Continuacion ...
pensando qué podría hacer a partir de entonces. Había empezado a llover con furia, como si el tiempo quisiera acompañar el torbellino de sus pensamientos. Se acordó, sin embargó, de los pobres vaqueros que, a pesar del frío y del agua, debían continuar trabajando a la intemperie. Después pensó en Tom y sintió frío en el alma. Una cosa era segura; tenía que irse de Warlace cuanto antes, porque no podía soportar la idea de seguir viendo a Tom y saber que ya no tenía secretos para él. Toda su amabilidad, sus caricias, su deseo... todo había sido una mentira, fruto de su compasión. No, no podía soportarlo. Las lágrimas rodaron por sus mejillas... Tenía que volver a Chicago, y después, ¿qué le esperaba allí? Tendría que esperar una semana más sin trabajar, pero incluso entonces, cuando se hubiera cumplido, no se sentía con ánimos para volver a la sección de sucesos. Y por otro lado, tampoco quería convertirse en una carga para Georg, por muy deseoso que estuviera él de ayudarla. Así estaba de pensativa, cuando de pronto entró Hank en la sala, visiblemente agitado. —Perdona que te moleste, Kate, pero es que estoy muy preocupado. Mi hijo salió sin un impermeable ni nada, y está empapándose, con el frío que hace. Cuando le dije que se pusiera algo encima me contestó no sé qué incoherencias de que a ver si se moría de una vez, y no me ha querido escuchar. ¿Qué ha pasado? ¿Es que han discutido o algo, Kate? Kate se removió inquieta en su asiento. —Sí... más o menos. —¿Más o menos? Kate decidió contarle lo ocurrido. —Tom me pidió que me case con él y yo le he dicho que no. Pero es que él no me ama —señaló rápidamente al ver la cara de desconcierto de Hank—, y sin amor, no saldría bien. Hank soltó un silbido. —¡Válgame Dios! Ya estaba convencido de que no viviría para ver el día en que por fin mi hijo se decidiera a proponerle matrimonio a alguien. Y ahora que se produce el milagro, tú le dices que no tranquilamente. ¿Es que te has vuelto loca? Mira mujer, yo casi tengo sesenta años. Si mi hijo no se decide pronto, me quedaré sin nietos. Y tú eres una chica estupenda. Te conocemos, nos gustas... no podría haber hecho una elección mejor. Tienes que pensarlo bien antes de dar una negativa, Kate. —Pero si ya lo he pensado —respondió Kate bajando los ojos—. Yo lo amo, y él lo ha sabido todo este tiempo, porque mi hermano Georg cometió la tontería de decírselo. ¡Tom me lo soltó esta mañana, después de que yo me negara a casarme con él, y estoy tan enfadada que no creo que pueda volver a mirarlo a la cara! Kate se echó a llorar, y el anciano se esforzó por tranquilizarla dándole palmaditas en la mano. —Me quiero ir de aquí —gimió Kate—, pero no tengo adonde ir. —Tom salió fuera en cuanto vio que no había forma de sacarte de tu cuarto, y es capaz de quedarse ahí todo el día. Ya sabes que cuando se le mete algo en la cabeza... Va a "pescar" una pulmonía. Por supuesto, ella no quería que se enfermara, pero en aquel momento tampoco se encontraba con ánimos para salir a convencerlo.
A pesar de todos los esfuerzos de Hank, llegó la noche, y Tom seguía fuera. Cuando Kate se dispuso a meterse en la cama, todavía no había aparecido. A la mañana siguiente, lo encontró sentado en el comedor cuando fue a desayunar. El corazón le dio un vuelco, porque no esperaba volver a verlo a solas. De cualquier modo, era demasiado tarde para salir corriendo, así que sacó una silla y se sentó frente a él. Tom estaba muy pálido, y cuando se dirigió a ella para pedirle que le pasara el tocino, su voz sonó terriblemente ronca. —Con toda esa lluvia —murmuró Kate—. Te has resfriado. —Con un poco de suerte me moriré —replicó él—, y así lo llevarás el resto de tu vida en la
conciencia. Kate intentó no mirarlo mientras se servía el café. —Yo no te obligué a que salieras y te quedaras bajo de la lluvia como un loco. —Pero no accedes a casarte conmigo. —Sabes muy bien por qué. —Ojalá pudiera comprender por qué las mujeres tienen tantos secretos con sus sentimientos. A ver, dime, ¿y qué más da si yo sé que tú me quieres? ¡No se va a hundir el mundo por eso! —¡Me da vergüenza! —¿Por qué? Kate lo miró con los ojos centelleantes. —Porque eso me coloca en una posición de desventaja con respecto a ti. Me siento vulnerable. —A lo mejor yo también me siento así, Kate, ¿no se te había ocurrido pensarlo? Ella rió con amargura. —Eso es imposible, Tom, porque tú no me amas. Hubo un largo silencio. Kate se sentía incómoda, porque Tom la estaba mirando de una manera muy extraña. —En cuestión de amor todavía tengo que aprender —dijo Tom, después de sufrir un acceso de tos—. ¡Maldita lluvia! ¡No me encuentro nada bien! —Deberías volver a la cama —se atrevió a sugerirle Kate. —¡De eso nada! Tampoco estoy tan mal —dicho aquello, se bebió el café, miró con una mueca los huevos y el tocino y se puso de pie—. Me voy a trabajar. No tengo ganas de comer.
Pero cuando echó a andar, se tambaleó. Kate, sin pensarlo, se levantó corriendo de la mesa y se colocó junto a él, sujetándolo. Sintió su cuerpo con más calor del normal. Entonces le tocó la frente y comprobó que estaba ardiendo. —Tom, tienes fiebre, y, además, muy alta. —La verdad es que me encuentro un poco mareado. Vamos, Kate, no me sujetes, que te puedes hacer daño en la costilla. Me apoyaré en la pared. —No, no, apóyate en mí. Te llevaré a la cama. —Pero es que ahora no tengo tiempo para ponerme enfermo... —Eso deberías haberlo pensado ayer. Al cabo de una hora, llegó el médico, y después de examinarlo diagnosticó un caso bastante fuerte de bronquitis, agravada por una infección viral. Le puso una inyección y le recetó unos antibióticos y un jarabe para la tos. Janet le preparó caldo y Kate se quedó sentada al lado de su cama mientras Hank se iba a trabajar. Tom pasó la mayor parte del día en una especie de sopor, siempre vigilado por la mirada atenta de Kate. Sólo lo dejó un momento por la tarde para cenar rápidamente, y enseguida volvió a su cabecera. Por la noche, el enfermo comenzó a agitarse, —Me siento peor ahora que esta mañana cuando me levanté. —No te preocupes —le dijo Kate con una sonrisa—. Será culpa de la fiebre, que suele subir por la noche. Verás cómo mañana te encuentras mejor. Él le devolvió la sonrisa. —Deberías irte a la cama tú también. —Me iré dentro de un rato. — Bueno, si vas a quedarte, podrías leerme algo. —Muy bien, ¿qué es lo que te gustaría? ¿Una de tus novelas policíacas? —No. Prefiero que me leas la revista de la asociación de ganaderos que tengo en la mesilla. Kate la tomó y le leyó un artículo sobre los nuevos métodos de mercado y un informe sobre las nuevas técnicas de cultivo de forrajes. Cuando hubo terminado, Tom dijo: —Eso me recuerda que los muchachos te están construyendo un invernadero. Si todo marcha bien, lo tendrán terminado dentro de un día o dos. Después, podemos ir al vivero de Pierre a comprar algunas plantas. Kate, que ya había olvidado su promesa, se alegró de aquel detalle, pero no pudo evitar una punzada de tristeza al pensar que nunca llegaría a disfrutar de ese invernadero.
—Ya no tienes por qué preocuparte de eso, porque yo podré viajar ya la semana que viene. Tom abrió los ojos de par en par y la miró fijamente. —No quiero que te vayas. Quiero que te quedes aquí, conmigo. Kate se ruborizó, —Te olvidas de que tengo un trabajo... —Pues déjalo. —Tom, yo... —Yo puedo mantenerte. Hasta que llegue el momento de pagar los impuestos, yo tengo aquí un verdadero imperio. Podemos seguir viviendo del ganado, aunque se vaya acabando el dinero. Mientras, tú puedes cultivar plantas en el invernadero, lo que quieras, y tendremos verduras todo el año. Parecía que hablaba en serio, pero Kate no tenía más remedio que contradecirle. —Tú no quieres casarte, Tom. Siempre lo has dicho. —Yo he dicho muchas estupideces en mi vida, Kate, ¿o es que todavía no te has dado cuenta? —dijo él volviéndose de lado para verla mejor—. ¿Tú nunca has pensado en tener hijos? —Sí, alguna vez. —¿Y en tener hijos míos? Kate rehuyó su mirada. —Cuando vea a mi hermano... —No tendrás ocasión, porque Nueva York está muy lejos, y yo me encargaré de que no tomes represalias. Una vez te dije que me gusta sentirme amado. Nadie me ha querido nunca, excepto mi familia. Kate recordó de pronto aquello mismo, dicho por una voz susurrante, que le llegaba de muy lejos. Se estremeció. —Es verdad... me lo dijiste cuando estaba en la UVI. Me dijiste que no querías que me muriera... Tom dejó de sonreír. —También te dije aquel día que si tú morías, yo no querría seguir viviendo. ¿Quieres que te lo repita ahora? —Aquel día las emociones te hacían hablar demasiado. —Las emociones siguen siendo las mismas, Kate. Yo te deseo. No me rehuyas así, por favor. El deseo no es ningún pecado imperdonable. Tú también sientes lo mismo, aunque te empeñes en no reconocerlo. Kate —
agregó con una sonrisa—, a ti te gusta plantar cosas y ver cómo crecen. A Dios también debe gustarle eso. El arregló las cosas para que un hombre y una mujer plantaran la semilla; y un hijo es la pequeña semilla que crece. La vida es un milagro, Kate. Kate lo miró con los ojos cargados de viejas angustias. —Mi padre me castigaba cada vez que se me ocurría sonreír a algún chico. Georg y yo nos pasamos la infancia oyendo que el sexo es el mayor de los pecados. —Pero nena, tu padre estaba loco. Con su enfermedad, no estaba capacitado para hacerse cargo de ustedes. —Si mi madre no nos hubiera abandonado... Tom se llevó su mano a los labios. —Tienes que pensar que ella tendría sus razones para marcharse. Tú entonces eras muy pequeña y no te dabas cuenta; un niño no puede entender los razonamientos de los mayores. —Cuando se fue, me pasaba las noches llorando. No sabes cuánto la echaba de menos. —Quizá ella también los ha echado de menos a Georg y a ti durante todos estos años. Tom acababa de tener una idea, pero, por supuesto, no pensaba confiársela a ella, por lo menos hasta que no la hubiera puesto en práctica. —Ojalá me encontrara mejor —murmuró Tom—. No sabes cuánto deseo hacerte el amor. ¡Oh, Kate! Cásate conmigo. Tendremos un montón de hijos que alegrarán esta casa. Yo estaría dispuesto a aprender a cambiar pañales y dar biberones... sería maravilloso. Kate se puso a temblar de pies a cabeza. Lo amaba con desesperación; y él quería tener hijos. Seguramente los hijos contribuirían a unirlos. Pero aunque ella lo deseara también, sabía de sobra que un matrimonio así, sin amor por parte de él, estaba destinado al fracaso. No, no podía prestarse a un juego tan cruel. —No —contestó sin mirarlo a los ojos—. Lo siento, pero no puedo. Y diciendo aquello, se levantó y se dirigió hacia la puerta. —¡Pero si tú me amas, maldita sea! —gritó él exasperado. —Un amor no compartido no es suficiente. Quizá a ti te bastaría, al principio, pero no tardarías en darte cuenta de que no podrías seguir viviendo conmigo si lo único que sientes es deseo mezclado con culpabilidad. Buenas noches.
DIEZ- FINAL
A partir de entonces, Kate se pasó la mayor parte de su tiempo libre trabajando en el invernadero, que tal y como le prometieron, estuvo listo enseguida, mientras Tom, ya restablecido, se concentró como un poseso en su trabajo. La paz duró tres días, pero después en la mañana del cuarto, cuando bajó a desayunar, Kate se
encontró a Tom con una expresión tan sombría que daba miedo mirarlo. Al verla aparecer, levantó los ojos del plato y le dijo fríamente: —No me importa nada que te niegues a casarte conmigo. Por mí puedes largarte hoy mismo a Chicago, a ver si te dan otro tiro. —Muchas gracias, así lo haré —replicó Kate muy digna, sentándose en la silla que Hank le ofrecía—. Me alegro de que hayas recuperado tu humor habitual. —En toda mi vida no he visto un hombre con tan mal genio —dijo Janet—. Kate, no sabes las ganas que tengo de que accedas a casarte con él de una vez, a ver si le mejoras el carácter. —Yo también lo estoy deseando —intervino Hank con un suspiro—. Si quisieras hacer el sacrificio, Janet y yo nunca lo olvidaríamos. —Ya no quiero casarme —rugió Tom, debatiéndose con el cuchillo y el tenedor—. ¡Este tocino está durísimo! —Entonces, ¿por qué no sales y le cortas un trozo de carne a una de tus vacas, a ver si te sabe mejor? —replicó Janet. —Y los huevos están como una piedra. —Y me imagino que el café estará aguado y las galletas blandas, ¿verdad? —continuó Janet con furia. —¡Pues has acertado! —Entonces puedes irte a Blairsville a desayunar, si quieres, porque yo no pienso volver a prepararte el desayuno. —¡Te despediré! —rugió Tom. —Muy bien. ¡Ni en el infierno encontraría un jefe peor que tú! Tom dejó el tenedor en el plato, lanzó una mirada general de furia, y se fue dando un portazo. —¡Gracias a Dios! Ahora podremos terminar de desayunar en paz —dijo Hank, y después, dirigiéndose a Kate con una sonrisa, añadió—: Todavía sigues resistiéndote, ¿eh?
—Tom no me ama —respondió ella acaloradamente—, y yo no quiero atarlo. Él cree que eso es lo que quiere, pero algún día puede enamorarse de verdad, y entonces se arrepentirá de estar conmigo. Hank no dijo nada. Se limitó a sonreír. Aquel era el día en que Kate debía volver al hospital para hacerse otra revisión. Ella esperaba que fuera Hank quien la llevara, o en todo caso alguno de sus hombres, y por eso se llevó una gran sorpresa cuando encontró a Tom esperándola en el coche. Aunque seguía echando rayos y centellas por los ojos, le abrió la puerta con rígida amabilidad. —Me imagino que cuando el médico te vea te dirá que ya puedes volver a Chicago cuando quieras. —Supongo que sí —asintió Kate sin demasiado entusiasmo. —No esperes que te vuelva a proponer matrimonio, porque no pienso volver a hacerlo —dijo entonces él sin mirarla. —No esperaba tal cosa. En efecto una vez en el hospital, el médico la examinó meticulosamente, le dijo que podía volver al trabajo cuando quisiera y se despidió de ella con una sonrisa. Tom pagó la cuenta sin hacer caso de las protestas de Kate, y después se pusieron en camino. —Ya estoy bien —comentó Kate—. Oficialmente, puedo volver a trabajar. —Me alegro mucho. —Ahora ya puedes dejar de sentirte culpable —murmuró Kate—. Quiero que quede claro que no te culpo de nada de lo sucedido. Pero Tom no la escuchaba. Acababa de tomar un camino de tierra que se adentraba en el bosque. Cuando llegaron a un pequeño claro, cerca de un tupido bosquecillo, paró el motor. —¿Por qué has parado aquí? —preguntó Kate un poco violenta. Tom se volvió, mirándola con ojos brillantes. —Porque estoy harto de que intentes a toda costa protegerme de mí mismo. ¿Por qué diablos estás tan convencida de que me quiero casar contigo para aliviar mi sentimiento de culpabilidad porque te tengo lástima? ¡Yo no soy tan estúpido como para tratar de cimentar una relación estable en semejantes fundamentos! —Entonces, ¿por qué lo haces? —Pues porque me gusta estar contigo. No sé por qué, pero me vuelves loco cada vez que te tengo cerca. Me gusta hacer cosas contigo, e incluso estar solo contigo. Y también me gustaría tener hijos contigo. A pesar del mal comienzo que hemos tenido, nos hemos hecho muy amigos desde que estás en Warlace, Kate. Lo suficiente como para pensar en matrimonio, creo yo. Kate estaba tan cansada de hablar siempre del mismo tema, que ya no sabía qué objeciones poner. —Yo quiero casarme contigo —susurró emocionada—, es lo que más deseo en la vida, pero tienes que darte cuenta de que significaría correr un riesgo demasiado grande. —Yo lo único que sé es que te deseo a todas horas, que me llevo perfectamente contigo y que estaría dispuesto a matar por ti, si fuera necesario. Sin dejar de mirarla a los ojos, Tom se desabrochó el cinturón de seguridad, e hizo lo mismo con el de ella. Se acercó sin decir una palabra, pero con aquella mirada fija en sus labios, Kate no necesitaba saber nada más. Aquel fue el beso más lento y más dulce que nunca habían compartido. Sintió que sus brazos se iban apoderando de ella, se enroscaban a su alrededor, y después sintió la caricia de sus manos en el pelo. Kate no se resistió, y tampoco contestó; en lugar de ello, suspiró y dejó escapar un gemido de placer, a medida que el beso se intensificaba. Tom echó el asiento hacia atrás y la tumbó. Quiso decir algo, pero él sonrió negando con la cabeza. Después se inclinó sobre ella y cubrió su rostro de besos. Primero le quitó la blusa, y el sostén no tardó mucho en seguir su camino. Después recorrió sus pechos con la boca, suavemente, saboreando su suavidad. Kate no sintió cómo terminaba de desnudarla, porque los labios de Tom actuaban en su cuerpo como un excitante, despertando todos sus instintos dormidos. Pronto la ansiedad hizo presa de ella; no tenía bastante, necesitaba más y más. Después él se quitó la camisa, y Kate empezó a acariciarlo como siempre había soñado. Él llevó las manos a lo largo de sus costados, y en algún momento, en medio del creciente torbellino de su pasión, Kate descubrió que también estaba desnudo. —Kate —susurró Tom de pronto, contemplándola con los ojos brillantes—. Quiero que seas mi mujer, la madre de mis hijos. No quiero que te entregues a mí por segunda vez sin comprometerte antes. Te quiero para toda la vida. Voy a demostrarte la belleza que puede haber en el placer cuando éste es compartido sin egoísmos. Ella lo miró a los ojos, buscando una respuesta a sus interrogantes. —¿No será sólo deseo, Tom? —Si solamente fuera deseo, cualquier mujer me serviría.
—¿Y estás seguro de que no te serviría otra mujer? —Kate, yo sólo te deseo a ti. Nunca, nunca más, habrá otra mujer en mi vida. —Pero puedes enamorarte... —Sí, es posible. Quédate quieta, pequeña, y déjame amarte. Deja que te enseñe cómo debería haber sido la primera vez. Tom se movió suavemente entre sus piernas, y entonces Kate lo sintió tal y como lo había sentido aquella noche ya lejana, pero sin ningún dolor. Tom se movió en su interior suavemente, adaptándose a las demandas secretas de su cuerpo de mujer. La besaba y le susurraba cosas irrepetibles al oído, mientras que con sus manos iba guiándola hasta conseguir hacerla enloquecer de pasión. Kate lanzó un gemido ahogado y Tom sonrió, sabiendo lo que sentía exactamente. Entonces la poseyó más profundamente, con fiereza. Su pecho rozaba los senos erizados de Kate en los movimientos ascendentes y descendentes, y el ritmo crecía en intensidad por momentos. Ahora era ella quien le susurraba locuras al oído, y él reía y le mordía el hombro, la boca, la garganta, y la tensión se convertía en una espiral sin principio ni fin, una espiral de placer cálido. Tom sudaba, y comenzaba a ponerse tenso sobre ella. Kate igualó sus movimientos, levantó las manos, le acarició el rostro, y entonces todo explotó dentro de ella y a su alrededor. Aquello era una locura mágica. Por primera vez en su vida sintió el colmo del placer; por primera vez en su vida perdió el sentido de la realidad y su garganta se abrió en un grito de felicidad. Kate volvió a la realidad lentamente, y lo primero que oyó fue el rumor del viento entre los árboles y el canto de los pájaros. Ambos temblaban. Era maravilloso sentir los latidos del corazón de Tom contra sus pechos. Comenzó a besarlo por todas partes. —Kate —susurró él, enfebrecido—. Casi no podía soportar el placer. Creía que iba a morir intentando abrazarte con más fuerza. Kate suspiró dulcemente. —Tom, no hemos tenido cuidado... no has... Puedo quedarme embarazada después de esto. Él sonrió. —Sí, es verdad. —Pero, ¿qué vamos a hacer ahora?
—Casarnos, por supuesto —murmuró Tom—. Y esta vez no te lo estoy preguntando, lo afirmo. No voy a darte la oportunidad de rechazarme una vez más. —Pero Tom —protestó Kate angustiada—. Puede ser que algún día te enamores de alguien. —Pero Kate, ¿no es amor esto que hemos compartido? Ella se quedó mirándolo con los ojos muy abiertos. Tom no había tenido intención de decir aquello; simplemente lo había dicho sin pensar. Pero ahora que ya estaba expresado y la veía, tan hermosa, debajo de él, se daba cuenta de que aquello era lo que sentía en realidad. Era la primera vez que el sexo le despertaba tantas emociones. —Ahora no pienses en nada, Kate, y bésame. Así lo hizo ella. Y después se vistieron mutuamente, sin dejar de acariciarse. Cuando volvían al rancho, Tom le dijo: —La semana que viene nos casaremos. Ya tengo el regalo de boda para ti. —¿Qué es? —preguntó ella, curiosa. —Espera y verás. Es una sorpresa. Y ahora no quiero que pienses en nada. Me caso porque yo quiero, nadie me obliga. ¿De acuerdo? Kate lo amaba demasiado como para negarse una vez más. Ahora ya sabía con seguridad que nunca iba a poder renunciar él. —De acuerdo, Tlm —susurró.
La ceremonia de la boda tuvo lugar en Warlace, con la asistencia de Margo y David, que fueron gratamente sorprendidos con la noticia de que aquellos enemigos de siempre por fin se casaban. Tom se maravilló de su belleza al verla entrar envuelta en tules, y encajes. Entre las flores del altar intercambiaron sus promesas, delante de Hank, Janet, Georg, Margo, David y un montón de vecinos y conocidos, entre los que se contaba una mujer vestida con un traje oscuro que se pasó la ceremonia sola, sin hablar con nadie. Al final, cuando hubieron intercambiado los anillos, Tom le levantó el velo y la besó. La ceremonia había sido tan hermosa, que Kate no pudo contener las lágrimas. Lo único que empañaba su felicidad era saber que él no la amaba; no como ella quería. Cuando se estaba cambiando de ropa en la habitación, ayudada por Margo, apareció la mujer desconocida, retorciendo un pañuelo entre las manos. Parecía muy nerviosa. —¿Kathryn?
Kate la miró sorprendida. ¿Entonces ella la conocía? Margo se disculpó y salió de la habitación rápidamente. La mujer entonces la miró con unos ojos verdes muy parecidos a los suyos. —No sabes quién soy, ¿verdad? Al fin y al cabo es natural teniendo en cuenta que él me separó de ti cuando no eras más que un bebé. Kate la miró atónita. Todos los años de odio, amargura y angustia volvieron de golpe a su memoria. —Tú nos abandonaste —susurró—. Nos dejaste solos a Georg y a mí, y él nos pegaba. La mujer tenía los ojos cuajados de lágrimas. —Tu padre te secuestró, Kathryn. Te llevó a un lugar secreto, escondida, y yo me quedé sin nada. Sin ustedes, sin dinero, sin un sitio para vivir... Antes de eso, yo había buscado un abogado para divorciarme de tu padre, con la esperanza de que me concedieran la custodia de ustedes. Había un hombre en mi vida, un hombre bueno que los quería también a ustedes. Pero tu padre se enteró antes que yo pudiera hacer nada, y un día, cuando volvía a la granja, me encontré con que no había nadie. Se había marchado llevándoselos con él. Yo entonces no tenía siquiera el dinero del pasaje del autobús para salir a buscarlos. Kate la contemplaba cada vez más sorprendida. Aquello no tenía nada que ver con la versión de su padre. —¿Nos secuestró? —Sí, cariño. Yo me puse a trabajar de camarera en un bar. Estuve así dos años, hasta que conseguí el dinero suficiente para buscarlos, pero entonces ya era demasiado tarde. —¿Y el otro hombre, con el que te ibas a casar? —Lo dejé. Estaba obsesionada con lo que habría sido de ustedes mis hijos. ¿Cómo iba a construir mi felicidad sabiendo que ustedes podían estar sufriendo? Kate estaba tan emocionada que ni siquiera se dio cuenta de que Tom la estaba mirando desde la otra habitación. —¿Y has estado sola todo este tiempo? —Sí, todo este tiempo. Ya me había cansado de preguntar en todos los orfanatos, y ni siquiera sabía la existencia de su abuela en Dakota del Sur, porque su padre no me lo había dicho nunca. Entonces, un buen día, tu marido entró en el restaurante donde trabajo y me dijo que Georg y tú estaban vivos y que me traería para verlos. —¡Oh, mamá, no!...
Kate se echó en los brazos de la mujer, y de pronto fue como si el tiempo no hubiera transcurrido desde la infancia. Aquel era el refugio protector de su madre. Tantos años habían transcurrido y todavía lo recordaba... Se volvió entonces y vio que Georg estaba al lado de Tom, sonriente, y entonces se dio cuenta de que aquello debían haberlo tramado los dos juntos. Cuando él se acercó, su madre también lo estrechó contra sí. —Mi hijo —sollozó—. Mi pequeño. Cuando te vi no podía creer que hubiera pasado tanto tiempo. Y ahora te he encontrado a ti, y a Kate. Todo esto me parece un sueño... tengo miedo de despertarme, como siempre, y encontrar que ya no están a mi lado. —No te dejaremos, mamá —dijo Georg riendo—. Pasarás un buen período de tiempo viajando entre Nueva York y Dakota del Sur para estar con nosotros antes que te dejemos volver a casa. —Claro que sí —dijo Kate, tomando el pañuelo de su madre para secarse ella también los ojos. —Será estupendo, hijos. Y después, por fin podré dar el sí al hombre que me ha estado pidiendo que me case con él durante veintidós años. Kate lanzó una exclamación de sorpresa. —¿Todavía sigue esperándote, después de tantos años? —El amor verdadero nunca se extingue, hija mía. Él sigue esperando, como yo he esperado para volver a ver a mis hijos. Cuando por fin se quedaron solos, Kate estaba tan emocionada con Tom que no sabía cómo decírselo. —Oh, Tom —suspiró—. ¿Desde cuándo estabas planeando esto? —Desde hace dos semanas, con la ayuda de Georg. Pensamos que te gustaría saber lo que es tener una madre. Dime, ¿te sientes feliz? —No sabes cuánto, Tom. Figúrate, después de todos estos años de echarle la culpa a ella. ¿Cómo he podido estar tan ciega? —Yo también he estado ciego contigo durante mucho tiempo, Kate. No tenía ni idea de lo mucho que me querías hasta aquel día en que descubrí que tenías la casa llena de fotos mías. Dios mío —agregó apretándola contra sí—, no puedes ni imaginarte lo que pasé desde que supe que te habían herido. Fue como si el mundo cayera de pronto, hecho pedazos. Si tú hubieras muerto, yo no podría haber seguido viviendo. —Te sentías responsable sin ningún motivo, porque no fue culpa tuya. —Yo... te amaba —confesó de pronto Tom sin mirarla a los ojos—. Te he amado durante muchísimo tiempo, pero tenía miedo porque había visto lo que el amor puede hacer de un hombre cuando una mujer lo traiciona. Como no quería que eso me ocurriera a mí, me convencí de que lo único que sentía por ti era deseo, y que aquel otro sentimiento se esfumaría en cuanto te hubiera hecho mía. Pero aquella primera vez no me ayudó en absoluto, Kate. Volví a mi casa, me emborraché y así estuve varios días. Pero aun borracho, seguía oyéndote llorar. Después, Georg me lo contó todo, te hirieron, y me hundí por completo. Ya lo sabes, Kate. Te amo; te he amado siempre. Así que ya puedes estar tranquila, porque no existe la posibilidad de que me enamore de otra mujer. Kate no intentó contestar. Se limitó a abrazarlo con todas sus fuerzas, buscando sus labios. Aquello era un sueño, un sueño maravilloso que iba a durar toda la vida.
FIN
HOLA .. BUENO AQI ESTA EL FINAL DE LA NOVELA. MUCHAS GRACIAS POR ESTAR COMENTANDO Y LEYENDO .. A CONTINUACION LA SIGUIENTE NOVELA SE LLAMA "UN JEFE IRRESISTIBLE ' ES LA 16. HASTA LA SIGUIENTE.
AUTORA:DIANA PALMER
TOM KAULITZ: JACOB CADE
GEORG LISTING: TOM WALKER
KATE LISTING: KATE WALKER
😊
Que bonicooo, me encantooo
ResponderEliminarMe encanto virgi y que bueno que Tom le haya confesado su amor x ella..
ResponderEliminarHermosa historiaaa!
ResponderEliminarA continuar.. ;)
Hermosa historiaaa!
ResponderEliminarA continuar.. ;)