  la  sala, visiblemente agitado. —Perdona  que  te  moleste,  Kate,  pero  es  que  estoy muy preocupado. Mi hijo salió  sin un  impermeable ni  nada,  y  está  empapándose,  con  el  frío  que  hace. Cuando  le  dije  que  se  pusiera  algo  encima  me  contestó  no  sé  qué  incoherencias de que  a  ver si  se  moría  de una vez,  y no  me ha  querido  escuchar. ¿Qué  ha pasado? ¿Es que han  discutido o  algo,  Kate?   Kate  se  removió  inquieta  en  su  asiento.   —Sí...  más  o menos.   —¿Más o menos?   Kate decidió contarle  lo  ocurrido. —Tom  me  pidió  que  me  case  con  él  y  yo  le  he  dicho  que  no.  Pero  es  que él  no  me  ama  —señaló  rápidamente  al  ver  la  cara  de  desconcierto  de  Hank—,  y sin amor,  no saldría  bien.  Hank  soltó un  silbido. —¡Válgame Dios! Ya  estaba convencido  de  que no  viviría  para  ver  el  día en que por fin mi  hijo  se decidiera a proponerle  matrimonio a  alguien.  Y  ahora  que se produce el milagro,  tú le dices  que  no  tranquilamente. ¿Es que te  has  vuelto loca?  Mira  mujer,  yo  casi  tengo  sesenta  años.  Si  mi  hijo  no  se  decide  pronto, me quedaré sin nietos. Y tú  eres una  chica estupenda.  Te  conocemos, nos gustas...  no  podría  haber hecho una elección mejor. Tienes  que  pensarlo  bien antes  de  dar  una  negativa,  Kate. —Pero si  ya lo  he  pensado  —respondió  Kate  bajando los ojos—.  Yo  lo amo, y  él  lo  ha sabido todo este tiempo,  porque mi hermano Georg cometió  la tontería de  decírselo.  ¡Tom  me  lo  soltó esta  mañana, después  de que yo me negara  a casarme con él, y estoy  tan enfadada  que no creo  que  pueda volver a mirarlo  a la  cara! Kate  se  echó a  llorar, y  el  anciano se esforzó  por tranquilizarla  dándole palmaditas  en la  mano. —Me  quiero  ir  de aquí  —gimió  Kate—, pero no tengo adonde ir. —Tom salió fuera en  cuanto  vio que no  había  forma  de sacarte de  tu cuarto, y  es  capaz  de  quedarse ahí  todo  el  día.  Ya  sabes  que  cuando  se le  mete algo  en  la  cabeza...  Va  a "pescar"  una  pulmonía. Por supuesto, ella  no  quería  que se  enfermara, pero en aquel momento tampoco se  encontraba  con ánimos  para  salir a  convencerlo.
A pesar  de  todos  los  esfuerzos  de  Hank,  llegó  la  noche,  y  Tom seguía fuera.  Cuando  Kate  se  dispuso  a  meterse  en  la  cama,  todavía  no  había aparecido. A la  mañana  siguiente,  lo encontró sentado  en  el  comedor cuando  fue  a desayunar. El  corazón le  dio un  vuelco, porque no esperaba  volver  a verlo  a solas. De  cualquier  modo, era demasiado tarde  para  salir corriendo,  así  que sacó una  silla y  se  sentó  frente a  él.  Tom estaba muy  pálido,  y cuando  se dirigió  a ella para pedirle  que le pasara el tocino,  su voz  sonó  terriblemente ronca. —Con toda  esa  lluvia —murmuró  Kate—. Te  has  resfriado.  —Con un poco  de suerte  me  moriré  —replicó  él—,  y así  lo  llevarás  el resto  de  tu  vida en la
conciencia. Kate  intentó  no  mirarlo  mientras  se  servía  el café.   —Yo  no  te  obligué  a  que salieras  y te  quedaras  bajo de la  lluvia  como un loco. —Pero  no  accedes a casarte  conmigo.  —Sabes  muy  bien por qué. —Ojalá  pudiera comprender  por  qué  las  mujeres  tienen  tantos  secretos con  sus sentimientos. A  ver,  dime, ¿y qué  más  da  si  yo  sé  que  tú  me  quieres? ¡No  se  va  a hundir el  mundo por  eso! —¡Me da vergüenza! —¿Por qué? Kate  lo  miró  con los ojos  centelleantes. —Porque eso me coloca  en una  posición  de desventaja con  respecto a  ti. Me  siento  vulnerable. —A  lo  mejor  yo  también  me  siento  así,  Kate,  ¿no  se  te  había  ocurrido pensarlo? Ella  rió  con amargura. —Eso es imposible, Tom,  porque  tú  no  me  amas. Hubo  un  largo  silencio.  Kate  se  sentía  incómoda,  porque  Tom  la  estaba mirando  de una manera  muy extraña. —En cuestión de  amor  todavía tengo que  aprender  —dijo Tom,  después de  sufrir un  acceso de tos—. ¡Maldita  lluvia! ¡No me encuentro  nada bien! —Deberías volver  a  la  cama —se atrevió  a  sugerirle  Kate. —¡De eso  nada! Tampoco estoy  tan  mal  —dicho  aquello,  se  bebió el  café, miró con  una mueca los  huevos  y  el  tocino  y  se puso de pie—. Me voy a trabajar. No tengo ganas de  comer.
Pero cuando echó  a  andar,  se  tambaleó.  Kate,  sin  pensarlo,  se levantó corriendo de  la  mesa  y se  colocó junto a él,  sujetándolo.  Sintió  su  cuerpo  con más calor del  normal. Entonces  le tocó  la  frente  y  comprobó  que  estaba ardiendo. —Tom,  tienes  fiebre, y,  además, muy alta. —La  verdad  es  que  me  encuentro  un  poco  mareado.  Vamos,  Kate,  no  me sujetes,  que te puedes  hacer  daño  en  la  costilla. Me  apoyaré en  la  pared. —No, no,  apóyate en  mí. Te llevaré  a  la  cama. —Pero  es  que  ahora  no  tengo  tiempo  para  ponerme  enfermo... —Eso deberías haberlo  pensado ayer. Al  cabo  de una  hora, llegó  el  médico,  y después de  examinarlo diagnosticó  un caso  bastante  fuerte  de  bronquitis,  agravada por una  infección viral. Le  puso una  inyección y  le  recetó  unos  antibióticos  y un  jarabe  para  la tos.  Janet  le  preparó  caldo y Kate  se  quedó  sentada  al  lado de su  cama mientras Hank  se iba  a trabajar. Tom pasó  la  mayor  parte  del día  en  una  especie  de  sopor,  siempre vigilado  por  la  mirada  atenta  de  Kate.  Sólo  lo  dejó  un  momento  por  la  tarde para  cenar  rápidamente,  y  enseguida  volvió a su  cabecera.  Por  la  noche,  el enfermo  comenzó a  agitarse, —Me siento  peor ahora que esta  mañana  cuando  me  levanté. —No te  preocupes  —le dijo Kate con una sonrisa—. Será  culpa de la fiebre, que  suele  subir  por la  noche.  Verás cómo  mañana  te  encuentras  mejor. Él le devolvió  la  sonrisa. —Deberías irte  a la cama  tú  también. —Me  iré dentro de  un  rato. — Bueno,  si  vas  a  quedarte,  podrías leerme  algo. —Muy  bien,  ¿qué  es lo que te  gustaría? ¿Una  de  tus novelas  policíacas? —No.  Prefiero  que  me  leas  la  revista  de  la  asociación  de  ganaderos  que tengo  en la  mesilla. Kate la tomó  y le leyó  un  artículo  sobre los  nuevos  métodos  de  mercado y un informe sobre las nuevas  técnicas  de  cultivo  de forrajes. Cuando hubo terminado, Tom dijo: —Eso me  recuerda que  los muchachos  te  están  construyendo  un invernadero.  Si  todo  marcha  bien,  lo  tendrán  terminado  dentro  de  un  día  o  dos. Después,  podemos  ir  al vivero de Pierre  a comprar algunas  plantas. Kate,  que  ya  había  olvidado  su  promesa,  se  alegró  de  aquel detalle,  pero no pudo  evitar  una punzada  de  tristeza  al  pensar que  nunca  llegaría  a  disfrutar de ese  invernadero.
—Ya  no  tienes  por  qué preocuparte  de eso, porque  yo podré  viajar  ya la semana que  viene. Tom abrió  los  ojos de  par  en  par  y la miró  fijamente. —No  quiero  que te  vayas.  Quiero  que  te  quedes aquí,  conmigo. Kate  se ruborizó, —Te  olvidas de  que  tengo  un  trabajo... —Pues déjalo. —Tom, yo... —Yo  puedo  mantenerte.  Hasta  que  llegue  el  momento  de pagar  los impuestos,  yo  tengo  aquí  un  verdadero  imperio.  Podemos  seguir  viviendo  del ganado,  aunque se  vaya acabando el  dinero.  Mientras,  tú puedes  cultivar  plantas en el  invernadero, lo  que  quieras, y tendremos verduras  todo el año. Parecía  que  hablaba  en serio, pero Kate no tenía  más  remedio que contradecirle. —Tú  no quieres casarte,  Tom.  Siempre lo has dicho. —Yo he  dicho muchas  estupideces en mi  vida,  Kate, ¿o  es que  todavía no te has dado cuenta?  —dijo  él volviéndose  de lado para  verla mejor—.  ¿Tú  nunca has pensado en  tener  hijos? —Sí,  alguna  vez. —¿Y  en  tener  hijos míos? Kate  rehuyó  su  mirada. —Cuando  vea a  mi  hermano... —No tendrás ocasión, porque  Nueva  York  está  muy  lejos, y yo  me encargaré  de que no  tomes  represalias.  Una  vez  te dije que me  gusta sentirme amado. Nadie me  ha querido nunca,  excepto  mi  familia. Kate  recordó de  pronto  aquello  mismo,  dicho por  una voz  susurrante, que le llegaba  de  muy  lejos.  Se estremeció. —Es  verdad...  me  lo  dijiste  cuando  estaba  en  la  UVI.  Me  dijiste  que  no querías  que me muriera... Tom dejó de sonreír. —También te dije  aquel  día  que si  tú  morías,  yo  no  querría  seguir viviendo.  ¿Quieres que  te  lo  repita  ahora? —Aquel día  las emociones  te  hacían hablar  demasiado. —Las  emociones  siguen  siendo  las  mismas,  Kate.  Yo  te  deseo.  No  me rehuyas  así,  por favor. El  deseo no es  ningún pecado  imperdonable.  Tú  también sientes  lo  mismo,  aunque te  empeñes en  no  reconocerlo. Kate —
agregó  con una sonrisa—,  a  ti  te gusta plantar  cosas y  ver cómo  crecen.  A Dios también  debe gustarle  eso.  El  arregló  las  cosas  para  que  un  hombre  y  una  mujer  plantaran  la semilla; y un hijo  es  la  pequeña semilla  que  crece. La vida es  un  milagro,  Kate. Kate  lo  miró  con los ojos  cargados  de  viejas  angustias.  —Mi  padre  me castigaba  cada  vez  que se  me  ocurría  sonreír a algún chico.  Georg  y yo nos  pasamos la infancia  oyendo que  el sexo  es  el  mayor de los pecados. —Pero  nena, tu  padre estaba  loco.  Con  su  enfermedad, no  estaba capacitado para hacerse cargo de  ustedes.   —Si  mi  madre  no  nos  hubiera  abandonado...   Tom se llevó  su mano  a  los labios. —Tienes  que  pensar  que  ella  tendría sus razones para marcharse.  Tú entonces  eras  muy pequeña  y  no  te  dabas cuenta;  un  niño  no  puede  entender  los razonamientos de  los  mayores. —Cuando  se  fue, me pasaba las  noches  llorando.  No  sabes  cuánto la echaba de  menos. —Quizá  ella  también  los ha  echado  de menos  a  Georg  y a ti durante  todos estos  años. Tom acababa de tener una  idea, pero, por supuesto, no pensaba confiársela  a  ella,  por lo menos  hasta que  no la hubiera  puesto  en práctica. —Ojalá me  encontrara  mejor —murmuró  Tom—. No  sabes cuánto  deseo hacerte  el amor. ¡Oh, Kate! Cásate  conmigo.  Tendremos un montón  de  hijos  que alegrarán esta  casa. Yo  estaría  dispuesto a aprender  a cambiar pañales  y dar biberones...  sería  maravilloso. Kate  se  puso  a  temblar de pies  a cabeza.  Lo  amaba  con  desesperación;  y él quería tener  hijos.  Seguramente los  hijos contribuirían  a  unirlos. Pero aunque  ella  lo  deseara  también,  sabía  de  sobra  que  un  matrimonio  así,  sin  amor por  parte  de él,  estaba destinado  al  fracaso.  No,  no  podía  prestarse  a  un  juego tan cruel. —No —contestó  sin mirarlo a  los  ojos—.  Lo siento,  pero no  puedo. Y  diciendo  aquello,  se  levantó  y  se  dirigió  hacia  la  puerta. —¡Pero si  tú  me  amas, maldita sea! —gritó  él  exasperado. —Un  amor  no compartido no es suficiente. Quizá a  ti  te bastaría, al principio,  pero no  tardarías en darte cuenta de que  no  podrías seguir  viviendo conmigo  si  lo  único  que  sientes  es  deseo  mezclado  con  culpabilidad.  Buenas noches.

DIEZ- FINAL
A  partir  de  entonces, Kate  se  pasó  la  mayor  parte  de  su  tiempo  libre trabajando  en el invernadero,  que tal y  como  le prometieron,  estuvo  listo enseguida, mientras Tom, ya restablecido, se concentró  como un  poseso en su trabajo. La paz duró  tres  días,  pero  después en  la  mañana  del  cuarto, cuando bajó  a  desayunar,  Kate  se
encontró  a  Tom  con  una expresión tan  sombría que daba miedo  mirarlo. Al  verla  aparecer, levantó los  ojos  del  plato  y le  dijo  fríamente:   —No  me  importa nada que  te  niegues a  casarte conmigo. Por mí puedes largarte hoy  mismo a Chicago,  a ver si  te dan  otro tiro.   —Muchas  gracias,  así  lo  haré  —replicó  Kate  muy  digna,  sentándose  en  la silla  que Hank  le  ofrecía—.  Me alegro  de  que  hayas recuperado tu humor habitual. —En toda  mi  vida  no he  visto  un  hombre  con  tan mal genio  —dijo Janet—. Kate,  no  sabes las ganas que tengo  de  que accedas  a casarte  con  él  de una  vez, a ver si  le  mejoras  el carácter.   —Yo  también  lo estoy deseando  —intervino  Hank  con  un  suspiro—.  Si quisieras  hacer el  sacrificio,  Janet y  yo  nunca lo  olvidaríamos. —Ya no quiero casarme  —rugió  Tom,  debatiéndose  con el  cuchillo  y el tenedor—.  ¡Este tocino está durísimo! —Entonces, ¿por qué  no  sales y  le cortas  un  trozo  de  carne a una de  tus vacas,  a  ver  si  te  sabe  mejor?  —replicó  Janet. —Y  los  huevos  están como  una  piedra. —Y  me  imagino  que el café  estará  aguado y las galletas blandas, ¿verdad? —continuó Janet  con furia. —¡Pues  has acertado! —Entonces puedes  irte a Blairsville  a desayunar,  si  quieres, porque yo no pienso  volver a  prepararte el desayuno. —¡Te  despediré! —rugió Tom. —Muy  bien. ¡Ni  en  el  infierno  encontraría un jefe peor que  tú! Tom dejó el  tenedor en  el  plato, lanzó  una  mirada general  de  furia,  y  se fue dando  un  portazo. —¡Gracias  a  Dios!  Ahora podremos terminar  de  desayunar  en paz —dijo Hank, y después,  dirigiéndose a Kate  con  una sonrisa,  añadió—:  Todavía  sigues resistiéndote, ¿eh?
—Tom  no  me  ama  —respondió  ella acaloradamente—, y yo no  quiero atarlo. Él  cree que eso  es lo  que quiere,  pero  algún día puede  enamorarse de verdad, y entonces  se arrepentirá  de estar  conmigo. Hank  no  dijo  nada.  Se  limitó  a sonreír. Aquel  era  el  día en que Kate debía  volver  al hospital  para hacerse  otra revisión. Ella esperaba que  fuera Hank  quien  la  llevara,  o  en  todo  caso  alguno  de sus hombres,  y  por eso se llevó una gran  sorpresa cuando encontró  a  Tom esperándola  en  el  coche.  Aunque  seguía echando  rayos y centellas por  los  ojos, le abrió la  puerta  con  rígida  amabilidad. —Me  imagino que  cuando  el  médico  te  vea  te  dirá  que  ya  puedes  volver  a Chicago  cuando  quieras. —Supongo  que  sí  —asintió  Kate  sin demasiado entusiasmo. —No  esperes que  te  vuelva  a proponer  matrimonio,  porque  no  pienso volver  a  hacerlo  —dijo  entonces él  sin mirarla. —No esperaba tal  cosa. En efecto  una  vez en  el hospital, el médico la  examinó meticulosamente, le dijo que  podía volver  al  trabajo  cuando quisiera y se despidió de ella  con una sonrisa.  Tom pagó  la  cuenta sin  hacer caso  de las  protestas de  Kate, y después  se pusieron  en  camino. —Ya  estoy  bien  —comentó  Kate—. Oficialmente,  puedo volver  a  trabajar. —Me alegro mucho. —Ahora  ya  puedes dejar de sentirte  culpable  —murmuró Kate—.  Quiero que quede  claro que  no  te culpo  de  nada de  lo  sucedido.       Pero  Tom no la  escuchaba. Acababa de  tomar un  camino  de  tierra que se adentraba  en el  bosque.  Cuando llegaron  a  un  pequeño  claro, cerca  de un tupido  bosquecillo,  paró  el  motor. —¿Por  qué  has  parado aquí?  —preguntó Kate   un  poco  violenta. Tom se  volvió,  mirándola  con  ojos  brillantes.  —Porque estoy  harto de  que  intentes  a  toda  costa protegerme de mí mismo. ¿Por qué diablos estás  tan  convencida  de que me  quiero casar contigo para  aliviar mi  sentimiento  de  culpabilidad porque  te  tengo lástima? ¡Yo no soy tan estúpido  como  para  tratar de cimentar  una relación  estable en  semejantes fundamentos!  —Entonces, ¿por qué  lo  haces? —Pues porque  me gusta  estar  contigo.  No  sé  por  qué,  pero me  vuelves loco cada vez que  te tengo cerca.  Me gusta hacer cosas contigo, e incluso  estar solo  contigo.  Y también me  gustaría  tener  hijos  contigo.  A pesar  del  mal comienzo que  hemos tenido,  nos hemos  hecho  muy amigos desde que estás en Warlace, Kate. Lo  suficiente  como  para  pensar en  matrimonio, creo yo. Kate  estaba  tan  cansada  de hablar  siempre del  mismo  tema, que ya  no sabía  qué objeciones  poner. —Yo  quiero casarme contigo —susurró  emocionada—,  es lo que  más deseo en la  vida,  pero tienes que  darte  cuenta  de que  significaría  correr  un  riesgo demasiado grande. —Yo lo  único  que  sé  es  que  te  deseo  a  todas  horas,  que  me  llevo perfectamente  contigo  y que  estaría dispuesto  a  matar por  ti, si  fuera necesario. Sin  dejar  de  mirarla a  los  ojos, Tom se  desabrochó  el  cinturón  de seguridad,  e hizo  lo mismo  con el  de ella. Se  acercó  sin  decir una palabra, pero con  aquella mirada fija en  sus  labios,  Kate  no necesitaba saber nada más. Aquel fue el beso  más  lento y más  dulce que  nunca habían compartido. Sintió que sus  brazos se iban  apoderando  de  ella, se  enroscaban  a su alrededor, y después  sintió la  caricia  de  sus  manos  en  el  pelo. Kate  no  se  resistió, y tampoco  contestó; en  lugar  de  ello,  suspiró  y dejó escapar un  gemido de  placer,  a  medida  que  el  beso  se  intensificaba.  Tom echó el  asiento hacia atrás  y la  tumbó.  Quiso  decir  algo,  pero él  sonrió  negando con la cabeza.  Después se  inclinó  sobre ella  y  cubrió  su rostro de besos. Primero  le  quitó  la  blusa,  y  el  sostén  no  tardó  mucho  en  seguir  su  camino. Después  recorrió sus  pechos  con  la  boca,  suavemente,  saboreando su  suavidad. Kate  no  sintió  cómo  terminaba  de  desnudarla,  porque  los  labios  de Tom actuaban en  su  cuerpo  como  un  excitante,  despertando todos sus  instintos dormidos. Pronto  la  ansiedad  hizo  presa  de ella; no  tenía bastante,  necesitaba más y  más. Después  él  se  quitó la camisa,  y Kate  empezó  a  acariciarlo como  siempre había soñado. Él  llevó las manos  a lo largo de  sus  costados, y en  algún momento, en medio del creciente torbellino de su  pasión, Kate descubrió que  también estaba desnudo. —Kate  —susurró  Tom  de  pronto,  contemplándola  con los  ojos brillantes—.  Quiero  que seas  mi mujer, la  madre de  mis hijos.  No quiero que te entregues  a mí  por segunda  vez sin comprometerte  antes.  Te quiero para toda la vida.  Voy a demostrarte la  belleza que  puede  haber  en  el placer  cuando éste es compartido  sin egoísmos. Ella  lo  miró  a  los  ojos,  buscando  una respuesta  a sus  interrogantes. —¿No  será sólo  deseo, Tom? —Si  solamente fuera deseo,  cualquier mujer  me  serviría.
—¿Y estás  seguro  de  que  no  te  serviría otra mujer? —Kate, yo  sólo  te deseo  a ti. Nunca,  nunca más,  habrá otra mujer en mi vida. —Pero  puedes  enamorarte... —Sí,  es  posible. Quédate quieta, pequeña,  y  déjame  amarte.  Deja  que te enseñe  cómo  debería  haber  sido  la  primera  vez. Tom se  movió suavemente entre  sus piernas, y entonces Kate  lo sintió tal  y como  lo había  sentido  aquella noche  ya  lejana, pero sin  ningún dolor.  Tom se movió en  su interior  suavemente, adaptándose a  las  demandas  secretas  de su  cuerpo  de  mujer.  La  besaba  y  le  susurraba cosas  irrepetibles al  oído, mientras que con  sus  manos iba  guiándola hasta conseguir hacerla  enloquecer de pasión. Kate  lanzó un  gemido  ahogado  y Tom sonrió,  sabiendo  lo  que  sentía exactamente. Entonces la poseyó  más  profundamente,  con fiereza. Su  pecho rozaba  los senos erizados  de  Kate  en  los movimientos  ascendentes y descendentes, y  el  ritmo  crecía  en  intensidad  por  momentos. Ahora  era  ella quien  le  susurraba  locuras  al  oído, y él  reía  y le  mordía el  hombro, la  boca, la garganta,  y  la  tensión  se  convertía  en  una  espiral sin principio  ni  fin,  una  espiral de placer  cálido.  Tom sudaba, y comenzaba a ponerse  tenso  sobre  ella. Kate igualó  sus  movimientos, levantó las  manos,  le  acarició  el  rostro,  y entonces  todo explotó  dentro  de ella  y  a  su alrededor. Aquello era una locura mágica.  Por primera vez  en  su  vida  sintió el colmo del  placer;  por primera  vez en  su  vida  perdió el sentido de  la  realidad  y su garganta  se  abrió en  un  grito de  felicidad. Kate  volvió  a  la realidad  lentamente, y  lo primero  que  oyó fue  el  rumor del  viento  entre los  árboles y  el  canto  de  los  pájaros.  Ambos  temblaban.  Era maravilloso  sentir  los latidos del  corazón  de  Tom  contra  sus  pechos.  Comenzó a  besarlo por  todas partes.   —Kate —susurró  él, enfebrecido—.  Casi  no podía  soportar el  placer. Creía  que  iba  a morir  intentando  abrazarte  con más  fuerza. Kate  suspiró  dulcemente. —Tom,  no  hemos  tenido cuidado...  no  has...  Puedo quedarme embarazada  después de esto.  Él sonrió.  —Sí,  es  verdad.  —Pero,  ¿qué  vamos  a hacer ahora?
—Casarnos,  por supuesto  —murmuró  Tom—.  Y  esta  vez  no te  lo  estoy preguntando,  lo  afirmo.  No  voy  a  darte la  oportunidad de rechazarme  una vez más. —Pero  Tom  —protestó Kate angustiada—.  Puede  ser  que  algún  día  te enamores  de alguien. —Pero Kate,  ¿no es  amor  esto  que hemos  compartido? Ella  se  quedó  mirándolo  con los ojos muy  abiertos. Tom no  había tenido  intención de  decir aquello;  simplemente  lo  había dicho  sin  pensar.  Pero  ahora que ya  estaba  expresado y  la  veía,  tan  hermosa, debajo  de  él, se  daba  cuenta de  que aquello  era  lo  que sentía en  realidad.  Era  la primera vez que el  sexo le despertaba  tantas  emociones. —Ahora no pienses  en  nada, Kate,  y  bésame. Así  lo  hizo  ella. Y  después  se  vistieron mutuamente,  sin  dejar de acariciarse.  Cuando volvían  al  rancho, Tom le dijo: —La  semana  que  viene  nos  casaremos.  Ya  tengo  el  regalo  de  boda  para  ti. —¿Qué  es? —preguntó ella, curiosa. —Espera  y  verás. Es una sorpresa.  Y  ahora no quiero  que  pienses en  nada. Me caso  porque  yo  quiero, nadie me  obliga. ¿De  acuerdo? Kate  lo amaba  demasiado  como  para  negarse  una vez  más. Ahora  ya  sabía con  seguridad  que nunca  iba  a  poder  renunciar él. —De acuerdo, Tlm —susurró.
 La  ceremonia  de  la  boda  tuvo  lugar  en  Warlace,  con  la  asistencia  de Margo  y  David,  que  fueron  gratamente  sorprendidos  con  la  noticia  de  que aquellos  enemigos  de siempre  por  fin se  casaban. Tom se  maravilló  de  su  belleza  al  verla  entrar  envuelta  en  tules,  y encajes.  Entre las  flores del altar  intercambiaron sus  promesas, delante de Hank,  Janet,  Georg,  Margo,  David  y  un  montón  de  vecinos  y  conocidos,  entre  los que se  contaba una  mujer  vestida con un  traje  oscuro  que se pasó  la  ceremonia sola, sin hablar  con  nadie. Al  final,  cuando  hubieron  intercambiado  los  anillos,  Tom  le  levantó  el velo  y  la  besó.  La  ceremonia había sido  tan  hermosa,  que  Kate  no  pudo contener las lágrimas.  Lo  único  que empañaba  su  felicidad  era  saber  que  él  no  la  amaba; no  como  ella  quería. Cuando se  estaba  cambiando de ropa  en  la habitación,  ayudada  por Margo,  apareció  la  mujer  desconocida,  retorciendo  un  pañuelo  entre  las  manos. Parecía muy  nerviosa. —¿Kathryn?
Kate  la  miró  sorprendida.  ¿Entonces  ella  la  conocía? Margo se  disculpó y salió  de la  habitación rápidamente. La  mujer entonces  la  miró con  unos  ojos  verdes muy parecidos  a  los suyos. —No  sabes quién soy, ¿verdad?  Al  fin y al  cabo  es  natural teniendo  en cuenta que  él me separó de  ti  cuando no eras  más que  un  bebé. Kate la miró  atónita.  Todos  los años  de  odio, amargura y  angustia volvieron de  golpe a  su memoria. —Tú  nos  abandonaste  —susurró—.  Nos  dejaste  solos  a  Georg y  a  mí,  y  él nos  pegaba. La  mujer tenía  los  ojos  cuajados  de  lágrimas. —Tu padre  te  secuestró,  Kathryn.  Te  llevó a  un  lugar  secreto, escondida, y yo me  quedé  sin  nada.  Sin ustedes,  sin dinero, sin  un  sitio  para  vivir...  Antes de eso, yo  había buscado un  abogado para  divorciarme de  tu padre,  con la esperanza  de que me  concedieran la  custodia  de  ustedes.  Había  un hombre en mi vida, un hombre  bueno que los quería  también a  ustedes.  Pero tu  padre se enteró  antes que  yo  pudiera hacer  nada,  y  un  día,  cuando volvía  a  la  granja, me encontré con  que  no  había nadie. Se  había marchado llevándoselos  con  él. Yo entonces  no  tenía siquiera el dinero del pasaje  del  autobús para  salir  a buscarlos. Kate  la  contemplaba  cada  vez  más  sorprendida.  Aquello  no tenía  nada  que ver  con  la  versión de su  padre. —¿Nos secuestró? —Sí,  cariño.  Yo me  puse a  trabajar  de camarera  en  un bar.  Estuve  así dos  años,  hasta que  conseguí  el dinero suficiente  para  buscarlos,  pero  entonces ya era  demasiado  tarde. —¿Y  el  otro  hombre,  con  el que  te ibas a casar? —Lo dejé.  Estaba obsesionada  con lo  que habría sido  de ustedes  mis hijos.  ¿Cómo iba  a  construir mi  felicidad  sabiendo que  ustedes  podían estar sufriendo? Kate  estaba  tan  emocionada  que ni  siquiera  se dio  cuenta  de que Tom la estaba mirando desde la otra  habitación. —¿Y  has  estado  sola  todo  este  tiempo? —Sí,  todo este  tiempo. Ya  me  había cansado de preguntar en todos los orfanatos,  y  ni  siquiera  sabía  la  existencia  de  su  abuela  en  Dakota  del  Sur, porque su padre  no me  lo  había  dicho  nunca. Entonces, un  buen día,  tu  marido entró  en el  restaurante donde  trabajo y me dijo que Georg y tú estaban  vivos y que  me  traería para  verlos. —¡Oh, mamá,  no!...
Kate  se  echó  en  los  brazos  de  la  mujer,  y  de  pronto  fue  como  si  el tiempo  no hubiera  transcurrido desde la  infancia.  Aquel era  el  refugio protector de  su madre.  Tantos  años  habían transcurrido y todavía  lo recordaba... Se  volvió  entonces y vio  que  Georg estaba al  lado  de  Tom,  sonriente,  y entonces  se dio cuenta de que  aquello  debían  haberlo tramado los  dos  juntos. Cuando él  se  acercó,  su  madre  también lo  estrechó contra  sí. —Mi hijo  —sollozó—. Mi  pequeño.  Cuando te  vi  no  podía creer  que hubiera pasado tanto tiempo.  Y  ahora  te he encontrado  a ti, y a  Kate.  Todo esto me  parece  un  sueño... tengo miedo de  despertarme,  como  siempre,  y encontrar  que  ya  no  están a  mi  lado. —No  te dejaremos, mamá —dijo  Georg riendo—. Pasarás un buen período de  tiempo  viajando  entre  Nueva  York  y  Dakota  del Sur  para  estar  con  nosotros antes que  te dejemos volver a  casa. —Claro que sí  —dijo  Kate, tomando el pañuelo de  su  madre  para  secarse ella  también  los  ojos. —Será  estupendo, hijos.  Y  después,  por  fin podré  dar  el  sí  al  hombre  que me ha estado  pidiendo  que me case  con  él  durante  veintidós años. Kate  lanzó  una exclamación de sorpresa. —¿Todavía  sigue esperándote,  después de  tantos años?          —El amor  verdadero  nunca se extingue, hija  mía. Él sigue  esperando, como  yo  he  esperado para  volver  a ver  a  mis  hijos. Cuando  por  fin  se  quedaron  solos,  Kate  estaba tan  emocionada con Tom que  no  sabía cómo decírselo. —Oh,  Tom —suspiró—. ¿Desde  cuándo estabas  planeando esto? —Desde  hace  dos  semanas,  con  la  ayuda  de Georg.  Pensamos  que  te gustaría  saber lo que  es tener  una  madre.  Dime,  ¿te sientes feliz? —No  sabes cuánto, Tom.  Figúrate,  después de  todos  estos  años  de echarle  la  culpa a  ella. ¿Cómo he  podido  estar  tan  ciega? —Yo también he estado  ciego  contigo durante  mucho tiempo, Kate.  No tenía ni  idea  de lo  mucho que  me querías  hasta  aquel  día en  que descubrí que tenías  la  casa  llena de  fotos mías.  Dios mío —agregó  apretándola  contra sí—,  no puedes  ni  imaginarte  lo  que  pasé  desde que  supe que  te  habían herido.  Fue como  si  el  mundo  cayera  de pronto,  hecho pedazos.  Si tú hubieras  muerto,  yo no  podría haber seguido  viviendo. —Te sentías  responsable sin ningún  motivo, porque no fue  culpa tuya. —Yo... te  amaba —confesó  de  pronto  Tom sin mirarla a  los ojos—. Te he amado durante  muchísimo tiempo,  pero  tenía miedo porque  había  visto lo  que el amor puede  hacer de un hombre  cuando una mujer lo  traiciona. Como no quería  que eso  me  ocurriera  a  mí, me  convencí  de que lo único que sentía  por ti era  deseo,  y que aquel  otro sentimiento se  esfumaría  en cuanto te hubiera hecho mía. Pero aquella primera  vez no  me  ayudó  en  absoluto,  Kate.  Volví a mi casa,  me  emborraché y así  estuve  varios días. Pero aun borracho,  seguía oyéndote llorar. Después,  Georg  me lo  contó  todo, te hirieron, y  me hundí  por completo. Ya  lo  sabes,  Kate. Te  amo;  te  he amado siempre.  Así  que  ya  puedes estar  tranquila,  porque no  existe  la posibilidad  de  que me  enamore  de  otra mujer. Kate no  intentó  contestar. Se limitó  a abrazarlo  con todas sus  fuerzas, buscando  sus  labios.  Aquello era un sueño,  un sueño maravilloso que iba  a durar toda  la  vida.
FIN


HOLA .. BUENO AQI ESTA EL FINAL DE LA NOVELA. MUCHAS GRACIAS POR ESTAR COMENTANDO Y LEYENDO .. A CONTINUACION LA SIGUIENTE NOVELA SE LLAMA "UN JEFE IRRESISTIBLE ' ES LA 16. HASTA LA SIGUIENTE.

AUTORA:DIANA PALMER
TOM KAULITZ: JACOB CADE
GEORG LISTING: TOM WALKER
KATE LISTING: KATE WALKER

😊

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